Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

No debería sorprenderme. El Londres moderno y su clase tanatúrgica están haciendo lo que siempre han hecho, extender la servidumbre mediante los negocios y la avaricia. ¿Qué les parecería si abriéramos sus cárceles y quemáramos sus libros de leyes?

Canciller W AT T YLER , Estrato Medieval,

con motivo de su incorporación a la

Cancillería de los Estratos

C asio y yo fuimos por callejones para evitar a los merodeadores shiguanos que había de camino hacia casa de Henry.

Pedí a mi amigo que vigilara la puerta y entré.

El aire olía un poco a rancio, pero todo lo demás seguía siendo Henry puro y duro: fotos con músicos, una consola de radio con tocadiscos que le había regalado su madre y una gran estantería repleta de la colección de vinilos más impresionante que había visto en la vida.

Henry y yo nos habíamos sentado a su mesa de fórmica todos los domingos por la mañana, escuchando aquellos discos antiguos, Henry haciendo sus movimientos de disc-jockey entre canción y canción.

Le encantaba poner los cortes más herméticos de cada álbum, las canciones que nadie parecía conocer.

Nos hacía sentir a los dos como si estuviéramos compartiendo un hermoso secreto.

Lo echaba de menos. Deseé poder hablar con él aunque fuese solo una vez más.

Había llegado con media hora de margen para registrar su casa por si había algo que pudiera ayudarme a renovar la guarda.

También buscaba una urna adecuada para sus cenizas.

Justo había empezado a hurgar por ahí cuando dos tíos salieron desde la cocina a la sala de estar.

Uno llevaba sayo y shenti, jat en la cabeza y un anj tatuado en la sien derecha, el otro tejanos raídos y una camiseta de Violent Femmes bajo un chaleco de cuero negro, anilla en la nariz y las siglas P.L.A.M. marcadas a fuego en el dorso de la mano.

Ambos tenían un farol compacto, arco y jopesh colgando del cinturón.

Desenvainé mi propia jopesh.

—¡Cas…!

—No, por favor, señor Solomon —se apresuró a decir Anj—. Seamos civilizados, ¿le parece? Estamos aquí por su propio bien.

P.L.A.M. compuso una sonrisa divertida.

Entonces caí en la cuenta. Eran representantes de dos facciones. P.L.A.M. era evidente, y el otro tipo debía de pertenecer a la Hermandad de Heka.

—Si sabíais que iba a estar aquí, es que me tenéis controlado hasta un punto que no me hace mucha gracia.

—Señor Solomon —dijo Anj—, seré breve. En un principio delegamos su juicio en la cancillería por recomendación de nuestros compañeros shiguanos.

Pero, si le soy sincero, no fuimos muy conscientes de las maquinaciones a gran escala de Brach en los estratos hasta estos últimos días, o quizá habríamos optado por un rumbo diferente.

Solté una risita.

—Y claro, ahora es demasiado tarde —dije—. Porque si os rajarais del juicio a estas alturas, quedaríais como unos…

—Tienes que ganar, colega —terció P.L.A.M.—. Si no, las cosas van a liarse que no veas, y ni tú ni tus amigos del Caballo estáis en situación de ocuparos de ellas.

¿El Caballo? P.L.A.M. era una rata del Soho.

Los señalé a ambos.

—¿Y la Hermandad y P.L.A.M. quieren ayudarme a montar una defensa? ¿Por eso estáis siguiéndome?

Anj carraspeó.

—Ya hemos estado haciendo lo que podemos sin entorpecer el proceso, pero no parece que las cosas vayan bien, así que traemos una oferta.

—Ofertas separadas —matizó P.L.A.M.

—Eso es —asintió Anj—. Como tanaturgo vulgar que…

—Ahora los llamamos sueltos, ¿sabes? —matizó P.L.A.M. de nuevo.

Anj suspiró.

—Muy bien. Como tanaturgo suelto, es decir, no alineado con ninguna facción, sus posibilidades en el juicio son bastante exiguas. Pero, con el apoyo de una facción, se incrementan drásticamente.

Tendría que haberlo visto venir.

—Ahora lo pillo. Esto es una visita de reclutamiento.

—En general —dijo Anj— no lo abordaríamos los dos al mismo tiempo, pero nuestros respectivos grupos coinciden en que, para un propósito elevado, es mejor que encuentre cualquier aliado, el que sea, durante esta tormenta concreta. Y el tiempo es oro.

—¿Propósito elevado?

P.L.A.M. trazó con la yema del índice la marca que llevaba en el dorso de la otra mano.

—Si la revolución llega aquí arriba, colega, no dejará títere con cabeza. Todo quisqui tendrá que elegir bando. Y, como las facciones siempre están a la greña, las cosas podrían ponerse muy sangrientas muy deprisa.

—Baste con decir, señor Solomon —añadió Anj—, que lo mejor sería zanjarlo todo en el juicio: su culpabilidad, la revolución de Brach, todo.

Yo sabía por los libros de Henry que la Hermandad de Heka era la facción supervisora, la que dirigía el cabildo, gestionaba los recursos y fiscalizaba las relaciones con otras ciudades.

Por su parte, P.L.A.M. había recogido el testigo de los cythonianos como los expertos del cabildo en textos arcanos.

Cualquiera de las dos me vendría muy bien para el juicio.

—¿Y qué hay de las demás? —pregunté—. Los Hijos de las Cenizas, la Procesión del Ocaso. ¿A ellos no les interesa detener a Brach?

