Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

La barrera entre el mundo de la vigilia y el Prado de Asfódelos es, para un tanaturgo, un fino velo que, como cuestión perceptiva, puede apartarse.

M ARCEL G ERBAU , ilustre buscasendas,

catedral de San Pablo

Madam levantó los brazos e hizo callar a la furiosa turba del Cinematograph. Las semblanzas y los vestigios que había en la sala cerca del escenario siguieron fulminándome con la mirada mientras yo los observaba desde la ventanilla de proyección.

—Ha interrumpido el entretenimiento de esta velada, señor Solomon —dijo Madam—. ¿Qué tal si sube con nosotros al escenario, hum?

Casio, empuñando su espada, retenía a la mujer musculosa contra la pared del fondo de la cabina de proyecciones.

—Es una trampa, Jack. Estarías poniendo a toda esa gente entre nosotros y la calle.

—Ya, pero necesito una información que solo puede proporcionarnos ella. —Me aparté de la ventanilla—. Además, creo que le importa más dar el espectáculo que la victoria.

Les dijimos al hombre del cigarrillo y a la mujer que no se movieran de allí, y parecieron encantados con la idea. Así que salimos de la cabina al altillo.

—Tienes a mucha gente cabreada, Jack. —Chuey señaló con su macuahuitl hacia el gentío del auditorio—. Y eso que ni te han oído cantar aún.

—Bueno, está bastante claro que no son mi público —respondí.

—¿Tienes algún plan, Jack? —preguntó Church.

—Es más un instinto —dije.

Encabecé la marcha escalera abajo y por el patio de butacas. La muchedumbre cerró filas a nuestra espalda, encerrándonos.

Subimos al escenario por la escalera de la izquierda y nos encaramos hacia Madam sobre los tablones. Junto a ella, Paul Rutherford y sus Reyes del Swing nos miraban malcarados, mientras varios centenares de vestigios y semblanzas guardaban silencio, como esperando un espectáculo.

Madam levantó una mano y, desde detrás del escenario, cuatro vestigios en uniformes variados salieron al trote y formaron una línea irregular delante de ella.

Los dos del centro empuñaban porras, los de los extremos redes.

Tras ellos, al lado de Madam, estaba su gigantesco lancero, el del taparrabos.

Casio se acercó a mí.

—Recuerda, quédate detrás de nosotros. Sé nuestros ojos. Frotes de refuerzo si puedes. Corta todos los vínculos que se te pongan a mano.

—A ver si antes podemos apelar a su mala conciencia —respondí.

Casio asintió y se situó en posición con Church y Dama, entre la hilera de vestigios de Madam y yo. Chuey permaneció a mi lado.

—Es todo un placer verle otra vez, señor Solomon —saludó Madam—. ¿Me permite preguntarle cómo ha averiguado mi paradero?

—Precisamente tú deberías saber que todo está disponible por un precio, Madam.

La mujer sonrió.

—¡Y también sabe mi nombre! Ha estado usted ocupado, señor Solomon.

—No lo sabes tú bien —repuse—. Por cierto, gracias por salvarme la otra noche. Del espectro, quiero decir.

—Ah, ¿cree que eso lo hice por usted?

—¿Por quién si no?

Madam soltó una risotada que le salió de las entrañas.

—Entonces, no ha venido a cobrarse venganza por aquel asunto de las redes. ¿Todo está perdonado, diría usted?

—Depende —respondí—. Tengo entendido que esto es territorio del Caballo de Hierro. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Ah, desde luego que lo era, señor Solomon. Pero verá, le guste o no, una espíritu puede elegir por sí misma. O, dicho de otro modo, cuando a una espíritu se le presenta una opción mejor, puede cambiar de bando.

Con eso contaba yo.

—Sin el más mínimo empujoncito por tu parte, supongo.

Madam hizo caso omiso a la acusación, y pasó entre sus dos vestigios de las porras.

—Estos viejos cines, que tanto han dejado que decaigan en su mundo, siguen en pleno auge aquí en los estratos.

Recordé la canción caótica que estaban tocando un momento antes los Reyes del Swing.

—Con música nueva.

—Entre otras cosas —dijo Madam—. Estos auditorios antiguos y grandiosos pueden ser cines, teatros, salas de conciertos…

—Pero no todo a la vez. Eso ha sido cosa de tu farol, ¿verdad que sí?

—El caso es que comparten un mismo propósito —intervino el líder del grupo musical, Rutherford—. Precisamente aquello de lo que carece la música de tu mundo.

Su sombra se arremolinaba con innumerables oclusiones a la luz del farol de Madam.

—¿Y qué es?

—Una chispa —dijo él—. Una chispa a partir de la que puede crecer un movimiento. Pero, en vez de ello, la música de tu mundo es toda autobombo, toda exaltación del intérprete. No está compuesta para inspirar a la gente hacia un objetivo común.

—Para reconvertir la lealtad individual en algo menos… individual, querrás decir.

—Cuando enseñaba en la Escuela Guildhall de Música y Teatro —dijo Rutherford—, mis alumnos terminaban comprendiendo el sacrificio personal.

—¿De verdad puede llamarse sacrificio personal si los obligas a hacer algo?

