Capítulo 51
La templanza —la estricta adhesión a la Ley del Precedente y la actuación decidida contra las infracciones de la misma— debe gobernar en nosotros. Preservaré la paz de nuestra ciudad con tanto fervor como cuando combatí contra los cinco burgos de Danelaw y los saqueadores vikingos.
L ADY E THELFLEDA , canciller del Estrato Sajón,
en una misiva a Muster Brach
B rach de veras parecía querer una respuesta. Y, aunque jamás habría traicionado a Henry ni a mis amigos, la visión de ese hombre me asustaba, porque parecía casi razonable.
Miré desde el atrio la plaza llena de miles de vestigios y mimos shiguanos en posición de firmes.
—¿En serio cree que puede doblegar el mundo e imponerle su visión?
—Si nos valemos de la música, por supuesto que sí —respondió Brach, con un gesto hacia su ejército—. «Porque los modos musicales no son cambiados nunca sin remover las más importantes leyes que rigen el Estado».
—La República de Platón.
Brach sonrió.
—Veo que conoce a los clásicos, ¿eh, señor Solomon?
—Tengo olfato para la historia —contesté—, sobre todo si trata de música.
—Pues entonces recordará que, según el filósofo, la música forma parte de la educación del alma, y en consecuencia es un componente primario e indispensable de la ciudad ideal, lo que él llamaba la polis .
—¿Eso es lo que quiere construir usted? —repliqué—. ¿Una ciudad ideal, con usted como su filósofo-rey?
Brach soltó una risita.
—Sabe tan bien como yo que la armonía y el ritmo, una vez impartidos al alma, pueden estimular las virtudes deseadas.
—¿Como la obediencia? —pregunté.
Dama se inclinó hacia mí.
—Jack, en el Caballo todos hemos visto cómo la música se mete en la gente y hace que hagan cosas. ¿Y eso que acaba de tocar con la viola? Hasta a mí me han entrado pensamientos violentos.
Brach rio de nuevo.
—Su amiga es perceptiva. También recordará que Stravinski instigó unos disturbios entre la clase alta y los bohemios inquietos con la disonancia de La consagración de la primavera .
—Creo que esa historia debemos de haberla oído todos —dije.
Brach se cruzó de brazos.
—Y, sin embargo, mi joven amigo, no sabe usted nada acerca de la verdadera revolución mediante la música. Mucho antes de su época, las ocho óperas modelo de Jiang Qing desplazaron a toda la demás música y enaltecieron el heroísmo de la gente común.
Ya había leído algo sobre las óperas de Jiang.
—También enaltecieron a un líder y sus ideas, excluyendo todo y a todos los demás. Parece que sí que defiende usted la causa de «Todo el arte para el Shiguan», al final.
—La causa shiguana —respondió Brach— es la causa de Londres: preservar lo que fue y establecer lo que debería ser.
Es solo que por fin hemos comprendido que solo podremos llevar eso a cabo por medios revolucionarios.
No es muy distinto, por ejemplo, a cuando Wagner fabricó granadas de mano para el alzamiento de Dresde contra el rey de Sajonia, solo que nuestra arma será la música.
Negué con la cabeza.
—Creo que no pilla usted para qué luchaba Wagner.
—Ilumíneme —dijo Brach.
—En su ciclo del anillo, Wagner muestra a dos poderes en conflicto. Uno exige la renuncia al amor, la reducción del pueblo libre a la esclavitud. El otro representa la libertad y el amor por la gente.
—Elige usted no mencionar —repuso Brach con una sonrisa— que el concepto que tenía Wagner del amor era el sacrificio. Según ese baremo, nos hallamos todos en el Estrato Wagneriano.
—No convencerás a todo el mundo —argumentó Dama—. Habrá gente que se resista.
—Ah, por supuesto que sí —dijo Brach—, igual que hacen aquí en los estratos. Pero en el mundo de arriba, tendremos la ventaja de que la gente no sabe lo que somos. Y nos estableceremos tan deprisa que ocuparnos de los opositores será un mero asunto de persuasión.
—¿En campos? —pregunté.
—Llamémoslo reeducación —dijo Brach—, para que la gente piense como es debido en Londres, en su pasado y su futuro.
Aquel tío estaba verdaderamente como una cabra, pero no me apetecía mucho ofenderlo delante de varios miles de shiguanos con el cerebro lavado y ya encendidos.
—Ha intentado usted matarme, secuestrarme, sobornarme y ahora, por segunda vez, ¿intenta reclutarme? Me da a mí que paso mucho.
—Entonces, su visita aquí era una treta —observó él.
—Más o menos. En realidad hemos venido para informarle de que es objeto de investigación formal por el asesinato de Henry Wilkinson, la captura de su alma y la invocación de un espectro maduro.
—Todo crímenes contra el Precedente —añadió Lakshmi.
Brach me miró boquiabierto un segundo. Luego se echó a reír.
—¿Y tiene alguna prueba de esas acusaciones?
—Sé que el alma de Henry no ha seguido camino —dije—. Y sé que un espectro maduro vinculado ha estado cazando a gente arriba. Extraer un alma del Prado o vincular un espectro maduro requeriría de textos arcanos cythonianos, ¿verdad? Y usted tiene algunos de esos, ¿me equivoco?
