Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 50 #2
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Capítulo 50 #2

—Jack —dijo Brach—, permítame presentarle a mi hija, Emaline. Es mi principal portadora de urnas y supervisa las operaciones empresariales del Shiguan.

Emaline me miró como si no me conociera. Yo fingí también.

—Emaline —prosiguió Brach—, este es Jack Solomon, un joven al que estamos intentando ayudar con algunas decisiones difíciles.

—Encantada —dijo ella por fin, haciendo una leve inclinación—. Me alegro de que hayamos podido concederle su solicitud de encuentro.

Le devolví la inclinación.

—Encantado yo también, y les presento a…

—Estamos más que familiarizados con sus amigos —me interrumpió Brach—. Así que vayamos al grano. —Hizo un triángulo con los dedos—. Está usted en un apuro muy grave, señor Solomon.

—Eso no voy a discutirlo. —Me encogí de hombros—. Pero ¿a qué apuro se refiere en concreto?

Brach soltó una risita y negó con la cabeza.

—Ha heredado el Caballo de Hierro, sobre el que pesa un complejo debate acerca de su custodio adecuado.

Y eso, sin llegar siquiera a las preguntas de cómo pasó usted a ser el propietario.

Además, mi joven amigo, de que se ha labrado fama de ser un hombre temerario, incivilizado y un peligro para la sociedad, no solo arriba, sino por todos los estratos.

—Será temerario —intervino Lakshmi—, pero no es ni incivilizado ni peligroso.

Brach no le hizo caso.

—Viene usted aquí buscando mi asistencia, señor Solomon, así que permítame asistirlo.

Juntos podemos renovar la guarda del Caballo de Hierro.

Incluso lo nombraré a usted su custodio permanente.

No cambiará nada ni para sus amigos ni para usted, aparte de que solo programarán a los músicos que nosotros les digamos.

—Ya estoy bastante endeudado sin esto —dije.

Brach flexionó los dedos, todavía juntos por las yemas.

—Las cosas deben cambiar, Jack, porque aquí estamos construyendo algo. Y esta será la última vez que le invite a participar en ello.

—¿Qué están construyendo exactamente, señor Brach?

Él sonrió y nos llevó por la puerta carmesí a un gran atrio con columnata encarado hacia una ancha plaza.

Los edificios de varias calles detrás de Guildhall estaban demolidos y el solar empedrado.

Había miles de vestigios sentados formando hileras perfectas, encarados hacia el atrio, y una guarnición armada esperaba en posición de firmes delante de ellos.

Me recordó a las antiguas fotos bélicas de mítines enardecedores y a las películas propagandísticas, solo que unos enormes focos de estadio, colgados de edificios alrededor de la inmensa plaza, iluminaban aquel retablo como un concierto de Metallica.

A nuestra derecha había un asistente con una viola.

Se la entregó a Brach, que se volvió hacia la numerosísima muchedumbre.

Todos miraron cautivados mientras el líder shiguano se adelantaba hasta un atril con micro colocado ante la balaustrada.

A su lado había una mesa de sonido junto a una de luces, igual que en cualquier gran concierto.

—Para que nuestra revolución triunfe —dijo Brach, y su voz resonó por toda la extensa plaza—, debemos ganarnos el corazón y la mente del mundo de arriba, igual que estamos haciendo aquí en los estratos.

Y para lograrlo, utilizaremos la música.

Música revolucionaria. De modo que todos deberéis aprender sus muchas facetas.

El humor: la mente rara vez es tan maleable como cuando se divierte.

La trama: algo que parta el corazón. La unidad: para unir a los oyentes en la percepción de un enemigo común.

La conformidad: a los humanos del mundo de arriba les encanta ser iguales que todos los demás.

Entretejeréis todas esas facetas en vuestra música, incitando a la gente a actuar.

—Alzó la viola—. Y, para ayudaros a desplegar esa música, estamos creando instrumentos con octavas de diecisiete notas, en lugar de las doce habituales.

Se encajó la viola bajo la barbilla y empezó a tocar una melodía conmovedora y hermosa que sonaba un poquito desafinada. La tensión entre las notas irritó las oclusiones de mi sombra y me puso inquieto.

A mi lado, Dama cambiaba el peso de un pie al otro. Lakshmi entornó los ojos como si se hubiera comido algo amargo.

Mientras Brach hilaba su extraña melodía en minúsculos y agobiantes semitonos, los vestigios de toda la gran plaza se inclinaron hacia delante, movieron los pies y miraron embelesados a Brach.

Entonces Brach hizo una floritura con su instrumento y gritó:

—¡En pie!

Los vestigios se levantaron en tropel, como una brigada de infantería llamada a las armas. Brach levantó su arco de viola y todos alzaron los puños al aire. El suelo tembló con su rugido, exigiendo acción.

Y en la misma primera fila estaba Angela DuFresne, con su brazo cicatrizado hacia el cielo, su boca abierta en un feroz rugido.

La fuerza de la batalla personal que había visto en sus ojos estaba reemplazada por la misma expresión de engreída certeza y ciega lealtad que tenía todo el resto de aquella muchedumbre.

Tras el siguiente hueco en el público había no solo semblanzas, sino también mimos, como los que había visto en el Marquee: Marty Donatell, el gran promotor del West End, y Regina Highstreet, la mejor publicista musical de la ciudad, y también Leinad Ke, fundador de Banner, que había estado en mi audición con los Sabuesos.

Junto a ellos, en el centro de la primera fila de su bloque, vi a Morris Williams, el ministro de Industrias Creativas, Medios y Artes.

Si Brach estaba creando una voz en el Parlamento, quizá planeara establecer políticas que ilegalizaran cierto tipo de canciones.

Tras ellos, por toda la plaza, había músicos que conocía, mimos de Robert Plant, Elton John, Ed Sheeran, los Coldplay, Adele, Clapton, Sting, McCartney y muchos más.

Una cosa era que Brach reemplazara a personas influyentes de la industria musical, y otra muy distinta hacerlo con músicos de esa talla, por no hablar de las canciones que podría hacer que esas imitaciones interpretaran.

Y eso significaba que o bien Brach ya había matado a esa gente y puesto a los mimos en su lugar, o bien había creado los mismos y pronto llevaría a cabo una sustitución masiva de músicos arriberos, como ya había hecho con Angela DuFresne.

El líder shiguano hizo un gesto a su asistente.

—¿Se ocupa usted, profesor Byrd?

Brach entregó la viola a Byrd y volvió con nosotros al fondo del atrio.

—El pasado va a cambiar el futuro, señor Solomon. Así que, por última vez, ¿querrá unirse a nosotros?