Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 59
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Capítulo 59

La invocación de espectros maduros está prohibida, pues tales seres, incluso vinculados con éxito, indefectiblemente fomentan el desequilibrio en los estratos y la pérdida de vidas.

Ley del Precedente, Norma Tercera

A l acercarnos al Caballo de Hierro en el Estrato Renacentista, descubrimos que la muchedumbre shiguana había llenado por completo la calle Manette y ya rebosaba por Castle.

Ya oscurecía y vimos a chicos iluminando la calle con antorchas de brea y estopa.

Los vestigios, las semblanzas, los tanaturgos y otros seres que no conseguí situar circulaban inquietos de un lado a otro, preparándose para la invasión de Brach.

No parecía haber manera de llegar a la puerta del Caballo de Hierro, y no creía que mi truco de Cannibal Corpse fuese a funcionar con una multitud tan enorme.

Estábamos perdiendo un tiempo que necesitábamos para llegar al Estrato Antiguo. El espectro podría estar allí abajo ya.

—Solo necesitamos los Peldaños Abismales para bajar del Estrato Romano al Antiguo —dijo Lakshmi—. Podríamos usar la escalera de Seven Dials desde aquí hasta…

Negué con la cabeza.

—No tenemos tiempo para bajar en zigzag.

Un carruaje de caballos subía por la calle Castle detrás de nosotros, y me dio una idea. Corrí hacia él, agarré la guarnición del caballo de delante y detuve a todo el tiro.

—Necesitamos que nos lo preste —le dije al carretero.

El tío echó atrás su látigo, como si pretendiera descargarlo sobre mí. Lakshmi saltó y se lo arrebató de la mano.

—Haced lo que os dice. Asuntos del Precedente.

El carretero refunfuñó, pero bajó a la calle. Church, Chuey y Dama subieron atrás. Lakshmi se puso a mi lado en el pescante. Tiré de las riendas en dirección al Caballo de Hierro y chasqueé el látigo.

Los caballos salieron al galope directos hacia la muchedumbre.

—¡Apartaos! —exclamé.

Las ruedas del carruaje retumbaron, los cascos atacaron la piedra a un ritmo frenético. La gente gritó y nos soltó palabrotas, pero se apartó a toda prisa. La luz de las antorchas se reflejaba en dagas de hoja serrada, espadas y armas de asta. Seguimos adelante a toda velocidad.

—¡Preparaos! —grité a mis amigos.

Puse el vehículo en ángulo respecto a la puerta, subí los escalones haciendo que el carruaje se sacudiera y tiré de las riendas para detener a los caballos de golpe.

Saltamos al suelo y nos abrimos paso con violencia entre la gente que atestaba la entrada.

Los vestigios del Shiguan nos dieron puñetazos y nos agarraron de la ropa, pero conseguimos pasar disparados a la seguridad del otro lado de la guarda.

Las semblanzas del Caballo, los instructores y alumnos de música, estaban contra la pared del fondo, agarrando sus instrumentos.

Unos cuantos sostenían atriles como armas.

La turba de fuera de la barrera alzó la voz y se puso a insultarnos. Alguien me llamó gaznápiro, que significaba tonto del culo. ¡Qué no habría dado por estar allí en circunstancias distintas!

Lakshmi observó a los shiguanos.

—Algunos de estos son equipos de recuperación para los estratos profundos. Cuando la guarda caiga, descenderán al Estrato Antiguo para apoderarse de su canción y completar el plan de Brach.

—Pues no les demos la oportunidad. —Me volví hacia los instructores y los estudiantes—. ¿Alguno de vosotros era Camino-ka con Henry?

Un profesor levantó la mano. Fui hacia él.

—Dejaré abierta la puerta de los Peldaños Abismales en la sala de instrumentos.

La guarda parece extenderse cada vez un poco más a medida que bajas de estrato.

Si lo veis necesario, lleva a los demás hacia abajo.

Quedaos detrás de la guarda todo el tiempo que podáis.

Pero es posible que tengáis que luchar antes de que esto termine.

El hombre asintió, vacilante.

Con el gentío aún rugiendo a nuestra espalda, cruzamos la sala de instrumentos hasta la puerta de la escalera. Tracé la contraseña y nos tomamos un poco de tiempo para cortar varios trozos del hilo lingüístico de Kincaid. Hice collares para mis amigos y los repartí. A Chuey le tocó el último.

—Cuanto más bajemos, más vamos a notarlo tú y yo —le dije.

Chuey levantó su rosario.

—Voy a tope de cuentas.

Solté una risita y me puse también un hilo lingüístico al cuello, porque aún no había hecho nada para aprender sobre la xenoglosia. Luego saqué el farol, encendí la piedra fantasmal con una palabra y nos apresuramos a bajar en dirección al Estrato Antiguo.

Los peldaños que descendían desde el Estrato Renacentista estaban cincelados directamente en la piedra.

El pasaje recordaba a una mina, con el olor mohoso de la roca desmenuzada y las raíces secas.

Los escalones no eran tan rectos como los anteriores, sino que estaban inclinados hacia abajo, como en los serpenteantes caminos de la pared de un acantilado, así que la marcha era bastante lenta.

Cuando ya llevábamos un trecho, empezó a soplar un vientecillo fresco y brumoso desde la izquierda.

Moví el farol y distinguí la orilla de un enorme lago oscuro.

Me recordó a las vistas neblinosas en los parques de atracciones, recorriendo túneles en barquitas.

Desde la penumbra resonaban aleteos y gemidos sobre el agua.

