Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

El mundo actual es, como lo era Roma, solo otro hatajo de fanáticos expansionistas.

Pero ahora vienen a los estratos para profanar nuestras historias y ocupar nuestras almas.

Si dependiera de mí enderezarlo, haría como hice y lideraría a nuestros británicos contra esos sacrílegos.

A horca, fuego o cruz iban a perecer, y todo Londres ardería.

Canciller B OUDICA , Estrato Romano,

en una transcripción desclasificada de la

Cancillería de los Estratos

C aí sobre el hombro y rodé mientras mi farol arrojaba ruedas de luz contra la oscuridad.

Resbalé hasta detenerme por fin en el suelo de piedra, con las rodillas y los codos doloridos.

A mi alrededor, una fina ceniza enturbiaba el aire.

Al intentar recobrar el aliento, inhalé una bocanada y acabé teniendo un ataque de tos.

Tras superarlo, hice un conteo rápido y vi que Lakshmi, Chuey, Dama y Church seguían conmigo.

Estaban observando algo en el cielo negro como la tinta.

Seguí su mirada. Una brecha en la oscuridad allá arriba estaba lanzando luz dorada hacia la llanura rocosa desde la celda de Henry.

Había unas figuras sombrías avanzando deprisa hacia el hueco, pero ni rastro de Casio.

Entonces la abertura se cerró de pronto, dejándonos en una negrura casi completa.

Lakshmi, como todos los preseros, podía ver en la oscuridad.

Para los demás, mi farol emitía una luz tenue.

En mi sombra había una cicatriz nueva, otro río que desembocaba en el lago oscuro.

Estaba en carne viva y refulgía. Sabía que correspondía a Casio.

Me levanté, me aparté de la nube de ceniza y respiré hondo intentando dejarlo atrás, por el momento al menos.

Al cabo de poco, por fin fui capaz de mirar alrededor.

—La Interminable Oscuridad —susurré—. No había otra opción.

—¿Cómo lo has sabido, Jack? —preguntó Church.

—Después os lo explico. Ahora tenemos que volver al Caballo de Hierro deprisa.

Chuey levantó las manos.

—¿Hacia dónde es, tío?

Lakshmi se adelantó unos seis metros al trote e hincó una rodilla.

—Senda de semblanzas. La mayoría de los pasos van en esa dirección —dijo, señalando.

Recordé el símbolo de la brújula en los vínculos de vestigios y froté mi farol para asegurarme. Las brújulas que había en los hilos de Church y Dama se iluminaron, apuntando en la misma dirección que Lakshmi.

—Sí, es por ahí —dije, y empecé a moverme—. Y hasta que hayamos salido de la Interminable Oscuridad, mantened la mente ocupada, lejos de todo ese asunto de Brach y el espectro.

Aparte de Chuey, que se encogió de hombros, los demás asintieron, como si ya hubieran estado en la Oscuridad antes.

Unos minutos más tarde, la negrura se volvió gris carbón, luego plata y nuestro correteo nos llevó al Estrato Victoriano. Incluso con el Pull Me Under de Dream Theater sonando en mi cabeza, era difícil no pensar en la mentira de Casio.

Superada la Interminable Oscuridad, recuperamos el aliento y luego nos apresuramos a regresar a Londres, solo para encontrar una muchedumbre de shiguanos en el Caballo de Hierro.

Estaban bloqueando la calle Manette quince metros a ambos lados de las puertas del Caballo, que obstruían por completo. A saber cuántos habría ya dentro.

Como no queríamos tener que abrirnos paso luchando, pasamos corriendo por delante de ellos hasta la esquina del edificio, nos aupamos unos a otros por la fachada de Gramófonos Baxter en el lado de la calle Castle y cruzamos de tejado en tejado hasta la escalera trasera del Caballo de Hierro.

Nos dejamos caer a la sala de utilería y guardarropa y salimos corriendo al auditorio.

