Capítulo 50
Para invocar una semblanza, alma o espectro, el tanaturgo debe frotar su farol con el arco y concentrarse en aquel al que pretende alcanzar o invocar.
El arte del farol y el arco:
Un manual sobre catalizadores
E n algún lugar entre el Estrato Moderno y el Victoriano, el viejo dolor empezó a crecer en mi cabeza, cada latido a palpitarme tras los ojos.
El olor de la polvorienta escalera de roble me llenó la nariz, y mi estómago gorgoteó.
Justo mientras los paneles rojos de la puerta empezaban a distinguirse, la presión del pasado empezó a tirar con fuerza de las suturas de mi sombra…
… bajo la planta de eucalipto al suelo, igual que hacía mi madre todos los lunes, y entonces caigo en la cuenta.
Mamá adora las tradiciones, así que estará en Ardells otra vez el sábado.
Iré a hablar con ella. Pero tengo que estar preparado.
Corro a la habitación de mi padre y registro el armario hasta encontrar una foto de mamá y yo en mi primer día de parvulario…
Luego también recordé algo bueno, para variar.
… estoy dando mi primer concierto, en el Viper Room the Sunset Strip. Les pedí a mi padre y mis hermanos que vinieran. No han venido. Pero ahí al fondo, gritándome «Tu voz da pena», está Chuey…
Hasta que empezó a hacerme de técnico de sonido, Chuey no se había perdido ni un bolo, por muy pequeño o sucio que fuese el garito. ¿Cómo me había olvidado de eso?
Por fin tracé la contraseña de los Who en la puerta y llegamos al Estrato Victoriano.
Salimos al interior de una especie de sala de utilería y guardarropa.
El olor a pintura vieja, decorados de madera y percheros llenos de polvorientos disfraces me recordó a un teatro comunitario clausurado.
Unos cansados rayos de sol caían desde unos ventanucos cuadrados e iluminaban las motas de polvo que se arremolinaban al levantarse del suelo.
Trastabillé hasta el otro lado y salí por una puerta al auditorio del Estrato Victoriano.
Estaba atestado de clientes, mujeres con el pelo recogido en alto y tiara, hombres con algunas de las barbas más molonas que había visto en la vida.
El humo de puro y pipa flotaba sobre las camareras que sacaban jarras de cerveza y se llevaban las vacías.
Por suerte, a la luz dorada de las lámparas de gas, vi que había un pequeño coro de cabareteras en el escenario, y el público cantaba con ellas: «¡Ta-ra-ra Boom-de-ay!».
Ya había oído la melodía una vez, en un viejo espectáculo de marionetas llamado Howdy Doody .
Las semblanzas cantaban el estribillo una y otra vez a pleno pulmón, como hacía el público de los festivales en los conciertos de power metal.
Me empapé de cada nota alborotada y el dolor de mi cabeza y mi sombra empezó a remitir.
Recobrado el equilibrio, miré hacia Chuey para ver cómo estaba.
Lo vi guardándose el rosario en el bolsillo.
Asintió y salimos todos deprisa del auditorio del Caballo de Hierro, intentando no pisar las gruesas faldas de las mujeres ni derribar los bombines y los gondoleros de los hombres.
Fuera, en la calle Manette, apenas había pasado el mediodía y el cielo estaba lleno de smog , el aire cargado y acre con la peste a mierda de caballo y carbonilla industrial.
Una docena de tanaturgos y unos cincuenta vestigios rondaban por el borde de la guarda, a apenas unos metros de la puerta del Caballo de Hierro.
La mayoría llevaban la marca del Shiguan por encima del ceñido cuello de las camisas.
En el instante en que nos vieron, se pusieron a gritar.
—¿Por qué rodean el Caballo aquí abajo? —pregunté.
Casio desenvainó su espada.
—Parece que están reuniendo sus tropas. Vamos a tener que abrirnos paso.
Las cosas estaban poniéndose feas demasiado rápido.
—No tenemos tiempo para una pelea —dije.
—¿Y qué propones? —preguntó Church.
Llevé a mis amigos dentro de nuevo y fui hasta la parte de atrás del todo, confiando en que la escalera del tejado existiera también en ese estrato.
Existía. Subimos, cruzamos al tejado de los siguientes tres negocios contiguos hasta la calle Castle, nos dejamos caer a la acera y corrimos hacia nuestra cita.
Pasar por Seven Dials me dio una idea.
—Casio, si alguien puede tener información sobre dónde retienen a Henry, ese es Mick.
Deberías hacerle una visita, creo. Church, ¿lo acompañáis Dama y tú, por favor?
A ver si podéis sonsacarle algo. Yo qué sé, amenázalo con medidas legales, si ves que puede funcionar.
Luego venid a reuniros con nosotros en Guildhall.
Chuey me agarró el brazo.
—Eh, coleguita, ese tal Mick suena a perista de toda la vida. He tratado mil veces con chusma como esa. ¿Qué tal si voy yo con Casio y Church? Si las amenazas físicas y legales no funcionan, me juego lo que quieras a que puedo camelarme a ese fulano.
