Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

No todas las almas y semblanzas quieren seguir camino tras la muerte. La montaña de fuego es una recompensa para algunas, pero un castigo para otras.

T HOMAS V INCENT , El despertar del fuego

E l tanaturgo shiguano de la pelambrera roja pasó entre sus vestigios hacia mí, haciendo crujir con las botas los cristales de la ventana rota. Se detuvo en el centro de la buhardilla, fulminándome con la mirada, y un pesado silencio cayó entre nosotros.

Detrás de mí, Dama susurró:

—Ese es Henry Purcell, Jack. Durante siglos, su cancionero Orpheus Britannicus formó parte de la rutina diaria en los colegios de señoritas. Es el mejor compositor renacentista de Londres.

Y olvidado por casi todo el mundo. Igual que Bazalgette y Swan.

—Eres un necio por liberar a un espectro maduro —dijo Purcell.

Lakshmi dio un paso adelante y se puso a mi lado.

—Otra forma de verlo es que acabamos de impediros cometer el crimen contra el Precedente de vincular a un espectro maduro.

—El Precedente debería haberse reformado hace tiempo. —El tanaturgo me señaló con su arco sin cuerda—. Tienes suerte de que esto no fuera un combate singular entre tú y yo.

Me froté el pecho, que aún me dolía por los frotes de asalto de Purcell.

—No me siento muy afortunado.

Él negó con la cabeza.

—No tenéis ni idea de lo que habéis hecho.

—A mí me parece que sí —dije.

Purcell miró su arco inútil.

—Tu mundo no nos trata bien. Nos plagian y nos roban, totalmente ajenos al coste que eso nos supone a nosotros… o a ellos.

—¿A ti qué te hemos quitado? —pregunté, porque de verdad quería saberlo.

Purcell dio un bufido.

—Vuestra lasciva y nihilista película La naranja mecánica pervirtió mi música funeraria para la reina María.

A Passion Play de don Jethro Tull es una burda imitación.

Y, quizá lo peor de todo, esos palurdos escandalosos de The Who robaron mis armonías y plagiaron mis acordes suspendidos para canciones sacrílegas sobre hechiceros y bufones. Es una vergüenza.

—Tú robaste tanto o más de la polifonía alemana y el barroco italiano —repliqué.

Purcell enarcó las cejas.

—Una valoración tan provinciana de mi obra por parte de un arribero no es sorprendente. En todo caso, se te escapa la importancia de esto. Sin la procedencia, es decir, sin la correcta y visible atribución por parte de los imitadores arriberos, el artista de los estratos pierde un poco de sí mismo.

—¿Metafóricamente, dices? —preguntó Chuey.

Purcell no le hizo caso.

—En mi caso, las destrezas como compositor están…

decayendo. Y lo mismo le sucede a cada artista y artesano de los estratos.

Lo único que quiero es que haya rendición de cuentas, eso y que se cree un foro en la parte de arriba donde compartir mis obras más recientes, y lo mismo queremos muchos aquí abajo.

Church guardó su bastón-espada.

—¿Y no hay ninguna otra forma de conseguirlo que ir a la guerra contra el mundo mortal? —preguntó.

—No tenéis ni idea de lo que habéis hecho —repitió Purcell—. Pero podéis estar seguros de que voy a deshacerlo.

Hizo un gesto a su equipo de recuperación, que avanzó hacia la escalerilla. Lakshmi se interpuso para detenerlos, pero negué con la cabeza.

—No tenemos tiempo para enredarnos con esta gente.

Purcell gruñó mientras bajaba con su equipo de la buhardilla. Yo corrí en dirección contraria, me asomé por la ventana rota y toqué el brilloscuro de nuevo. La pauta del espectro había desaparecido.

A mi alrededor, los papeles aleteaban al viento.

Algunos pasaron volando a mi lado y salieron por la ventana a la calle, donde se los llevó la brisa alta.

Eran partituras. La mayoría aún estaban desparramadas bajo los añicos de cristal por toda la mesa destrozada.

Un tintero se había volcado sobre una pila de pergaminos en blanco que había a un lado.

Volví a meter la cabeza y me agaché para examinar las partituras.

Eran como plegarias musicales. Unas melodías hermosas, triunfales, desgarradoras, pero todas ellas relacionadas con la redención de un modo u otro.

Además, algunas de ellas las conocía: Serse , Jephtha , Música acuática .