Me detuve de golpe, con una sensación enfermiza en las tripas.

Los tanaturgos y vestigios shiguanos se amontonaban hasta el mismo límite de la guarda, que separaba la última tercera parte de la sala.

Supuse que podrían haber cruzado la barrera si pretendieran comportarse como personas civilizadas, pero o bien la civilización los superaba, o bien sabían que apelotonarse contra la barrera inquietaría a la gente del Caballo de Hierro.

Y la inquietaba a base de bien.

Habían vaciado el escenario y tenían los decorados apilados junto con sillas y mesas formando una barricada a lo ancho por el centro del auditorio.

Los clientes se apiñaban tras ella, mirando ansiosos hacia los shiguanos.

Las coristas empuñaban lo que parecían espadas de atrezo.

La cerveza derramada se acumulaba en el suelo.

Varios parroquianos e intérpretes volvieron la mirada expectante hacia mí. No tenía ningún discurso inspirador para ellos, y quizá no me habría hecho ánimo de dárselo ni aunque lo tuviera.

—La barricada es buena idea —logré decir—. Seguid en alerta. Algo se nos ocurrirá.

Luego retrocedí de vuelta al guardarropa.

Mis amigos formaron una semicircunferencia a mi alrededor, con la luz solar de las ventanas cayendo en largas franjas sobre sus pies.

En medio de los disfraces polvorientos y los decorados de madera, intenté pensar.

Pero los huecos que había en mi interior después de tanta impartición en la celda de Henry me habían drenado la fuerza y la voluntad.

También, quizá en la misma medida que los huecos, estaba Casio.

Qué rápido se había convertido en mi amigo. Y cuánto me dolía su traición.

—Mierda, Casio —murmuré.

—A veces la gente te decepciona —dijo Church.

—Y a veces la gente también cambia —añadió Dama.

Enganché el dedo bajo las gomas elásticas de la muñeca, sintiendo acumularse la vieja presión.

La forma en que Henry se había marchado me daba buena sensación, aunque también me parecía que lo había perdido por segunda vez.

Pero el centurión acababa de sumarse a las personas que me habían abandonado.

No sabía si podría soportar mucho más. Bajé la cabeza y contemplé el suelo polvoriento.

Entonces Chuey vino conmigo, levantando polvo con las botas. Empezó a marcar el ritmo del We Are the Champions de los Queen en el suelo con su macuahuitl.

Alcé la mirada. Chuey sonrió y cantó:

—«No hay tiempo para perdedores».

Chuey sabía que a veces era necesario dejar el dolor para más tarde y ocuparte de lo que tenías justo delante. Yo lo sabía también. Criarte rodeado de bandas callejeras te lo enseñaba con creces. Por suerte, yo además tenía a Chuey para recordármelo.

—«No hay tiempo para perdedores» —repetí.

—Y nosotros, desde luego, «seguiremos luchando hasta el final» —añadió Dama, que era la experta en Queen—, pero esta gente de aquí no tiene entrenamiento. No durarán ni dos minutos contra el Shiguan.

Church asintió.

—Llegados a este punto, también es improbable que antes del juicio consigamos pruebas de que Brach ordenó el ataque. Van a meterte en una caja, Jack. Así que solo tenemos unas horas para restaurar la guarda antes de que Brach le robe la canción para su revuelta.

—No sé yo —intervino Chuey—. Ese fulano de Brach ya tenía a unos cuantos pesos pesados. Jack, tío, ¿no los has visto? Plant, Sting, McCartney… En fin, coleguita, como esté reemplazando a esa gente por dobles para difundir sus propias ideas, podemos darnos por jodidos.

Y eso era solo la parte de rock y metal. Si tenía a políticos como Morris comiendo de su mano…

Se abrió la puerta de la sala y Emaline entró llevando una túnica suelta y colorida de mangas anchas y la misma máscara de bian lian que la noche del ataque en Tin Pan Alley.

