Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Los seres tanatúrgicos más ancianos hablan de una técnica arcana conocida como la «bilocación», por la que un objeto creado a partir de la Interminable Oscuridad puede existir en dos lugares al mismo tiempo.

Notas para la planificación

de la prisión de Newgate

M ientras caía la noche, aceleramos en dirección norte por la calle Eversholt, zigzagueando entre el tráfico.

Chuey estaba sacándole revoluciones al pequeño motor del Viejo Lada y, en el asiento trasero, Casio, Church y Dama se agarraban como podían.

Yo me cegué a mí mismo dos veces con el frote brilloscuro de Madam, intentando localizar al espectro.

—El norte no me vale como destino, tronco —dijo Chuey—. ¿Adónde vamos?

—Dame un minuto —pedí.

Saqué el manual de campo de Henry, lo abrí por la sección sobre pautas de sombra y leí como un poseso mientras Chuey giraba fuerte a la izquierda, arrojándome contra la puerta. El manual decía que las pautas tenían profundidad, una especie de eje z , cuya percepción requería concentrarse.

—¿Cómo leches traduzco estas pautas a un eje z ? —murmuré.

Chuey me dio un puñetazo en la pierna.

—Dices que esas pautas son como notas brillantes, ¿verdad? Pues las notas las oímos en estéreo, colega, o incluso en audio 3D. Las notas tienen dimensión. Resuélvelo.

Volví a guardar el manual en la mochila y toqué un frote revelador.

Una resplandeciente luz de color ámbar llenó el coche.

Escruté la sombra de mis piernas en el suelo, centrándome en la pauta de dos notas arriba y dos abajo que compartía con el espectro.

Tardé un minuto, pero sí que empecé a ver cierta profundidad en cada nota de brillo.

Entonces canturreé la breve melodía que componían esas notas para memorizarla.

Cuando pensé que la tenía, hice otra vez el golpe del brilloscuro, que me llenó los ojos de aquella luz violeta.

Pero esa vez no hubo tormenta de destellos.

No hubo destellos en absoluto. Seguramente estaría fuera de alcance.

Pero confié en haber acertado lo suficiente con el proceso. Me volví hacia Chuey.

—Cementerio Highgate.

—¿A ti te riega bien el cerebro, tronco? —Church giró a la derecha por la avenida Kentish Town—. ¿Quieres ir a buscar a un espectro en un cementerio?

—De momento, sobre todo me ha dado caza aquí arriba. Estuve mucho tiempo en los estratos, y luego subí en Highgate y volví derechito al Caballo. Mi rastro estará más fresco entre esos dos sitios.

Chuey puso cuarta.

—Tú mismo.

Hice el frote brilloscuro varias veces más, pero seguí sin ver nada. A los pocos minutos, paramos con un frenazo delante del cementerio Highgate.

Salimos del coche bajo una medialuna y toqué el frote otra vez. Esa vez vi un único destello, lejano y tenue. Señalé hacia el noroeste.

—He visto algo.

—En serio, tío —dijo Chuey—, no sé si tienes mucha potra o una maldición.

—No tienen por qué excluirse mutuamente —comentó Casio.

Church y Dama se echaron sus carteras al hombro y sacaron las armas. Asentí mirándolos y seguimos todos a pie hacia las catacumbas.

Mientras avanzábamos a paso rápido, hurgué en mi bandolera y saqué el hilo de orcus.

Refulgía en ámbar y carmesí y vibraba en mi mano como una cuerda de guitarra pinzada.

Se me hizo raro al principio, pero también era familiar.

Enrollé doce vueltas en torno a mi palma izquierda y las fijé con un nudo corredizo para acceder al hilo sin problemas cuando llegara el momento.

No tenía ni idea de cómo iba a hacer aquello, pero la guarda estaba menguando y no creía que fuese a tener otra ocasión de vincular al espectro antes de que la barrera se redujera al interior del Caballo de Hierro.

Pasamos ante un cartel que rezaba CÍRCULO DE LÍBANO y vimos una depresión del terreno que contenía un anillo de mausoleos alrededor de un cedro inmenso.

—Acordaos —dije—. Queremos atrapar a ese bicho, no matarlo.

—Cuando lo hayamos reducido —contestó Casio—, sé rápido con el vínculo.

Corrimos por un túnel oscuro y salimos cerca del círculo de mausoleos y la escalera a los estratos. De pronto el aire se enfrió. En el centro del anillo, cerca del gran cedro, olisqueando el suelo húmedo por donde Casio y yo habíamos salido de los estratos, merodeaba el espectro.

