Capítulo 38
Los dominios del tanaturgo son el imperio de los difuntos. Por ello es tan infrecuente hallar a un farolero tanatúrgico capaz de enviar a un espíritu a seguir camino hacia la paz que toda alma anhela. Esto ilustra las diferentes categorías de la práctica tanatúrgica.
G ERBERTO DE A URILLAC , Los diarios apócrifos
C uando entré con Casio en el Caballo de Hierro, lo encontré silencioso, apagado.
Nada de música. Nada de Henry secando vasos tras la barra.
Lakshmi estaba de pie junto al reservado de metal clásico, cuchicheando con Dama, Church y Chuey.
Se levantaron de un salto y echaron todos a andar hacia nosotros.
Se lo expliqué todo, lo de Mick, lo de Brach, lo de Owen, y les enseñé los catalizadores que habíamos conseguido, orcus incluido. Chuey nos trajo unas toallas mojadas para limpiarnos el barro de la cara y los brazos.
—Jack —dijo Lakshmi cuando hubimos recobrado el aliento—, ¿has oído hablar de Chris Barber?
—Ese tío era una leyenda —respondí—. Hay quien dice que fue el compositor de jazz más importante de Londres. Falleció hace unos años.
Lakshmi asintió.
—Han consumido su semblanza.
—¿Ataque de espectro?
Asintió otra vez.
—Acabo de llegar desde el Estrato Moderno. Jack, creo que Brach está acelerando sus planes.
—De eso no hay duda —dije.
Chuey me dio un toquecito en el pecho con el dorso de la mano.
—Ya he avisado a todos nuestros amigos músicos de que vayan con cuidado. Por ahora, parece que están todos bien. Pero tú… tú tienes peor pinta que de costumbre. ¿Ha pasado alguna otra cosa ahí abajo?
—Me ha picado un pajarraco.
Me señalé la parte de atrás del cuello y estaba a punto de explicarle los detalles cuando mi móvil vibró por la llegada de un mensaje de texto. Sixth Angel Entertainment, pidiéndome que llamara cuanto antes.
Mierda, qué mal momento. Tenía que enviar al cuerno a esa gente de una vez por todas. Tenía problemas mucho más gordos que… Pero entonces recordé lo que había dicho la guarda sobre enderezar mi espíritu.
—¿Me dejáis un minuto?
—Claro, colega. —Chuey se echó a un lado—. Voy a buscarte un agua de soda con lima.
Dama me miró el cuello, donde me había picado el cuervo.
—Yo voy a por mi aguja. Necesitarás unos puntos.
Asentí en señal de agradecimiento y fui al camerino. Me acomodé en el sofá y pulsé en marcar. La línea conectó y me respondió un tío.
—Hola, soy Jack Solomon —dije.
—Señor Solomon, Ken Macks, de Sixth Angel Entertainment.
Le he dejado unos cuantos mensajes estos días y…
—El tío calló un momento—. Es un tema un poco delicado, pero el vocalista que teníamos asignado a los Sabuesos…
bueno, ha tenido que volver a rehabilitación.
—Macks hizo otra pausa, más larga—. ¿Se plantearía usted cantar en el festival con el grupo?
¿Un último concierto? Recibiría una compensación, por supuesto.
No supe si echarme a reír o a llorar.
—Sé que es mucho pedir —añadió Macks—, pero no podemos poner a nadie más al día lo bastante rápido, y un par de representantes de sellos van a venir a echar un vistazo.
Una parte de mí quería enviarlo a freír espárragos.
Pero la guarda había dicho que tenía que perdonar a quienes me habían dejado atrás.
Quizá perdonar a los Sabuesos me pondría en el buen camino.
Eso y que, pese a todo lo que había sucedido, no quería ser la razón de que los chicos perdieran su gran oportunidad.
Aunque significara que luego fuesen a aprovecharla sin mí.
Respiré hondo.
—Sí, puedo hacerlo.
Macks dio tal suspiro de alivio que el teléfono me chisporroteó al oído.
—Es muy decente por su parte, señor Solomon. Gracias. Solo una cosa más.
—¿Cuál es?
Macks vaciló.
—Tenemos prueba de sonido pasado mañana. Y sé que a los mandamases les encantaría oírlo a usted.
A mí me traían sin cuidado «los mandamases», pero probar el sonido era lógico. Además, así tendría ocasión de ver a los chicos y podría intentar dejar aquello atrás mucho antes. Y, con todo lo demás que estaba ocurriendo, el tiempo, en las inmortales palabras de los Stones, no estaba de mi parte.
—Claro, tío. No hay problema.
Aun así, me dolía estar aceptando. El grupo lo había sido todo en mi vida durante cinco años.
Macks me dio los detalles y colgamos. Me recliné en el viejo sofá mugriento y miré arriba hacia la foto de Robert Plant. Perder la camaradería del grupo me había dejado vacío la primera vez. Tocar en un concierto como el de Wembley y luego marcharme…
Cogí la vieja guitarra acústica y me abracé a ella. Me gustó el tacto fresco de la madera en la piel. Rasgueé las cuerdas y dejé que sonaran suaves y abiertas, casi como en oración.
Luego, sin haberlo planeado, empecé a tocar mi canción. La canté apenas con más voz que un susurro. Aquello no era una actuación. No era para la gente del grupo. Ni para los fans. Esa vez era para mí. Me salió así y punto. Como una historia que no sabía que recordase.
Canté sobre Dan y me pregunté si mis otros hermanos seguirían vivos.
Canté sobre mi padre y me pregunté si algún día tendría una familia propia.
Nunca le había dado muchas vueltas a ese tema.
Lo único que me había importado era mi música, y parecía que eso estaba alejándose de mí, un golpe que quizá no sería capaz de encajar.
Porque nunca me había considerado ninguna otra cosa aparte de músico.
Entonces llegué a la tercera estrofa… y dejé de tocar.
—Mierda.
Le di un puñetazo a la guitarra. ¿Cuántos años llevaba con esa canción? Le di la vuelta a la guitarra, la empuñé por el mástil como un bate de béisbol y la estrellé contra el suelo. Se hizo pedazos y las cuerdas tañeron con un zumbido disonante.
No encontraba aquella tercera estrofa, pero por fin comprendía la razón: era porque tendría que decir cosas sobre mi madre que no quería decir.
Porque, aunque se había marchado y yo quería odiarla, aunque quizá de hecho la odiaba, también seguía queriéndola.
Y no sabía cómo conciliar esas dos cosas.
Tendría que resolverlo de algún modo, si quería hacer lo que la guarda me había pedido.
Casio llamó con los nudillos y entró en el camerino.
—Si esta es tu música metálica, Jack, puedes estar bien orgulloso. Aunque no comprendo por qué destruyes el instrumento después de interpretar una música tan cautivadora.
Me volví y encontré a mis amigos en el pasillo tras él: Chuey, Church, Dama y la presera, Lakshmi.
—No queríamos escuchar a hurtadillas —dijo Dama con voz suave—, pero Chuey nos ha contado lo de Sixth Angel y hemos pensado que podrías querer compañía.
Les indiqué a todos que pasaran. Chuey dejó el agua de soda con lima en la mesita auxiliar cerca de mí y barrió los restos de la guitarra rota.
Dama se sentó a mi lado y se puso a coserme la herida.
Los demás se sentaron también en el sofá o en sillas plegables, excepto Lakshmi, que cerró la puerta y se quedó de pie con la espalda contra ella.
Merecían saber por qué descender a los estratos me resultaba tan difícil, y por qué le había fallado al vínculo-guarda. Así que, por fin, les conté la historia del chico en la ventana.