Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 58 #2
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Capítulo 58 #2

—Y si lo vinculas… —Los ojos de Lakshmi miraban al infinito—. Entonces jamás terminará su canción, ¿verdad?

Nunca había oído a Lakshmi hablar de una forma tan… poco presera.

—¿Estás diciendo que crees que el mundo abusa del pasado?

Sus ojos parecieron enfocarse.

—Piense lo que piense, he jurado defender la Ley del Precedente, y me tomo muy en serio ese juramento. Pero, si te soy sincera, mi marido vive en el Estrato Moderno… y no es fácil ver cómo un filósofo pierde poco a poco su capacidad de razonar.

—¿No decías que lo conociste en el Buck ’N’ Bull?

—Así es —respondió ella—. En el del Turisteo. Me sirvió una lima con tónica y me enganchó hablándome de Aquino. Pero antes de eso, en su vida mortal, daba clase en el Imperial College.

—¿Y ahora trabaja en la barra de un bar? —preguntó Chuey.

Church sonrió a Lakshmi.

—¿En qué otro lugar mejor podría compartir su don un hombre sabio?

—Lo que quiero decir es que algunos argumentos de Brach son defendibles —dijo Lakshmi—. Su delito está en excederse. Pero la mayoría de los estratos y media cancillería harán la vista gorda a cambio de las transformaciones que promete instaurar con su revolución.

Church cerró su libro.

—Para la que no está buscando El Mesías de Händel, sino La balada de la determinación .

—Entonces, ¿para qué el espectro de Händel, y no otro? —preguntó Kincaid.

Intenté recordar todo lo que sabía.

—Brach nos ha dicho que está madurando al espectro hacia algo que llama su «forma final».

Kincaid dio un respingo.

—Dios mío, Jack. «Forma final» es una expresión que se usa para hablar del vínculo-guarda.

Brach debe de haber estado preparando este espectro para reemplazar la guarda del Caballo de Hierro.

Si Brach lo vincula y lo instala como tal, la canción de la guarda y toda la sabiduría del Estrato Antiguo le pertenecerán solo a él.

—Puede que Händel no esté vinculado a Brach en estos momentos —dijo Church—, pero Purcell sigue persiguiendo al espectro. Necesitamos saber dónde podría ir Händel.

—Después de cortarle los vínculos, me ha tocado. —Recordé el tacto de papel de lija del espectro—. Mientras estábamos conectados, me ha contado que iba a ir al Estrato Antiguo por su cuenta. «Para terminarlo», ha dicho. Parecía obsesionado.

—¿Por su lealtad hacia Brach? —preguntó Dama.

Empezaron a temblarme las manos.

—Händel solo ha consumido a compositores.

Estaba eliminándolos para que Brach pudiera reemplazarlos por mimos que solo escribieran e interpretaran su música revolucionaria.

—Recordé la espineta y el laúd de su buhardilla, igual que las guitarras de Jimmy y Angela, que Händel se había preocupado de no dañar, con una especie de respeto retorcido por los instrumentos de sus víctimas—.

Pero, incluso antes de que Brach lo vinculara, Händel ya estaba agrandándose solo a base de compositores. Lo he visto en sus sombras.

—Pues imagínate lo mustio que tiene que estar a estas alturas —bromeó Chuey—. ¿Cómo se le ocurre hacerse eso a sí mismo?

—Creo que los absorbe por su habilidad. —Saqué de mi bandolera la partitura más reciente de El Mesías y la puse en el escritorio.

Les expliqué como mejor supe la progresión a lo largo de muchísimas versiones que habíamos encontrado en la buhardilla de Händel.

Luego señalé el número cuarenta y nueve que había al lado de la fecha—.

No puedo estar seguro, pero me da la sensación de que esto representa la cantidad de almas que Händel poseía al componer estar versión de la canción.

Church se pasó una mano por la calva.

—Y Brach le ha mostrado a Händel un camino hacia nuestra guarda, que es una de las compositoras más antiguas y poderosas de todos los estratos.

Asentí mientras repasaba de nuevo la música. Era muy bella.

—Tiene que ser la razón de que Händel esté bajando por su cuenta ahora mismo. Lo de «terminarlo» debe de significar matar a la guarda y apoderarse de su canción con la esperanza de que por fin le dé el poder para terminar la suya.

