Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

El perdón es el único remedio duradero para las cicatrices del alma, y su alivio no llega todo a la vez, sino momento a momento.

T HOMAS Y OUNG , Cuidado del alma

(como orador invitado al Foro del

Estrato de los Reyes, Roma, Italia)

E n la silenciosa seguridad del camerino del Caballo de Hierro, mis amigos escucharon con paciencia mientras yo buscaba las palabras con las que hablarles de mi madre.

—Unos años después de que ella se marchara, descubrí qué hacía mi padre para «traer pan a la mesa», como a él le gustaba llamarlo. Me ayudó a comprender las visitas que se quedaban a pasar la noche, las de la policía, sus peleas con mi madre. Por fin lo comprendí todo.

—No le debes a nadie esta historia —dijo Chuey, que ya conocía una parte, claro, pero no la más profunda.

Negué con la cabeza. Mis amigos lo habían arriesgado todo y merecían saber por qué la guarda no me había aceptado todavía.

—Cada vez que mis padres se peleaban, al terminar, mi madre venía a hacer que yo parara de llorar. A tranquilizarme. Porque cada vez que se peleaban, ella amenazaba con marcharse.

—Algunos hombres y mujeres no se enyugan bien —observó Casio.

—Una noche, la cosa se puso fea. Mis hermanos salieron de casa.

Yo era demasiado pequeño para estar en la calle, así que me metí en la cama y fingí que dormía.

Las paredes y el suelo temblaron varias veces.

Pensé que esa vez era la definitiva. Que todo iba a venirse abajo.

Entonces hubo silencio y, al poco rato, mi madre se acurrucó a mi lado y me envolvió con sus grandes brazos.

Lo normal era que me cantara. Esa noche no.

—Papá nos quiere —me dijo—. Es solo que cuesta tratar con él.

Chuey soltó una risita suave.

—Tu padre podía hacer que los blackmetaleros se mearan encima.

Reí yo también. Chuey siempre había estado ahí para sacarme una carcajada.

Pero la risa murió deprisa y me quedé callado.

La siguiente parte nunca la había contado.

A nadie. Era la parte que me dificultaba encontrar amigos, la que me dejaba maravillado cuando alguien decidía permanecer en mi vida.

Incluso en ese momento, no estaba nada convencido de que debiera explicarla en voz alta.

—Me volví en la cama hacia mi madre y le dije: «Si alguna vez te vas, por favor, llévame contigo».

Ella trazó la marca de nacimiento que compartimos en la nuca y dijo: «Chiquitín, una cosa te prometo: si alguna vez me voy, estamos juntos».

—Por un momento, me había sentido a salvo—.

Resultó que yo no le importaba lo suficiente como para cumplir esa promesa.

Mi cabeza se llenó del dolor de aquel recuerdo. Pero tenía que terminar, así que les hablé de la mañana en que se había ido en coche mientras yo le chillaba a través de la ventana cerrada que volviera.

—Ay, mi chico. —Dama terminó de coserme el cuello—. ¿Y adónde se fue?

—En aquella época, pensé que igual aquí —dije—. Su madre era de Hackney. Pero, más que nada, lo que tenía en la cabeza era que se había ido.

Chuey asintió.

—Llevas cargando con eso mucho tiempo.

—No pasa ni un día sin que recuerde que incumplió esa promesa.

—Pero luego también estaba mi padre—. También recuerdo todas las cosas que vi y las que hice, viviendo en casa de mi padre.

Más de una vez estuve a punto de unirme a mis hermanos en la banda callejera de los Rollin’ Hundreds…

pero ya había encontrado el metal y estaba empezando a componer canciones propias.

Había empezado a querer perseguir el sueño, ¿sabéis?

, a querer dejar algo atrás que importara.

Algo que pudiera ayudar a otra gente igual que la música me había ayudado a mí.

—Toqué la guitarra destrozada con la punta de la bota—.

En todo caso, de ahí viene la canción, o lo que hay de ella.

Y creo que de ahí viene que dejara de saber perdonar.

Church sonrió, comprensivo.

—Todos hacemos cosas que terminamos lamentando. A lo mejor también se cumple para tu madre.

Tal vez.

Casio me puso su enorme y cicatrizada mano en el hombro.

—Sea lo que sea lo que los demás estiman o desdeñan, el amor significa anteponer su felicidad a la tuya propia. Y a mí me parece, Jack, que esa es una verdad que ya comprendes lo bastante bien. El perdón la seguirá a su debido tiempo.

Todos asintieron.

—Y tu canción —añadió Dama— es una manera muy bonita de intentar encontrar algún tipo de paz con tu madre.

—La guarda dijo que tengo que resolver eso si quiero que me acepte.

Les expliqué lo de la prueba de sonido en Wembley, donde empezaría a intentar reconciliarme con la gente que me había abandonado, en ese caso con los Sabuesos.

Lakshmi tocó el crucifijo que llevaba al cuello. Capté un destello de comprensión en su sombra, proyectada en la puerta.

—Lo más importante es terminarla —afirmó—. Tu canción, quiero decir. Hank Williams podría hacerlo.

Alcé la mirada y vi que sonreía. Creo que fue el primer chiste que la oía hacer jamás.

Chuey sonrió también.

—¿Qué pasa aquí, entonces? ¿A ella le va un poquito el country y a ti te va un poquito el rock and roll? ¿Pretendéis ser los nuevos Donny y Marie Osmond?

Estallé en carcajadas. Dama y Church también. Casio sonrió. Hasta Lakshmi pareció que se apuntaba. Me sentó bien, después de dragar mi pasado.