En la parte de arriba de cada página aparecían las palabras… Georg Friedrich Händel.

Me apoyé en la mesa rota para no perder el equilibrio. ¡Händel!

El montón de escombros sobre el que habíamos pasado en Westminster había estado justo delante del monumento a Händel.

Si Brach se había apoderado de los huesos del compositor, podría haberlos utilizado cuando vinculó a ese espectro, esperando reconstituir a Händel, quizá obligarlo a crear música para la revolución shiguana y eliminar a los compositores que se negaran a hacerlo.

Pero todas las almas que había dentro del espectro tenían la marca de la coda de los compositores, lo cual significaba que, incluso antes de que Brach vinculara a Händel, el compositor ya había estado consumiendo solo a otros compositores.

Y era evidente que ya había pasado un tiempo allí, en los estratos, componiendo y recomponiendo su propia música. ¿Por qué?

Me puse a hojear las partituras.

—Jack, coleguita. —Chuey se apoyó el macuahuitl en el hombro—. ¿Qué pasa por ahí?

—No lo sé —dije—. Déjame un minuto.

Repasé las óperas, los oratorios, las odas, los bailes, las cantatas. Estudié los himnos, las sonatas y las arias. No vi El Mesías , cosa que me sorprendió dada su popularidad, pero era posible que se me hubiera pasado con las prisas.

En todo caso, la criatura parecía tener una necesidad constante de componer.

Allí debía de haber un millar de canciones.

Algunas eran del repertorio que conocíamos, pero la mayoría eran nuevas composiciones del maestro.

De hecho, por toda la mesa rota y el suelo había música que el mundo nunca iba a escuchar.

Era una lástima que aquella belleza fuese a languidecer en un pasado cada vez menos vivo.

Pero Händel debía de haber sabido que sus canciones jamás tendrían un público vivo.

Y, aun así, seguía componiendo. Yo no le encontraba sentido.

Church estaba inspeccionando la espineta intacta que había a la izquierda, así que yo fui a la esquina opuesta.

El laúd también había salido ileso, pero Händel había pisoteado el pequeño cofre de madera hasta hacerlo pedazos.

Me agaché para inspeccionar los fajos de papel que habían salido en cascada…

y eran innumerables copias manuscritas de El Mesías .

Hojeé una versión tras otra. Las fechas garabateadas en la esquina superior derecha de las partituras me ayudaron a seguirles la pista a las revisiones, que parecían madurar en sutileza con cada recreación.

También había un número debajo de cada fecha: la primera partitura estaba marcada con el numeral 1; en la más reciente ponía 49.

Y junto a cada número había anotaciones: «Villancico», «Dunstaple: polifonía», «Pianista de jazz», etcétera.

Bajo todas aquellas copias de El Mesías encontré un montón de ejemplares de un panfleto titulado La gaceta musical y circular del canto , una especie de boletín sobre música. Parecía consistir en entrevistas y críticas.

Levanté la versión de más arriba de la partitura más famosa de Händel y tarareé unas notas, intentando captar las diferencias con lo que había escuchado en los últimos tres conciertos navideños de Cadogan Hall, o en toda mi vida, ya puestos.

Era una versión preciosa. Cambiada, y aun así imbuida del mismo espíritu jubiloso.

No sabía qué pensar de todo aquello, pero se me ocurrió que, si me quedaba con aquella última versión y sacaba de algún sitio un minuto para estudiarla, quizá lograría comprender lo que estaba haciendo Händel, cosa que a su vez podría ayudar con el contexto que necesitaba para convertirlo a nuestra causa.

No sería suficiente, pero quizá sirviera de algo, y era la mejor idea que tenía.

Así que doblé la versión más nueva de El Mesías , la guardé en la bandolera y me volví hacia mis amigos.

—La personalidad dirigente de ese espectro es Händel.

Chuey se quedó boquiabierto.

—¡Anda ya! ¿Ese Händel?

Church dio un respingo.

—Vaya tela.

—Vaya tela, exacto —dije—. Pero tenemos que averiguar más cosas sobre él, algo que nos guíe hasta su rotura. Sin ello, no tenemos ninguna posibilidad de vincularlo.

Lakshmi enfundó su espada.

—Quizá ni así.

—Necesitas una biblioteca, coleguita —dijo Chuey—. A ser posible, alguna que tenga material original de Händel.

Salimos de casa del compositor y caminamos deprisa hacia la abadía de Westminster.