Capítulo 60
Aunque haga siglos que no se ejerce la alianza entre los estratos de nuestras dos ciudades, quizá sea el momento de retomarla.
Canciller G RACE O’M ALLEY , misiva
interceptada de camino a Lúxor, Egipto
E ncabecé el descenso de mis amigos por los Peldaños Abismales, apenas capaz de sostener mi farol.
Tenía la cara empapada de sudor, y el dolor de las suturas estaba haciéndose insoportable.
Con ayuda de Church, seguí bajando por el hueco tallado en el frío suelo.
Aquí y allá había cedido y nos veíamos obligados a pasar por encima de montones de roca y tierra.
La vieja presión empezó a martillear detrás de mis ojos.
Al final tuve que parar. La titilante pauta de mi sombra se había vuelto difícil de ver contra el fulgurante brillo ambarino de mi oclusión principal.
El hilo de essiene aún mantenía la herida cerrada, pero una luz dorada escapaba por los enormes agujeros donde se tensaba…
… termino mi oración a la estatua de María en Santa Francisca, la misma plegaria de todos los domingos, en la que pido estar con mi madre. Luego apago la vela y me la llevo…
… Dama está sentada delante de mí en mi piso, hablándome después de una ruptura, después de que la única chica a la que he amado en la vida me dijera que se había acabado. Dama no me ha dejado solo ni un minuto en tres días seguidos…
Recordé querer darle las gracias pero ser incapaz de encontrar las palabras. En aquella época no sabía reaccionar a la amabilidad mejor que ahora. Era una cosa que llevaba demasiado tiempo posponiendo.
Echamos a andar otra vez y tardamos poco en llegar a una puerta de madera sin adornos, con franjas de hierro clavadas a la parte de arriba y la de abajo.
La madera tenía muchos nudos, pero aun así era de un liso marrón oscuro, como si la hubieran barnizado en tiempos recientes. Tenía un cerrojo oxidado.
—El Estrato Sajón —dijo Lakshmi—. Tienes que descansar otra vez antes de seguir para abajo.
Asentí, tracé la cita de los Who y salimos a una bodega de curado.
Había bloques de madera colgados de ganchos, envejeciendo. Habían extendido pieles de animal contra la pared, supuse que para hacer parches de tambor, y en un telar para cuerdas de instrumento se tensaban intestinos de animales y crines de caballo.
Bajé una rodilla al suelo para recobrar el aliento. Church se dobló por la cintura, con el macuahuitl colgando de una mano y el rosario aferrado con la otra.
Dama se arrodilló a mi lado.
—Se te van a romper los puntos, Jack. Y el resto de tu pauta está temblando. No estoy nada segura de que vayas a llegar abajo.
Me obligué a levantarme.
—Solo tengo que descansar un momentito.
Encontramos otra puerta que salía de la bodega y la abrimos. El sonido de la madera al partirse y los gritos resonaba amortiguado desde la siguiente estancia.
—Lakshmi —dije—, mejor pasa tú primero.
La presera nos llevó a un gran taller donde, a unos tres metros de la puerta, había varios hombres intentando contener una multitud enfurecida.
Otros hombres estaban cogiendo instrumentos de los bancos y las paredes e intentando deslizarlos o lanzarlos en nuestra dirección, al interior de la guarda, para salvarlos.
Contra la pared que teníamos al lado, un hombre con mandil de cuero empuñaba un cuchillo de lutier para proteger a un niño pequeño y a otro puñado de hombres y mujeres. A los pies del grupo había laúdes, violines y liras.
Al otro lado del enfrentamiento, una turba estaba sacando tamboriles, flautas y campanillas de sus estantes. Algunos los tiraban al suelo y los aplastaban con sus botas, otros los sostenían en alto para provocar al lutier, que les suplicaba que no dañasen los instrumentos ni a los músicos.
Justo entonces, la fachada entera del edificio retumbó y se derrumbó hacia la calle.
La piedra y la madera cayó con estruendo alrededor de los caballos encabritados y relinchantes que estaban atados delante.
La multitud de fuera vitoreó y dio pisotones en el suelo, levantando una densa nube de polvo en el ocaso.
Detrás de ellos, Londres era poco más que un pueblo bajo el cielo que se oscurecía.
Fui trastabillando hacia los hombres y mujeres del fondo de la tienda. Miraban con los ojos muy abiertos la turba que estaba apaleando a los empleados de la tienda y sacándolos a rastras a la calle.
—¡Condenados daneses! ¡Paganos! —gritó una mujer.
Un hombre rubio musculoso de las primeras filas atacantes la señaló también a ella.
—¡Cristianos!
Desde el fondo de la multitud, un tipo alto exclamó:
—¡Todos tenemos derecho a luchar contra Campocielo!
