Capítulo 58
La verdadera iluminación se produce cuando los tanaturgos refuerzan su luz tanatúrgica con un conocimiento y una comprensión específicos.
P RESERO J ULIEN , La amenaza de los espectros
E l luminoso cielo del Estrato Renacentista hacía que la abadía de Westminster pareciese un brillante castillo. Fuimos a la entrada del Patio del Deán y la puerta se abrió incluso antes de que tuviéramos ocasión de llamar. Un abad achaparrado nos miró desde dentro.
—Está cerrado —dijo.
Saqué del bolsillo la medallita de san Judas que me había dado Kincaid y la sostuve para que el hombre la viera. Entornó los ojos y luego abrió la puerta y nos hizo pasar.
—Seguidme, por favor.
Yo no me notaba con fuerzas para cambiar de estrato en esos momentos. Además, supuse que tendríamos más suerte registrando los archivos de Westminster en ese estrato, más cercano a la época en la que vivió Händel.
—¿Puede hacerle llegar un mensaje al padre Kincaid, arriba del todo? —pregunté—. Pídale que nos haga el favor de reunirse con nosotros aquí abajo. Y, entretanto, ¿tiene algún sitio donde podamos descansar?
El abad nos miró a todos de arriba abajo.
—Muy bien.
Nos llevó por delante del claustro y cruzó hacia la sala capitular. Por una puerta abierta a la izquierda se veía una pequeña congregación en torno a un ataúd.
—¿No tenían cerrado? —pregunté al abad.
—Es un funeral privado para lady Mary Montagu —nos dijo él—. Era amiga de la abadía.
Dama dio un respingo. Me volví hacia ella.
—¿Estás bien?
—Era una pionera de la inoculación —dijo Dama—. Este funeral significa que el mundo de arriba la ha relegado a los márgenes de la historia. Su vela se ha extinguido, y su semblanza con ella. Qué pena.
El abad nos llevó al interior de la sala capitular.
Las vidrieras de cristal tintado parecían llamear con el brillante cielo del Estrato Renacentista.
Unos gruesos haces de luz de colores caían a las baldosas del suelo.
Pero los murales, que representaban escenas del apocalipsis, daban un aire solemne a la cámara.
Casi se entreoía a los consejos de los distintos reyes debatiendo allí en los años previos al Parlamento.
—Esperad aquí —dijo el abad, y cerró la puerta después de salir.
Nos sentamos en un banco que había contra la pared, satisfechos por tener un momento de paz.
La sala capitular era muy parecida a la del mundo de arriba.
Pero había algo en ella que parecía… más sagrado.
Cuando aún iba a Santa Francisca Cabrini, me había preguntado si las oraciones y la fe medraban en los lugares donde la gente las compartía.
Por aquel entonces era un chaval, pero, si aquello tenía algo de cierto, tenía una extraña resonancia con lo que había visto en la gente de los estratos: que sus convicciones eran más profundas que las del arribero medio.
A los pocos minutos, Kincaid entró por la puerta con un bastón metálico en la mano y el otro colgando del cinturón. Le vi los ojos un poco rojos, pero, dadas las circunstancias, parecía estar bastante bien.
Me levanté del duro banco de madera.
—¿Podemos hablar?
Pasó la mirada de mí a Lakshmi y los demás.
—¿Dónde está Casio?
No teníamos tiempo, ni yo tenía la fuerza de voluntad para explicárselo todo.
—Está vivo. Es solo que ha tomado unas decisiones distintas.
Kincaid sopesó el bastón que llevaba en la mano.
—Si alguna vez hubo un hombre merecedor de tu confianza o tu perdón…
—Entendido —lo interrumpí—. Y lo siento mucho, padre, pero ¿podemos dejar ese tema de momento? Vamos con un poco de prisa.
Asintió.
—No te lo tomes mal —dijo, frotándose la cara—, pero había esperado que no volvieras.
—¿Y eso?
—Porque supuse que tu regreso significaría que ese espectro tuyo todavía estaba matando a gente —respondió, santiguándose.
—Al espectro que entró en la abadía la otra noche ya lo hemos expulsado —le dije—. Pero han invocado a algo mucho más viejo.
Kincaid cruzó la mirada conmigo.
—¿Más viejo?
—Muchísimas almas —dijo Lakshmi—. Muster Brach lo vinculó a su causa, y lleva días alimentándose con ansia. Pero ahora es libre otra vez.
Le di a Kincaid cuatro pinceladas sobre el espectro, el plan de Brach y cómo esperábamos utilizar al espectro para frustrar ese plan. El cura sopesó su bastón de nuevo.
—¿En qué puedo ayudar?
—Me dijiste que sabes cosas sobre las personas enterradas aquí en la abadía. Y Georg Händel es una de ellas, ¿verdad? Necesito que nos cuentes todo lo que sepas de él.
Kincaid puso los ojos como platos.
—¿Händel? ¿Tu espectro es él?
—¿Qué sabes de Händel? —insistí—. No de sus logros. Háblanos sobre sus decepciones.
Kincaid levantó sus anchos hombros.
—No sé qué decirte, Jack. Su padre murió cuando él tenía doce años.
Al poco tiempo, se marchó de casa para dedicarse a la música y empezó a ganarse una reputación.