—¿Me dejáis un minuto? —pedí a mis amigos.

—Estaré al otro lado de la puerta —dijo Lakshmi, lanzando a Emaline una mirada precavida.

Cuando se hubieron ido todos, Emaline se quitó la máscara.

—Menuda salida has hecho de Guildhall.

—Brach no nos ha dejado mucha elección —dije—. Además, había enviado su espectro a por el alma de Henry, que probablemente era nuestra única prueba decente de que Brach hizo matar a Henry.

—Soy consciente.

—¿Sabías que tenía preso a Henry? —pregunté.

—No, Jack. —Emaline sacó un cigarrillo y volvió a guardarlo—. Brach solo involucra a la gente necesaria para cada parte de su plan.

Le vi sentido.

—Entonces no sabías tampoco que va tras la canción de la guarda.

—No, pero, como esperábamos, lo has puesto nervioso.

Por fin alguna buena noticia.

—He seguido a Brach hasta sus aposentos inventándome una excusa. —Emaline compuso una sonrisa irónica—. Lo he oído despotricar por haber perdido tanto a Henry como su vínculo con el espectro, que me imagino que has debido de cortar tú al enfrentarte a él en Newgate.

—Exacto —asentí—. Le hemos cortado los vínculos, pero el espectro en sí se nos ha escapado.

Por primera vez, Emaline titubeó.

—Me temo que has empeorado la situación —dijo—. El espectro sabe cómo pretendía utilizarlo Brach para desatar su guerra, y ahora ya no está bajo su control. La destrucción que podría sembrar…

Suspiré.

—Nada de esto nos sirve de nada.

—No, pero esto otro sí que podría. Escucha: Brach está preparándose para enviar a sus mejores tejeoscuros tras el espectro. Se especializan en textos arcanos de estratoformas y en combate tanatúrgico.

—Quiere revincularlo —dije—. Así que, si conseguimos llegar a él antes que ellos…

Emaline asintió.

—Eso he pensado yo también. Empezarán a seguirle el rastro mañana. Procuraré que me dejen ayudar y te conseguiré su posición. Tendrás que estar preparado para moverte rápido.

Me alegraba oír que tendría la noche para descansar. Estaba al límite de mis fuerzas.

—Muy bien.

—Recuerda, Jack, la rotura de un espectro suele ser un recuerdo doloroso o un arrepentimiento amargo. Es justo eso lo que hace que su existencia tras la muerte sea un suplicio y los llena de odio.

Recordé el dolor que había percibido en el espectro.

—Cuando lo encuentre, ¿cómo le reflejo su rotura con una nueva luz, para que cambie de bando?

Emaline me puso la mano en el brazo.

—Cuando veas ese destello negruzco de su locura, la manera de apagarlo se manifestará por sí misma.

—¿Qué significa eso?

—Significa que la manera de lidiar con cada espectro maduro es única para él. No sabrás cómo someterlo hasta que hayas escrutado en su corazón más oscuro.

Le cogí la mano libre y se la apreté.

—Más vale que vaya tirando.

—Jack. —Emaline se acercó un poco más, con ese aroma a lila de nuevo—. Si el espectro está desatado y a la guarda ya le queda poco, Brach empezará a reunir su ejército arriba y abajo por los estratos. Así que, desde luego, hazlo rápido… pero hazlo también con cuidado, por favor.

Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que una mujer se había preocupado así por mí.

Ya fuese allí en la seguridad del Caballo de Hierro o afrontando los peligros de los estratos, Emaline siempre parecía estar presente para ayudar.

Era distinto que con mis amigos. Ella y yo no teníamos ningún pasado en común, y Emaline luchaba para derrotar a su propio padre, cuya causa, a pesar de su enloquecido plan, tenía argumentos sostenibles a favor.

