Capítulo 52
Al emplear el elogio y la censura para habituar a las almas a amar lo que deberían amar y aborrecer lo que deberían aborrecer, la educación musical posibilitará la aparición de un tipo de virtud irracional, una que sea independiente del pensamiento reflexivo.
P LATÓN , República , parafraseada en los
Estatutos del Shiguan
S ubimos por Old Bailey a la carrera. Aún era media tarde, pero la zona de Bayswater estaba casi desierta.
Y el cielo, o lo que sirviera de cielo en los estratos, se había tiznado de gris.
Empezó a llover y el aire se espesó con el olor a piedra mojada.
Casio señaló a través de la penumbra. Al otro lado de un patíbulo, donde los presos subían unos peldaños para hablar susurrando con un sacerdote que tomaba notas en un cuaderno, se alzaba la prisión de Newgate.
—¿Cómo vamos a entrar? —Church envainó su espada en el bastón—. Habrá más de una docena de bobbies delante.
—Es verdad. Parad aquí un segundo. —Me quité la bandolera del hombro y saqué el hilo que me había dado Owen—. Esto hará que parezcamos policías. —Me concentré en los bobbies , me puse una pulsera y creé vínculos para mis amigos—. Muy bien, vamos.
Cruzamos la puerta principal con paso tranquilo, atrayendo poco más que miradas casuales de los guardias. Fuimos a un mostrador, tras el que estaba sentado un anciano de aspecto frágil y con gafas que tenía la mirada fija en su reloj de bolsillo.
—Traslado de preso —dije.
El anciano se sobresaltó y alzó la mirada de su reloj.
—¿Venís de parte de Mick?
—Qué va, por supuesto que no —respondí—. Servimos al lord alcalde.
El viejo rio.
—¿A quién os lleváis?
—Celdas especiales —le dije—. No hay que usar su nombre.
El hombre se tocó un lado de la nariz en gesto conspirativo.
—Acaba de subir un tipo grandote a recogerlo.
Mierda.
—¿Por dónde?
—En la celda del final, por el lado del patio —dijo el anciano, señalando un pasillo de piedra mal iluminado.
Eché a correr, seguido por mis amigos. Nuestras zancadas resonaron en el pasillo desnudo. Saqué mi farol, di la orden para que la piedra fantasmal se iluminara y preparé el arco. En la puerta había dos recios guardias, uno calvo y el otro con el pelo entrecano y revuelto.
Cuando nos detuvimos delante de ellos, mis jadeos sacaban vaho al aire. Los de mis amigos y los guardias también.
Una sensación enfermiza se apoderó de mí. Brach no había llamado al espectro con su viola para atacarme a mí, sino que lo había enviado a matar a Henry. Mi acusación había obligado a Brach a librarse de él, de la última prueba que podía demostrar que era responsable del asesinato.
—¡Abrid! —grité.
El del pelo entrecano lo hizo y entré a lo que parecía una réplica exacta del piso de Henry.
La luz que entraba por la ventana era escasa, el aire denso y muy frío.
Y de pronto sentí una desesperación casi abrumadora, como si el mundo estuviera cayéndome encima.
Me di un fuerte puñetazo en el muslo para romper el ensalmo mientras algo chillaba cerca de la cocina.
En la esquina, junto a la chimenea, una criatura enorme se cernía sobre Henry.
La bestia no tenía pelo, ni orejas, ni nariz merecedora de ese nombre, y su mandíbula y sus pómulos le habían atravesado la piel de la cara.
La carne de sus brazos y piernas estaba desgarrada y partida también; en otros sitios, tenía la piel surcada de grueso tejido cicatrizal.
Pensé que habría preferido otro perro gigante.
La esposa de Henry, Martha, estaba dando puñetazos a la criatura en la espalda.
Di un fuerte golpe de arco a mi farol que envió un destello de luz reveladora por toda la estancia.
La sombra de Henry era oscura como la de un mortal, pero tenía el borde suave de una semblanza.
Era su alma. La sombra de Martha era igual.
La de la criatura, en cambio, destacaba contra la chimenea de ladrillo.
Tenía un grueso ribete violeta y vínculos de orcus.
En la sombra del espectro bullían unas pautas densas y titilantes.
