Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

La música se desliza poco a poco, instalándose suavemente en las costumbres y en las ocupaciones, de donde crece hasta los contratos que hacen unos hombres con otros, y desde los contratos avanza hacia las leyes y la organización del Estado con la mayor desfachatez, hasta que termina por trastocar todo, tanto la vida privada como la pública.

Adimanto a Sócrates

(bordado en el despacho de Muster Brach)

E xprimí el motor del Viejo Lada por Charing Cross. Casio se agarró al salpicadero mientras serpenteábamos entre el tráfico. Giré por la calle Manette y pisé el freno a fondo. Merodeando a solo diez metros de la puerta del Caballo de Hierro debía de haber casi treinta shiguanos.

—Empiezo a hartarme de esto. —Revolucioné el motor—. ¿Qué hacen aquí?

—Lo más probable es que sean exploradores —dijo Casio—. Aunque puede que algunos hayan venido para revincular a vestigios si la guarda cae.

Pisé a fondo, retándolos a saltar delante de mí. Los merodeadores retrocedieron dispersándose y yo frené derrapando contra la acera delante del Caballo. Bajamos y corrimos al interior.

Indiqué con la mano a Church, Dama y el resto del equipo que vinieran a la sala de conciertos, donde enseguida hicimos corrillo. Lakshmi fue la primera en hablar.

—He examinado el cuerpo del espectro en el cementerio. Confirma lo que viste, Jack. Su carne solo albergaba un espíritu.

—Lo cual significa que era un espectro inmaduro —dije. Todo el asunto había sido un desperdicio de energía, y algunos amigos míos habían estado a punto de morir—. Y solo un espectro maduro puede viajar entre estratos o llegar aquí arriba.

Lakshmi asintió.

—Hay otro espectro, lo cual explica que a Angela DuFresne la mataran a veinte kilómetros de distancia casi a la vez que uno de ellos te perseguía a ti fuera de tu casa.

Tenía sentido. Pero ya las habíamos pasado canutas para escapar de un espectro inmaduro. No veía ninguna manera de que pudiéramos capturar a uno más poderoso. El silencio de mis amigos parecía decir eso mismo.

—El espectro al que matasteis nunca fue a por nadie más que tú, Jack —añadió Lakshmi—. Pero las muertes de todos esos músicos… Algo está cazándolos, por algún motivo.

Las conclusiones empezaron a cobrar forma en mi mente.

—Brach es el único tanaturgo que conozco que tiene el conocimiento cythoniano necesario para invocar y vincular un espectro maduro. Creo que está usando a ese espectro para eliminar a compositores, como parte de su plan general de traer la revolución aquí arriba y establecer su propia música.

Church se quitó el puro de la boca.

—¿Y cómo va a conseguir algo así, Jack?

Les expliqué lo que sabía de ello hasta el momento: los miles de cuerpos que Brach estaba reuniendo, muchos de ellos relacionados con la música de un modo u otro; la eliminación de voces musicales disidentes en los estratos, como Bolan o Faithfull en Tin Pan Alley; los mimos como Leinad Ke del servicio de streaming Banner o Mor­ris Williams, ministro de Industrias Creativas, Medios y Artes; y la red de locales para conciertos que estaba acumulando para diseminar su nueva música y su propaganda.

A Church se le descompuso el rostro.

—Vaya tela. El Telegraph de esta mañana decía que el ministro Williams está preparando su discurso anual ante el Parlamento. Se especula con cambios radicales.

—Brach ya está poniendo en marcha su plan —respondí.

—Siento ser yo quien te lo cuente, coleguita —dijo Chuey—, pero a Andrew Lloyd Webber y a James MacMillan los han encontrado muertos esta mañana. Se rumorea que recordaba mucho a lo que les pasó a Angela y a Jimmy.

—Entonces —dijo Church, de nuevo con el puro en la boca—, la obsesión de ese espectro debe de estar alineada de algún modo con el objetivo de Brach, con lo que es otra arma en esta guerra.

—Sí, pero ¿con qué objetivo? —preguntó Dama—. Brach no necesitaría un espectro solo para matar a músicos.

No tenía respuesta para eso. Aún no, por lo menos. Pero había otra cosa importante que tenía que contarles a mis amigos.

—Henry no está muerto.

—Jack. —Chuey me sacudió el brazo—. Tío, no persigas quimeras. Sé lo que es perder a un amigo. Te hace cosas raras en la mente.

Les conté lo de la morgue y el doctor Cage, y luego también la historia de Emaline, sin mencionarla a ella, pero enfatizando la capacidad de Brach para sacar almas del Prado de Asfódelos.

—Si Henry hubiera seguido camino, su cuerpo habría empezado a descomponerse. Y si hubiera pasado a los estratos por su cuenta, ya habría vuelto al Caballo de Hierro.

Lakshmi lanzó una mirada a los peldaños de la sala de conciertos.

—Crees que Brach tiene retenido a Henry en los estratos, entonces.

—Brach hizo matar a Henry —dije—. Sabía exactamente cuándo y dónde iba a llegar su alma al Prado.

Church se inclinó hacia delante sobre su bastón.

—Pero ¿por qué querría Brach hacer prisionera el alma de Henry?

—No lo sé. —Me ajusté la bandolera de catalizadores—.

Pero nuestro amigo está vivo y no tiene cuerpo físico al que regresar.

Además, hay un espectro maduro matando a músicos, un espectro que podría ayudarnos a renovar la guarda si conseguimos vincularlo.

Y Brach está detrás de ambas cosas casi con toda certeza.

