Capítulo 47
El hilo de orcus jamás desgarrarse puede. Ah, es posible cercenarlo para vínculos y demás, pero los extremos por siempre hablan y se tocan, aunque las millas nos separen a ti y a mí.
Catecismo cythoniano , octavo año
M e reuní con Lynn, Chase, Chris y Wood a medio camino de la tarima de la batería.
Estuvimos unos momentos juntos en el mayor escenario de todo Londres, solo mirándonos unos a otros.
Sí que eché unos vistazos disimulados a sus sombras y, aparte de una buena cantidad de oclusiones, capté la forma de una coda en la de Lynn.
—Eh, escucha —dijo Lynn por fin—. Nos hemos enterado de lo de Henry. Fue quien nos dio la primera oportunidad. Qué carajo, la cantidad de gente a la que ayudó casi podría llenar este sitio. Todo el mundo lo apreciaba.
—Todo verdad de la buena —respondí.
—No nos contaron que te habían llamado para hacer la sustitución —me explicó él—. Pero tío, nunca te había oído cantar tan bien. O sea… —Se rascó la barba un segundo—. Nunca había oído esa tercera estrofa, Jack. Puede que sea lo mejor que has escrito jamás.
—Ha tardado lo suyo —dije.
Todo el grupo rio así como por lo bajo.
—Supongo que tampoco me extraña tanto que te llamaran —añadió Lynn—. El cantante que nos pusieron era yonqui, y estábamos poniéndonos todos frenéticos por encontrar a alguien que pudiera aprenderse el material.
—Y hacerle justicia —matizó Chris.
Solté una carcajada y miré atrás hacia los trajeados de la gestora. Estaban deliberando entre ellos.
—No voy a engañaros —dije, mirando de nuevo al grupo—.
Me cabreó mucho que me echarais. Pero tampoco quería ser la razón de que no triunfaseis.
Nos han pasado demasiadas cosas juntos. No podía permitir que la cosa fuera por ese camino.
Así que les dije que haría el concierto, si era lo que hacía falta.
Pero no sabía que no os lo habían consultado antes.
Entonces cayó un silencio incómodo entre nosotros. Nadie sabía qué más decir.
Lynn lo rompió con una risita.
—Fue un poco cagón por nuestra parte despedirte por e-mail, supongo. —Apartó la mirada un segundo—. Es solo que siempre estabas poniendo otras cosas por delante del grupo, tío. Nos daba la sensación de que…
Tenía razón en aquello.
—Lo sé.
—Pero ahora vas y te presentas aquí cuando no tienes por qué, salvas nuestro concierto y salvas nuestra oportunidad delante de las discográficas.
Wood me dio una palmada en el pecho con el dorso de la mano.
—Y has acabado el temazo, tío. Y no de cualquier manera.
Lynn me miró a los ojos.
—Vuelve. Quédate en el grupo. Le diremos a Sixth Angel que no vamos a tocar sin ti. ¿Qué van a hacer, decirles a los Sabbath que al final no los teloneamos en su festival?
Los demás rieron y después asintieron.
Después de tantas horas componiendo canciones, de tantas noches tocando en garitos, cargando material, soñando, esperando, animando a otros en el mismo camino…
tenía mi oportunidad allí mismo. Mis canciones habían ayudado a los Sabuesos a recibir la clase de atención que necesitaban.
Y ahora esas canciones tenían la ocasión de ayudar a otros como siempre había soñado que hicieran.
Para eso me había mudado a Londres. Para eso había estado esforzándome desde que mi madre se fue.
Pero…
Por mucho que me hubiera sumergido en ese sueño, y por mucho que quisiera a aquellos tíos, ahora tenía que hacer lo correcto con el Caballo de Hierro y con Henry.
Era posible que de ello dependiera el futuro de muchísimas vidas, de la propia ciudad.
Y, si dejaba que ese sueño me apartara de la gente que me necesitaba…
¿no sería lo mismo que había hecho mi madre?