—Pero la guarda aún protege los Peldaños Abismales —dijo Dama.

Lakshmi se puso en pie.

—Sí, pero Händel es un espectro poderoso y la guarda está debilitada, así que puede que se envalentone e intente abrirse camino hasta abajo por la fuerza.

—La guarda me dijo que prefiere luchar que marchitarse. —Volví a guardarme la partitura en la bandolera—. Y puede dejar pasar escalera abajo a quien le apetezca.

—¿Crees que la guarda lo permitiría? —preguntó Lakshmi—. ¿Para intentar una última resistencia, tal vez?

—Tenemos que irnos —dije.

Intenté levantarme, pero mis piernas cedieron y volví a caer a la silla.

Mis amigos me necesitaban en pie, pero se me había terminado el vigor.

Los pequeños huecos que se habían abierto en mi interior cada vez que impartía un poquito de mí mismo parecían estar pasándome factura.

¿Cómo iba a descender a través de la historia estando así?

Y no digamos ya enfrentarme a un espectro de la magnitud de Händel.

Mi corazón estaba dispuesto, pero yo solo me sentía cansado… pequeño.

Kincaid se sentó junto a mí.

—Pareces exhausto. A lo mejor puedo ayudarte.

Sabía hacia dónde iba aquello.

—¿Curarme, quieres decir?

—En cierto modo —dijo Kincaid.

Yo había hecho algo parecido por Chuey, la jorguinería de la elanotalia, pero tuve la sensación de que Kincaid se refería a algo un poco distinto.

El problema era que, por muy bien que me cayera ese cura, aún tenía sentimientos sobre las oraciones y demás que se remontaban muy al pasado.

Supuse que aquello era también la senda del perdón a la que la guarda decía que tenía que regresar.

Pero esos recelos eran difíciles de superar. Algunos me habían endurecido para la vida en la calle, cosa que no era del todo mala. Sin embargo, necesitaba ayuda, o no sería capaz de levantarme.

—Muy bien —dije por fin.

Kincaid puso la mano sobre la mía y, en silencio, compartió una hermosa empatía que me llegó hasta lo más profundo del alma.

Era tan tranquila y esperanzada como el amanecer.

Calmó el dolor de mis cicatrices, hizo que parecieran soportables y restauró unos cuantos recuerdos sencillos y agradables, como el de mi tía Gloria ahuyentando a los abusones o el de mi padre arreglándome la cadena de la bici, donde antes había huecos.

No era solo que me sintiera más fuerte. Me sentía más… yo mismo. Y me alegré un montón de recuperar esos pedacitos de mí que había perdido.

Respiré hondo, más hondo que en mucho tiempo, y crucé la mirada con Kincaid. En vez de impartirme un recuerdo suyo para restaurarme, lo que había hecho era devolverme algunos de los míos.

—¿Cómo…?

—No todo es tanaturgia —dijo con media sonrisa—.

Nuestras cargas son precisamente lo que nos hace fuertes, Jack, precisamente las cosas que un amigo ayuda a levantar encantado.

Y, como los huesos de mi abadía, el recuerdo transporta un residuo del alma que puede reconstituirse dándole un poco de cuidado.

Aquel cura era buen tío. Y quizá yo me había permitido odiar a gente como él demasiado tiempo.

—Gracias.

Kincaid asintió. Luego metió la mano en su bolsillo y me dio un carrete de hilo de color azul oscuro.

—Hilo lingüístico. Para ti y tus amigos. Si os lo ponéis al cuello, eliminará las barreras del lenguaje en los estratos profundos.

—Gracias —repetí, y entonces le entregué El Mesías más reciente de Händel—. Tenlo a buen recaudo.

Cogió la partitura con delicadeza.

—Jack —añadió—, descender tanto es peligroso. Acabo de reponer una parte de lo que perdiste. Pero, para un tanaturgo novato, el creciente peso del pasado tiende a invocar recuerdos más profundos.

—Ya lo había notado un poco.

Kincaid nos miró a mí y a Chuey.

—Haced parada en cada estrato, lo bastante larga para centraros, o no sobreviviréis al descenso.

Nos acompañó de vuelta por la abadía y nos sacó por la puerta del Patio del Deán.

—Mucha suerte, amigos míos —se despidió.