—¿Esas son sus pruebas? —preguntó Brach—. ¿Acusaciones insostenibles?
Di un paso hacia él.
—Ese espectro parece estar matando solo a compositores. Un apetito que usted evidentemente comparte —dije, señalando con la cabeza al profesor Byrd, que aún interpretaba aquella misma música ultraterrena.
Brach se encogió de hombros.
—Tu guarda está muriendo, Jack. Cuando lo haga, me apoderaré de su canción.
Aquello impactó en mí como un golpe bajo. Esa era la canción antigua que Brach buscaba. Ese tipo ya tenía una música que podía hacer que miles de vestigios lo siguieran. Si echaba mano a La balada de la determinación …
—Por lo que he oído —logré decir por fin—, la canción de la guarda es una llamada a resistir contra tíos como tú.
—Su canción —respondió Brach— fortalece contra esa parte irracional del alma que busca el placer y rehúye el dolor, y lo hace a partir del puro narcisismo.
En otras palabras, Jack, vamos a convertir la propensión de cada humano a tomar una decisión individual irracional en la valentía de pertenecer a nuestra decisión colectiva.
—Obligatoria, querrás decir. —Noté que odiaba a ese hombre cada vez más—. Vas a convertir la canción de la guarda en un arma para hacer que estalle tu guerra contra el mundo de arriba.
—Ay, Jack. —Brach meneó la cabeza—. La guerra ya ha empezado. Tu mundo está borrando nuestro futuro y no nos ha dejado más opción que contraatacar. Lo único que hará esa canción es acelerar nuestros planes y darles a nuestras técnicas musicales el impacto duradero que requieren y merecen.
La guerra de Brach comenzaría con la música, pero luego influiría en las otras artes, y luego en la educación, en la política, en la ley.
—Quieres hacer que la gente crea que está eligiendo sus lealtades. —Negué con la cabeza—. No voy a permitirlo.
—¿Ah, no? —replicó Brach.
Emaline, que parecía estar observando a los vestigios de la plaza, se volvió hacia nosotros.
—¿Está diciéndonos, señor Solomon, que pretende hacer esas acusaciones en su juicio de esta noche?
Eso si vivía hasta entonces.
—Cuenten con ello.
La sonrisa de Brach regresó. Cogió su farol y un arco de su cinto y tocó una nota llena de matices. Reconocí al instante el resplandor rojo y ambarino de la cuerda del arco: hilo de orcus. Acababa de llamar a su espectro maduro. Me habría apostado cualquier cosa a que era eso.
Mientras el farol de Brach perdía brillo y la cuerda se oscurecía, la puerta que teníamos detrás se abrió. Salió Mick al atrio, seguido de Casio, Church y Chuey. Los escoltaban varios guardias shiguanos.
—Buenas tardes, jefe —dijo Mick, con una leve inclinación hacia Brach.
—¿Y a quiénes tenemos aquí? —Brach ladeó la cabeza—. Vaya, pero si son más amigos del señor Solomon.
—Este grupito —explicó Mick— ha venido al Castillo de Ratas preguntando por el paradero de cierto prisionero. Pero la guinda del pastel es que, cuando los he enviado a tomar por saco, este de aquí —dijo señalando a Chuey— ha intentado afanarme mi libro.
Miré a Chuey, que se encogió de hombros.
—El colega no quería llegar a un acuerdo.
—Eso es un delito en los estratos —dijo Brach en tono despectivo—. Tu amigo va a tener que prolongar su estancia aquí abajo.
Lancé una mirada a Church, que negó con la cabeza.
—Me temo que tiene razón, Jack. Podríamos recurrir, claro, e ir a juicio…
—Pero una docena de testigos apoyarán la acusación —dijo Mick con una sonrisa.
—Una docena de ratas, querrás decir —respondió Casio.
Brach se volvió hacia mí.
—Podemos ser razonables, señor Solomon, si usted puede ser razonable.
—No lo hagas, Jack. —Chuey dio un paso hacia mí y lo retuvieron de inmediato—. Puedo echar tiempo en una cárcel de fantasmas sin problemas. No voy a dejar que me use contra ti. De eso ni hablar.
Brach dio un paso hacia Chuey y frotó su farol.
Una luz de color ámbar proyectó la sombra de mi amigo en el suelo con líneas oscuras y marcadas.
Brach dio otro golpe de arco que concentró la luz en una cicatriz cerca del esternón de Chuey.
La oclusión empezó a palpitar con una luz carmesí y un recuerdo…
… Chuey tiene quince años. La poli entra en su casa con una orden judicial.
Lo registran todo y encuentran el jaco de su madre en el fondo falso de un cajón del sótano, bajo el tocadiscos donde escuchamos a grupos metaleros.
Antes de que puedan esposarla, ella les dice que la heroína es de Chuey.
Ya ha estado en el calabozo dos veces. Si la meten otra vez, terminará en la cárcel de verdad.
Suplica con la mirada a Chuey que se coma ese marrón por ella.
A él sería solo la pri mera vez que lo fichan…
Chuey ya me había contado esa historia. Pero en esos momentos estaba viéndola. Podía sentir la traición que Chuey cargaba en su interior desde aquel día en su sótano. Mi amigo empezó a negar con la cabeza, a forcejear contra los shiguanos que lo retenían.
—Deja eso en paz, hijo de puta.