Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Las heridas infligidas por un espectro se sienten con más intensidad en los lugares más profundos de uno, donde moran sus propias heridas. Así ha ocurrido siempre con la locura.

J OHN L OCKE , De la comprensión espiritual

(escrito póstumamente)

E staba tendido en la hierba mojada del cementerio de Highgate, con la mirada fija en el cielo estrellado.

Mis amigos se apiñaron a mi alrededor mientras yo empezaba a retorcerme por el ardor de mi carne y el desgarro dentro de mi sombra.

Casio y Chuey me agarraron los brazos y las piernas para retenerme.

Dama sacó una aguja larga y ganchuda de su cartera.

—Esto no puede suturarse con hilo material —dijo—. Necesito hilo de essiene.

—¿Qué es eso? —preguntó Casio.

—Se extrae de un espíritu en un momento de necesidad —explicó ella—, porque no puede almacenarse. Uno de vosotros tiene que prestarse voluntario. Y quien lo haga quedará disminuido.

Me llegaba el eco de sus voces como si estuviera al fondo de un pozo muy profundo. Los veía encima de mí, pero el dolor estaba llevándose mi mente hacia la herida abierta en mi alma, hacia lo que fuese que yacía debajo de ella.

—Utilízame a mí —dijo Casio.

Dama le pidió a Church que trajera mi farol y lo sostuviera encima de mí. Luego movió a Casio a mi alrededor de forma que nuestras sombras se solaparan en parte. En mi mente, otras sombras estaban viéndose atraídas desde un recuerdo doloroso: el principio de una oclusión.

—Church —dijo Dama con la voz temblorosa—, Chuey y tú tenéis que sujetar a Jack. Esto va a doler horrores. Casio, tú también lo sentirás.

Con mucha suavidad, Dama enganchó con su aguja la sombra de Casio. La punta desapareció en la penumbra. El centurión torció el gesto, pero no se movió mientras Dama pasaba la aguja del todo y extraía un resplandeciente y fino hilo del color del mercurio.

Paso a través de la herida abierta en mi sombra. Es un día soleado en el oeste de Los Ángeles. Chuey está a mi lado. Tenemos trece años. Bajamos en bicicleta por la avenida South Western…

Dama sacó el hilo de Casio y enganchó la aguja en la parte inferior del desgarro de mi sombra. La punta ardía como un hierro de marcar.

Dejamos las bicis fuera de la tienda de música Sam Ash de Sunset Boulevard. Voy a comprar mi primera guitarra. Llevo meses ahorrando. Qué ganas tengo…

—Tiene el pulso débil —dijo Church, que tenía mi muñeca en la mano—. Aguanta, chico.

—Es más profunda de lo que creía —informó Dama, sacando más hilo de essiene de la sombra de Casio, que hizo una mueca y apretó los dientes.

Chuey abre la puerta. Pero, antes de que entremos, veo el viejo Dodge de mi madre aparcado delante de la pastelería Ardells, el negocio contiguo. Mi madre solía llevarme allí todos los sábados a tomar batido de malta…

Dama dio otra puntada con el hilo en mi sombra. El dolor me chisporroteó columna abajo y noté que mi cuerpo se convulsionaba.

Me acerco a la cristalera de Ardells y me hago visera con una mano contra el cristal para ver sin deslumbrarme. Mi madre está sentada a una mesa con un hombre y una niña pequeña. Lleva anillo de casada. Qué feliz parece…

—Estamos perdiéndolo —dijo Dama.

Sonaba a kilómetros de distancia. Me dio puntadas más rápidas, atravesando mi sombra una y otra vez con la aguja. Casio se derrumbó contra ella. Sentí que los vientos del Prado me llamaban.

Mi madre alza la mirada desde su batido de malta y me ve. Su sonrisa se diluye. La niñita gira la cabeza para ver qué está mirando. Tiene la misma marca de nacimiento con forma de salpicadura de vino que mi madre y yo…

—Se niega a cerrarse —dijo Dama—. Su alma no quiere aceptar el último punto… Creo que está dejándose ir.

—¡Jack! —exclamó Church—. ¡Mierda, chico, aguanta!

—¡Ese! —gritó Chuey.

A lo mejor eso es lo que mamá quería desde el principio. Una hija. Mi madre no sonríe, ni saluda, ni nada. Solo se queda allí sentada, observándome, como esperando a que me marche…

—Jack. —Era Casio, susurrándome al oído—. ¿Me oyes, Jack?

Mi madre llama la atención de la camarera y señala hacia mí. El corazón empieza a aporrearme en el pecho. Sonrío y la saludo con la mano. La camarera llega al ventanal y baja la persiana…

A un mundo de distancia, oí a Casio.

—Por nuestra tercera opción, Jack. Lucha por nuestra tercera opción.

Chuey me agarra por la camisa y me arranca del ventanal. Me lleva por la fuerza hasta la puerta de la tienda Sam Ash y me empuja al in te rior. La música de baterías atronadoras y guitarras eléctricas me inunda…

—Ah… ¡Lo tengo! —exclamó Dama—. Está cerrada.

Inhalé una bocanada áspera y tosí. No podía hablar, y un inquietante y doloroso silencio cayó sobre nosotros. Los puntos de sutura en mi sombra titilaron en un tono gris plateado alrededor de la cicatriz larga, irregular y con forma de lago que tan bien reconocía ya.

