Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 41 #2
60%

Capítulo 41 #2

El lancero rodeó el cuello de Casio con sus manos inmensas.

Casio aún no se había movido. Necesitaba un frote de refuerzo.

Había visto hacerlo, y hasta había practicado un poco, aunque no sobre nadie.

Tendría que ser ahora. Agarré mi farol por la culata de pistola, me concentré intensamente en mi amigo y di un golpe de arco fuerte y rápido en una vara del marco.

Salió una luz ambarina y dio a Casio justo en el vínculo de la muñeca, pero apenas había sido como enfocarlo con una linterna. La muchedumbre del cine rio y me tiró palomitas.

Algo estaba haciendo mal.

—Emparéjalo con la idea de fuerza —dijo Church.

Di otro golpe de arco fuerte y me imaginé a Casio enfrentándose a las legiones romanas para defender a su familia.

La luz ambarina surgió de nuevo y fluyó al interior de los vínculos de Casio, envolviéndolo en un capullo de luz.

El titilar de su sombra se avivó radiante.

Sus ojos se ensancharon y los músculos de sus piernas se abultaron.

—Muy bien hecho —dijo Madam, con un aplauso suave y lento.

Casio rompió la presa del lancero en su cuello, subió las piernas y envolvió con ellas la cabeza y el pecho de su adversario.

Echó al gigante hacia atrás, sujetándolo aún con las piernas como una tenaza, y entonces tiró de uno de sus enormes brazos hacia atrás hasta que el codo se partió con un sonoro crujido.

El lancero chilló y Madam alzó su arco.

—¿Lakshmi? —llamé, señalando a Madam.

La mano de la presera destelló. Un cuchillo golpeó el farol de Madam y se lo arrancó de la mano. La gente del cine abucheó y tiró unos cuantos programas arrugados al escenario. Se les debían de haber terminado las palomitas.

—Conque jugando sucio, ¿eh? —dijo Madam—. Me encanta.

Casio rodeó al lancero, invirtió el agarre y asió su otro brazo.

El lancero flexionó sus poderosos músculos y levantó a Casio en vilo sobre su cabeza.

Casio dio patadas al hombretón en la cara y el pecho, pero no consiguió ni que se inmutara, y entonces el lancero empotró la cabeza de Casio en los tablones del suelo. Se alzaron risotadas y vítores desde el público.

Mi amigo no se rindió. Volvió a rodear al lancero con las piernas y agarró el brazo bueno del gigante.

Apretando los dientes y tirando con todas sus fuerzas, arqueó la espalda para hacer palanca mejor, intentando partirle el segundo codo.

Sus tríceps sudados se tensaron como gruesas serpientes.

El lancero aulló y se revolvió en la presa del centurión, se sacudió frenético y forcejeó para liberar el brazo, pero fue todo en vano.

Por fin sonó otro ruidoso chasquido y el lancero flaqueó en los brazos de Casio, que al momento lo apartó de él, recogió su espada, se levantó y bajó la punta hacia el pecho del gigantón.

—¿Clemencia?

El lancero asintió y dejó que su coronilla reposara en el escenario. La frenética multitud gimió y siseó.

Casio regresó cojeando conmigo.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Echo de menos estos combates honrados.

—Eres un luchador de categoría.

—Soy romano en parte —respondió él, con una sonrisa irónica en la cara—. Tengo que decirte, de todos modos, que en todos mis años como vestigio nunca había sentido un frote de refuerzo igual que ese.

—Perdona, es que nunca había…

—La mayoría de los tanaturgos solo empujan una idea vaga de salud —dijo él—. Nunca se les ocurre que podrían enviar un refuerzo más profundo y mejor a partir de un recuerdo de la fuerza del propio vestigio.

—Me ha parecido que tenía sentido —respondí—. Bueno, eso y que había una nota al margen sobre ello en el diario de Henry.

Casio envainó su espada.

—Los tanaturgos rara vez dedican tiempo a conocer el pasado de aquellos que les sirven.

La muchedumbre empezó a pedir una repetición a gritos. Madam dio un paso adelante para silenciarlos. Los Reyes del Swing dejaron de tocar.

—Deberíamos darle las gracias al señor Solomon —dijo Madam—. Es el ejemplo perfecto de lo que debemos combatir. Su arrogancia arribera lo ha traído a nuestro cine, pensando que podría sacarnos por la fuerza una información que socave la revolución que tanta esperanza os da.

El público nos abucheó a mí y a mis amigos.

Mi padre me había llevado a decenas de iniciaciones de los Rollin’ Hundreds, en general de chicos no mucho mayores que yo.

Siempre les decía que unirse significaba seguridad, honor y familia.

Luego les echaba encima a los miembros más veteranos.

Al final dejé de contar a cuántos funerales de esos chicos había ido.

Mirando sus ataúdes, lo único que podía pensar era en que mi padre les había mentido, igual que Madam estaba mintiendo en esos momentos.

Lakshmi dio un paso adelante.

—Opine lo que opine usted del señor Solomon, el Precedente requiere que conteste a cualquier pregunta relacionada con el incumplimiento de la ley.

Madam rio.

—Cuidado conmigo, querida.

El público rio y estalló en conversaciones emocionadas, como si esperasen otra pelea.

No íbamos a conseguir lo que queríamos apelando al Precedente. O, por lo menos, no allí, donde Madam tenía el apoyo de un pequeño ejército. A veces había que pillar a la gente a solas; para bien o para mal, eso me lo había enseñado mi padre.

Me acerqué a Lakshmi y le susurré:

—¿Puedes sacarnos por donde has entrado?

—Tengo algo mejor —respondió ella, también en voz baja—. Hay una escalera de caracol detrás del escenario que lleva arriba.

—Prepárate —susurré.

Agarré la mano de Madam, la giré a mi alrededor como bailando y la empujé a través del telón de fondo.

—¡Llévatela arriba! —grité a Lakshmi, y la presera echó a correr entre las telas detrás de Madam—. ¡Seguidla! —dije a mis amigos, que salieron tras ella.

—¡Eso es un delito contra el Precedente! —exclamó el proyeccionista desde su cabina—. ¡Un ataque a otra tanaturga!

Mi juicio en los estratos iba a ser lo peor.

La gente de Madam estaba rodeándome deprisa y la turba empezó a subir al escenario.

Saqué el farol, froté el arco fuerte contra una varilla del marco y chillé mientras la luz emergía de la piedra.

Un destello cegador y una nota grave hicieron vibrar el teatro, dándonos a mis amigos y a mí una ventaja de tres segundos antes de que la muchedumbre llegara a los peldaños y empezara a perseguirnos escalera arriba.