Capítulo 56
El Prado de Asfódelos y la Interminable Oscuridad representan dos estados del mismo marco transitorio entre la muerte y la que sea la existencia posterior que un alma pueda hallar.
W ILLIAM C ROOKES , Estados
del alma: Guía para el tránsito
A la mañana siguiente, poco después de las diez, ya estábamos corriendo escalera abajo por los Peldaños Abismales hacia el Estrato Renacentista.
Emaline me había enviado un mensaje diciendo que solo había podido averiguar que el equipo de recuperación de Brach iba para allá, y que nos diéramos prisa.
La escalera allí estaba hecha de bloques de piedra, pero buena parte de la argamasa se había soltado y los espolvoreaba como una arenilla.
Todo el hueco de la escalera olía como un pozo seco medio desmoronado.
Y, al contrario que los Peldaños Abismales más arriba, allí los escalones giraban en un amplio círculo descendente.
Acabaron llevándonos a la puerta del estrato, cuatro planchas negras sujetas con gruesos clavos de hierro y adornadas con elaboradas filigranas, también en hierro, en forma de árboles. Un pesado anillo pendía en su centro.
La vieja presión llegó y la palpitación que sentía tras los ojos envió un dolor punzante a mi cabeza.
Al mismo tiempo, la gran cicatriz de mi alma empezó a refulgir en ámbar y la luz tiró de los puntos de Dama al escapar a chorro.
Aquello estaba convirtiéndose en una perturbación importante de las notas de brillo de mi sombra.
Me agarré mi cabeza mientras afloraba un recuerdo…
… hurgo en mi cajón hasta encontrar el diploma de mención honorífica que gané con el proyecto para la feria de ciencias que mamá me ayudó a construir. Cuando nos veamos en Ardells, verá qué buen equipo hacíamos…
Aquel proyecto había sido sobre meteoritos. Le había hablado de él a Henry una noche, tumbados en el tejado del Caballo de Hierro. Esa fue la primera noche…
… intento cantar la estrofa de mi madre para Henry, pero no consigo terminarla. Él me pone la mano en el hombro, y de repente Londres da más sensación de ser mi hogar que mi propio hogar jamás en toda la vida…
Caí en la cuenta de que había escondido algunos buenos momentos, porque, si no recordaba las cosas decentes, las malas no parecían tan malas.
Me esforcé en llegar a la puerta del estrato para trazar la cita de los Who, y entonces Church empujó la pesada hoja cuádruple.
La sala del otro lado estaba llena de instrumentos: laúdes, chirimías, violas, sacabuches, nácaras, arpas.
Alrededor de ellos, llenaba el aire el familiar olor a polvo de tiza, aceite de linaza y cancioneros antiguos.
Cruzamos la sala y abrimos otra puerta que daba a un aula de música.
Había instructores con sombrero emplumado, mangas holgadas y pantalones bombachos de pie ante niños y adolescentes sentados en semicírculos aproximados por las paredes exteriores.
Cada instructor sostenía un instrumento diferente y señalaba hacia pizarras marcadas con notación musical.
Me interné en el estruendo de profesores que ladraban, oboes que chirriaban y timbales que atronaban. Todos dejaron de tocar y volvieron unos ojos como platos hacia nosotros. Dama se apresuró a adelantarme y les explicó quiénes éramos para que no tuvieran miedo.
Yo tenía la piel empapada de sudor y me derrumbé en una silla cerca de la puerta, toqueteando inútilmente las gomitas para el pelo de mi muñeca.
Chuey se agachó cerca, rosario en mano. Estaba aclimatándose mejor que yo a las presiones de los estratos.
—¿Los viejos recuerdos? —preguntó.
—Y vienen cañeros —dije—. Solo necesito una canción para recuperar el equilibrio.
Chuey miró alrededor y entonces salió directo hacia un clavecín que había contra la pared de atrás. Se echó atrás unas colas de frac imaginarias, se sentó en el banco y se arrancó con The Fifth Door de Mannheim Steamroller. Chuey tenía una voz espantosa, pero podría haber sido concertista de piano.
El ritmo intenso y la melodía se instalaron en mi cerebro y aliviaron el dolor y la presión.
Cuando pude volver a pensar claro, caí en la cuenta de que la canción pertenecía a una secuencia de fantasía al estilo renacentista y lancé una sonrisa a Chuey.
Él me la devolvió: nuestra época de la biblioteca no había sido en balde.
Luego terminó la canción con una floritura y los profesores de música y los alumnos prorrumpieron en un espontáneo aplauso.
Respiré hondo, saqué mi arco y di un golpe largo e inverso contra dos puntos de contacto en el farol, como me había enseñado Madam. El brilloscuro inundó la sala, y me concentré en el símbolo musical de la coda que había visto en el espectro maduro y todas sus almas.
