Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Nada deja tanta cicatriz en el alma como un sueño incumplido.

De «Ver más allá de la sombra»,

un panfleto sobre rehabilitación de

espectros difundido por los cythonianos

C asio y yo nos acercamos al puesto de acceso al escenario de Wembley, donde le di mi nombre a una mujer.

Casi al instante llegó un hombre con una tabla sujetapapeles a recogernos, pero le pidió a Casio que se quedara detrás del escenario, donde no se lo viera.

Envié un mensaje a Chuey diciéndole que estaba a punto de cantar en Wembley, a lo que respondió:

Tu voz da pena.

Era una rutina que teníamos siempre que me disponía a salir a un escenario. Servía para soltarme un poco. Hecho eso, seguí al tipo del sujetapapeles hacia un lado del escenario principal bajo un brillante sol matutino.

Mientras esperaba a que me llamaran, un hombre calvo con barba desaliñada se acercó a mí.

—Aún no es demasiado tarde, ¿sabe, señor Solomon?

Era Leinad Ke, el fundador de Banner, con diferencia el servicio de streaming musical más importante en Londres, el que intentaba apoderarse de los derechos de autor de los compositores y expropiarnos el Caballo.

Todo el mundo conocía a Leinad, aunque fuese de oídas, y Banner patrocinaba el festival.

Yo había conocido al tipo en una fiesta de la industria musical y luego había visto su cuerpo en el cementerio acuoso de Bazalgette.

Eché un vistazo a la sombra de Ke y vi hilos shiguanos.

—Imagínese las posibilidades que se le abrirían a un hombre de sus talentos —añadió.

Antes de que pudiera enviarlo a la mierda, un ingeniero de sonido se acercó a nosotros.

Agradeciendo la interrupción, lo seguí hasta el centro del escenario.

Chris, Wood y Lynn estaban cerca de la tarima de la batería, con sus instrumentos en la mano.

Chase ya se había sentado tras los bombos.

Todos me rehuían la mirada. Iba a tener que hablar con ellos después de la prueba de sonido.

En esos momentos, solo tenía que demostrarles que era capaz de perdonarlos.

Me volví hacia las gradas del estadio y encontré a tres trajeados de Sixth Angel sentados en la décima fila, observándome como jueces de un reality show .

Pero el resto de Wembley estaba vacío. La pura grandiosidad de aquel estadio me abrumó.

Llevaba toda la vida esforzándome en llegar justo allí, y de pronto me sentía demasiado minúsculo para ello.

Pero estaba emocionado también, como aquel día en el sótano de Chuey, cuando oí por primera vez la música que convertiría en mi vida.

Contemplar el estadio también me dio una idea más profunda de lo que debía de significar para los Sabuesos que aquel concierto saliera bien.

Empezaba a considerar el asunto desde su punto de vista, un poco al menos, y hasta le encontraba cierto sentido a que me hubieran echado.

De modo que, aunque esa puerta ya se hubiera cerrado para mí, iba a hacer todo lo posible por garantizar que tuvieran su oportunidad.

—Muy bien, socio —dijo el tío de sonido—, hazlo como si tuvieras delante a noventa mil fans gritando, ¿vale? ¿Qué pista quieres?

Bajé la mirada hacia el equipo de Sixth Angel y dije:

— Siempre se marchan .

—Buena elección —respondió mientras me pasaba un par de monitores personales para las orejas marca Shure, de altísima gama.

—Con las pantallas de suelo ya me va bien —le dije.

—Vieja escuela —asintió él—. Me encanta. Pero tengo que avisarte, socio, de que aquí arriba habrá una ruidera del averno.

Acepté los auriculares, pero me puse solo el izquierdo mientras el técnico de sonido se marchaba de vuelta a su mesa de mezclas.

Un ventoso silencio llenó el estadio. Los de Sixth Angel me observaban en mudo juicio. Lancé una mirada hacia Chris y Wood y vi que estaban preparándose. De pronto, sentí la cabeza como una presa inundada, a punto de reventar. Tiré de las gomas elásticas que llevaba en las muñecas.

A lo mejor todo aquello era una idea absurda.

A lo mejor podía hablar con los chicos detrás del escenario, decirles que sin rencores y listos.