—Jack —dijo Church—, me he tomado la libertad de informar a los clientes habituales de que eres el nuevo propietario del Caballo de Hierro.

Antes de que pudiera darle las gracias, me sonó el teléfono. Lo saqué del bolsillo y vi que no había identificador de llamada.

—Diga.

—Jack, ¿dónde te habías metido? —preguntó Emaline.

—Conseguir el hilo de orcus me ha costado más de lo que esperaba —dije.

La línea quedó en silencio un momento.

—¿De verdad te has procurado algo de orcus?

—No ha sido fácil.

—Ten cuidado con él, Jack. El orcus puede ser letal.

Solté otra risotada.

—Igual me habría venido bien saberlo de antemano. Bueno, dime, ¿qué pasa?

—A tu tanaturga saqueadora se la conoce por el apodo de Madam —dijo ella—. Y la costurera jefa de Brach, Muybridge, me cuenta que Madam ha encontrado una forma de debilitar aún más la guarda.

—¿Cómo?

—No lo sé, pero sea lo que sea, tiene a Brach muy emocionado. Sale hacia Guildhall dentro de unos minutos para que le informen, cosa que debería darme tiempo para registrar su biblioteca en busca de escritos cythonianos sobre la creación de guardas.

—Bien —respondí—. ¿Tienes las señas de esa tal Madam?

—No, pero me han dado el soplo de que estará en el Cinematograph Theatre de Cambridge Circus, Estrato Moderno, mañana a las tres. Ve con cuidado, Jack. Madam es lista e impredecible.

Emaline colgó.

En el mundo de arriba, el sitio era un cine abandonado que estaba como una manzana al sur por Charing Cross.

Pero no tenía ni idea de qué aspecto tendría en los estratos.

En realidad, casi solo podía pensar en lo mucho que me alegraba de tener un día para descansar: entre Tin Pan, el Castillo de Ratas, la wælcyrge y todo lo demás… estaba molido.

—¿De qué iba eso? —me preguntó Lakshmi.

Me guardé el móvil.

—Hace un par de noches, una gente maravillosa intentó secuestrarme, liderada por una saqueadora apodada Madam. Pero interrumpió la operación el espectro que ha estado siguiéndome. La tal Madam intentó atrapar con red al monstruo y nos dio tiempo a Casio y a mí para escapar.

—Cualquier saqueador lo bastante experto para aceptar contratos de secuestro en el mercado negro debería ser capaz de ver más profundo dentro del espectro —observó Lakshmi—. A lo mejor esa mujer puede contarnos algo que ayude a encontrarlo.

—Eso espero yo también —respondí—. También es posible que a su equipo lo contratara Muster Brach.

—Vaya, vaya —dijo Dama—. Eso podría demostrar que fue Brach quien os hizo matar a ti y a Henry.

Asentí.

—Lo cual no es poco sorprendente —intervino Church—, teniendo en cuenta la larga amistad que mantuvieron Henry y Brach. ¿Qué te hace sospechar de él?

—Un rumor —mentí—, procedente de alguien próximo a Brach.

—Ya veo —dijo Church—. Bueno, incluso si crees que la acusación tiene algo de creíble, demostrarla podría ser difícil. Brach está muy reconocido como uno de los arcanistas más brillantes de la sociedad tanatúrgica.

—Eso había oído. —Me froté la cara, intentando refrescarme—. Pero si esa Madam tiene información que pueda ayudarnos a argumentar contra Brach, además de datos sobre el espectro, tenemos que hablar con ella.

Miré a mis amigos. La última vez que habíamos entrado juntos en los estratos, nos habíamos lanzado de cabeza a una pelea horrible.

—Acaban de darme un soplo —añadí— de dónde va a estar Madam mañana. Al parecer, también ha encontrado una manera de acelerar el derribo de la guarda. Así que, por un montón de razones, tengo que ir a verla. ¿Os apuntáis?

Asentimientos por todas partes.

—Una cosa —dije—. Cada vez que entro en los estratos, afloran recuerdos que había olvidado. Hacen que el viaje sea agitado. La música me ayuda, si la tengo a mano. Solo quería que lo supierais.

Todos mis amigos asintieron de nuevo y luego, uno tras otro, fueron marchándose a comer, descansar o beber en el pub. Chuey se quedó conmigo: siempre parecía percibirlo cuando me entraban ganas de hablar. Me pasó una minibebida cafeínica de esas suyas. Me la eché al gaznate.

Con Wembley todavía en mente, le pregunté:

—¿Alguna vez te arrepientes de no haber aceptado aquella beca para pianistas en Juilliard?

—Cada vez que te oigo cantar —dijo riendo—. No, qué va, tío. Me va bien. Estoy donde quiero estar.

Negué con la cabeza, incrédulo. No porque Chuey tuviera los redaños de rechazar una oportunidad tan enorme, sino por tener yo un amigo como él.

Muchas cosas habían entrado y salido de mi vida, pero Chuey no.

Él hacía que todos a su alrededor estuviéramos mejor, más contentos.

Me dio una palmada en el hombro y se fue, dejándome otra vez en el silencioso santuario del camerino.

Con la bebida energética de Chuey en mi interior, saqué los libros de Henry y empecé a taraleer otra vez a la melodía de Behind Blue Eyes .

El lenguaje de la tanaturgia ya me entraba más fácil e iba atando cabos.

Pero, además de eso, leer los libros y estar allí, en el camerino, me hacía sentir cerca de Henry.

La verdad era que tenía ganas de encontrar a Madam el día siguiente, a ver si podía ayudarme a obtener justicia para mi amigo.