—Me llega al alma que me lo pidáis —dije—, pero no puedo. Cantaré en el concierto si aún queréis que lo haga. Y después os ayudaré a encontrar un vocalista permanente. Qué leches, hasta trabajaré con él en las canciones.
Lynn me miró un momento y luego sonrió.
—Bueno, ojalá te lo pienses mejor, pero hacer el festival ya es más de lo que nos merecemos.
Nos estrechamos la mano y les dije que tenía que ir tirando. Lynn me dio medio abrazo de lado. Los demás hicieron lo mismo. Les di las gracias, me despedí con la mano y regresé hacia la parte delantera del escenario.
Por un momento, me limité a contemplar la inmensidad del estadio de Wembley.
Al cabo de unos días iba a tocar en ese mismo lugar, pero aun así me daba la sensación de estar diciendo adiós antes de llegar siquiera, como si Henry se hubiera equivocado y mis días de cantar en un grupo de verdad hubieran terminado, aunque consiguiera sobrevivir al Shiguan y a mi juicio.
Entonces Casio llegó a mi lado.
—Es la paradoja del filósofo, Jack: hacer lo correcto remueve los dolores más profundos, y esos dolores profundos prometen el gozo más duradero. —Apoyó una mano en mi hombro. Había algo en aquella vieja zarpa enorme que me dio un poco de firmeza—. Y creo que ahora comprendo lo que es el metal.
—¿Ah, sí? —dije—. ¿Y qué es?
—Se parece mucho a mi grito de guerra. No sale de la boca ni de los pulmones, sino del alma.
Lo había clavado. Le di al estadio una última mirada y, antes de terminarla, me vibró el teléfono.
—Diga.
—Señor Solomon, soy el doctor Giles Cage, del laboratorio forense.
Ya casi me había olvidado de ese tío.
—Sí.
—Verá, pasa una cosa de lo más peculiar.
Pensaba que las aguas heladas del Támesis eran lo que había preservado el cuerpo del señor Wilkinson.
Pero, incluso comparándolo con otros de los suyos que han pasado por mis mesas…
el cadáver del señor Wilkinson nunca ha mostrado lividez alguna, ni tampoco ningún rigor mortis .
Sí que había leído algo al respecto, ¿verdad? El cuerpo del tanaturgo, mientras esperaba el regreso de su alma, permanecía incorrupto. Entonces recordé cuando había tocado el brazo de Henry en la mesa del doctor Cage y no lo había encontrado frío ni rígido.
—¡Eso es genial! —chillé al teléfono.
El alma de Henry aún seguía ahí fuera, en alguna parte. Y eso significaba que no lo habíamos perdido, a fin de cuentas. Íbamos a recuperarlo y podría liderarnos él en todo aquel asunto de Brach y la amenaza de guerra shiguana.
—¿Aún lo tiene ahí? —pregunté.
Cage vaciló un momento.
—Por eso le llamo, señor Solomon. Su cuerpo ha salido esta mañana, por orden explícita, hacia el crematorio de Golders Green.
Se me atenazó el pecho.
Colgué y llamé al crematorio. Ocho tonos y saltó el buzón de voz.
—Quienquiera que oiga esto, por favor, no incineren a Henry Wilkinson. No lo hagan. Soy Jack Solomon, su persona de referencia. Voy de camino.
Eché a correr en dirección al Viejo Lada. Casio tuvo que esforzarse para mantenerme el ritmo.
Detuvimos el coche en un pequeño patio fuera del crematorio de Golders Green, un edificio largo de ladrillo rojo.
El Viejo Lada aún tosía cuando bajé de un salto y corrí hacia una puerta con el letrero de RECEPCIÓN .
Otro letrero en la ventana adyacente rezaba: DESCANSO PARA COMER.
VUELVO A LAS DOCE EN PUNTO . Al otro lado de la ventana había una mujer de cara redonda con mostaza en la barbilla, sentada tras un mostrador, comiéndose un sándwich.
Irrumpí por la puerta, haciendo temblar el cristal de la ventana, y corrí hasta ella.
