Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

El cuerpo sana. Pero en el alma, algunas cicatrices no tienen final.

B ENJAMIN B ARKER , Verdades desafortunadas

y su uso práctico

A la luz de mi farol, las pautas de las incontables almas del espectro cayeron como lágrimas al suelo de la celda de Henry.

Había muchísimas oclusiones: heridas, fracasos y la amargura que provocaba vivir para siempre en una cárcel de recuerdos dolorosos.

Y, dentro de las notas de brillo de cada alma, vi la misma pauta que había visto en la sombra de Jimmy, en la de Lynn y en la mía propia, el círculo atravesado por una cruz que simbolizaba una coda en música.

Tenía que ser la marca de un compositor.

Mantuve esa idea mientras tocaba una nota suave y reveladora en el farol. La luz avivó un poco la sombra del espectro y me pareció distinguir clavecines, violines, partituras, público de conciertos.

De repente, una cinta humeante del espectro se extendió hacia mí.

Me rozó la mejilla como papel de lija y sentí que mis pensamientos y los suyos empezaban a fusionarse, como si nuestras almas se entrelazaran.

El espectro anhelaba querer a alguien que también lo quisiera a él.

Sus muchas voces revueltas empezaron a acallarse, como una charla lejana, y una se alzó sobre el resto.

Gracias por liberarnos de las conspiraciones de un ególatra , dijo el espectro en mi mente. Cuando lo hizo, una de sus pautas se iluminó y las notas de brillo palpitaron lentas y lánguidas como la sonata Claro de luna de Beethoven.

—Necesitamos vuestra ayuda —dije—. Por favor, tenéis que…

Iremos al Estrato Antiguo por nuestra cuenta. Para terminarlo. Y tú te unirás a nosotros.

La cinta humeante del espectro se coló en mi interior y ya rozaba mi alma.

Empecé a notarme entumecido y no podía moverme.

El espectro iba a consumirme, a hacer de mí otra de las muchas almas que contenía, y comenzó a parecerme que quizá podría estar bien.

Una parte de mí hasta quería hacerlo. Así por fin descansaría…

Entonces pensé en Henry.

—¡No! —Mi grito liberó vaho al aire gélido—. ¡Tengo más que hacer!

Sentí una repentina oleada de duda procedente del espectro. Reculó, separándose de mí, arrancándose de mi carne como lana de acero hasta desaparecer hacia abajo a través del suelo. Retrocedí trastabillando y di contra la estantería, donde Church por fin se había puesto en pie.

Lakshmi corrió hacia mí.

—¿Estás bien?

—Lo estaré —le dije.

Entonces miré alrededor. Chuey estaba incorporándose mientras se frotaba la cabeza. Casio no se había movido, pero su semblanza permanecía intacta.

—Jack. —Dama estaba agachada sobre el cuerpo de Henry—. Ven aquí, por favor.

Corrí a su lado. Henry yacía agarrándose el pecho con una mano.

Se le escapaba la luz entre los dedos. En su sombra se había abierto una ardiente cicatriz roja, que tenía la forma de unas manos suplicantes que sostenían una hoja de tabaco, rodeadas por una cadena. Henry me miró con una sonrisa tensa.

—Jack, mi chico.

Cogí su otra mano.

—Aguanta. —Miré a Dama—. ¿Qué puedo hacer?

Dama puso una mano sobre la mía y negó con la cabeza.

—No puedes rendirte. —Agarré su mano—. Tiene que haber algo que…

Ella me apretó los dedos.

—No pierdas ni un momento más. —Entonces se inclinó hacia Henry y le dio un beso en la frente—. Me diste un propósito, querido, y te quiero por ello. Nunca lo olvidaré.

Henry sonrió. Church llegó junto a nosotros y bajó una rodilla al suelo.

—¿Qué pasa aquí, viejo amigo? ¿Qué haces ahí tirado, justo cuando te necesitamos en pie? No te tenía por un dormilón.

Henry cogió la mano de Church.

—Pues ayúdame a levantarme.

Con cuidado, Church y yo llevamos a Henry a una silla junto a su mesa de fórmica. Nos miró a los dos y luego se volvió hacia el viejo letrado.

—Me gustaría que una canción de los Who, a ser posible Behind Blue Eyes , se interpretara todos los sábados por la noche —dijo—. Añádelo a la escritura de propiedad del Caballo de Hierro si hace falta. ¿Crees que podrá ser?

—Conque ahora quieres legislar nuestra música, ¿eh? —contestó Church—. Llevas demasiado tiempo en los estratos.

Henry soltó una risita y estrechó la mano a Church. Luego Dama y él se retiraron, dejándome a solas con mi amigo.

Nos miramos entre nosotros un rato largo antes de que por fin le preguntara:

—¿Por qué no me dijiste nada sobre la tanaturgia, el Caballo de Hierro y todo esto?

Asintió, como si ya se esperase la pregunta.

—Merecías la oportunidad de llevar la vida que eligieras. No me correspondía a mí influirte en un sentido u otro.

—Pero sabías que era posible que volviera del Prado de Asfódelos.

—Me lo mostró un marcador de tu sombra, sí —respondió él—. Pero incluso esa decisión debías tomarla tú. Aparte de que sabía que, si te lo hubiera pedido, habrías aceptado sin pensártelo, renunciando a tu música.

Pensé en Wembley.

—Creo que he dejado atrás esa parte de mí.