Seguimos adelante. Solo unos peldaños más abajo, mi herida suturada empezó a dolerme y una presión cegadora empezó a rodarme en la cabeza como una migraña…

… la señora Rojas, la bibliotecaria de Westmont, me entrega una campana de latón. Es el premio por haber completado la unidad de historia para jóvenes. «Tienes un gran futuro», me dice. Se la enseñaré a mi madre en Ardells…

Sacudí la cabeza, intentando librarme de los recuerdos que me llevaban hacia aquella dichosa panadería.

… de camino a casa con mi premio, tres miembros de los Locos del Sur me acorralan y empiezan a pegarme. Caigo, pero justo entonces aparecen un par de tíos de la panda metalera de la colada…

Hacía mucho tiempo que no pensaba en eso. Hizo que me sintiera un poco mejor.

—Jack, coleguita, necesito que me dé el aire —dijo Chuey, resollando.

Asentí, también con problemas para respirar.

—Ninguno de los dos serviréis para nada si no os aclimatáis pronto —dijo Lakshmi, pasando un brazo alrededor de Chuey mientras Church hacía lo mismo conmigo.

Unos cuantos escalones más y por fin vimos la puerta del Estrato Medieval. Eran dos hojas de madera gris, estrechas, con un pomo pequeño y herrumbroso y el marco de caliza beis arqueada, como las puertas normandas de la abadía de Westminster.

Bajé a trompicones los últimos peldaños y tracé la clave.

Lakshmi abrió de un empujón y se oyó una lejana armonía de voces a capela.

Salimos a la cripta de una pequeña iglesia medieval.

Sobre nuestra cabeza se arqueaban unas cúpulas bajas de piedra oscura.

Contra las paredes había unos bancos bajos y polvorientos, sillas y un altar modesto bajo una ventana tapiada.

Vi dos cabos de vela apagados que habían llenado el aire del olor a cera fría.

Unas placas de hierro oxidado con nombres tallados en relieve colgaban de clavos en las paredes.

Recorrimos la cripta, dejando atrás unos pocos sepulcros de caliza hasta una escalera de piedra que subía a la nave de la iglesia. El aire estaba cargado de un aroma a incienso y palisandro. Por todo nuestro alrededor, el canto gregoriano resonaba en las paredes de piedra y los techos abovedados.

Los miembros del coro estaban de pie ante la sillería, encarados hacia el altar, y sus voces me inundaron, despejándome poco a poco la cabeza.

Pero Chuey estaba pálido y agachado, pasando cuentas de su rosario.

Pedí a los demás que esperasen mientras lo ayudaba a pasar por delante de la pequeña congregación hacia la puerta de salida para tomar un poco el aire.

Al pasar por el centro del ábside, rebasamos la protección de la guarda.

Por fin salimos de la iglesia al Londres medieval.

Las casas y las tiendas, hechas de cañas y barro, se apelotonaban a ambos lados de la calle sin empedrar.

Había blasones encima de las puertas que proclamaban la lealtad de la casa a un dirigente u otro.

En algunos había símbolos de oficios, como un martillo y un yunque o una brújula y un tintero.

Todo parecía estar atrapado en una triste luz de invierno, y una adusta procesión de nubes grises recorría el cielo. A los fans del doom metal les habría encantado.

La calle era un angosto barrizal que hombres y carretas se esforzaban por recorrer. Cerca de allí, dos chicos jugaban a las espadas con unos palos mientras sus amigos miraban y los animaban a gritos. Un perro sarnoso trotaba hacia nosotros con un hueso en la boca.

Entonces oímos unas botas marchando calle arriba. Los pilluelos callejeros se dispersaron. Los hombres y los caballos de las carretas despejaron el paso. Hasta el perro se marchó correteando y desapareció por un callejón, dejándonos allí solos.

Al momento, una turba de hombres y mujeres desfiló calle arriba hacia la iglesia.

Iban armados con cualquier cosa, desde espadas y lanzas hasta horcas y palas.

Otros llevaban faroles, portapapeles de cuero e instrumentos.

La mayoría tenía la marca del Shiguan bordada en la túnica, con hilo de color escarlata.

Chuey dio un gran suspiro, se irguió y se guardó el rosario en el bolsillo. Volvimos a toda prisa al interior de la iglesia, cerramos los portones y los atrancamos. Luego, avanzando desde los bancos de atrás, fuimos avisando a los feligreses y llevándolos al interior de la guarda.

Justo mientras los últimos cruzaban a la zona segura, las puertas de la iglesia empezaron a sacudirse. Al momento, algo empezó a embestir contra ellas. Los atronadores ecos detuvieron el canto. Corrí hasta el sacerdote del altar.

—¿Qué es-está pasando? —tartamudeó.

—Mantenga a su gente dentro de la guarda —le dije.

Observó mi cara.

—¿Sois el nuevo custodio?

—Hago lo que puedo para…

Las puertas de la iglesia se abrieron con estruendo.

Entró una riada de tanaturgos, vestigios y semblanzas que llegó hasta la barrera, gritando y blandiendo las armas.

Los feligreses de dentro de la guarda murmuraron y se abrazaron unos a otros.

Unos pocos gruñeron hacia la turba. La mayoría podía hacer poco más que temblar.

Un niño se había manchado los pantalones.

—Que el coro siga cantando —le dije al sacerdote—. Créame, ayuda.

—Lo que sea que estéis haciendo… —respondió él—. Po-por favor, daos prisa.

Mientras el coro empezaba a cantar de nuevo con voz titubeante, regresamos corriendo por la cripta hasta los Peldaños Abismales.