—Henry Wilkinson —dije—. Han traído su cuerpo esta mañana.
—Disculpe, pero es mi hora de la com…
—Por favor, tiene que detener la incineración. Hemos cambiado de idea.
La mujer me miró, con la boca abierta y un trozo medio masticado de sándwich de jamón sobre la lengua.
—Ay, madre.
—¿Qué? Dígame qué pasa, por favor.
—Bueno, los técnicos ya estaban procesando…
Había una puerta al fondo de la sala de recepción marcada como SOLO PERSONAL AUTORIZADO . Corrí hasta ella. Cerrada con llave.
Casio me apartó y la abrió de una patada. Pasé al otro lado mientras la mujer nos gritaba que parásemos.
Recorrimos un pasillo corto y llegamos a una puerta de acero.
Esa no estaba cerrada con llave. La abrí y entramos en una sala amplia de techo alto.
Había un par de ordenadores anticuados a la derecha, al lado de tres enormes hornos de acero inoxidable rodeados de paneles verdes.
Los compartimentos de arriba parecían capaces de albergar un cuerpo.
Los de abajo eran más pequeños, como tolvas para recoger las cenizas.
Los dos hombres que había ante los ordenadores se volvieron de golpe para mirarnos. El más corpulento dio un paso adelante.
—No pueden entrar aquí, caballeros. Vuelvan por donde han venido o llamaré a la policía.
Fui derecho hacia él.
—Henry Wilkinson. No queremos incinerarlo.
El hombre miró al otro tipo, y luego de nuevo hacia mí, con un mohín en los labios.
—Ay, madre.
Señaló el incinerador de la izquierda. Fui a trompicones hacia él. El otro tío se levantó para interceptarme con suavidad.
Estar mirando aquel horno inmenso fue como perder a Henry otra vez. Pero, si no había regresado, y si no había seguido camino aún, significaba que, estuviera donde estuviera, ya no tenía un cuerpo al que volver.
—Las instrucciones decían que priorizáramos al señor Wilkinson —dijo el primer hombre.
—¿Quién lo ha ordenado? —preguntó, todavía contemplando el horno, escuchando el tenue rugido del fuego dentro.
El tío se encogió de hombros.
—Lo ponía en el papel.
Casio se me llevó de allí. Volvimos por la sala de recepción y salimos hacia el coche.
Con la boca llena de sándwich, la recepcionista nos gritó algo sobre pagar la puerta rota.
Metí la mano por el asiento trasero del Viejo Lada, cogí la bolsa de baquetas de Henry y volví a zancadas con la mujer del mostrador.
—Pongan sus cenizas aquí. Cuélguenla al lado de la placa de Keith Moon en la pared. Enviaré dinero para eso y para la puerta.
Cuando volví a salir, Casio estaba esperándome.
—El alma de Henry persiste, entonces.
La idea me ayudó a respirar un poco mejor.
Pero ¿qué significaba? Tenía que encontrarlo, ayudarlo, pero ¿dónde y cómo?
Estaba sentado en el asiento del conductor, intentando encontrarle sentido a aquello, cuando mi teléfono vibró de nuevo.
Se me ocurrió no contestar; andaba escaso de suerte y no creía que pudiera soportar ni una sola mala noticia más.
Pero al final descolgué.
—Diga.
—Jack. —Era Lakshmi—. ¿Dónde estás?
—Luego te lo explico. ¿Qué pasa?
—Necesito que me prestes mucha atención. —Calló un momento—. Cuando expulsaste al espectro en el cementerio de Highgate, ¿lo viste desposeer su espíritu?
Recordé el embudo de viento y luz.
—Creo que sí. Como un remolino encima del cuerpo, ¿verdad?
—Exacto. Ahora piensa un momento antes de contestarme: ¿cuántas luces diferentes viste abandonar el cadáver?
Lo visualizaba con tanta nitidez como en el momento en que ocurrió.
—Una.
Otra larga pausa.
—Eso pensaba. Jack, tienes que volver al Caballo de Hierro ahora mismo. Hay un segundo espectro.