Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 53 #2
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Capítulo 53 #2

—Maté a gente buena, Jack —dijo en voz baja—. Allí, en esa preciosa catedral, ciego de rabia. Años después, la primera vez que renací… no volví con Martha. Dejé que me diera por muerto, porque no podía soportar la idea de cómo podría dañarla mi nueva vida.

Calló y me miró, al parecer incapaz de encontrar las palabras. Su prisión siguió sacudiéndose y derrumbándose a la oscuridad alrededor de nosotros.

—Mi niñito —continuó por fin— había sufrido muchísimo, demasiado pronto. Me dije a mí mismo que aquello era clemencia.

Me dolía el corazón, no por las cosas que Henry había hecho, sino porque le provocaran un cautiverio y un dolor tan atroces.

Hizo que lo quisiera todavía más. Había escondido esas heridas tan bien que yo nunca había percibido su pesar.

Vivía con ellas, pero lo único que había visto yo era cómo cuidaba a los demás.

Esas heridas no eran toda su persona, igual que la marcha de mi madre no era toda la suya.

Quizá mi amigo también necesitaba una tercera estrofa.

Así que me arranqué a cantar de nuevo.

Usando su Canon en re mayor , primero di voz a la oscuridad de los muchos dolores con los que Henry cargaba. Llevaba toda mi vida aprendiendo a escribir esa clase de música.

Las cicatrices de su alma comenzaron a resplandecer con suavidad, como ascuas tocadas por el viento.

Entonces entoné imágenes del hombre que me había hecho sentir que estaba donde me correspondía, escuchando discos de saxo de Ronnie Scott, tocando canciones en su minúsculo estudio musical, caminando juntos de vuelta a casa con la cálida brisa vespertina, aquella manera suya de decir siempre «Fijo que sí» justo cuando yo necesitaba oírlo.

Una infinidad de momentos que mi corazón de compositor había anotado y retenido.

Con esas imágenes más brillantes cambié la canción, conservando frases de la oscuridad, pero entretejiéndolas para crear algo más completo.

El sonido salió en tropel, modulando arriba y arriba, como muchas veces hacían las canciones esperanzadas.

Dentro de su sombra, el patrón resplandeciente en re mayor destelló con renovado fulgor.

Henry sonrió de nuevo.

—Bien hecho, Jack, gracias. Creo que estoy preparado.

—¿Preparado?

—Para seguir camino.

—¿Por eso querías que escrutara? Henry, podemos encontrar…

—Al principio, solo quería que me vieses al completo —dijo él—. Pero has hecho más que eso, mi chico. Me has ayudado a sentirme completo… y me has abierto una senda.

El suelo debajo del cuerpo descartado del espectro se partió, y el desgarrado recipiente desapareció en la oscuridad. El resto del suelo se agrietó en una red de negras fisuras. A nuestro alrededor ya solo quedaban restos de la pared oscura, amarilla a la luz de mi farol.

—¿Estás hablándome del Prado? —pregunté.

—Así es, Jack. —Henry se levantó—. Hazme un último favor, ¿quieres?

—Lo que sea —dije, poniéndome en pie a su lado.

—No dejes que el escenario del Caballo de Hierro siga vacío mucho tiempo. —Guiñó un ojo—. Que vuelva a haber música en el garito bien pronto, ¿vale?

—Conozco a unos acordeonistas buenísimos.

Nos reímos juntos. Pero cuando la risa cesó, tuve que refrenar aquella presión, aquel dolor tan familiar detrás de mi frente. Pensé que quizá aún podría salvarlo, y quise intentarlo. Pero eso no era lo que él necesitaba. Cómo iba a echarlo de menos.

Henry separó las manos del agujero de su pecho y me abrazó.

—Te quiero, Jack. Siempre lo haré.

—Yo también te quiero, Henry.

Lo abracé fuerte.

Me soltó, se volvió y anduvo hacia la oscuridad. La canción de él se alzó de nuevo en mi cabeza y la liberé en voz baja, viéndolo marcharse.

Sabiendo hacia dónde iba, invoqué el Prado de Asfódelos. Al momento, estaba con mi amigo en la llanura infinita de estatuas caídas, levantando una mano para despedirme.

Él me dedicó su sonrisa fácil por última vez y luego dejó que el viento se lo llevara hacia la montaña de fuego, erguido y rápido, recorriendo el suelo de piedra.

Cuando ya no era más que una motita de polvo en la lejanía, se unió al fuego con un coro de voces.

Un breve y lejano destello de luz y Henry se había ido a casa.

El recuerdo de mi primera conversación con él se avivó y desapareció. Acababa de abrirse otro hueco dentro de mí, y ese daba una sensación distinta a los otros.

Al momento, las paredes derrumbadas de la cárcel de Henry comenzaron a reconstruirse. Las piedras volvieron raudas a su sitio. Las grietas del suelo empezaron a sellarse. Aquello ya no era casa de Henry, así que parecía estar reconstituyéndose como una simple celda de piedra gris.

—Ha desaparecido —dijo Church.

—Ha seguido camino —les expliqué.

—¿Estás seguro? —preguntó Dama.

—Estoy seguro —dije.

Habíamos perdido nuestra mejor prueba posible de que Brach había matado a Henry. Pero, antes de que pudiera ponerme a darle vueltas a eso, vi que Casio aún estaba tendido en la esquina de la celda. Fui deprisa hacia él.

—Casio.

Tenía la parte izquierda de la cara cubierta de sangre. Sus vínculos se habían oscurecido. Y su semblanza azul había empezado a liberarse de su envoltura mortal.