—Adoro su idealismo, señor Solomon —dijo Madam—, pero dudo mucho que haya venido aquí por eso.

—Ahí llevas razón —asentí—. Necesito información sobre ese espectro que tuviste en tus redes. Cualquier cosa que me sirva para localizarlo. Salvará vidas que lo haga, y no solo en el mundo de arriba.

Madam rio de nuevo y meneó la cabeza.

—¿Quiere perseguir a un espectro? No me extraña que haya despertado usted tanto interés, señor Solomon: está como una regadera.

—Pues hay más.

—Huy, esto va a ser bueno —dijo ella, echándose atrás el sombrero.

—Necesito saber a quién contrató Muster Brach para matar a Henry Wilkinson. —Callé un momento para observar sus ojos, pero era demasiado buena—. Incluso si esa persona eres tú.

La sonrisa de Madam desapareció.

—Pues entonces, señor Solomon, me temo que va a ser una visita muy decepcionante para usted.

—Dímelo y ya está. Hasta estoy dispuesto a pagar por la información. ¿Church?

Church sacó su bolsita de plata y la sostuvo en alto hacia ella.

—Tengo una contraoferta. —Madam contempló la multitud que nos miraba boquiabierta y luego devolvió su mirada a mí—.

Quédese aquí con nosotros durante unos días, sano y salvo hasta su cita con la cancillería, y dejaré que sus amigos salgan de este cine igual de vivos que estaban al entrar. ¿Le hace tilín la idea?

Por el rabillo del ojo vi que Lakshmi salía de detrás del final de la cortina al otro lado del escenario. Desenfundó su tulwar y gritó:

—Le recomiendo que conteste a las preguntas del señor Solomon.

Madam hizo una reverencia.

—Bien jugado, señor Solomon, pero ¿de veras cree que puede derrotarnos a todos?

Pasó su arco por una vara de su farol, raspándole un tono terroso. Refulgió una luz que tocó a todas las semblanzas y vestigios de la sala de cine. Rugieron y se apelotonaron contra el escenario.

Casio se inclinó hacia mí de nuevo.

—Pide combate singular.

—¿Qué?

—Resolvámoslo uno contra uno —dijo Casio—. Mi vinculador del siglo IV , Teodosio, instituyó la práctica después de ocuparse de hordas de pictos y sajones. Yo lo prefiero así, en todo caso. Es más honorable.

Todavía me asombraba la cantidad de tiempo que Casio llevaba luchando.

—No sé yo si Madam será de las que renuncia a una ventaja.

—Ni ella ni casi ningún tanaturgo —dijo Casio—, pero el combate singular aún está codificado en la Ley del Precedente. La mayoría de los tanaturgos recientes no son conscientes de ese hecho.

Observé al gigante de Madam.

—Ese lancero te saca casi dos palmos. ¿Podrás con él?

El centurión sonrió como un loco.

—Llevo esperando esta oportunidad desde que se interrumpió nuestro combate fuera de tu casa.

Le di una palmada en la espalda y me volví hacia Madam.

—Invoco el Precedente y exijo que esto se resuelva mediante combate singular.

Si una saqueadora como tú tiene los escrúpulos suficientes para respetar el resultado, ¿qué tal si tu lancero lucha contra mi centurión?

Si gana tu hombre, yo me quedo aquí y mis amigos se marchan libres.

Pero si gana mi hombre, me dices lo que quiero saber y nos vamos todos a casa.

Madam miró a Casio de arriba abajo.

—Me trae bastante sin cuidado el Precedente. Pero adoro un buen espectáculo. Espero que tu hombre sepa dárnoslo. Sin embargo, creo que terminarás lavando su sangre de nuestro precioso escenario antes de que nos retiremos a aguardar tu juicio.

Rio e indicó a su gente que retrocediera.

Luego se retiró ella también al otro extremo del escenario, con el farol y el arco aún en las manos.

Mis amigos y yo fuimos al otro lado. Madam gesticuló como una directora de orquesta y Paul Rutherford marcó a los Reyes del Swing un ritmo animado y carnavalesco.

Casio avanzó, espada en mano. El lancero de Madam fue hacia él, haciendo rodar su arma de dos metros y medio de largo. Empezaron a rodearse uno al otro.

El lancero atacó hacia el pecho de Casio, que esquivó, gritó «Bratros» y embistió contra él, aporreando el suelo con sus sandalias como un timbal base.

Cayeron a los viejos tablones con un pesado golpe. El lancero rodó encima de Casio y trató de darle con la contera de su lanza en la cara, pero Casio apartó el cabeza justo a tiempo, atrapó el brazo del lancero con el cuerpo, le dio la vuelta y le atrapó el cuello en una llave de presa.

El lancero se puso colorado y luego empezó a palidecer.

Pero antes de quedarse inconsciente logró levantarse, con Casio agarrado a su espalda como si no pesara nada.

El gigantón saltó y se arrojó hacia atrás, aplastó a Casio con todo su peso y agrietó los tablones por debajo de los dos. Casio se quedó muy quieto.

El público rugió y aporreó con la mano la parte delantera del escenario mientras seguía sonando aquel swing carnavalesco.

Madam se echó a reír.

—Torres más altas han caído, ¿eh, señor Solomon?

—Qué ganas tengo de que te calles la boca —dije.