En una ocasión, Chuey había convencido al dueño de una casa de empeños de cambiarle un altavoz EV nuevecito, sin sacar de la caja, por tres clases de mezcla de audio, porque resultó que el dependiente era aspirante a rapero. Menuda ganga.
—Sí, vale —dije—. Pero Mick es un profesional, ¿eh? Ve con cuidado.
Casio, Chuey y Church se fueron en dirección sur, internándose en Seven Dials.
Lakshmi, Dama y yo seguimos adelante entre vendedores callejeros, carruajes y gente que paseaba por las aceras hasta que llegamos a la Escuela Guildhall.
Había un puesto de control con barricada, pero sin vigilancia, así que seguimos derechos hacia la calle Carpenter, que estaba repleta de semblanzas.
Dos numerosos grupos se gritaban consignas opuestas unos a otros.
Los que estaban más cerca de Guildhall exclamaban: «¡Ayudadnos a seguir camino!
» y «¡Música, Muster!». Los de más atrás gritaban: «¡El mundo de arriba no es el enemigo!
» y «¡La segunda muerte es definitiva!».
Los dos grupos se daban empujones mientras la cacofonía de eslóganes ascendía por la gran fachada de piedra de Guildhall, en la que habían tallado a cincel la insignia del Shiguan.
Dama negó con la cabeza.
—El centro musical y teatral más importante de Londres durante más de ciento cincuenta años y mira cómo ha acabado.
Estalló una pelea cerca de nosotros. Unos grupos con pancartas sobre la soberanía de sus almas se enfrentaron a otros que defendían Guildhall.
Atravesamos la densa multitud hacia los peldaños de la amplia entrada meridional. Las puertas se abrieron y una rica luz dorada, del tipo que solo se consigue con un ingeniero de iluminación muy cualificado, bañó los escalones de ladrillo.
Brach se alzaba en el umbral, con los brazos extendidos, las palmas hacia arriba y media docena de focos apuntándole.
Aquella iluminación exagerada hacía que su tupido pelo blanco prácticamente resplandeciera, y que su barba gris y su bigote negro contrastaran incluso más que antes.
Iba vestido con traje cruzado de Savile Row, que no era la moda actual, pero casaba a la perfección con su cuerpo alto y delgado.
Y llevaba un par de arcos colgando de la cadera, además de su farol.
Seis hombres y mujeres ataviados con elegantes levitas y chalecos salieron flanqueando a Brach y ocuparon ambos lados de la escalera. No vi armas, pero sabía que debían de llevarlas.
—Ese tío sabe hacer una aparición espectacular —comentó Dama.
Por fin Brach miró escalera abajo hacia nosotros.
—Me alegro mucho de volver a verle, señor Solomon. ¿Quiere pasar? —Lanzó una mirada hacia Lakshmi—. Pero solo usted. Que sus amigos esperen aquí.
—No, señor —dije—. O todos o ninguno.
Brach fingió un bostezo.
—Como desee.
Dio media vuelta y entramos por los grandes portones.
A la transitoria luz del vestíbulo de Guildhall, capté un atisbo dentro de su sombra, el de una cicatriz oscura con forma de muñeco de palo que llevaba una hoja de tabaco a modo de falda, rodeado por una cadena: el momento primordial de Emaline.
Al recordar lo que ese hombre le había hecho, tuve que contener la ira.
En el salón había una multitud increíble de semblanzas y vestigios charlando, dándose palmadas en la espalda y estrechándose la mano.
Vi a hombres con frac y mujeres con vestido de satén al lado de desvalijadores y meretrices, todos charlando como amigos íntimos.
Un cuarteto de cuerda tocaba en la esquina izquierda del fondo de la estancia, confiriendo un matiz de dignidad a lo que parecía ser una leva.
El salón brillaba a la luz de docenas de altas lámparas llameantes.
Se alzaban como farolas, sobre postes de seis metros bajo el techo alto y abovedado, evitando que se proyectara ninguna sombra real sobre el suelo.
Aunque, de todos modos, las sombras habrían sido difíciles de distinguir en una muchedumbre tan apretada.
De lo alto de las paredes colgaban estandartes de color escarlata, engalanados con jopeshes, faroles, hojas de tabaco y otros símbolos.
Brach nos guio por el centro del salón y la multitud se abrió a su paso.
—Están clasificando a las semblanzas según sus aptitudes —dijo Lakshmi, señalando con la cabeza un conjunto de brillantes faroles sobre un mostrador de recepción.
Los tanaturgos habían organizado colas que terminaban debajo de cuatro estandartes: MUSICAL , TEATRAL , TÉCNICO y FÍSICO .
Al otro lado de los estandartes había más tanaturgos con hilo en la mano junto a largas hileras de cuerpos sin vida.
Los tanaturgos parecían rechazar a algunas semblanzas y enviarlas a una quinta cola que se extendía escalera abajo hacia el sótano.
—Muy valiente por su parte enseñarnos todo esto —susurré—, a no ser que piense que nunca tendremos ocasión de contárselo a nadie.
Seguimos a Brach por un largo pasillo que salía a la izquierda hasta una puerta de madera carmesí. Llamó con los nudillos y al momento se abrió hacia fuera y Emaline salió al pasillo con nosotros.