Capítulo 40
Los muy cabrones de los ingleses vinieron a por mis tierras ancestrales.
La reina Isabel rompió promesas al hacerlo, para colmo.
Así que no le guardo ningún afecto a la clase dirigente de Londres, ni en los estratos ni en el mundo de arriba.
Al contrario: a mí dadme una buena rebelión, como las que mis señores irlandeses y yo desatábamos.
Eso es lo que mantiene honestas a las autoridades.
Canciller G RACE O’M ALLEY , declaración
sobre los rumores de un levantamiento shiguano
D ormí hasta pasado el mediodía. Después de ponerme con los libros de Henry la noche anterior, me había quedado despierto hasta las cuatro de la madrugada. Me di una ducha caliente y me zampé un pastel de carne frío de la nevera de la cocina. A las dos de la tarde ya me notaba casi normal otra vez.
Nos reunimos todos en la sala de conciertos del Caballo sobre las tres menos cuarto, ya equipados.
Comprobé que Church llevara mucho dinero encima.
Luego, sin mucha más fanfarria, abrimos la trampilla del lado del escenario y descendimos de nuevo a los estratos para ir al encuentro de mi aspirante a secuestradora.
Mientras bajaba los Peldaños Abismales, la cabeza empezó a martillearme y me noté mareado. No muy lejos de la puerta del Estrato Moderno, unos recuerdos perdidos presionaron contra mi cerebro…
… Henry y yo estamos tumbados en el tejado del Caballo de Hierro, esperando ver un meteoro. Le cuento que hice un trabajo de ciencia sobre los meteoritos de niños. Henry dice que ojalá me hubiera conocido por aquel entonces…
Aferré el pasamanos y llegué como pude a la puerta del estrato, tracé la contraseña y todos entramos corriendo.
La música rugía desde el escenario, gracias a los dioses del metal, y eso me suavizó el dolor de cabeza.
Cuando salimos a la calle Manette, Church paró y se dobló por la cintura.
Tenía su rosario en la mano y estaba pasando las cuentas.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—¿Por qué, vas a cargar conmigo si no? —replicó sonriendo.
—Es que sé lo delicado que eres…
Me hizo el saludo metalero y seguimos adelante.
Los letreros con luces de neón resplandecían coloridos cuando doblamos por Charing Cross y la recorrimos deprisa hacia el sur, en dirección al Cinematograph Theatre de Cambridge Circus, zigzagueando entre los peatones y esquivando cubos de basura.
Por delante, distinguí las bombillas blancas de la marquesina del Cinematograph y saqué el farol y el arco.
Mis amigos prepararon también sus armas.
Pero, a medida que nos acercábamos, algo parecía estar mal.
O, mejor dicho, parecía estar normal. No había nada en llamas.
Madam no estaba a la vista ni había tanaturgos aporreando la guarda con luz.
Solo vimos a semblanzas haciendo lo que la gente solía hacer, algunas incluso entrando en el cine.
En la marquesina se anunciaba un programa triple: El camino brillante , Londres hoy y los Reyes del Swing con Paul Rutherford.
Me pregunté si alguien le había dado a Emaline información falsa.
—Miremos dentro —propuse.
Poco antes de llegar a las puertas, cruzamos la guarda del Caballo de Hierro y nos detuvimos.
—Jack —dijo Church—, el extremo sur de la guarda solía extenderse unas calles más.
Lo que fuese que aquella Madam estaba haciendo para contraer la guarda sucedía desde dentro del cine, pero entrar sin un plan parecía temerario.
—Lakshmi, ¿puedes mirar si hay una entrada trasera? —Señalé el callejón contiguo—. Si la hay, prefiero que llegues por detrás de cualquier problema que podamos encontrar.
—Bien pensado —dijo ella.
Mientras Lakshmi desaparecía callejón arriba, entré por la puerta del establecimiento.
Al contrario que el Cinematograph de arriba, la versión del Estrato Moderno estaba saturada de un olor fresco a palomitas de maíz y perritos calientes.
El vestíbulo estaba adornado con viejos carteles de pelis con títulos enfáticos y hombres de uniforme.
Una joven estaba sentada tras el mostrador de tentempiés leyendo Crimen y castigo .
Giramos a la izquierda por el pasillo y entramos sin hablar en la oscura sala.
