Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

En toda alma coexisten la razón y la irracionalidad. Con un incentivo musical orientado es posible, por el bien común, transformar a la gente en títeres de lo segundo.

A LAN B USH , compositor,

La canción como inductora

S alí tropezando de la escalera de caracol de los estratos y caí al sucio suelo de entre bastidores del Cinematograph, ya en el mundo de arriba.

El polvo se alzó en volutas por todo mi alrededor.

Aspiré una bocanada y empecé a toser. Chuey, Dama, Casio y Church estaban cerca, jadeando, orientándose.

Me levanté de un salto y me volví, esperando que el público del Estrato Moderno saliera detrás de nosotros. Nada.

Dama me dio una palmada en el hombro.

—No pueden recorrer los peldaños de los estratos sin un tanaturgo.

Lakshmi y Madam no estaban a la vista. Resonaron unas pisadas a la carrera desde el auditorio, al otro lado del telón de fondo del escenario.

Lo aparté de golpe y vi a Madam subiendo a la carrera por el pasillo izquierdo del patio de butacas, seguida de cerca por Lakshmi. La presera redujo la distancia deprisa, agarró a Madam y la derribó a la polvorienta alfombra.

—Queda detenida —le dijo mientras yo llegaba al trote.

—¿Y se puede saber por qué? —replicó Madam.

Lakshmi llevó a Madam de vuelta al escenario y la dejó sujeta a una tubería que había en la pared del fondo con sus esposas de hierro negro.

—Por el intento de secuestro del señor Jack Solomon.

—Yo eso lo llamaría una zona gris —dijo Madam sonriendo—. No pretendíamos hacerle ningún daño al chico. Solo queremos retenerlo hasta su juicio, por su propia seguridad y también teniendo en cuenta todas las muertes de las que está acusado.

Lakshmi estudió el semblante de la mujer.

—Si está usted involucrada en el asesinato del señor Wilkinson y el señor Solomon, terminaremos averiguándolo.

—O bien podrías ayudarnos —intervine—. Dinos lo que sepas sobre a quién encargó Brach dar el golpe y también todo lo que puedas sobre el espectro. Por favor. Podría salvar vidas.

Madam me miró y puso los ojos en blanco.

—Tiene usted un buen corazón ahí al fondo, señor Solomon, y algún día va a hacer que lo maten.

Chuey, Dama y Church seguían con las manos en las rodillas, recobrando el aliento, bajo una franja de luz que entraba por un agujero del techo. Lakshmi me llevó hacia ellos.

—Podría llevármela y hacerle unas preguntas —dijo—. Pero el Precedente me impide utilizar ciertas técnicas de interrogatorio. Así que en realidad sería perder el tiempo.

Miré nuestras sombras a la luz del sol y se me ocurrió una idea.

—¿Me dejas un minuto a solas con ella?

Lakshmi me observó con atención.

—Nada físico.

—No es para eso —le aseguré.

Mis amigos salieron al vestíbulo, abandonando el auditorio en repentino silencio.

Las hileras de viejos asientos de terciopelo estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo.

La pintura de las paredes se descascarillaba alrededor de carteles y octavillas de noticiaros de la Segunda Guerra Mundial que el tiempo había vuelto marrones.

El aire olía a palomitas de maíz rancias y a la tristeza del desuso que los auditorios abandonados parecían tener siempre.

Pero el escenario estaba lleno de palés nuevos y de grandes cajones de madera con letras serigrafiadas: QSC, UA, AVID, empresas de audio profesional del mundo contemporáneo.

—Ahora lo pillo —le dije a Madam—. Vais a traer esa música a la superficie, ¿verdad?

Ella sonrió.

—Me extraña que no lo apruebes. Tu famoso club Marquee, con su estridente música de guitarra, estuvo situado aquí varios años.

De hecho, es justo eso lo que nos sugirió todo el asunto: utilizarlo para ofrecerle una alternativa a la gente del Caballo de Hierro.

Y sí que conseguimos que vinieran muchos.

—Ya, pero en realidad no es una alternativa, ¿verdad que no? Vuestra música es más bien un lavado de cerebro.

—Bastante ingenioso, si te paras a pensarlo. El primer paso hacia el cambio es romper las lealtades previas. —Miró alrededor por el Cinematograph—. Y encontrar este auditorio abandonado nos llevó a otros sesenta y tantos locales cerrados por todo Londres.

Recordé a Maggie contándome que habían vendido el Inframundo, y que el Phoenix Theatre, donde estaba mi casa, también había cambiado de manos. Hasta habían venido a por el Caballo de Hierro.

—Y no son solo auditorios abandonados, ¿verdad?

Madam ladeó la cabeza, pero no respondió. Entonces recordé otra vez aquella canción que habían tocado los Reyes del Swing y cómo había empezado a metérseme en la cabeza.

—Esa música antigua… —empecé a decir.

—Ah, lo importante no es el estilo —dijo ella—, sino la sustancia.

Y, con ella, vamos a insuflarles una vida nueva a estos viejos edificios.

Por supuesto, el reclutamiento es más fácil en sitios como el Cinematograph, donde la música apela a la necesidad latente de los clientes por unirse a una causa.

