Capítulo 49
J ACOBO II, testimonio ante la
Cancillería de los Estratos
E ntramos en la gruta que había debajo del Caballo de Hierro. Les indiqué a mis amigos que se quedaran en el perímetro, fui al centro del suelo y me arrodillé en la tierra. Entonces agaché la espalda y metí las manos en la rica marga.
De pronto, en mi mente, vi a una madre y una hija corriendo mientras caían las bombas de la Luftwaffe.
Vi una fiesta de San Esteban con amigos sentados alrededor de un aparato de radio, riéndose con algo llamado The Goon Show .
Vi una sala llena de gente que yacía enferma en colchones de paja, bajo un letrero en la puerta que rezaba: LA PESTE NEGRA .
Vi a un colegial leyendo a la luz de una vela, sonriendo con el «Jabberwocky» de Lewis Carroll.
Saqué las manos de la tierra y enderecé la espalda. El suelo empezó a revolverse y cambiar y alzarse, adoptando una silueta humana y luego otra, bullendo al cambiar de forma.
Por fin se estabilizó con la figura de una mujer, encorvada, con las rodillas muy encogidas.
Sus mofletes y su ceño, hechos de tierra cambiante, parecían flácidos y hundidos.
En mi mente, compartí el recuerdo reciente de Wembley y de hallar mi tercera estrofa.
Supliqué en silencio haber dejado atrás lo suficiente del pasado, haber empezado a encontrar el suficiente perdón por las personas que me habían abandonado para que ella me aceptase.
De lo contrario, no importaría que encontráramos a ese nuevo espectro, porque no se me permitiría vincularlo a ella.
Un momento después, la mujer abrió la boca para hablar.
Al principio, lo único que oí fue la tierra crujiendo contra sí mismo.
Luego su movimiento menguó y la voz de la guarda se alzó en mi mente.
Lo has hecho bien, Jack. Pero, antes de sellarnos, debemos saber que comprendes el coste y que nos aceptas libremente .
El vínculo-guarda significaba arriesgar algo más que solo mi vida.
Eran todas las almas de dentro de la guarda.
Era mi propia alma. Por no mencionar las de todo el mundo que consideraba su hogar el Caballo de Hierro.
Y no era algo de lo que luego pudiera echarme atrás.
Todo lo cual me acojonaba muchísimo. Pero la gente contaba conmigo para que me mantuviera firme, y había llegado ya muy lejos.
—Me apunto —dije.
Nunca antes había sentido una sonrisa, pero entonces lo hice.
Eres bien recibido .
Gracias a los dioses del metal. En ese momento me sentí mucho más conectado que antes a mis amigos, al Caballo y a toda la gente que lo había honrado con su presencia a lo largo de los años.
Pero, Jack, solo acabas de empezar a recorrer la senda del perdón, que aún está por revelarte las auténticas profundidades de tus heridas .
Sacudí la cabeza.
Tu nueva disposición a mirar los dos lados de una elección te mostrará lo que todavía no has deseado ver, parte de lo cual serán momentos felices que has escondido tras las cicatrices de tu interior.
—¿Por qué iba a querer ocultar lo bueno?
Porque a veces es más fácil dejar que nuestras cicatrices nos definan. Pero el único modo de ver más allá de esas cicatrices es aceptarlas. Las verdades simples aguardan a quienes lo hacen. Incluso a Henry le costaba en ocasiones mirarlo todo.
—Henry está vivo —casi grité—, y creemos que está en los estratos.
Sería una maravilla . Oía más voces tras la de ella, aún distantes pero hablando a coro con la mujer.
—Él sabrá qué hacer. ¿Puedes ayudarnos a encontrarlo?
Cuando Henry abandonó su armazón mortal, nuestra conexión con él quedó cercenada. Nos encantaría que regresara sano y salvo. Pero ahora tú eres el custodio. Solo tú puedes renovarnos.
—Soy bastante novato en todo esto. Pero aprendo rápido, la música parece ayudarme a ver cosas que otros no ven y… bueno, llevo toda la vida luchando. —Miré hacia mis amigos—. Más importante que nada de eso es que tengo buenos amigos, y están preparados para hacer lo que haga falta.
Lo sé. Y también nosotros preferiríamos luchar que marchitarnos.
Nuestra vida en este terreno terminó mientras hacíamos eso mismo.
Unas tribus atacaron nuestra aldea y masacraron a nuestra gente.
Mis amigos estaban más allá de los cuidados de un sanador, así que, durante sus últimos alientos, les canté una alternativa al fuego.
Hubo un momento de silencio, y entonces el coro de voces empezó a cantar:
… la hoja del tirano se quebrará contra el suelo de nuestro cora zón…
La melodía era conmovedora de un modo que nunca antes había oído, con la interacción entre armonía y percusión dotándola de un movimiento que me calmaba y me enardecía al mismo tiempo.
Pero también sonaba fatigada, como si quienes la cantaban llevasen haciéndolo ya demasiado tiempo.
Quise entregar mi corazón también a esa música, y aguantar firme con quienes la compartían.
La canción llegó a su fin y solo quedó el leve movimiento de la tierra.
—Es una canción preciosa.
Se llama La balada de la determinación, dijo la guarda. Imparte un refuerzo de convicción al propósito de quien la oye, una disposición a sacrificarse por el todo.
—Las voces que cantan contigo… son tu pueblo.
Unificamos nuestras almas. Luego, con la ayuda de un amigo, pasamos a formar parte de este terreno, a reforzarlo contra el saqueo y la tiranía.
—Entonces, ¿los espectros maduros no son las únicas almas viejas?
No. Solo son mucho más comunes que nosotros.
Asentí.
—Bueno, pues hay un espectro maduro que…
Hemos percibido su poder.
—Creo que podemos encontrarlo y convertirlo.
Eso es bueno. Sus palabras en mi mente rebosaban de lejanas voces unificadas.
—Si lo convertimos, ¿qué pasa luego?
La mujer extendió los brazos a los lados, dejando caer tierra.
Llévalo a este mismo lugar en el Estrato Antiguo, el de nuestros orígenes, y entonces invócanos.
Cuando nos alcemos, invita al alma a unirse a nosotros.
Una vez haya poblado el suelo, séllanos juntos con hilos de orcus.
Pero ten cuidado, Jack, porque el hilo requerirá algo de ti si va a permitir que lo uses.
No quise pensar en lo que podía significar eso.
—¿Cuánto tiempo tengo antes de que tú…?
La guarda bajó los brazos. Un día. Tal vez menos.
Durante siglos, nos han reforzado los espíritus de quienes viven dentro de nuestra pro tección.
Pero estos últimos días, muchos nos han abandonado o han ter minado destruidos por quienes pretenden acabar con nosotros.
Los ataques continúan y nos debilitamos.
—Pues más vale que nos marchemos.
Suerte, Jack.
La tierra de la mujer cayó y una voluta de polvo se elevó a mi alrededor.
Church gritó desde la salida de la gruta:
—¿Y bien?
—Estamos vinculados —dije.
Church dio un largo suspiro.
—Menos mal. Quedas autorizado, pues, por la mismísima tierra del Caballo de Hierro para proporcionarle la inversión espiritual necesaria para renovar su guarda. Cuius est solum eius est usque ad coelum et ad inferos , como suele decirse.
—¿Y eso qué significa?
Casio llegó conmigo y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—Significa: «De quien sea la tierra, suya es hasta el cielo y hasta el infierno».
—También sirve como defensa legal —añadió Church.
Solté una risita y después crucé la gruta a buen paso y llevé a mis amigos a la oscuridad de los Peldaños Abismales.