Debía de tener como treinta canciones de brillo distintas, la cacofonía frenética de demasiadas almas atrapadas juntas.
El espectro chilló otra vez y oí voces que decían «Libéranos», «Acaba con ellos», y unas palabras marchitas que destacaban sobre las demás: «Él es como nosotros y será nuestro».
Algo destelló en sus ojos. Dolor, quizá. Pero no encontraba su rotura y desde luego no tenía el contexto necesario para darle el corazón dispuesto de una guarda. Lo único que podía hacer era intentar vincularlo hasta que lo tuviera.
El espectro usó mi luz para escrutar mi sombra y empezó a canturrear una nota profunda, hermosa y resonante. La piel de las muñecas empezó a picarme y a dolerme, mientras las suturas de mi sombra me tiraban.
No me veía capaz de aguantar otro ataque sobre esa herida, así que apagué el farol.
—Esta vez, pelea normal y corriente.
—¿Seguro, Jack? —preguntó Chuey, que ya tenía su macuahuitl en la mano.
Asentí.
—Alégrate de no ver cómo es de verdad.
El espectro devolvió su atención a Henry. Martha empezó a chillar y a pegarle de nuevo. Esa vez, la criatura echó el brazo libre atrás y le atravesó el pecho con la mano.
—¡Jack! —gritó Henry—. ¡Sálvala!
Yo estaba seguro de que Martha no podría sobrevivir a aquello, y apenas teníamos unos segundos para sacar a Henry de allí.
—¡Sálvala! —gritó Henry otra vez.
Cargué, flanqueado por Casio y Chuey. Martha se revolvía en el brazo del espectro como un cuerpo empalado en un grueso poste.
Ya casi habíamos llegado a ella cuando profirió un aullido ensordecedor y el espectro arrancó de su pecho un puñado de luz.
Se quedó flácida. La luz de Martha recorrió el brazo del espectro y entró en su torso, crepitando en los bordes irregulares de su carne desgarrada.
Y entonces Martha se apagó, una neblina de color ámbar que se oscureció a la nada.
—¡No! —chilló Henry.
El espectro se volvió de golpe hacia él. Estábamos todos a su espalda y no pudimos hacer nada mientras la criatura hundía su enorme mano en el pecho de Henry esa vez. El cuerpo de mi amigo se convulsionó, como si le hubiera caído un relámpago.
Grité el nombre de Casio.
El centurión dio su grito de guerra, saltó adelante y descargó su espada en un amplio arco descendente que cercenó la mano derecha del espectro.
La criatura rugió, retrocedió hasta la chimenea y, sin dejar de mirarnos furibunda, metió el muñón ensangrentado en las llamas.
El hedor a carne quemada llenó la habitación.
Henry cayó de rodillas, aún temblando, con el pecho abierto y sangrando la luz de su alma en finos chorros. Dama corrió hacia él con su cartera.
—¡Recordad! —exclamé—. Necesitamos a ese ser para renovar la guarda. Casio, atráelo. Lakshmi, Chuey, poneos en su punto ciego y contenedlo. Church, prepárate para ayudar a derribarlo. Intentaré impartir mi sello a sus vínculos.
—El orcus es un catalizador de un solo uso —objetó Lakshmi—. Tendremos que cortar sus vínculos para que puedas ponerle hilo nuevo.
El espectro sacó su muñón humeante del fuego y avanzó hacia nosotros, con un sonido grave retumbando en lo más profundo de su pecho.
Casio tentó a la bestia con unos mandobles al aire de su espada mientras Chuey y Lakshmi la rodeaban dejando mucho espacio.
El espectro vino hacia mí, sacudiendo las tablas del suelo a cada paso.
Su mandíbula se abrió. Y se abrió y se abrió. La carne de las comisuras de su boca se desgarró en líneas zigzagueantes, como en una sonrisa imposiblemente larga y quebrada, mientras la sangre le caía por los dientes y la barbilla.
Entonces cargó, bramando en áspera cacofonía. El rugido me puso la carne de gallina, resonó dentro de mi cabeza y descendió por mi sombra herida. Se me emborronó la visión y di un paso atrás. Lakshmi entró con paso diestro y le cortó el vínculo de la cintura.