Se había deformado más y el hueso y el músculo se abultaban contra su pelaje. Tenía la piel rasgada por varios sitios y las heridas humeaban en aquella gelidez antinatural.

El espectro levantó despacio la cabeza, trabó la mirada conmigo y gruñó.

Con manos temblorosas, levanté el farol y le pasé el arco por una vara.

La luz tanatúrgica salió tenue de mi trémulo farol, pero me mostró lo suficiente de la sombra del espectro para distinguir las notas de brillo en secuencia de dos ascendentes y dos descendentes que compartíamos.

El alma que había en su interior había sido humana. De pronto, no pude negar esa verdad. Bajé la luz y di un paso atrás. Los labios del espectro se replegaron sobre unos dientes brillantes.

—¡Jack! —gritó Casio—. ¡Protege tu mente de él!

Me concentré en un recuerdo de Henry secando vasos. Fue suficiente para despejarme la cabeza.

—Voy a suponer —dijo Chuey— que da mucho más miedo que el perro que estoy viendo yo, ¿verdad?

Tenía que conseguirle una pulsera de reflejo.

—Tú ten cuidado. Atrapemos a ese bicho.

Cruzamos una pasarela sobre el círculo hundido de mausoleos y llegamos a un terreno elevado. Casio se puso delante de mí. Church y Dama se desplegaron a la izquierda y Chuey a la derecha, desplegando la red mientras recorría la hierba mojada.

El espectro profirió un rugido que sacudió las ramas del gigantesco árbol. Casio contraatacó vociferando su «Bratros» y luego inició un temible cántico.

Señalé con mi arco hacia el espectro.

—¡Vamos!

Casio se adelantó, atrayendo la mirada del espectro para que no se fijara en Chuey. Dama lo rodeó y descargó su porra telescópica con fuerza contra la pata trasera de la criatura. Sí, lisiarla era buena idea.

La bestia aulló y se apartó rodeando el árbol.

Casio caminó en círculo, provocando al espectro con la punta de su espada, intentando mantenerlo de espaldas a Chuey. El monstruo dio un zarpazo que derribó a Church al suelo y se abalanzó sobre él para morderle el cuello.

El centurión soltó una patada a la criatura en el costado que la envió despatarrada contra el cedro gigante. El espectro se enderezó enseguida, dio un potente bramido y enseñó los dientes.

Entonces clavó la mirada en mí y echó a andar hacia delante, gruñendo como una Harley al circular lenta, haciendo vibrar con el sonido la tierra bajo nuestros pies. Retrocedí unos cuantos pasos, atrayendo al espectro, y le hice una seña a Chuey.

Mi amigo llegó corriendo con la red lista, pero se aproximó demasiado. No alcanzaba a ver el peligro. El espectro se volvió rápido hacia él y lo tiró al suelo. Antes de que Chuey pudiera reaccionar, el cerbero le atravesó la chaqueta de cuero con la zarpa y le desgarró el pecho.

Golpeé fuerte con el arco sobre dos varas de mi farol. Una luz intensa fulguró con un acorde metálico, recorrió la hierba húmeda y ascendió a las extensas ramas del cedro. El cerbero cerró los ojos y apartó la cabeza.

Casio entró a la carrera y quitó a la criatura de encima de Chuey con otra patada. Church llegaba tras él, con la espada de su bastón destellando a la luz de mi farol, y dio un tajo en la pata izquierda del espectro, en otro intento de lisiarlo.

La criatura se encabritó y aulló.

Chuey se apresuró a levantarse, agarró la red y la hizo volar. Silbó al surcar el aire y envolvió el torso del espectro. El cerbero rugió y cerró sus enormes fauces sobre los cordeles de hierro.

Di otro golpe a mi farol con un frote revelador, concentrándome en el cuello del espectro, donde había visto sus hilos vinculantes en otra ocasión. Brillaron bajo su pelaje sanguinolento, apelmazado.

—¡Poneos encima! —chillé—. ¡Retenedlo!

Church y Dama arrojaron su peso sobre los cuartos traseros de la bestia. Casio saltó a su lomo, intentando retenerlo contra la tierra. Chuey cogió el extremo de su red, cerca de la cabeza del espectro, y le envolvió el hocico con él.

A toda prisa, cambié el arco por mi jopesh, corrí hacia ellos, hurgué entre el pelo ensangrentado en busca del cordel trenzado que le rodeaba el cuello y lo corté.