Las motas de polvo refulgían como diminutas luciérnagas a la brillante luz que descendía desde la cabina de proyecciones.
Las butacas estaban casi llenas de semblanzas que miraban los créditos iniciales de Londres hoy .
Entonces empezó a pasar un noticiario cinematográfico antiguo, con su melodramática voz superpuesta.
Pero mostraba noticias y metraje de vídeo procedentes del mundo de arriba: películas y series de televisión muy populares ambientadas en el pasado de Londres, vídeos educativos de museos nacionales y campañas de inscripción para departamentos universitarios de Historia.
La gente se puso a abuchear y lanzar palomitas a la pantalla.
En la película, una figura se situó tras un atril.
Era Morris Williams, el ministro de Industrias Creativas, Medios y Artes.
El de Williams era uno de los cadáveres que habíamos visto en el cementerio acuoso de Bazalgette.
Allí, en aquella película, se le veían los hilos vinculantes.
Williams se presentó y emprendió una letanía de protestas que denigraban el Londres de arriba, haciendo grandes aspavientos, pero con una familiaridad ensayada.
El público ya estaba dando pisotones al suelo y gritando.
—Yo he visto hablar a Williams —dije—. Esa semblanza se mueve y suena igualito que él.
—No es solo una semblanza —respondió Church—.
Se rumorea que Brach ha desarrollado algún tipo de tecnología de proyección y ha formado a unos costureros muy especializados en el arte de utilizar el filme para crear unas réplicas perfectas que se conocen como mimos. No había visto ninguno… hasta ahora.
Las semblanzas del cine dejaron de gritar y empezaron a vitorear a medida que la potencia del discurso de Williams las embargaba con sus palabras hipnóticas.
—Me cago en todo —murmuró Dama—. Jack, la mayoría de estas semblanzas eran gente del Caballo de Hierro en este estrato. Buena gente. No me entra en la cabeza que hayan salido de la guarda. Ahora están expuestos.
Casio se inclinó para susurrarme al oído:
—No, Jack, son conversos.
Propaganda. Brach estaba enseñándole a la gente lo mucho que el mundo de arriba abusaba de los estratos, valiéndose de unas réplicas exactas de personajes públicos importantes para que hablaran contra su tiranía.
Aquello era reclutamiento. Haría crecer su influencia y su ejército.
Y allí, cerca de la guarda, además había atraído a clientes del Caballo cuya luz ya no ayudaría a mantener fuerte dicha guarda.
Las cosas estaban degenerando muy rápido hacia la revolución de Brach.
El mimo estaba poniendo frenético al gentío, que jaleaba y aullaba y aplaudía tan fuerte que casi ni me oía pensar a mí mismo.
—La cabina de proyecciones —dije, y eché a correr de vuelta hacia el vestíbulo.
No supe si mis amigos me habían oído, pero me siguieron.
Subimos a la carrera una larga escalera curva, bordeando la sala de butacas hacia el nivel superior.
Salí a un amplio altillo. Unas tenues luces de suelo revelaban una desgastada alfombra roja que llevaba a la puerta de la cabina de proyecciones.
Tras ella sonaba el traqueteo de las bobinas de filme en sus soportes.
Estábamos a unos tres metros de la cabina cuando la puerta se abrió y salieron tres vestigios. No había ni rastro de Madam.
—No deberías estar aquí, socio —dijo uno que llevaba cresta y una anilla atravesada en la nariz mientras extendía una red con cordel de hierro—. Pero tranqui, ahora te indicaremos dónde se mea.
Casio, Chuey y Dama formaron una línea delante de mí.
Church se quedó atrás, a mi lado. Las dos líneas embistieron una contra la otra.
Chuey asestó un golpetazo con su macuahuitl que derribó a don Cresta a la alfombra.
Casio derrotó al corpulento vestigio que fue a por él con un bloqueo rápido y un tajo horizontal en toda la garganta.
Una mujer bajita y musculosa atrapó a Dama en una red de hierro y se abalanzó hacia ella con un cuchillo.
Agarré la red y le di un tirón justo antes de que Dama recibiera una puñalada en la cabeza.
Mientras Church liberaba a Dama, la mujer musculosa regresó deprisa a la cabina de proyecciones.
