Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 51 #2
75%

Capítulo 51 #2

Pero Brach no lo dejó en paz. Frotó su farol de nuevo, tres veces adelante y atrás, y la luz latió e irrumpió en la cicatriz de Chuey, que se ensanchó, vertiendo más luz carmesí…

… Chuey no habla, solo mira a su madre. «Escucha esa horrible y malvada música heavy metal —dice su madre a la policía—.

No me extraña que tenga droga escondida.

Vete a saber en qué más andará metido». Chuey espera, como confiando en que lo retirará.

Al fin y al cabo, fue ella quien lo llevó al programa de juventud en riesgo seis años antes.

Se supone que debería protegerlo. Pero lo único que hace su madre es clavar la mirada en él, como empujándolo a admitirlo.

Al cabo de unos momentos, Chuey asiente y deja la cabeza agachada…

Chuey se liberó de los guardias shiguanos y se arrojó contra Brach, con los ojos entornados y llorosos. Brach retrocedió un paso y, con mano rápida, alzó su jopesh y la hundió en las tripas de Chuey.

Mi amigo agarró el brazo de Brach, ahora con los ojos imposiblemente ensanchados y la boca muy abierta. Se oyó un enfermizo sonido deslizante cuando Brach sacó la hoja de su cuerpo y Chuey se desplomó al suelo del atrio.

—Un tanaturgo puede defenderse de los ataques contra su persona empleando fuerza letal —dijo Brach como quien habla del tiempo, y retrocedió.

—Por desgracia, tiene razón —dijo Lakshmi.

Dama y yo caímos de rodillas al lado de Chuey. La sangre empapaba su camiseta de Kamelot y le goteaba de la comisura de la boca. Alzó la mirada hacia mí, pestañeando.

—¿Ese?

—¿Puede hacer algo? —pregunté a Dama.

Ella negó con la cabeza.

—Esa herida supera las capacidades de cualquier chizo.

Brach había provocado a Chuey para que lo atacara. Le lancé una mirada.

—Resuelve esto, o juro por Dios que te mataré.

—Ten cuidado con las amenazas, Jack. —Brach limpió su hoja—. Y, aunque no voy a hacerlo yo mismo, te mostraré cómo ayudar a tu impetuoso amigo. —Envainó la jopesh—. Has estudiado la composición de la tanaturgia, ¿verdad?

Tres jorguinerías: muerte, no-muerte y vida. Un tanaturgo podía dar su vida a la vida.

—¡Pero no he hecho esto nunca, y no hay tiempo!

—Pues claro que hay tiempo. —Brach se acercó y me susurró al oído—: Pero hará falta un recuerdo muy poderoso para contener el flujo del espíritu de tu amigo. Un recuerdo reciente, diría yo. Observaré tu sombra para guiarte y confirmar que estás usando el recuerdo adecuado del modo adecuado.

Mi canción. Pues claro que lo sabía. Su títere Leinad Ke había estado allí. Y su gente había estado vigilándome, estudiándome, desde aquella primera noche, cuando Madam había mirado en mi sombra.

Por eso Brach había tentado a Chuey. Tenía que ser por eso.

Porque quería arrebatarme las palabras y las notas que había encontrado para empezar a perdonar a mi madre.

Toda una vida buscándolas. ¿Qué le haría aquello a mi vínculo con la guarda?

¿Y a mí? ¿Podría Brach aprovecharlo de algún modo para su revolución?

El ejército de Brach permanecía silencioso bajo las brillantes luces de estadio. Mis amigos se apiñaban cerca, esperando a que eligiera un camino.

Acuné la cabeza de Chuey.

—Enséñamelo.

Brach frotó su farol de nuevo, bañándonos a Chuey y a mí en una inundación de luz ambarina. Nuestras sombras se superpusieron.

—Busca el recuerdo —me instruyó Brach— y recupéralo con tanta viveza como seas capaz.

Mi mente regresó a aquellos momentos en el escenario de Wembley.

El sonido arrollador emanando del inmenso sistema de altavoces.

Decenas de miles de asientos vacíos. El fragor de la vida atravesándome mientras adoptaba el punto de vista de mi madre y los inicios del perdón me proporcionaban una letra y una música.

Chuey me agarró el brazo.

—No, ese. No pierdas eso.

—Cállate, Chuey.

Brach golpeó el arco en staccato sobre una vara de su farol. La luz cayó tabaleando como lluvia en la cicatriz de Chuey.

—Ahora concéntralo todo en la herida de tu amigo.

Mientras lo hacía, la cicatriz de mi interior empezó a ganar brillo y la luz brotó más allá de mis suturas y se concentró como por un embudo en la cicatriz de Chuey y la herida de su cuerpo. Poco a poco, esos momentos de Wembley salieron de mí y se abrió un gran hueco donde habían estado.

Al poco tiempo, la luz dejó de manar de mí.

Mi cicatriz se oscureció. Pero el dolor era más profundo que antes, porque intuía cómo había sido antes de que el recuerdo desapareciera.

Era una sensación rarísima. Sabía que había terminado mi canción, como un recuerdo de un recuerdo, porque se lo había dicho a la guarda cuando me aceptó.

Pero el momento en sí mismo sencillamente ya no estaba allí.

Chuey inhaló una larga bocanada y se relajó en mis brazos. Aún tenía la camiseta empapada de sangre, pero la herida de su carne estaba reemplazada por una inflamada cicatriz roja.

Brach dejó de tocar su farol.

—¿Vas a darme un beso, coleguita?

Sonreí.

—Me alegro de que hayas vuelto.

En mi interior, solo sabía que había ido a Wembley y había intentado terminar mi canción.

No tenía el recuerdo de cómo había ido, ni de si lo había logrado, ni de lo que quizá hubiera sentido en caso afirmativo.