Estaba arriesgándose a perderlo todo y, sin embargo, me había ayudado tanto como cualquiera, incluso como Casio. Tal vez más.

La miré a los ojos y la rodeé con los brazos.

Ella cedió a mi contacto y se apoyó en mí, muslo contra muslo.

Entonces me incliné y la besé, apretando los labios en su suave y cálida boca, abrazándola fuerte contra mi pecho.

Hizo un leve ruido que vibró en mis labios y subió las manos a mi pelo para amasarlo con delicadeza en sus puños.

Nos besamos unos momentos más, suspirando y jadeando, envolviéndonos uno al otro tan prietos como podíamos. Luego, despacio, paramos, con la mirada aún trabada mientras nos cogíamos de las manos.

—Cómo me alegro de haberte conocido, Jack Solomon.

Sonrió, se puso de nuevo la máscara y salió del guardarropa, dejándome allí con el corazón acelerado y lleno de deseo.

Entre el silencio y las arremolinadas motas de polvo, se me ocurrió una cosa. Estaba a punto de lanzarme a la caza de un espectro para renovar la guarda, pero no estaba seguro, después de curar a Chuey y perder mi tercera estrofa, de si la guarda aún querría recibir esa renovación de mí.

Miré alrededor, vi que no había marga en la que enterrar las manos y susurré:

—¿Estás ahí?

Medio latido después, los disfraces empezaron a moverse y a rozar entre sí, levantando más polvo hacia las cansadas franjas de luz solar.

Las túnicas y los vestidos se alzaron de sus perchas, giraron y se retorcieron hasta que vi flotando sobre mí una versión en ropa y tela de la guarda.

Un par de bufandas de satén rojo se plegaron a sí mismas en capas para formar la cara y la boca.

Me quedé mirando un momento.

—Ha pasado una cosa al enfrentarme a Brach.

Lo hemos sentido .

—Y ahora… no está. Sé lo que hace mi canción. Pero no recuerdo la canción en sí. La parte importante.

Ya no sientes el perdón.

Era cierto. El hueco en mi interior donde podría haber estado el recuerdo de Wembley había regresado a aquel viejo dolor.

—No debería hacerme falta una canción para ocuparme de esto.

No digas bobadas. Las canciones siempre han sido el camino. Pero, hasta que comprendas la tuya, hasta que encuentres una salida de tu pasado y regreses a la senda del perdón, serás incapaz de renovarnos.

—Entonces, el vínculo-guarda está roto.

Tú eres quien está roto, Jack.

Asentí.

—No vas muy errada. Pero ahora mismo Brach va a por tu canción.

La quiere para su guerra. Y, como no nos parece que tenga muchas posibilidades en el juicio, lo mejor que podemos hacer sigue siendo vincular ese espectro.

Tendré que intentar resolver mi pasado por el camino.

Pero es que tienes al ejército de Brach literalmente en la puerta.

Protegeré los Peldaños Abismales todo el tiempo que pueda . La guarda calló un tiempo. En cuanto a ti, Jack, debes saber que tu canción no está tan lejos. Nos pase lo que nos pase a nosotros, o a los estratos, o a tu mundo, no dejes nunca de perseguirla.

Sonaba a algo que diría Henry.

Las bufandas se desplegaron, las túnicas y los vestidos cayeron como trapos al suelo. Las motas de polvo se alzaron de nuevo formando una nube hacia la agotada luz que caía en haces desde las viejas ventanas del guardarropa.

Reuní a mis amigos, subimos al Caballo del mundo de arriba y cada cual encontró un sitio en el que caer rendido.

Yo lo hice en el viejo sofá, como de costumbre.

Pero no me duché ni taraleí. Solo me quedé sentado mirando todas las fotos de la pared en las que Henry posaba con incontables grupos a lo largo de los años, mientras cantaba en voz baja Knockin’ on Heaven’s Door , la versión original de Dylan, que era bastante metalera, en mi opinión.