—Tío, ese colega es como un pedo en la ducha —dijo Chuey—. Vale, ¿qué plan tenemos?

Les conté lo de mi petición de reunirme con Brach.

—Tal y como yo lo veo, tenemos incluso más para apretarlo. Para hacer que nos revele algo sobre el asesinato y sobre ese espectro matamúsicos. Qué narices, invocar un espectro maduro ya es por sí mismo un crimen contra el Precedente, ¿verdad?

Lakshmi asintió.

—Y de los graves.

—Es una jugada muy atrevida, Jack —dijo Church—. Pero ten en cuenta que tu juicio con la cancillería es hoy a medianoche. Westmin­ster Hall, Estrato Medieval.

Casi me había olvidado. Algunos de los personajes más influyentes y temibles de la historia de Londres iban a ser mis jueces. En cualquier otro momento, habría matado por conocerlos. Ahora representaban solo un tiempo que no tenía, desperdiciado refutando unas acusaciones ridículas.

—Cuestionarán que Henry me legara el Caballo de Hierro. Me acusarán de su muerte. Me culparán por el espectro. Y, entretanto, hay gente muriendo asesinada y la guarda falla y…

Chuey chasqueó los dedos.

—Es para retrasarte. Los picapleitos lo hacen a todas horas. Ese listillo de Brach están intentando enredarte hasta que la guarda caiga por sí sola.

Lakshmi asintió.

—Me temo que es muy probable. Brach establecerá móvil y oportunidad de manera razonable. Será suficiente para que la Cancillería de los Estratos te retenga.

—Cosa que hace nuestra reunión con Brach muchísimo más importante —repliqué—. Tenemos que demostrar que fue Brach o renovar la guarda antes de que pueda encerrarme. Para cualquiera de esas dos cosas, tenemos que sacarle información. Y si conseguimos que revele dónde está Henry…

Church levantó su puro.

—Henry demostraría el crimen de Brach y, a la vez, sería nuestro mejor modo de encontrar y vincular a ese espectro musical.

Me toqué la nariz.

—Exacto.

Escribí un mensaje a Emaline:

Bajamos a ver a Brach ya.

Estaba a punto de dirigirme a los Peldaños Abismales cuando oí el rumor de conversaciones nerviosas procedente de la parte del pub. La guarda estaba derrumbándose sobre ellos, igual que sobre el resto de nosotros, y no sabían lo que pasaba. Tenían derecho a saberlo. Aquel también era su sitio.

Llevé a los demás por la cortina hasta el pub. Estaban allí todos mis amigos: Ella, Westy, los gemelos Parley, y otros clientes habituales. También la gente nueva: Sherzer, Delain, Loch y Darnell.

—Perdonad, ¿me prestáis atención un momento?

Se hizo el silencio en el Caballo de Hierro.

Les conté lo de Brach y la guerra que pretendía desatar contra el mundo de arriba. Algunos parecían estar al tanto ya.

—Sé que Church ya os ha dicho que Henry me pidió llevar esto en su lugar.

—Lancé una mirada hacia el sitio de Henry en la barra—.

Y estoy haciendo todo lo que puedo por cumplir.

Está claro que nadie reemplazará nunca a Henry.

Pero yo aprecio el Caballo, igual que os aprecio a todos vosotros.

Y una cosa os prometo: no voy a irme y no voy a rendirme. Si caigo, caeré peleando.

Mi padre había hablado en público de ese modo una infinidad de veces. Yo nunca lo había entendido, hasta ese preciso instante. Pero, pese a su convicción y su disposición a morir por su hogar de Westmont, me dejó elegir si iba a seguirlo en su caída o no.

—Tenemos un plan para conservar el Caballo de Hierro tal y como es —dije—, para conservar nuestro mundo tal y como es.

Pero antes de que esto termine, es muy posible que tengamos que defender este sitio, y no quiero que nadie acabe metido en una pelea sin poder escoger.

Porque, cuanto más me meto en esto, más probable veo que igual no llegue vivo al final.

En el silencio que siguió a mis palabras, Chuey levantó los dedos haciendo el saludo metalero.

Al momento, Dama hizo lo mismo. Luego Church. Y Lakshmi. Pocos segundos después, toda la gente del bar tenía los cuernos levantados. Su apoyo hizo que me cosquilleara la piel igual que una canción hermosa. Mejor que cualquier ovación que me hubieran dado jamás en el escenario.

Casio me puso una pesada mano en el hombro.

—Esas son muchas manos dispuestas a luchar por tu tercera opción, Jack.

Nadie vitoreó ni aplaudió. Pero la sensación que compartíamos todos se pareció mucho a la de la noche en que Chuey me introdujo en la música heavy. Y fue estupendo sentir aquello después de verlos perder a Henry y a Jimmy, después de todas las preocupaciones que habían padecido en los últimos días.

Mis amigos se pusieron a trabajar sin más, afilando cuchillos, reemplazando velas gastadas, practicando las técnicas defensivas que Loch les había enseñado.

Church dio un golpecito con su bastón en el suelo.

—Toda precaución es poca, ¿eh?

—Loch, Darnell —llamé—, ¿podéis ocuparos de que quien no tenga arma reciba una y comprenda su uso básico?

Loch se levantó el sombrero de copa. Darnell asintió.

—Y ahora —dije—, vamos a sacarle respuestas al cabrón responsable de todo este lío.

Volvimos a la sala de conciertos, abrimos la trampilla que daba a la escalera y descendimos por los Peldaños Abismales.

—Hay una cosa de la que tengo que ocuparme antes… pero nos pilla de camino.