—No digas bobadas, Jack. Esa forma que tienes de ver una cosa y darle voz va a abrirte unas puertas que nunca habías imaginado. —Calló un momento—. Y encontrarás otro grupo, eso seguro.

Henry se dobló por el dolor y se agarró el pecho. Se le escurrió más luz entre los dedos. En ese preciso instante, la sala se estremeció. Se abrieron grietas en el techo y cayó polvo sobre nosotros.

Escudé la cabeza de Henry con las manos.

—La única puerta que importa ahora mismo es la que nos saque de aquí.

—No tengo cuerpo al que volver, Jack. —Henry se reclinó—. Muster sabía que tenía demasiados arrepentimientos para seguir camino. Pero tampoco podía permitir que regresara. Así que me trajo aquí.

—Es una crueldad crear este sitio y dejarte aquí pudriéndote.

—Este sitio es cosa mía. —Henry miró alrededor—. Las paredes de Newgate son como un espejo. Para mí, reflejaron un lugar que no quería dejar y me recordaron por qué no podía seguir camino. Martha.

Empezó a sollozar y la luz irradió de su pecho herido.

La sala se sacudió de nuevo con temblores.

Se abrieron grandes hendiduras en las paredes y el suelo mientras caían pedazos de techo.

Henry sacó una foto de Martha de su bolsillo del pecho y se quedó mirándola, tocando con suavidad el rostro de su esposa.

Las preguntas rondaban por mi cabeza. Necesitaba la ayuda de Henry.

Pero en esos momentos, antes de lo que viniera para cualquiera de los dos, él necesitaba más la mía.

Porque, de algún modo, el alma de Martha había estado allí y Henry la había visto morir, viviendo ese dolor por segunda vez.

Recordé el día en que Jimmy y yo cantamos su tercera estrofa, cuando había estado agobiado por la preocupación.

El recuerdo no siempre iba de arrepentimiento.

Con el mismo brío que Jimmy le había dado a su letra sobre la carrera, improvisé unos cuantos recuerdos de Martha: viejas bromas de pub, ella tocando música de Chopin, debates de los Beatles contra los Stones. Fueron solo unos versos, en realidad, pequeños recordatorios.

Seguían cayendo cascotes a nuestro alrededor, pero canté hasta que Henry alzó la mirada, con lágrimas en los ojos.

—Bien hecho, mi chico. Pero ¿qué hay de tu canción? ¿Has hecho algún progreso?

Asentí.

—La he terminado.

Pero no le dije que la había perdido otra vez. Una cálida sonrisa cruzó sus rasgos mojados.

—¡No me digas! Esto no es un auditorio como debe ser, pero no me importaría darle una escucha.

—Dejémoslo para otro momento.

Henry me dio una palmadita en la mano.

—La has perdonado, entonces. Me alegro por ti.

—He empezado, al menos.

Cruzó la mirada con la mía.

—¿Y también has empezado a perdonarte a ti mismo?

—¿Por qué? —pregunté.

—Por intentar odiar a una persona a la que quieres. —Desvió la mirada hacia el desgarro suturado de mi sombra—. Esa herida no sanará hasta que lo hagas.

Como siempre hacía, Henry había ido directo al fondo de la cuestión. Sonreí.

—Los perdones, de uno en uno.

—Bien está —dijo él—. Dios sabe que yo me he aferrado a mis viejos dolores muchísimo tiempo. Quizá el suficiente.

La cárcel retumbó de nuevo y la pared trasera de casa de Henry en los estratos se derrumbó del todo, revelando unos brillos distantes como luciérnagas en lo que, por lo demás, era una oscuridad absoluta.

—Pero tú por fin has plantado los pies, mi chico —añadió Henry—. Eso está clarísimo. Eres un hombre nuevo. Capaz de cosas nuevas.

No dije nada. Solo quería escucharle.

—Mira mi sombra —me invitó—. Escruta las heridas de mi alma y luego dime si, en tu justa opinión, no he cosechado lo que sembré.

Titubeé.

—Por favor —dijo él.

Así que, muy despacio, froté mi farol para marcar su sombra en nítido relieve sobre el astillado suelo de madera.

Las notas de su pauta resplandecían en lenta sucesión, como el Canon en re mayor de Pachelbel.

Había varias oclusiones oscuras que contrastaban con las notas de brillo, pero unas pocas eran heridas abiertas, cuya luz emanaba…

… dentro de una gran catedral, con la nave y el transepto cu bier tos de sangre, los cadáveres yacen por todas partes y un sacerdote está tendido en el suelo, junto a los inocentes que han intentado defenderlo…

… Martha, vestida de negro, recorre una hilera de lápidas bajo la lluvia. Ante un ocaso otoñal, se agacha junto a una tumba en particular y solloza…

… un niño pequeño, con los ojos cerrados, está tumbado en una cama de hospital. El suave zumbido de las máquinas no consigue tapar del todo sus esfuerzos por respirar, ni la sensación cuando su padre por fin consiente en apagar esas máquinas…

Ya había visto antes la cicatriz del primer recuerdo, las manos suplicantes sosteniendo un cuerno de cabestro, la misma herida que le había visto al padre Kincaid en Westminster.

Un temblor tremendo sacudió la celda. Otra pared y parte del techo cayeron, precipitándose en cascotes a la oscuridad. Mis amigos se congregaron, intentando protegernos a Henry y a mí.

Alcé los ojos y vi a Henry tiritando por la vergüenza.