Hasta los colegas contemporáneos de Händel, Bach entre ellos, hablaban maravillas de él, aunque hoy la mayoría recuerda solo su Mesías .
Church levantó la mano.
—No tenemos mucho tiempo, Jack. ¿Qué es lo que buscas? Tienes que ser más concreto.
Pensé un momento.
—Necesitamos saber por qué el espíritu de Händel está dedicándose a reescribir canciones antiguas y componer otras nuevas, cuando no tiene un público aparente. La otra vez me dijiste que tienes unos archivos.
Kincaid asintió y nos sacó de la sala capitular por una puerta que estaba cerrada con llave.
Subimos por una escalera de caracol a una estancia privada.
Las paredes de un salón largo y ancho estaban cubiertas por estanterías de rica madera y escritorios.
Por el centro se extendía una hilera de vitrinas que contenían ejemplares raros con notaciones extrañas en la cubierta y el lomo.
La sala tenía el silencio de una biblioteca, un olor a libros viejos y madera antigua y una atmósfera imbuida de conocimientos y secretos.
A medio camino por el lado derecho, llegamos a la zona marcada con una hache. Kincaid nos señaló dos estanterías.
—Es mucho material que revisar.
—Saltémonos las composiciones —propuse, pensando que, de todos modos, seguramente ya tenía en mi bandolera la partitura más importante de Händel.
—¿Qué estamos buscando exactamente? —preguntó Dama.
—Diarios —dije. Händel era un genio, una figura monumental, pero todavía estaba reescribiendo El Mesías , como si tuviera la sensación de que aún no estaba bien del todo.
Era de locos pensar que incluso él pudiera tener ese problema también—.
Cartas, entrevistas. Cualquier cosa que pueda revelar cómo se sentía Händel sobre su propia música.
Kincaid empezó a bajar tomos de los estantes.
—Händel tenía reputación de ser muy perfeccionista. Es lo que lo distanció de muchos amigos y asociados.
Kincaid nos repartió libros y empezamos a hojearlos.
—Tío, esto cuesta un huevo de leer. Son como garabatos —protestó Chuey—. ¿No puedes acotarlo un pelín más, coleguita?
Recordé el cofre destrozado en la buhardilla de Händel.
—Buscad referencias a un boletín llamado La gaceta musical y circular del canto .
Todos se sentaron a los pequeños escritorios y se pusieron a ello. Pasaron unos minutos antes de que Chuey mascullara:
—Esto es como buscar un acorde mayor en una canción de death metal.
Al cabo de una media hora, Dama dio con una cita del ejemplar de La gaceta musical del 1 de junio de 1773.
—Escuchad esto —nos dijo—. Está basado en una historia del libretista Thomas Morell.
La obra, como sucede a menudo con las que no triunfan, era una gran favorita de su compositor.
Al preguntarle si no consideraba que el grandioso coro de El Mesías (posiblemente el «Aleluya») era su mejor composición, respondió que, en su opinión, el coro «He Saw the Lovely Youth» del segundo acto de Theodora era muy superior a él.
Lo irritaba sobremanera la reacción tibia que había provocado en el público.
—¿De qué nos sirve saberlo? —preguntó Lakshmi.
Señalé a Kincaid.
—Acabas de decir que la mayoría de la gente solo conoce a Händel por El Mesías . En su estudio de la buhardilla, he encontrado un viejo cofre lleno de versiones y más versiones de esa obra.
—A ver si lo entiendo —dijo Church—. ¿Estás diciendo que lo cabrea que prefiramos El Mesías a su otra música?
No terminaba de encajarme.
—Creo que está intentando demostrar algo. A sí mismo. Puede que a otra persona. Porque, aparte de los fans más bestias de la música clásica, la gente ha reducido su obra entera a un único pasaje musical. Que, en su opinión, ni siquiera es lo mejor que ha compuesto.
Kincaid dejó su libro en un estante polvoriento.
—La partitura original de El Mesías se escribió para un auditorio muy pequeño en Dublín, con unos pocos vocalistas, trompeta solista, unas cuerdas y poco más. Tenemos una copia aquí en los archivos.
—Nadie lo recuerda así —dijo Chuey.
—Escribió el oratorio entero en tres semanas —prosiguió Kincaid—.
Y luego estuvo el resto de su vida reescribiéndolo una y otra vez para adaptarlo a los intérpretes, los auditorios, los libretistas…
la gente. A medida que ganó popularidad, la gente quería unas producciones más elaboradas, unas corales inmensas.
—Y, aun así, nunca lo consideró lo bastante bueno. —Yo sabía un poquito lo que era esa sensación—. Aún está revisándolo.
Lakshmi apartó su libro.
—¿Y cómo es que un compositor no se alegra y se enorgullece de que la gente aprecie su obra?
Negué con la cabeza.
—Hay algo que no le permite definirse solo por esa canción, tal y como está. Es un poco… Bueno, es un poco como una cárcel. Así que o bien la fama de El Mesías , o bien la necesidad que tiene Händel de clavarlo se ha convertido en lo que le impide seguir camino.
Church dio unos golpecitos con su bastón en el suelo.
—¿Este es el contexto que necesitas para ver su rotura y vencerlo, Jack?
—No puedo saberlo seguro —respondí—. Pero, en todo caso, lo que tenemos que hacer ahora es encontrarlo.