Destacados en la oscuridad, vi destellos del círculo atravesado por la cruz. Pero parecían demasiado tenues para ser las muchas almas que componían el espectro. Giré muy despacio sobre mí mismo hasta que encontré un fulgurante símbolo de coda contra la pared occidental de la sala de música.
Cuando el brilloscuro se desvaneció, los profesores y alumnos me miraban sorprendidos.
Dama volvió a mi lado.
—¿Estás bien?
—Dentro de lo que cabe, sí —respondí—. ¿Les has explicado lo que pasa?
—Son gente de la guarda —dijo ella—. Notan cómo se derrumba. Estaban más preocupados por los rumores de que tú mataste a Henry. Pero les he explicado que no.
Church alzó la voz para dirigirse a la escuela en su conjunto.
—Quien posea armas, que las tenga a mano.
Los instructores empezaron a reunir a los alumnos mientras mis amigos y yo cruzábamos la sala deprisa y salíamos por la puerta de la calle.
La luz del sol en el Estrato Renacentista brillaba más intensa y dorada que en ningún otro estrato de los que hubiera visitado.
Había humo en el cielo al sudeste, pero la luz le confería los tonos del trigo y el heno.
A mí no dejaba de maravillarme que todo aquello, de algún modo, estuviera en el subsuelo.
¿O no lo estaba? Pero, por debajo de toda aquella luz dorada, a escasos metros fuera de la puerta, varias docenas de merodeadores se apiñaban al borde de la guarda.
—La barrera no se ha comprimido tanto en los estratos inferiores —observó Lakshmi—. Pero seguimos sin tener forma de salir.
Las sombras de los merodeadores revelaron que eran tanaturgos, vestigios y semblanzas, la mayoría con la marca del Shiguan. Fijaron la mirada en nosotros, retándonos a cruzar la barrera. Me volví hacia Chuey.
—¿Aún llevas encima ese altavoz Bluetooth?
—¿Es re menor la tonalidad más triste de todas?
Sacó el altavoz de su mochila y me lo dio. Esa monada podía sacar cuarenta vatios.
Lo encendí, lo emparejé con mi móvil y puse el Hammer Smashed Face de los Cannibal Corpse.
Subí el volumen a tope y encaré el altavoz hacia la horda de intrusos.
La brutal batería y los riffs de guitarra los atronaron.
Algunos de ellos se taparon las orejas, otros hicieron signos con la mano que se usaban para ahuyentar el mal mientras corrían. Pero todos se dispersaron.
—A las legiones de los muertos no les gusta un grupo llamado «Cadáver caníbal» —dije—. Me parece muy hipócrita por su parte.
Salí disparado hacia la calle Greek, indicando a mis amigos que me siguieran. Con los endemoniados compases de Cannibal Corpse impregnando el aire, escapamos sin perseguidores.
Toqué el brilloscuro varias veces más para encontrar el camino por callejuelas empedradas y llenas de barro, y también a través de multitudes adineradas que se congregaban cerca de exposiciones artísticas, librerías y academias.
Doblamos la esquina después de una casa incendiada en la calle Brook y llegamos a una mansión tan nueva que se olía la piedra recién labrada.
Tenía algo que me resultaba familiar, pero no podía ubicarlo del todo.
Froté el farol una última vez. El brillo de la pauta de coda del espectro apareció cerca del tejado.
—Preparad las armas —dije, y fui hacia la puerta delantera abierta.
Al otro lado del recibidor vi a un tanaturgo y tres vestigios, todos con la marca del Shiguan, muertos en la escalera. Había sangre por todas partes.
—Pertenecían a un equipo de recuperación —dijo Lakshmi.
Encabecé la marcha de mis amigos por encima de los cadáveres y escalera arriba hasta la planta superior. En el pasillo había otros tres shiguanos muertos, dos con sus semblanzas flotando sobre los cuerpos de vestigio.
Y, justo detrás de ellos, una puerta entreabierta.
Pasé muy despacio entre los cuerpos, rodeé el marco y miré por el hueco al interior.
Aquello era el vivo retrato del esplendor renacentista: una estancia inmensa de techo alto, paneles de madera oscura, candelabros de plata e incontables cuadros que representaban a músicos en pleno recital.
No había nada fuera de lugar y el espectro no estaba en ningún lugar visible.
Pero el aire se había helado de repente y empecé a soltar vaho al respirar.
Me concentré en el espectro e intenté no permitirle que afectara a mi estado de ánimo.
En la esquina del fondo, una escalerilla subía a lo que supuse que sería una buhardilla. Desde encima de nosotros se oyó un golpetazo que retumbó por todo el techo y luego un grito. Corrí a la escalerilla, cambié el farol por mi jopesh y empecé a ascender.
Un hombre chilló.
Al momento, me aupé al extremo de una espaciosa buhardilla, seguido por mis amigos. El espectro estaba en el centro, contra la pared izquierda. Seguía midiendo dos metros y medio, pero su humeante forma negra había compuesto calzas, un jubón y una larga capa isabelina.
