Capítulo 37
Ni siquiera el hilo de orcus puede tejer un alma desgarrada. Para ello es necesario contar con hilo de essiene, creado a partir del espíritu de un ser querido en un momento de necesidad.
E STHER B RUCE , Sobre el tratamiento del daño irreparable:
Un manual de campo para el alma
E l chillido de la semblanza resonó por el pétreo suelo de Highgate. Casio y yo nos interpusimos entre ella y la mujer con el rostro cubierto que descendía flotando desde la Interminable Oscuridad.
Owen lanzó una mirada hacia arriba.
—¡Rayos, es una wælcyrge!
Yo solo pude quedarme mirándola.
—Es un psicopompo —explicó Owen—. Son criaturas que guían a los espíritus de los guerreros a la ultratumba.
Dejó su farol en el suelo, orientando su haz sobre las cintas de luz.
—¡No dejéis que interfiera! —exclamó.
Cortó las cintas del alma de la semblanza y la mujer se derrumbó al suelo, gimiendo. La luz del farol mantenía a raya las cintas como a bichos en ámbar, mientras Owen metía las dos manos y empezaba a entretejer los zarcillos del alma formando un prieto cordel.
La wælcyrge levantó la mano libre y lanzó un relámpago desde la punta de sus dedos que le iluminó el vestido y el velo.
El trueno explotó a nuestro alrededor. Y la chisporroteante luz, que irradiaba de nuevo en la Interminable Oscuridad, me permitió entrever un millar de formas latentes en aquel cielo negro y denso, que parecían listas para que las llamaran a la acción.
La luz se arremolinó sobre sí misma hasta que la oscuridad de encima de la mujer hubo cuajado con la forma de dos cuervos descomunales.
Dieron un sonoro graznido y se lanzaron en picado hacia el sastre.
Casio y yo retrocedimos, intentando cubrir a Owen, pero la wælcyrge apuntó su lanza hacia la semblanza y una cinta de luz azul se clavó en su cuerpo.
La semblanza se levantó y se volvió hacia nosotros, con la misma luz azul resplandeciendo en los ojos.
Encorvó los hombros y soltó un chillido tan poderoso que los Slipknot se habrían meado encima. Nos derribó de culo a Casio y a mí.
Los cuervos llegaron hasta Owen y se pusieron a darle salvajes zarpazos y picotadas. El sastre intentó ahuyentarlos con una mano mientras seguía agarrando las cintas entretejidas con la otra.
Casio se levantó de un salto y silenció a la semblanza con su grito de «Bratros». Yo, arrodillado, intenté dar un golpe potente de arco sobre mi farol para cegarlos a ella y a los cuervos, pero solo conseguí un punto de contacto. Mierda. Me puse en pie también.
Los labios de la wælcyrge se separaron y una profunda voz se precipitó sobre nosotros, llena de ecos.
—Estas guirnaldas no os pertenecen.
Con sus palabras llegó un frío gélido que nos envolvió y ralentizó nuestros movimientos. La semblanza chilló de nuevo y una ráfaga de aire helado salió disparada de su boca y casi me derribó otra vez al suelo.
Casio hizo retroceder a la semblanza con un movimiento de su espada y yo volví a frotar fuerte mi farol con el arco.
En esa ocasión sí que conseguí dos puntos de contacto mientras retenía pensamientos sobre la luz en mi mente.
El farol destelló por fin. La semblanza se tapó los ojos y los cuervos subieron volando en círculo a la oscuridad.
Owen se sacó un huso del bolsillo y reunió de nuevo los zarcillos. Tejió las hebras de luz con las yemas de los dedos y fue enrollando entretanto el chispeante cordel carmesí y ambarino en torno al huso.
La semblanza se retiró a la Interminable Oscuridad, arrastrando los pies por el suelo de piedra. Escruté la negrura en la dirección que había tomado. Casio dio unos pasos, pero se detuvo. La semblanza había desaparecido.
Owen ya casi había terminado de enrollar el hilo.
Cuando la wælcyrge llegó al suelo, apuntó con su lanza hacia el firmamento y alzó la mano libre muy por encima de la cabeza. El relámpago crepitó de nuevo en el cielo negro. El trueno hizo retumbar la piedra bajo nuestros pies.
Cuando el sonido hubo remitido, unas cintas de color violeta cayeron raudas al suelo oscuro en el otro lado del claro. Oímos un grito estridente y unos cascos al galope.
Owen apagó su farol y me puso en la mano el ovillo de resplandeciente hilo de orcus ambarino y carmesí. Vibraba como si estuviera vivo.