Lo que sí que sabía era que toda aquella vieja presión había regresado. Y, con ella, algo de odio por mi madre.

—Adiós a tu vínculo con la guarda —dijo Brach—. ¿O creías que no iba a estar al tanto de ese pequeño arreglo? Y, en cuanto a tus amigos, siguen siendo cómplices de un robo, de modo que los retendremos aquí hasta que pueda programarse un juicio en condiciones.

Me levanté como pude.

—Que te crees tú eso.

—¿Te da miedo un sencillo juicio por robo, Jack?

—Brach señaló su ejército en espera—. El pasado siempre está sometido a juicio.

Y, dado que la revolución no es por sí misma un delito contra el Precedente, mucha suerte intentando demostrar esas otras acusaciones tuyas infundadas durante el juicio.

No obstante, es una decepción que no sepas ver la belleza de unas canciones nuevas para construir un futuro nuevo.

Canciones que significan algo acerca del pasado…

como la que tú escribiste para tu madre.

Estaba intentando cabrearme por todos los medios.

—Es interesante que la canción que llevo toda la vida persiguiendo sea la de intentar hacer las paces con alguien que me abandonó, mientras que la canción que tú buscas te vuelva totalmente dispuesto a matar a un amigo.

Brach movió la mano y unos cuantos guardias nos rodearon.

—Aprecio mucho a Henry —dijo—. Es el mayor corazón musical que conozco.

Pero él y yo opinamos de manera distinta sobre cómo remediar las humillaciones impuestas a los estratos: la negligencia, el revisionismo.

Y desde luego opinamos muy distinto sobre cuál es la mejor manera de materializar las continuas aportaciones de los estratos al futuro de Londres.

—Dices que aprecias a Henry —respondí. Oírlo hablar de él en presente me recordó que Henry seguía con vida, y él era la clave—. ¿Dónde está?

—Vas a terminar perdiendo el Caballo de Hierro, Jack. Quizá incluso antes de que este espectro habite su forma final. Lo único que debes decidir es si quieres o no estar en el lado correcto de la historia. Ah, y por supuesto si quieres salvar a tus amigos.

Contuve una palabrota.

—Eso intento hacer.

Había llegado el momento de largarnos cagando leches de allí, pero los secuaces de Brach habían cerrado filas alrededor de nosotros.

Emaline cruzó la mirada conmigo y la desvió por el lado occidental del atrio hacia un camino de piedra triturada que recorría la pared trasera.

Estaba sugiriéndome que echáramos a correr sin más.

Le di un golpecito a Chuey en el hombro y señalé el camino con el mentón.

Recorrió con la mirada todo el atrio y, antes de que yo pudiera reaccionar, ya había llegado a la mesa de iluminación que había al lado del atril.

No era de las nuevas digitales que se usaban en los conciertos del mundo de arriba, sino que más bien parecía consistir en manivelas, engranajes e interruptores, pero Chuey la estudió un instante, bajó todos los pulsadores de golpe y luego arrancó los interruptores.

Las luces de estadio se apagaron, sumiendo la plaza en la oscuridad.

Casio empujó a un guardia y me rodeó con un grueso brazo para ayudarme a levantarme.

Lakshmi apartó de una patada al shiguano que tenía más cerca y embistió hacia delante, abriendo un camino hacia la escalera septentrional del atrio.

—¡Atrapad al cabrón de pelo largo! —gritó Brach—. Matad a los demás.

Las piezas de armadura tañeron en la penumbra. Las espadas silbaron al salir de sus vainas. Las pesadas botas aporrearon la piedra de la plaza y el atrio. Noté un subidón de adrenalina y eché a correr con la ayuda de Casio.

Descendimos por los peldaños del norte del atrio y recorrimos el camino de piedra triturada, dejando atrás a sorprendidos shiguanos en las sombras hasta salir a la calle Tudor. Sonaba a que la guarnición entera estaba persiguiéndonos.

Unos treinta metros por delante de nosotros, la gran turba se había alborotado más y estaba dándose tirones y empujones. Recordaba mucho a un pogo en un concierto. Llevé a mi gente derecha al mogollón.

Las semblanzas intentaron agarrarnos, desgarraron nuestra ropa.

Nos cayeron puñetazos en la cara y la espalda mientras nos abríamos paso hasta el otro lado.

Cuando por fin nos liberamos, vi que a nuestra espalda los furiosos alborotadores se habían enfrentado al ejército de Brach y estaban cerrándoles el paso. Calculé que habríamos ganado un minuto.

Fue entonces cuando reparé en Mick. Había echado a correr con nosotros. Chasqueó la lengua mirando hacia la turba.

—Señor Solomon, menudos azotes en el trasero vas a ganarte como la gente de Brach te eche mano.

Resollando, tiré de Mick para darle la vuelta.

—Estamos buscando a un amigo…

—Por eso he venido —me interrumpió él—. La información tiene un precio, bisoño, igual que los faroles y las piedras. —Sacó su libro de dentro del abrigo—. Y el hombre que la quiera deberá ser el mismo que firme en estas páginas.

Mick me dio un lápiz y me apresuré a garabatear mi nombre. Después de guardarse otra vez el libro en el abrigo, Mick me sonrió.

—Brach retiene a un prisionero sin nombre en Newgate, celdas especiales. Nada de visitas, a excepción del propio Brach.

—Vamos —dije, y puse rumbo hacia Newgate.

—¡Recuerda, bisoño! —gritó Mick a nuestra espalda—. Si te las ingenias para sobrevivir a tu juicio, y ojalá lo hagas, tarde o temprano te exigiré el pago.

Apenas lo oí mientras corría a toda velocidad, rezando para que aún hubiera tiempo.