Según el manual de Henry, «Campocielo» era uno de los nombres con que se conocía el mundo de arriba.
Al momento, desde el otro lado de la calle, unas flechas ardientes vinieron disparadas hacia nosotros.
Todos nos agachamos por instinto, pero las flechas rebotaron inofensivas en la guarda.
Los arqueros, como la mayoría de aquel gentío, llevaban la marca shiguana, pero también otra en la mejilla con forma de rombo sobre una uve invertida.
—Eso es la runa pagana de Odín.
Lakshmi frunció el ceño.
—Muchos grupos metaleros usan runas en sus ilustraciones —expliqué.
Dama encontró una jarra de agua y la vació en la nuca de Chuey, que sacudió la cabeza como si le hubieran dado a oler unas sales y se puso a pasar cuentas del rosario. Pareció estabilizarse un poco y miró hacia la creciente multitud.
—Todo este sitio es de locos.
—También hay mucha gente buena en los estratos —le dije—, y corren tanto peligro como el mundo de arriba. —Me volví hacia el lutier—. Puede que tengáis que pelear, pero aprovechad la guarda todo el tiempo que sea posible. Vamos hacia abajo para intentar restaurarla a como era antes.
El lutier me estrechó la mano en una presa férrea y regresamos corriendo por la bodega de curado. Saqué farol y arco, toqué para que emitiera un fuerte resplandor y nos internamos de nuevo en la oscuridad.
Los peldaños que descendían desde el Estrato Sajón eran poco más que montoncitos de tierra, y en algunos sitios ni eso, aunque también dejamos atrás unas pequeñas cámaras empedradas. Paré en una que tenía un banquito de piedra y me senté, con el farol colgando entre las rodillas.
Me sentía como si me hubieran clavado sendos punzones de hielo en las sienes, y notaba el cerebro hincharse. Los fragmentos de recuerdo me tiraban de las suturas. Toda la red de cicatrices del alma ardía en mi interior. Y unas esquirlas de refulgente luz dorada se escurrían por los huecos…
… a solas en mi cuarto, saco la guitarra de segunda mano que compré en la tienda Sam Ash. Toco Smoke on the Water y luego empiezo a componer una canción para mamá…
… Church está de pie a mi lado en Hyde Park, donde, no sé cómo, me ha conseguido un sitio para enterrar a mi perro, Rey, y luego poder ir a visitarlo…
A Rey me lo había traído desde Los Ángeles. Llevaba años sin pensar en él. Mierda, cómo echaba de menos a ese perrete.
Dama me rodeó con un brazo.
—Tus suturas han empezado a partirse, Jack. La herida se abre. Tengo que…
—Gracias, Dama, pero no hay tiempo —dije—. Ayúdame a levantarme.
Seguimos hacia abajo hasta llegar a un pequeño pórtico en la oscuridad. Unas columnas blancas enmarcaban una puerta doble de bronce.
Tracé la contraseña y salí a un anfiteatro poco iluminado. Las gradas de piedra se alzaban alrededor de un escenario circular de unos quince metros de diámetro. Buena parte de la piedra se había hecho pedazos y estaba invadida por hierba y matojos.
Había unas pocas semblanzas en los bancos de piedra, con velas en la mano.
El raspar de mis botas sobre el amplio escenario reverberó de vuelta desde el graderío de piedra, con una gran acústica, pero no había música que me diese fuerzas.
Chuey se apartó unos pasos, resollando, aferrando las cuentas de su rosario, pero no parecía estar tan mal como yo.
Siempre se le había dado mejor que a mí liberarse de las cosas.
Con la ayuda de Church, subí por la piedra medio desmoronada hasta la cima del anfiteatro y miré hacia el sur. Una columna de soldados romanos marchaba en rígida formación por un campo arrasado, a menos de un kilómetro de nosotros. Tras ellos distinguí un campamento en las colinas.
—Londinium —dijo Church—. El Estrato Romano.
Me vino Casio a la mente, pero traté de no pensar en él. Nos habíamos conocido hacía… ¿cuánto, cuatro o cinco días? Era una idiotez dejar que aquello me ablandara, por mucho terreno que hubiéramos recorrido en ese tiempo. Pero caray, qué…
Un largo toque de cuernos se alzó en la distancia. Los legionarios rompieron la formación y empezaron a marchar en dos líneas hacia nosotros.
El sonido de los cuernos hizo poco para aliviar mi ardiente cicatriz. Tarareé unos versos de (Don’t Fear) The Reaper , esperando que el dolor remitiera aunque fuese un poquito. No sirvió.
Bajamos como pudimos al escenario del anfiteatro y regresamos hacia los Peldaños Abismales.