Destelló una luz violeta. Arranqué el cordel y lo tiré a un lado.

Entonces enfundé el arma, tiré del nudo del orcus y empecé a desenrollarlo, mientras el hilo vibraba con fuerza como una cuerda de mi guitarra al pinzarla.

De pronto lo comprendí. Era un hilo vivo. Parte del alma de una mujer. Por instinto, canturreé un verso de mi canción, unas notas sobre combatir el aislamiento tras la muerte de mi hermano, y el hilo se calmó un poco.

Pero, al ver el orcus, el espectro aulló y se alzó sobre las patas traseras. Mis amigos volaron despedidos, Casio cayó contra una piedra y la red se desparramó por el suelo.

Yo también salí hacia atrás y, con los aspavientos que tuve que hacer para mantener los pies en el suelo, solté el farol y el hilo. A la luz estroboscópica de mi farol mientras caía, el orcus se alejó flotando en el aire como una cinta de gasa y quedó atrapado en una rama baja del cedro.

Casio estaba bocabajo, gimiendo. El cerbero se lanzó hacia él para darle una dentellada en la nuca. No me iba a dar tiempo de recuperar el hilo y luego llegar hasta Casio. Y todos mis otros amigos yacían en la hierba a metros de distancia.

Embestí contra la bestia con el hombro por delante y la empujé hacia atrás en dirección a las catacumbas. Enseguida volvió a encararse hacia mí, mientras la semblanza de su interior empezaba a tirar para separarse de su carne.

El cerbero chilló de nuevo, esa vez menos rugido que un sonido humano agonizante, pero se detuvo al ver mi sombra, proyectada por mi farol, que había caído cerca.

Entonces cargó. Y, antes de que pudiera desenfundar mi arma, hundió sus enormes colmillos en la oclusión más grande de mi pauta resplandeciente.

Me derrumbé al suelo. Un intenso calor recorrió todo mi cuerpo mientras comenzaba a estremecerme y mi cicatriz resplandecía en brillante ámbar. De algún modo, el espectro me tenía retenido con sus dientes clavados en mi sombra. Mi espíritu empezó a sangrar recuerdos…

… el funeral de mi hermano Dan…

… el silencio de mi padre conmigo…

… mi sacerdote tratando de explicarme en qué momentos actuaba Dios…

En mi visión emborronada, vi a Casio y a Church dando golpes y estocadas al espectro, intentando apartarlo de mí. Pero no me soltaba. Noté que me ardía el pecho y que el dolor se extendía al resto de mi cuerpo.

La vieja presión repuntó como nunca antes. La cabeza me palpitaba tan fuerte que pensé que se me iba a agrietar el cráneo.

Estaba a punto de rendirme cuando el espectro empezó a sacudirse. Se alzó una neblina azulada a su alrededor, su semblanza, llena de úlceras, cosida a cicatrices y ya arrancada por completo de su carne.

La criatura se quedó muy quieta y me miró a los ojos, como si no supiera quién era ni dónde estaba. Luego, sin más, cayó de costado.

Un repentino viento se alzó desde los mausoleos, ascendió sobre el Círculo de Líbano, se arremolinó con forma de embudo y se estrechó sobre el cuerpo del espectro. Desde dentro del vendaval, una voz gritó.

Entonces el remolino explotó. El viento y la luz atravesaron las hojas del cedro y derribaron al suelo a todo el mundo. Las piedras y las ramitas me azotaron la cara y los brazos mientras veía la luz desaparecer en el cielo.

Cuando hubo pasado la tormenta de luz y sonido, la carne desgarrada y llena de ampollas del espectro yacía en la hierba y también esparcida por las lápidas que nos rodeaban.

Traté de moverme, pero no podía. Dama vino gateando por la hierba mojada y se arrodilló a mi lado. Intenté decirle lo que estaba sintiendo, pero no podía hablar. Pensé que tal vez aquello era el final.

Lo único que anhelaba era ser capaz de decirles a todos lo mucho que significaban para mí.

Cómo apreciaba la forma en que Church hacía que la gente se sintiera importante.

La forma en que Dama hacía a todos sentirse amados.

La forma en que Casio los hacía sentirse protegidos.

Y Chuey… deseé tener las palabras suficientes para Chuey.

Me soltaría una réplica bestial que haría reír a todo el mundo.

Llevaba toda la vida salvándome con chistes malos.

—Tiene el alma desgarrada —dijo Dama.

—Llevémoslo al Caballo —propuso Church.

Dama metió la mano en su cartera.

—No tiene tanto tiempo.