A la derecha, encarados hacia el espectro, había tres vestigios: un tío alto con botas hasta las rodillas, otro tío jorobado y una tía con una anilla en la nariz.
Tras ellos estaba el tanaturgo de la poblada melena pelirroja, el chaquetón de color chocolate y la camisa blanca acampanada que había visto la noche que dispararon a Henry.
Contra la pared del fondo había una mesa llena de papeles. Sobre ella se alzaba un amplio ventanal, a su izquierda una espineta y a la derecha un laúd y un cofrecito de madera.
De pronto, el espectro vomitó de su nebulosa forma a un vestigio, que cayó al suelo. El hombre yacía inmóvil cerca de varios palmos de hilo vinculante, chamuscado y humeante. El tanaturgo gritó al tío alto que lo acompañaba:
—¡Otra vez! ¡Desenrolla más hilo!
El vestigio levantó un largo huso y lo movió de golpe hacia delante. El hilo salió disparado como el sedal de un carrete de pescar.
El tanaturgo alzó su farol y lo frotó con el arco en un rápido vaivén de balancín.
La luz de su piedra atrapó el hilo en pleno vuelo y lo hizo rodar en amplios bucles alrededor del pecho y los brazos del espectro.
Su forma humana empezó a difuminarse en los bordes, como una nube al viento.
Chilló y se revolvió, intentando cortar el hilo de orcus para liberarse.
—¡No podemos dejar que se lo lleven! —exclamé—. ¡Ayudadme a acercarme lo suficiente para soltarlo!
Empezamos a avanzar. Lakshmi se adelantó y apartó al vestigio jorobado de un patadón que lo lanzó contra la pared, abriéndonos camino. El tanaturgo seguía tocando su farol con frenesí, tensando el orcus, mientras me veía aproximarme.
La mujer de la anilla en la nariz atacó desde mi costado, pero Church se abalanzó sobre ella y la derribó al suelo.
El tipo alto llegó danzando con dos hachas en las manos, pero Dama le soltó un porrazo en los brazos y lo hizo retroceder con un duro golpe en la frente.
El tanaturgo tocó un potente frote de asalto dirigido a mí. Un poderoso estallido de luz impactó contra mi sombra y me hizo caer de rodillas. No podía respirar. Luego el pelirrojo golpeó con su arco en varios frotes de refuerzo y sus vestigios se pusieron en pie y formaron una hilera delante de él.
El espectro gritó, en un bramido disonante que hizo que el farol del shiguano chisporroteara como si la piedra fantasmal estuviera a punto de apagarse.
Pero el tanaturgo murmuró hasta darle a la piedra el doble de su resplandor original y siguió tocando.
Solo que esa vez frotó dos varas del farol.
Sonó una armonía discorde que convirtió la luz de su farol en un haz intermitente.
Concentró los rayos titilantes en una parte más profunda del espectro. Yo no veía qué era, pero lo que fuese que el tanaturgo había encontrado provocó que el espectro aullara en un amplio rango de voces.
Mientras terminaba de recobrar el aliento, Church me levantó de un tirón y echó a correr hacia delante.
—¡Seguidme! —gritó mientras hacía rodar su cartera como una hélice, apartando armas de los vestigios y despejando otro camino hacia el espectro.
Fui tras él y, con un tajo de jopesh, corté el orcus que rodeaba el pecho del espectro. El hilo destelló en brillantes tonos carmesíes, ambarinos y dorados mientras una ráfaga de viento me echaba el pelo hacia atrás, y luego cayó al suelo y comenzó a oscurecerse.
—¡Necio! —gritó el tanaturgo, tocando con frenesí, intentando restaurar el hilo.
Por un momento, pareció que su luz conseguiría enlazar los extremos del hilo. Pero entonces Lakshmi llegó con sigilo detrás de él y cortó la cuerda del arco con su hoja. El arco chasqueó inútil contra el cobrizo palo de apoyo del farol.
Antes de que pudiera sacar mi propio hilo de orcus, el espectro profirió otro chillido ensordecedor que me drenó la fuerza por unos momentos.
Pasó a toda pastilla por delante del tanaturgo pelirrojo hacia el final de la buhardilla, donde descargó sus gigantescos puños humeantes sobre la mesa, agrietando la superficie y las patas.
Luego corrió hasta la esquina y pisoteó el cofre de madera con su neblinosa y oscura bota, desperdigando fajos de papel.
Chilló de nuevo e hizo añicos el ventanal que había sobre el escritorio roto.
Cayeron esquirlas de cristal por todo el suelo.
El espectro lanzó una mirada atrás hacia nosotros y luego salió a toda prisa por el enorme agujero, con los faldones de su abrigo dejando una estela de humo negro al saltar desde la buhardilla.
El tanaturgo y su equipo se volvieron hacia mí.