—Guárdatelo y apaga tu farol.
—Los zarcillos de la semblanza…
—Restos de su alma, y su última conexión con el mundo de arriba. Venga, escóndelo.
Me guardé el hilo en la bolsa y susurré para que mi piedra fantasmal se extinguiera.
Al otro lado del claro, unos cascos arrancaron chispas a la piedra, iluminando a la semblanza, que regresaba a lomos de una bestia negra.
Sus patas eran poco más que hueso y nudoso tendón.
Sus grandes cuernos se extendían hacia delante como espinas serradas.
Nos miró furibunda, con un rostro largo y huesudo, pasando la lengua sobre hileras de dientes rotos.
—Ay, padre nuestro… —murmuró Owen, santiguándose.
—¿Qué es? —pregunté.
—Un trasquipotro —susurró el sastre.
La semblanza cargó a lomos del trasquipotro hacia nosotros, con su blanquísimo vestido ondeando al viento, chillando tanto ella como el monstruo.
Los gritos me perforaron los oídos como un punzón de hielo y noté que las piernas me pesaban como si hubiera corrido quince kilómetros.
Puse una mano en el hombro de Casio para sostenerme en pie.
—Marchaos —dijo Owen—. Intentaré alejarla.
—No —respondí—. Nos iremos todos.
Owen me agarró por la camiseta y tiró de mí.
—Lo que tienes que hacer es asegurarte de que usas bien el orcus. Detén a Brach, ¿me has entendido? Y, si las ves, diles a mi mujer y a mi hija…
Mis propios padres nunca se habían preocupado ni una mierda por mí, y allí estaba Owen, ganándose la vida como podía en un callejón de Seven Dials por su esposa y su hija, y dispuesto a arriesgarlo todo por ellas también. Nunca había visto algo como aquello tan de cerca.
Lo miré un momento y luego dije:
—Claro, tío, yo me ocupo.
El sastre asintió, me soltó la camiseta y se alejó renqueando mientras encendía su farol. Combatí el deseo de ir tras él mientras el trasquipotro y la semblanza embestían hacia su oscilante farol y los cuervos daban media vuelta e iniciaban un nuevo picado.
—Casio…
La wælcyrge movió la punta de su lanza hacia nosotros y unas cintas de brillante blanco refulgieron por encima, iluminándonos.
El trasquipotro resbaló hasta detenerse y giró la cara esquelética en nuestra dirección mientras los cuervos trazaban un círculo y aleteaban frenéticos hacia nosotros, abandonando su ataque a Owen, que desapareció en la Interminable Oscuridad.
La semblanza chilló de nuevo, tan fuerte esa vez que me dejó los oídos pitando.
Casio dijo algo, pero no pude oírlo y se me empezó a emborronar la visión.
El centurión gritó «Bratros», tiró de mí hacia delante y corrimos para alejarnos del suelo de piedra, regresando hacia la escalera de la catacumba.
Muy por encima de nosotros, se alzó un sonido rico y vibrante.
Alcé la mirada y vi que la wælcyrge estaba tocando su cuerno curvo de plata.
La nota resonó bajo nuestros pies y las efigies de piedra sobre las que corríamos empezaron a moverse, a liberar brazos, a emerger del suelo para ponerse en pie.
El cuerno sonó de nuevo y las estatuas de roca negra terminaron de alzarse y empezaron a avanzar con torpeza hacia nosotros, perdiendo trozos descascarillados que chasqueaban al caer tras ellos al suelo.
Unas cuentas fueron en dirección contraria, hacia Owen.
Cuando emergimos de la Interminable Oscuridad al cementerio, Casio se golpeó fuerte la rodilla contra una lápida y cayó de bruces a la hierba seca.
Me detuve para echarle una mano, pero vi que se levantaba de un salto y me adelantaba cojeando un poco hacia los peldaños de los estratos.
Por detrás se oía al trasquipotro jadeando y siseando, y el atronar de sus cascos ganándonos terreno.
Y justo por detrás de la bestia, los pesados pasos de cientos de pies de piedra.
Al llegar a los peldaños de la catacumba, los cuervos nos dieron alcance, nos agarraron y se pusieron a darnos picotazos hacia los ojos. Caímos los dos al suelo, intentando quitárnoslos de encima. La semblanza chilló de nuevo, un aullido que me dio la sensación de estar dentro de mi cabeza.
Casio apartó a los cuervos con sus enormes manos y gruñó:
—Sube, Jack.