Pero sabía que no iba a bastar con pronunciar las palabras.

Mis actos eran los que habían conducido a los Sabuesos hasta ese punto.

Así que a esa gente que me había abandonado tenía que mostrarle que lo lamentaba y dejar estar todo lo demás.

Por instinto, comprendí que era la única senda real que llevaba a reparar mi espíritu.

Aun así, no quería tener que cantar sobre cómo quería a la mujer que me había destrozado el corazón. No estaba preparado para eso.

Miré las suturas de mi sombra. La herida palpitaba en torno al recuerdo de ver a mi madre por el ventanal de Ardells, como si hubiera más esperando a emerger.

Sonó un golpe en los monitores al activarse mi micro.

A la mierda con todo. O bien mi alma iba a sanar, o bien no. Y estaba dispuesto a sangrar sin parar allí mismo, en ese preciso instante, para saberlo.

La intro acústica en sol menor empezó a sonar por los altavoces…

y, colega, sí que cascaba fuerte, sí. La había compuesto la noche que compré mi primera guitarra.

Cuatro compases más tarde, los tonos en acústico dejaron paso a la primera salva de acordes de quinta con distorsión, y entonces me perdí en la música.

Empezando grave y suave, emprendí un lento crescendo de ira y pérdida que culminaba a voz en grito. Llevaba días sin cantar en un escenario, pero mi voz nunca erró el tiro, nunca flaqueó en potencia, y terminó tan alta y cruda que costaba oír al grupo por detrás.

En el monitor de mi oreja izquierda, el tío de sonido murmuró:

—La leche.

Emprendí la primera estrofa, tocada en compás de siete por ocho para reflejar la confusión de un chaval intentando comprender por qué sus seres queridos están muriendo o abandonándolo.

O apartándolo de su vida. Forcé la voz para atinar las notas difíciles en frases duras sobre el amor, la mentira y la responsabilidad.

Sobre querer a un niño sin expectativas. Sobre mi padre.

Caí al silencio durante una pausa larga, llena de furia…

Y la canción llegó en tropel al estribillo, que había compuesto para intentar hallar mi salida a la decepción y el dolor.

Se construía verso a verso, con cada cambio de acorde guiando hacia el siguiente y el siguiente.

Crecía como un maremoto y mis tonos limpios iban oscureciéndose a unos berridos brutales que llevaban el sonido del abandono más allá de la locura que me había provocado.

En el punto culminante, me dejé ir del todo, volcándome en ese micro como si pudiera derribar Wembley con el poder de mi voz.

El técnico de sonido activó el delay y mi última nota resonó por el estadio vacío como si albergara una civilización moribunda.

Entonces la música perdió intensidad, dando paso a la segunda estrofa.

Saqué el micro de su pie y fui hasta el borde del escenario, con la misma emoción cruda ondeando en la piel que la que me dolía en lo más profundo. El desgarro de mi alma palpitó con el recuerdo de Dan en su ataúd.

Un par de trajeados estaban negando con la cabeza como si no se creyeran lo que oían. Los pipas habían subido a los escenarios laterales para escuchar. Los trabajadores del estadio estaban parados en las entradas y los pasillos.

Casi ni me di cuenta. El tiempo quizá hubiera estado transcurriendo para la gente que se había detenido a escucharme cantar desde lo más oscuro de mi corazón.

Pero yo no estaba allí. Había regresado a los momentos que me dieron aquellas notas y aquellas palabras.

Y por mis narices que iba a darles todo lo que tenía, si aquel era el último gran escenario en el que pudiera cantarlo jamás.

La segunda vez que llegamos al puente silencioso, lo llené con un chillido salvaje, solitario, que inundó el gigantesco auditorio. Los ecos se elevaron al cielo, llenando todo el espacio visible.

Al momento entró el estribillo de nuevo. Me eché encima del micrófono y lo canté fuerte.

Y entonces la música remitió de nuevo para la tercera estrofa. La que nunca había terminado de acertar. La que iba sobre mi madre.

Había estado cerca el día que Jimmy murió.

Me había acercado más bajo el sol vespertino en el Caballo de Hierro, cuando había escrutado en mi propia sombra y casi había visto una parte de mí que no había estado preparado ni dispuesto a percibir nunca antes.

