Capítulo 54
Una semblanza llega corriendo a una capilla, escapando de un espectro que quiere consumirla. «Padre, ¿puedes salvar mi alma?», suplica. A lo que el cura contesta: «Lo siento, hija, pero has faltado demasiado a la moral».
J. F RED M UGGS , humorista fracasado,
Las ironías de la maduración nigromántica
M e arrodillé en la fría piedra e intenté renovar los vínculos de Casio.
Los toqué una y otra vez, concentrándome en algunos de mis mejores recuerdos, pero los hilos se negaban a retener ninguna luz.
De algún modo, el espectro había drenado su poder, y yo me vaciaba más y más a cada intento fallido de renovarlos.
La semblanza de Casio tiraba cada vez más lejos de su cuerpo.
A nuestro alrededor, las piedras seguían volando de vuelta a su sitio, formando de nuevo las paredes y el techo de la celda de Newgate.
El raspar de piedra contra piedra quedaba amortiguado por un fragoroso viento que tiraba de mí como un enorme vacío hacia la oscuridad de más allá de la celda.
Además de eso, se oía una multitud de voces furiosas desde cerca del mostrador de recepción.
Lakshmi echó un vistazo por el pasillo.
—El batallón de Brach en Guildhall nos ha encontrado.
Di un golpe de arco en el farol para hacer un frote de refuerzo y concentré la luz en los hilos del centurión.
Sus vínculos se avivaron un poco, pero se apagaron igual de rápido.
Quizá necesitaba un recuerdo más poderoso de su fuerza.
Toqué un frote revelador para abrillantar su sombra contra la esquina, tratando de hallar algún momento intenso de su pasado.
El ruido del pasillo cambió de los gritos al entrechocar del metal. Los huecos de las paredes y el techo fueron reduciéndose a medida que el viento seguía lanzando piedras de vuelta a su sitio.
Entonces una oclusión que giraba en la sombra de Casio palpitó como un corazón latiendo a un ritmo lento, doloroso. Emanaba de una cicatriz en carne viva, de borde irregular, abierta con la forma de unas manos implorantes sosteniendo una hoja de tabaco, más o menos rodeadas por una cadena.
Había visto esa misma cicatriz en el cuerpo del hombre que llevaba la pintura de cadáver, el tío que nos había disparado a Henry y a mí. ¿Qué hacía dentro de Casio?
Desvié toda mi energía a un gran frote de refuerzo, brillante con el recuerdo de la familia de Casio, y lo bañé con él.
Pestañeó hasta abrir los ojos y yo me caí de culo, paralizado, negando con la cabeza por la incredulidad.
—Dime que no es verdad, tío. Dime que no fuiste tú.
Casio se incorporó, frunció el ceño… y agachó la cabeza.
—Casio, tú mataste a Henry.
Fijé la mirada en él, incapaz de albergar todo pensamiento, deseando solo que no fuera cierto. Negué con la cabeza otra vez, anhelando que lo retirase.
Los gritos y las pisadas se hicieron más fuertes en el pasillo, y el viento empezó a silbar a través de la mampostería que se cerraba.
Casio por fin asintió.
—Lo hice, Jack. No en este cuerpo, pero fui yo de todos modos.
Todo quedó claro. La semblanza de Casio había estado vinculada al cuerpo del asesino que había hecho el atentado contra la vida de Henry.
Luego habían vuelto a transferir la semblanza de Casio a aquel cuerpo.
Pero el asesinato dejaba una oclusión en el espíritu, ya fuese un alma o una semblanza, y en consecuencia aparecería en la sombra de todo cuerpo al que se vinculara ese espíritu.
Church se acuclilló a mi lado.
—Jack, ya te cabrearás después, tío. Ahora tenemos que irnos.
Empecé a levantarme, pero Casio me agarró por la manga.
—No soy un héroe, Jack. Soy un siervo obligado que abandonó a su pueblo, que no pudo salvar a su familia y que aceptó el encargo contra Henry y tú porque ya me daba igual lo que me pasara.
—Sirves a Brach.
—Antes sí —respondió él.
—Por eso estabas allí esa noche. Nos esperabas.
Church se acercó.