Me levanté y trastabillé ascendiendo por los primeros escalones, seguido de cerca por el centurión. Subimos y subimos por la oscuridad hasta que por fin me atreví a encender de nuevo el farol. Pero la oscilante luz apenas iluminaba las paredes de la escalera.
Oí los cascos del trasquipotro repicar en los peldaños de piedra detrás de nosotros.
La semblanza gritó de nuevo, llenando la escalera de su voz penetrante.
Un cuerpo se posó en mi espalda y me dio un picotazo en el cuello antes de que Casio lo derribara de un manotazo y lo atravesara con su espada.
Un giro en la escalera me permitió echarle un vistazo rápido a la semblanza y a la bestia babosa que daba dentelladas mientras cargaba tras nosotros. La mujer tenía los ojos muy abiertos, enloquecidos. El trasquipotro bramó y ganó velocidad.
—¡No te pares! —gritó Casio.
Me sentí como si fuese un niño otra vez, subiendo a toda prisa desde el sótano, seguro de que algo en aquella oscuridad me atraparía y tiraría de mí.
Por fin vislumbré una tenue luz más adelante. A los pocos momentos emergí a la luz del sol en el mundo de arriba y caí de rodillas. Los chillidos de la mujer cesaron. Me levanté a la vez que Casio salía a zancadas de la escalera, salpicándonos a los dos de barro.
Estábamos en el centro de un círculo hundido de tumbas bajo un gran cedro.
El círculo estaba rodeado de robles y más allá se veía el resto del cementerio.
Olía de maravilla, a hierba recién cortada, suelo fértil y madera.
Nos encaramos hacia el portal, con las armas alzadas, esperando que la semblanza y su bestia salieran al galope a por nosotros.
Pero no lo hicieron. Aun así, nos quedamos esperando, preparados. Pasó un minuto. Dos.
Estábamos a salvo. Aullé de alivio, pero el sonido murió en mi garganta al acordarme de Owen. Esperé que las efigies oscuras no lo hubieran atrapado, no lo hubieran matado.
El sacrificio del sastre por su familia seguía impresionándome.
—¿Cómo pudo Owen tener una hija en los estratos?
El centurión se limpió fango de la cara.
—La gente buena cuida de los pequeños. Siempre será así. Supongo que encontró a la niña sola en los estratos y la adoptó como su hija.
El espíritu de un hombre muerto cuidando del de una niña muerta en los suburbios de los estratos.
Sí, Owen era buena persona, desde luego.
Una cosa estaba clara: la gente como Owen y su pequeña familia merecían la oportunidad de progresar y seguir adelante.
Si el mundo de arriba estaba cargándose esa oportunidad, iba a nacerme del alma defenderla.
Lo cierto era que no necesitaba más motivos para intentar darle un buen uso al hilo de orcus, pero Owen acababa de darme otro: lo haría por él, por su esposa, por su hija y por todos los demás que eran como ellos en los estratos.
Inhalé una profunda bocanada de fresco aire arribero.
—Owen parecía sorprendido de ver a esa wælcyrge. ¿Por qué?
—Hay muchas wælcyrges —respondió Casio—, pero rara vez se las ve, dado que solo acompañan a las almas guerreras.
—Entonces, ¿estaba enfadada con nosotros por interferir con la semblanza o era que trabaja para el Shiguan? ¿Puede estar proporcionándoles luchadores para su revolución?
Casio negó con la cabeza.
—Es difícil saberlo. Pero a menudo a las wælcyrges se las asocia con los jinetes del Apocalipsis. Se dice que son capaces de cruzar en los dos sentidos por la montaña de fuego del Prado de Asfódelos.
—¿Para llevar almas a casa?
—O para traerlas de vuelta —dijo Casio—. Lo que está claro es que, al entrometernos en su sagrada misión, nos hemos ganado otra enemiga.
—Parece que se nos da bastante bien.
—Pero también nos hemos ganado un aliado —añadió Casio—. Ahora tienes a un costurero de primera al que pedir ayuda. Uno que se opone a hombres como Brach. No es poca cosa.
—Eso si sobrevive.
Salimos del cementerio de Highgate, tomamos la línea negra del metro en dirección sur y bajamos en la estación de Tottenham Court. Unos minutos después ya doblábamos la esquina de la calle Manette.
Conté a cuatro tanaturgos shiguanos, todos ellos acompañados de vestigios, merodeando justo fuera de la barrera de la guarda.
En el lado del Caballo de Hierro, Sherzer y Delain les tenían un ojo echado.
Dejamos atrás a los perros guardianes de Brach y entramos en la zona protegida del Caballo de Hierro, que había menguado varios metros más.