Desde el otro lado de la puerta llegó el sonido amortiguado de un cerrojo pasando.
Corrí hasta la puerta y me lancé en una patada voladora. Saltaron astillas del marco y la puerta se abrió. Casio me siguió al interior.
La mujer soltó el teléfono que sostenía y se agachó en una postura de lucha.
Tras ella estaba el proyeccionista, un joven desgarbado con el pelo largo, que se volvió muy despacio para mirarme.
Tenía en los labios una colilla casi consumida del todo, cuyo humo le entraba en los ojos inyectados en sangre.
Parecía que no había dormido desde hacía cincuenta años, pero alzó una especie de vara fina, apretó un botón…
y un pequeño relámpago azul crepitó en la punta del arma.
—El espectáculo no se detiene por nada, ¿eh? —dijo el hombre, con acento cockney y arrastrando las palabras.
Desde los monitores de la sala, en el noticiario, la voz del ministro Williams proclamaba en tono estridente:
«El arte, la música y el teatro deben cumplir con su obligación moral de presentar a nuestros antepasados no como los desea el mundo mortal, sino como corresponde a nuestra eterna realidad».
Casio desarmó a la mujer y la estampó contra el suelo.
Yo cargué contra el hombre del cigarrillo, saqué mi bolsa de cuero y la usé a modo de látigo contra el palo eléctrico, que desvié de lado.
Entonces me arrojé sobre la mesa del proyector, tiré la máquina al suelo y volqué también la mesa, ya puestos.
Cayó todo con estrépito, haciendo estallar bombillas y esparciendo cinta por el suelo.
Un olor eléctrico llenó la cabina de proyecciones, repentinamente silenciosa.
Por debajo de nosotros, el público abucheó.
Un segundo después, el patio de butacas se llenó de una cálida luz roja y el aire de un grave zumbido metálico.
Corrí a la ventanilla de proyección y escudriñé el patio de butacas.
Madam estaba a la izquierda del escenario, frotando despacio su farol.
Llevaba su habitual chaqueta abierta de mangas anchas, la bufanda cerrada de ganchillo y el sombrero de tres picos.
Pero llevaba el pelo muy arreglado, como si se hubiera preparado para dar aquel espectáculo.
La luz de su farol palpitaba en todas las superficies de la gran sala.
Entonces los focos del escenario se activaron en fríos tonos azules y violetas y apareció un grupo de swing tocando una canción de Tommy Dorsey.
Sin cargar material. Sin probar sonido. Estaban allí y punto.
Una pancarta detrás de ellos rezaba: LOS REYES DEL SWING CON PAUL RUTHERFORD .
El líder del grupo se arrancó con un enloquecido solo de trombón. Las semblanzas del público se levantaron de un salto, bajaron en tropel hacia el escenario y se pusieron a bailar en los pasillos. Madam dejó de tocar su farol y me miró sonriendo a través de la neblina de la sala de butacas.
Entonces un caballero de pelo engominado hacia atrás salió al escenario y comenzó a entonar una canción patriótica con la melodía de O Christmas Tree , en contrapunto a los Reyes del Swing.
Las dos composiciones se alzaron como voces en desacuerdo, como el sonido de la discordia.
La cacofonía enervó al público, que giró sobre sí mismo levantando el puño.
Yo nunca había oído una combinación como aquella, de melodías populares tradicionales superpuestas con ritmos majestuosos al estilo de una marcha militar.
Era más que mero sonido. Se me metió dentro, me arrolló.
Contemplé la sala de butacas por la ventanilla de proyección, preguntándome de repente si el Caballo de Hierro de verdad valía tanta lucha y mala sangre.
—Jack.
La voz profunda de Casio sonó junto a mi oreja, interrumpiendo el flujo de la música, sacándome de su corriente.
Corrí hasta la pared, descolgué el auricular y pulsé el botón que activaba la megafonía. Entonces liberé el chillido más heavy metal que pude y golpeé el auricular contra la pared marcando un ritmo furioso.
—¡No tenéis vergüenza! —Plam. Plam. Plam. Plam—. ¡No tenéis vergüenza!
El público empezó a aullar y gritar. Los Reyes del Swing dejaron de reinar.
Madam todavía me sonreía desde el pasillo lateral cuando la turba empezó a señalar hacia mí y a gritar: «¡A por él!».