A unos metros yacía el espectro muerto. Sin él, no podríamos renovar la guarda. La barrera del Caballo de Hierro se derrumbaría y Brach utilizaría los Peldaños Abismales para encontrar la canción que necesitaba para su revuelta. Estábamos quedándonos sin posibles formas de intentar detenerlo.

—Tendrías que haber dejado que me mordiera —dijo Casio, rompiendo el silencio con su voz suave—. Usar ese tiempo para vincularlo. No paras de tomar malas decisiones, Jack.

Tragué saliva y me esforcé en hablar.

—He cometido muchos errores, Casio, pero ayudarte no lo ha sido.

El centurión me agarró el antebrazo con firmeza.

—Me alegro más de conocerte hoy que ayer, Jack Solomon.

Siempre me sentaba bien estrecharle la mano así. Pensando en Jimmy y en Angela, dije:

—Por lo menos ya no matará a ningún otro músico, ¿eh?

Descansé un poco y luego llamé a Lakshmi con la intención de ponerla al día. No contestó, así que le dejé un mensaje de voz explicándole todo lo que había pasado y dónde encontrar el cuerpo del espectro. También escribí a Emaline:

Casa de Henry, 9.00 h.

Cuando pude levantarme, lo primero que hice fue ir a recoger el hilo de orcus del cedro.

Ya no vibraba con tanta violencia como antes y podía sostenerlo en la mano con más comodidad.

Luego mis amigos y yo regresamos poco a poco por el cementerio de Highgate hasta el Viejo Lada.

Nadie dijo ni una sola palabra durante el camino de regreso al Caballo.

Al acercarnos al local, avisté a cinco tanaturgos shiguanos y por lo menos a una docena de vestigios rondando por el perímetro de la guarda.

Se había contraído unos metros más. Nos observaron mientras entrábamos.

En el camerino, me derrumbé en el sofá. Dama me obligó a beber algo que sabía a pimienta de Tabasco y me dormí al son de Queen interpretando Tie Your Mother Down por el sistema de sonido del Caballo. Queen era la música de confort de Dama. Cuando desperté, ella seguía en el mismo sitio.

—¿Cuánto tiempo he dormido? ¿Qué hora es?

Dama miró su reloj.

—Unas siete horas, Jack. Son las ocho y poco.

—Tengo que irme —dije.

Intenté levantarme, pero solo llegué a mitad antes de caer sentado otra vez.

—Con calma, Jack. ¿Cómo te encuentras?

—Como si acabara de pasar diez horas pegando botes en el mogollón de delante de un concierto.

—Aquí dentro, digo —matizó ella, dándose unos golpecitos en el pecho.

Una oleada de imágenes me pasó por la cabeza.

—En carne viva —respondí—. Pero no débil, si es que tiene algún sentido.

—Ahora Casio y tú compartís un vínculo único. Si los puntos agarran bien, al menos.

Recordé la cicatriz que había visto en la sombra de Dama unos días antes y la localicé de nuevo.

—A ti también tuvieron que operarte la sombra, ¿verdad?

—Déjalo para otro momento, Jack. Ahora mismo, por mucho que me guste lo mucho que te esfuerzas… bueno, anoche estuviste a punto de morir.

Tenía razón. Aquella misión me superaba.

Nos superaba a todos, tal vez. Y el agujero que parecía haberme puesto a cavar estaba haciéndose enorme de la leche.

Lo más probable era que pudiese encontrar una forma de sacarnos a mis amigos y a mí de allí.

Pero eso no le serviría de nada a Henry, ni a la ciudad, ni a los estratos.

Mi padre siempre decía que, si el premio era importante, había que duplicar la apuesta.

Más sabiduría barriobajera que quizá algún día tuviera ocasión de agradecerle.

Claro que su sabiduría barriobajera también había hecho que mataran a muchos jóvenes.

—Brach va a responder por lo de Henry —dije por fin, y me levanté despacio esa vez—. Así que no puedo quedarme aquí tirado todo el día.

—Bueno, no hace falta que guardes cama —respondió ella—, pero los puntos que te he puesto son provisionales.

Una herida del corazón, que es lo que creo que padeces, solo sana de verdad si haces las paces con lo que sea que provocó la herida en un principio.

Cuando lo hagas, la desgarradura empezará a curarse ella sola.

Hasta entonces, cualquier tirón indebido podría abrirla otra vez.

Y si eso pasa… —Calló un momento—. Si pasa, no creo que vayas a sobrevivir.

Sencillamente, no estás lo bastante versado aún para lidiar con una herida como esa.

Le di un abrazo y dediqué cinco minutos a darme una ducha ardiendo en el baño del camerino, cosa que siempre me animaba, y luego saqué unas tiras de pollo frías de la nevera, que en mi opinión era como mejor sabían.

Church y Chuey estaban en la mesa de metal clásico, contándose batallitas de conciertos, que era uno de los pasatiempos favoritos en el Caballo.

No podía llevarlos conmigo a ver a Emaline, así que les dije que iba a acercarme un momento a casa a cambiarme de camiseta y luego igual pasaba por el piso de Henry a mirar si había algo que pudiera ayudarnos.

Hecho eso, recogí a Casio, que había estado montando guardia en la puerta del Caballo, y juntos fuimos hacia mi cita con Emaline, esperando que tuviera mejores noticias que yo.