Pero cuando más cerca estuve fue la noche que había destrozado la guitarra del camerino, al comprender que quizá sentía algo más en mi interior por mi madre que odio.

Aun así, siempre había faltado algo. Pero había averiguado qué era la noche que yací en el cementerio de Highgate mirando a través de un agujero en mi corazón. Solo entonces había recordado por fin la última parte, la peor de todas.

Fijé en mi mente a mi madre, aquel rostro cariñoso que me había hecho esa promesa para luego marcharse de todos modos y fundar una nueva familia. Y canté la congoja de un niño que aprende siendo demasiado pequeño que la heroína en la que siempre había creído… iba a decepcionarlo.

Canté sobre los dolorosos pasillos de mi infancia. Los días en soledad. Las interminables plegarias sin respuesta preguntando por qué y suplicando que ella volviera a por mí.

Todas las palabras estaban allí, como si hubieran existido desde el principio y estuvieran esperando a que las encontrara.

Y chillé a tope todas esas dolorosas palabras.

Casi daba la sensación de que estaba luchando por sacarlas de mi boca, purgando las imágenes y la ira con la fuerza de aquella melodía áspera.

Por Dios, qué bien sentaba. Estaba encontrando la tercera estrofa. Estaba cantando desde el otro lado de lo que llevaba tantos años intentando componer, desde el lado de mi madre.

Y fue entonces cuando conseguí cruzar del todo.

Estaba enfadado con mi madre por marcharse, pero una parte de mí se alegraba por ella también.

Había escapado de una mala vida. Aunque la echaba de menos, y aunque desearía haber bastado para que se quedara en casa, en parte estaba contento de que se hubiera liberado… porque la quería.

El recuerdo no siempre iba de arrepentimiento.

Puse toda la cruda honestidad de aquellas emociones enfrentadas en un solo verso que aullé sobre las últimas notas de aquella hermosa, terrible tercera estrofa.

Todo el estadio de Wembley pareció estremecerse con su sonido.

Las suturas de mi alma tiraron hasta casi romperse mientras la herida amenazaba con desgarrarse de nuevo con aquella oleada de recuerdos.

El aullido resonó durante la pausa silenciosa con todo el odio y el amor que llevaba dentro.

Entonces regresó el estribillo, violento y bello. Planté los pies. A ese iba a ponerle todo el cuerpo. Era una liberación más plena, más merecida que nunca antes.

Ascendí sin pausa y seguro, dejando que mi voz me llevara más alto y más crudo. Salió más llena de salvajismo y más necesitada de clemencia que ningún otro sonido que hubiera proferido jamás. Ese estribillo hablaba de mantenerse firme, de encontrar a gente… que se quedara.

Al final, eché atrás la cabeza por el suplicio de la canción y entoné la última nota. La mantuve, reacio a soltarla, y la hice más sonora y más alta, más resonante y más áspera, para terminar por fin en un largo vibrato que salió desgarrado de mi garganta.

Entonces paré.

Los ecos de la canción dieron paso al silencio. Y a la quietud.

Nadie habló ni aplaudió ni silbó. Todo el mundo se quedó perfectamente inmóvil, mirando, como si hablar o moverse pudiera poner fin a algo hermoso. Me invadió una cierta paz, allí plantado solo delante del micro.

Por fin había terminado mi canción.

Por fin había empezado a perdonar a mi madre.

Y creo que era porque ya era capaz de cantar una imagen más completa de la persona que era: no solo la mujer que se marchó, sino también la madre a la que aún quería.

Había ido a Wembley para intentar perdonar a los Sabuesos.

No había esperado empezar a recorrer también ese camino con mi madre.

Y la herida suturada de mi sombra había empezado a picarme de un modo agradable, no sanada pero sí sanando. Era un buen principio.

Esperé que lo que había intentado hacer sobre mi madre con la canción y sobre el grupo cantando allí fuese suficiente para que la guarda me aceptara.

El sonido de una persona aplaudiendo a mi espalda me sacó del trance. Era Lynn, desde el lado de la tarima de la batería con el resto de los Sabuesos. Se sumaron todos al aplauso y, al momento, ya venían todos hacia mí.