—He leído sobre el Estrato Antiguo en los libros de Henry —dijo Church—. Por lo visto, no hay preparativos que valgan.
No lo dudé ni un momento. Cuando llegamos con Dama, le pregunté cómo estaba Chuey.
—Sufriendo —me dijo—, pero ha despejado unos cuantos lamentos.
Lancé una mirada hacia él y lo vi agarrando el rosario y el macuahuitl.
—Pero tú, además, cargas con el peso de guiarnos hacia abajo —añadió Dama—. Para este último tramo, tienes que concentrarse en cualquier cosa que pueda apartar tu mente de la herida.
—Estará complicada la cosa.
Apoyado en Church, encabecé al grupo en el descenso hacia el Estrato Antiguo.
No había peldaños ya, solo un camino apisonado en cuesta descendente por lo que parecía una vieja mina.
De vez en cuando pasábamos junto al cráneo calcificado de criaturas a las que no sabía poner nombre, y junto a piedras dispuestas formando patrones, que supuse que señalarían sepulcros.
Olía a tierra antigua y aire rancio. Todo estaba tan quieto e intacto que ni siquiera brillaban motas de polvo a la luz de mi farol. Hasta el silencio parecía antiquísimo.
Y allí abajo, la oscuridad parecía más consciente y apretaba más fuerte contra la cicatriz oclusiva de mi interior.
Pese a lo débil del brillo de mi farol, la herida entera brillaba ya de resplandeciente oro: la cicatriz principal, todos sus afluentes más pequeños y la luz que escapaba desde abajo.
Noté cómo me tiraban las suturas, cómo los recuerdos pugnaban por liberarse.
Me obligué a tocar mentalmente el Stairway to Heaven de los Zeppelin, por lo irónico de la escalera hacia el cielo, claro, y eso mantuvo a raya algunos viejos recuerdos mientras recorríamos aquel último tramo descendente.
Por fin llegamos a una gran piedra circular incrustada en un profundo surco. Tenía runas talladas por toda la superficie. Tracé la clave y la piedra rodó a la izquierda, crujiendo al desplazarse.
Ya en el umbral, Dama se detuvo.
—Si tus suturas se parten del todo, Jack…
Asentí, respiré hondo y llevé a mis amigos a través del portal.
Salimos a una rocosa llanura de tierra. El inhóspito suelo era duro y estaba agrietado, con cardos y acebos muertos cada pocos metros.
El llano se extendía hasta perderse en la oscuridad, rota en la lejanía por el destello de un par de pequeñas hogueras.
Había gente acurrucada alrededor del fuego.
Hacía tanto frío que soltábamos vaho al respirar y se me estaba congelando el sudor en la ropa.
Mi farol daba un poco de luz, pero, por desgracia, nada de calor.
Y lo peor de todo era que daba la sensación de que la oscuridad conocía hasta el último de mis pensamientos.
Entonces una luz destelló detrás de nosotros.
Nos volvimos de sopetón y vimos que estábamos al borde de una parcela circular ribeteada por un tenue resplandor ambarino.
Tendría unos seis metros de diámetro y estaba cubierta de escarcha.
En el lado opuesto, fuera del círculo, estaba la mujer-guarda de la gruta, radiante en traslúcidos tonos azules y violetas.
Hacía chasquear dos grandes látigos que brillaban en carmesí, ámbar y el color del sol poniente.
Enfrentándose a ella vimos a la gigantesca forma humana de Händel, imposiblemente oscura y atravesada por vetas de oro.
La figura negra alzó las manos, ondeó dos etéreos látigos negros en el aire y entonó un estruendoso y armónico canto coral con sus incontables voces. Mi farol flaqueó. El cuerpo luminoso de la guarda titiló.
Entonces el espectro atacó y sus cuerdas de negrura segaron el aire como rotores.
La guarda contraatacó con sus propias cuerdas.
Los látigos se enredaron entre sí y una lluvia de luz ambarada y de negrura cayó sobre la dura tierra.
El espectro tejió más látigos a partir de su sustancia neblinosa y los descargó sobre la guarda, dejándole oscuras grietas en el luminoso cuerpo.
Intenté alzar mi farol, pero no fui capaz.
Probé a sacar la jopesh, pero los dedos se me habían puesto insensibles.
Caí de rodillas, sobrepasado por recuerdos de lamentos y alivios que no solo habían regresado, sino que encima llegaban amplificados por la profundidad de la historia. Mis suturas se partieron.
La guarda estaba luchando por su vida y yo no podía moverme. Paralizado por el peso de mi propio pasado, el momento más crudo de mi vida me llenó la mente, y me vi obligado a ver lo que tanto me había esforzado en olvidar.