—Jack, entiendo lo que sientes —dijo—, pero no podremos ni siquiera intentar pararle los pies a Brach si no nos largamos de aquí ahora mismo.
No le hice caso y clavé la mirada en el centurión.
—¿Aún trabajas para él?
—No, Jack. Esa noche, después de que mi semblanza regresara a este cuerpo, salí corriendo.
Hui porque ya no podía soportar las humillaciones que me pedían.
Estaba dispuesto a dejar que mis vínculos se agotaran, deslizarme de vuelta a los estratos y perder todos los recuerdos.
Después de tantos años de servidumbre y matanzas, lo que más deseaba en el mundo era olvidar.
Pero, mientras corría, comprendí que también iba a perder recuerdos que apreciaba, y fue cuando empecé a darle vueltas a una cosa que dijo tu amigo, el señor Wilkinson: «Siempre hay elección».
—Así que viniste a buscarme.
—Sabía que estabas cerca. Confiaba en poder convencerte de que me revincularas. Escapar del Shiguan. Desde ese momento, mi lealtad…
—Tú mataste a Henry —repetí.
Casio se quedó callado un momento.
—Me hiciste creer en tu tercera opción. Me hiciste creer que podía ser algo más de lo que soy. Quizá era una falsa esperanza.
—¿Emaline lo sabe?
—El encargo vino directamente de Muster Brach.
Dama me dio un toque suave en el hombro.
—Ya vienen, Jack. Tenemos que irnos.
Casio se levantó con esfuerzo, recogió su arma y me miró.
Le sostuve la mirada.
—Henry era el mejor hombre que he conocido jamás.
Casio asintió y echó a andar hacia la puerta.
—¡Es que hasta te lo pregunté! —exclamé hacia su espalda—. Te pregunté directamente si habías matado a Henry… y me mentiste a la cara.
Se detuvo en la puerta y miró atrás.
—Lo sé, Jack. Estoy avergonzado. Y lo siento. Siempre me las he ingeniado para traicionar todo lo que aprecio, incluso cuando no ha sido mi intención.
Me sentí como el niño de la ventana otra vez, contemplando promesas rotas. Las suturas essiene de mi herida palpitaron y la cabeza me aporreaba.
En el pasillo, los shiguanos abrieron de una patada la puerta de una celda. El viento chilló por las últimas grietas de las paredes y el techo mientras las piedras iban terminando de sellarlas.
—Mi sitio no está contigo ni con tu tercera opción —dijo Casio—. Quizá nunca lo estuvo.
En mi mente se alternaron las imágenes: vincular a Casio, y su juramento de servirme; enfrentarnos a quienes querían secuestrarme fuera de mi casa; la forma en que me había hablado de su familia en el Inframundo; combatir al cerbero; incluso combatir al espectro maduro allí mismo, esa noche.
Casio se había puesto en peligro por mí una y otra vez.
Eso era innegable. Lo peor de todo era que lo consideraba un amigo.
Pero había matado a Henry, me había mentido a la cara sobre ello y luego se había callado ese secreto después de todo lo que habíamos pasado juntos.
Los shiguanos estaban en la puerta y el último hueco de la celda ya casi estaba sellado del todo. Podía ir hacia Casio, perdonarlo y tirar de él, o bien podía escapar a la oscuridad y dejarlo atrás. En todo caso, tenía que levantarme. Era solo que me faltaba la voluntad para hacerlo.
Chuey me puso en pie de un tirón.
—Espabila de una vez, colega. Te necesitamos.
La puerta de la celda se abrió con estruendo. Los shiguanos irrumpieron en tropel, gritando órdenes y blandiendo lanzas. El viento chillaba a través del último agujero que quedaba abierto en la esquina opuesta, tirando de nuestra ropa.
Me sacudí de encima la traición de Casio, por el momento, y señalé hacia la oscura abertura.
—¡Vamos!
Mis amigos cruzaron la celda a toda prisa y saltaron por el agujero a la negrura. Yo me quedé un momento mirando a Casio, ya rodeado de shiguanos, con lágrimas en las mejillas. Luego me volví y me arrojé tras mis amigos a la oscuridad.