—No son unos groupies descerebrados —dije.

—Lo cierto, querido —respondió Madam—, es que no tengo ningún interés en este asunto más allá de que me paguen. Así que, si no te…

—Escucha… Madam. Sé que trabajas para Brach. Lo único que quiero de ti es que me hables del espectro y me digas cualquier cosa que pueda demostrar que Brach ordenó el ataque contra Henry. Una nota. Qué narices, un e-mail.

—Lo siento, querido —dijo Madam—. Me temo que no tengo ni la más remota idea de a qué te refieres.

—Vale, tú lo has querido.

Saqué el farol y el arco.

—¿Vas a cantarme una serenata? —preguntó ella—. Me parece que no soy tu tipo.

—Qué va, esto será más bien una partida a pillar con tu sombra.

La sonrisa se le cayó de los labios.

—No juegues conmigo, chico.

Encendí mi piedra fantasmal con una orden verbal. Nunca había escrutado en serio una sombra con mi propia luz tanatúrgica. Pero quizá la sombra de Madam podría mostrarme lo que necesitaba si buscaba a la suficiente profundidad.

Me tembló la mano mientras pasaba el arco por una vara de mi farol con un gesto largo y lento, en un frote revelador como el que había usado Mick en el Castillo de Ratas. La luz tanatúrgica iluminó toda la zona de detrás del escenario. Madam dio un pisotón en el suelo.

—Pues nada, si quieres ver cosas serias, eso verás, chaval.

Sabía mejor que nadie lo oscuros que podían ser los secretos de cualquiera. Una parte de mí no quería mirar. Si aquello no iba contra la Ley del Precedente, desde luego cruzaba una línea ética. Pero había que detener a Brach y hacer justicia por el asesinato de Henry.

La sombra de Madam titiló con notas de brillo en el vivaz seis por ocho de una tarantela.

Se iluminaban en círculos, sobre todo alrededor de las oscuras y retorcidas cicatrices del interior.

Me concentré en esas cicatrices, esperando encontrar algo que pudiera revelar su participación en los planes de Brach para el asesinato o quizá algún conocimiento sobre el espectro, pero no encontré nada ni parecido siquiera.

—¿Ves alguna cosa que te guste? —preguntó ella—. Sabes que no está bien contar los secretos de una chica, ¿verdad?

—Tampoco está bien matar a mis amigos —repliqué.

Toqué el frote revelador otra vez, concentrándome en quién era aquella mujer y en lo que había hecho. La luz destelló y una oclusión ganó nitidez y cobró la forma de una estrella de ocho puntas con una hoja de tabaco en el centro.

Había más bajo la cicatriz, pero tuve la sensación de estar luchando conmigo mismo, tratando de discernir mediante la luz y sin ver realmente todavía.

Así que, igual que había hecho con Mick, me puse a canturrear entre dientes tratando de seguir la pauta de sus notas de brillo, pensando que tal vez así abrillantaría la imagen, como al soplar sobre un ascua.

El recuerdo de una madre alejándose de una criatura se arremolinó en la oscuridad bajo aquella horrible cicatriz negra.

Yo conocía esa herida. Esa sensación.

Algo más giraba en la oscuridad: otra figura, la del padre, eligiendo apartar a la madre.

Al cabo de un minuto o así, se me emborronó la visión por tanto esfuerzo y dejé de cantar. O bien era demasiado novato, o bien me faltaba algún contexto crucial que me permitiera ver el cuadro completo.

—Eres madre.

Madam pareció sorprenderse.

—¿Cómo has podido ver tan lejos dentro?

Susurré para apagar mi piedra, dudando de repente si debería haber hecho aquello, aunque fuese para salvar vidas.

—¿Y el padre no te deja estar con el niño?

—Si sabes eso, deberías saber también —dijo Madam, alzando la barbilla— que lo hago todo por amor. De verdad.

Noté que había perdido el sarcasmo. Guardé los catalizadores.

—Siento lo del pequeño o la pequeña. Sé lo que es perder a una madre.

Madam se quedó callada un momento.

—El padre… es Muster Brach. Nos queríamos, antes de que sus ambiciones se apoderaran de él. Ahora utiliza a nuestro hijo para obligarme a hacer cosas que el Precedente prohíbe. Pero no para asesinar. Me niego a matar por él.

La creí. Y ya no la consideraba el monstruo por el que la había tomado hasta un momento antes. Eso hizo que me sintiera un poco mejor por haber espiado sus secretos.

—Mi hijo tiene en su alma la misma marca de estrella y hoja, por todo esto —añadió ella con una risa amarga—. Así que, por lo menos, tenemos eso en común.

Dejé que el silencio se extendiera un momento antes de preguntarle:

—¿Y el espectro?

—De veras que no sé nada sobre él.

Aquello también parecía ser verdad. A esa mujer la habían separado de su hijo.

No lo había elegido ella. Y parecía que solo quería recuperarlo.

Eso quizá la convirtiese en cómplice, pero no hacía de ella un ser inmoral.

Y desde luego no hacía de ella una mentirosa.

El Sympathy for the Devil de los Stones empezó a reproducirse en mi mente.