—Los Hijos son reservados —dijo Anj.

—Y los ocaseros… —añadió P.L.A.M.—. Bueno, coleguita, los ocaseros no son nada de fiar. Puede que vengan a hablar contigo, pero juntarte con ellos podría ser peor que seguir tú solo.

Eso me lo creía sin problemas, dado lo que había visto de ellos en el Castillo de Ratas. Pero ¿qué sacaban de aquello la Hermandad o P.L.A.M.?

—Si me uno a una facción, el Caballo de Hierro pasará a estar controlado por esa facción, ¿verdad?

Los dos cruzaron la mirada y asintieron.

—Ya me parecía a mí —dije. Joder, incluso en aquella situación intentaban obtener beneficio—.

Escuchad, supongo que Henry tendría algún motivo para ir solo por la vida y, la verdad, tampoco estoy muy seguro de en quién debería confiar.

Así que gracias por las ofertas, pero creo que me arriesgaré a ir al juicio con solo mis amigos.

—Mala idea —dijo Anj.

—Una idiotez —añadió P.L.A.M., aunque su sonrisa delataba cierta aprobación.

Me encogí de hombros.

—¿Qué queréis que os diga? Vengo de la tierra del duro individualismo.

Anj negó con la cabeza.

—Sea consciente, señor Solomon, de que las cosas tienden a enardecerse a medida que se aproxima el juicio. Por favor, vaya con cuidado. Y, si en algún momento cambia de opinión, no seremos difíciles de encontrar.

Ambos me dieron su tarjeta de visita. Y luego, tan rápido como habían aparecido, se marcharon a la cocina y de ahí a la calle, supuse, por la puerta de atrás.

Me tomé un momento para intentar encajar aquella pequeña visita con todo lo demás que había averiguado en los últimos días, me vi incapaz de hacerlo y seguí buscando por el apartamento de Henry. Entonces llamaron a la puerta. Fui a abrir.

—Buenos días, Jack —dijo Emaline.

Vestía con botas vaqueras, pantalón tejano, chaqueta de estilo militar y gafas de sol. Al hombro llevaba una pequeña cartera. Resistí el impulso de darle un abrazo.

—Pasa, pasa.

Al principio me tendió la mano, pero, cuando acerqué la mía, movió los dedos y me cogió la muñeca con suavidad. El mismo contacto doloroso que había sentido la noche que nos conocimos me cosquilleó brazo arriba.

—Bien —dijo—. ¿Estás solo?

—Exceptuando a Casio.

Se volvió hacia Margaretha, de quien no me había fijado que estaba en el callejón, y asintió.

Margaretha se acercó más a la puerta y, discretamente, las dos se dieron la mano.

No me habría dado cuenta de nada si no hubiera estado mirando sus sombras, pero la pauta de Emaline se convirtió en la de Margaretha y la de Margaretha se convirtió en la de Emaline.

Y la sombra de Emaline seguía teniendo aquel extraño efecto duplicado al que yo no le encontraba ningún sentido.

Entonces Emaline entró con paso tranquilo al piso de Henry y pasó a mi lado. Cerré la puerta, cogí su chaqueta y la colgué en el perchero de la pared al lado del abrigo de Henry y una vieja bolsa de baquetas. Nos sentamos en dos sillas, ante una mesita baja que había cerca de la chimenea.

—Estabas utilizando a Margaretha como señuelo. —Había leído sobre ello en uno de los libros de Henry sobre vestigios—. ¿Como una especie de recipiente para tu alma?

—Un reclamo, sí. Una precaución necesaria, sobre todo en el mundo de arriba. —Se sentó—. ¿Qué tal tu charla con Madam?

—No sabía nada sobre el asesinato ni sobre el espectro.

—¿Y confías en su palabra? —preguntó Emaline.

Dejó su bolsa y sostuvo su boquilla en alto, como preguntándome si podía fumar. Asentí.

—La colega es de aúpa, sí, pero tuve ocasión de mirar su sombra. Creo que ella misma es un poco prisionera.

—¿Madam te dejó echar un vistazo? —Emaline se encendió el cigarrillo y le dio una larga calada—. Eso puede ser un acto íntimo o un acto invasivo. ¿Cuál de las dos cosas fue?

Me lanzó una sonrisa sugerente. Lo de la intimidad había despertado mi interés, pero le expliqué lo que había pasado con Madam en el cine y la lucha contra el espectro, omitiendo lo de mi herida. No quería hablar de eso.

—¿Y expulsaste un espectro? —Emaline dio otra calada—. Es bastante extraordinario, Jack.

—Tuve mucha ayuda —le dije—. El caso es que volvemos a estar como al principio.

—Porque valoras demasiado a tus vestigios —señaló ella.

Me incliné hacia delante.

—¿A qué te refieres?

—A salvar a Casio, por supuesto. —Meneó su cigarrillo—.

Los vestigios, en general, reciben buen trato y tienen una aproximación más fiel a la vida que la que conocerá jamás cualquier semblanza de los estratos.

La mayoría eligen ser vestigios por ese preciso motivo y comprenden los sacrificios que quizá deban hacer.

—¿Y qué hay de ti, entonces? —repuse—. Ni siquiera eres un vestigio, pero me viniste hablando de escapar de una vida de esclavitud.

—¿Qué pretendes decir, Jack?

—Supongo que estoy preguntándome si esto de verdad va de obligar a Brach a asumir su responsabilidad. —Vi cómo daba otra larga calada al cigarrillo—. O si va de vengarte de lo que sea que te hizo.