El espectro corcoveó, apartó a Lakshmi de un codazo y dio otro paso hacia mí. Chuey dio un tajo con su macuahuitl contra el tendón de su pie derecho que le abrió la carne.
La criatura aulló y dio una coz con su pie herido que envió a Chuey contra la repisa de la chimenea. Mi amigo se golpeó la cabeza contra la piedra y cayó al suelo.
El espectro chilló de nuevo y se abalanzó hacia mí. Casio se puso en medio, absorbió el impacto y terminó despatarrado en el suelo a mis pies. Aquella cosa alzó una pierna sobre la cabeza de Casio, pero entonces llegó Lakshmi y cortó el vínculo del pie levantado, además de los tendones de debajo.
La criatura aulló e hincó una rodilla en el suelo.
Church llegó embistiendo con los brazos extendidos, dispuesto a placar a nuestro enemigo. Pero el espectro movió el brazo en un revés brutal que proyectó a Church contra la estantería, de donde cayó al suelo acompañado de cientos de discos de vinilo que se desparramaron a su alrededor.
Henry estaba tendido en el suelo también, con el rostro crispado de dolor, mientras Dama hurgaba en el botiquín de su cartera, arrodillada junto a él.
Lakshmi entró de nuevo con paso elegante y cortó el vínculo de la única mano que le quedaba al espectro.
La criatura se sacudió, rugió con una horda de voces y atacó a la presera con su muñón humeante.
Lakshmi saltó hacia atrás, esquivando el golpe pero dejándole el camino despejado hacia mí.
El espectro recuperó el equilibrio mientras se le rajaba la piel por las articulaciones.
Vino con paso pesado, cojeando por los tendones cortados.
Alcé el farol de nuevo e hice un rápido frote de refuerzo para Church, concentrándome en su época de la Fuerza Expedicionaria Británica, y otro para Casio, pensando en su entrenamiento con la legión.
El espectro alzó la cabeza y aulló una canción terrible que pareció alterar la luz de mis frotes. Cuando los ecos de su música cesaron, Casio y Church cayeron de bruces al suelo.
La criatura bajó la cabeza y echó a andar de nuevo hacia mí.
—¡Frotes de asalto! —gritó Dama—. ¡Concéntrate en dañarlo!
Fijé la mirada en la cara ensangrentada de la bestia y golpeé unas notas duras y marcadas en el farol, que enviaron esquirlas de luz contra el espectro con la imagen de las violentas peleas callejeras de mi ciudad natal.
El espectro se estremeció, pero su sombra empezó a absorber la luz como si aquello no fuese nada.
Solté el arco y empuñé mi jopesh. Indiqué a Lakshmi que atacara por la espalda y comencé a retroceder hacia la esquina del fondo, sacudiendo mi farol en el aire para atraer al espectro.
Mientras se abalanzaba contra mí, Lakshmi llegó desde detrás de él y cercenó el vínculo que aún tenía en una pierna.
La criatura tembló y dio unas violentas sacudidas mientras la piel se le abría y lloraba sangre y bilis.
Acometí con la jopesh alzada y se la clavé en el cuello, cortando su último vínculo. Cuando cayó el único cordel que le quedaba, la piel y la carne del espectro empezaron a soltarse y caer al suelo.
Me apresuré a sacar de mi bandolera el orcus, que vibraba más fuerte en presencia de aquel espectro que con el cerbero.
De nuevo, por instinto, canté unas notas de una canción mía para calmar al hilo, unas pocas palabras sobre perder a la única mujer a la que había querido. Ayudó incluso menos esa vez.
La sala quedó en silencio. Solo oía mi trabajosa respiración.
Entonces el espectro liberó un aullido profundo, reverberante, y cayó de lado al suelo.
Una numerosa congregación de almas se alzó de su cadáver ensangrentado componiendo la forma de un hombre gigantesco, de dos metros y medio de altura y uno de anchura en los hombros.
Parecía algo arrancado de la Interminable Oscuridad, con el borde ondulando como si fuese de niebla o de humo.
Empecé a taparme los ojos, esperando un viento huracanado como el que había soplado cuando expulsamos al cerbero en Highgate. Pero aquel espectro permaneció flotando sobre su propio cascarón mortal, todavía vibrando con el mismo poder… y mirándome a mí.