Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Cuando llegamos al Estrato Moderno, Owen nos guio por aquella versión del cementerio de Highgate hacia una enorme nube negra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista en ambas direcciones y también hacia arriba, desde el suelo hasta el cielo.

Un líquido negro, demasiado opaco para ser agua, se acumulaba con creciente frecuencia a medida que nos fuimos acercando.

—¿Aceite? —pregunté, señalando un charco entre dos viejas lápidas.

Owen lo iluminó con su farol.

—Esto son acumulaciones de la Interminable Oscuridad licuada.

Señalé la gigantesca nube.

—¿Eso es la Interminable Oscuridad?

Owen se volvió de golpe hacia mí.

—Un momento, ¿eres virgen en la Oscuridad?

Estaba claro que iba a ser un problema.

—Sí, pero tampoco voy tan perdido como…

—¡Y tú! —Owen clavó el dedo índice en el pecho de Casio—. ¿Ibas a dejar que nos metiéramos ahí con un principiante?

Casio levantó las manos.

—La verdad, Owen, es que había olvidado lo nuevo que es Jack en esto. Ha absorbido una cantidad enorme de información muy rápido y no se comporta como un neófito.

Owen bufó.

—No es que no os agradezca lo que habéis hecho en el Castillo de Ratas, ¿eh?

, pero estamos hablando de la Interminable Oscuridad.

No es como recorrer los peldaños o los estratos.

—Clavó el dedo otra vez en el pecho de Casio—.

Para ti y para mí es fácil, pero tu amigo es mortal.

Tanaturgo, sí, pero mortal. —Me miró—. Cuando entras en la oscuridad, ella será consciente de ti.

Y no solo para hoy. Será un poco más consciente cada vez que entres.

La oscuridad va comprendiendo las vidas que pasan a través de ella.

—Muy bien, presionará contra mis recuerdos —dije—, igual que los peldaños.

—No estás escuchándome —casi gritó Owen—.

No se parece a eso en nada. Presionará contra lo que te hace mortal.

—Se agachó y pensó un momento—. Quizá sea más práctico intentar robar el orcus de los laboratorios que tiene Brach en el sótano de Guildhall.

¡Hay que joderse, un principiante! La oscuridad entera sabrá que vamos para allá.

Casio volvió la mirada hacia la ciudad.

—¿Guildhall es una opción de verdad?

—Vendo hilo a los costureros de allí. —Owen dio una almadita en su bolsa de hilos y agujas—.

Están creando mimos, cuasigemelos de peces gordos arriberos.

Conmigo, pasaríamos de la puerta. Afanar el hilo ya sería más complicado, pero es posible que las posibilidades me gusten más que las de meternos en la oscuridad con este de aquí.

—Me señaló con el pulgar y luego miró arriba—.

Si nos pillan intentando robarle orcus a Brach, estamos acabados.

Pero como nos descubran en la Interminable Oscuridad por culpa de un novato que no sabe guardar su mente…

—¿Qué significa eso de guardar mi mente?

Casio fue hasta el borde de la nube negra.

—Los mortales que recorren la oscuridad tienen que apartar su mente de lo que están haciendo. Es una habilidad conocida como división. Tienes que ser capaz de pensar una cosa mientras haces otra, o de lo contrario revelas tu presencia a aquellos que moran en la oscuridad.

—Y no solo a las criaturas —añadió Owen—, sino también a la oscuridad en sí misma. Ahí dentro todo está conectado.

Me acerqué a menos de un metro de la ondulante nube negra. En su periferia, se asemejaba a una arremolinada neblina de oscuridad y luz, pero unos metros más allá se volvía demasiado oscura como para distinguir nada.

—Coge un puñado —me propuso Owen.

—¿De oscuridad?

El sastre asintió.

—Prueba a agarrar un trozo, como una fruta de su árbol.

Vacilante, estiré el brazo. Tenía un espesor. Cedía. Cerré los dedos y la sentí en mi mano como una tela muy fina. Cuando retiré el puño, saqué tras él un jirón de la Interminable Oscuridad. Al abrir los dedos, cayó al suelo como mercurio, pero no dejó ningún residuo en mi mano.

—La gente de los estratos utiliza esta oscuridad para creer objetos básicos, comida, ropa y demás —explicó Owen—.

Pero mantenerlos requiere concentración y creencia.

De lo contrario, esas cosas terminan disolviéndose.

A lo que voy es a que la Interminable Oscuridad tiene sustancia y reacciona a la mente.

Un pensamiento errante viaja por ella como una onda en un mar sin viento.

—Guildhall o la Interminable Oscuridad —dijo Casio—. Como elegir entre Escila y Caribdis.

Paseé la mirada entre la ciudad, muy por detrás de nosotros, y la nube negra a la que nos enfrentábamos.

De algún modo, la Interminable Oscuridad empezaría a conocerme y estaría poniendo en peligro el plan con mi inexperiencia, pero regresar nos costaría horas, por no mencionar que colarnos en el bastión de Brach podría agotar por fin la paciencia de ese hombre conmigo.

—Bueno, estamos en un caso de huir del fuego para caer en las brasas, ¿verdad? —Saqué mi farol—. ¿Cómo aparto mi mente en la Interminable Oscuridad?

Owen solo negó con la cabeza. Casio dijo lo obvio:

—Piensa en una canción.

Me pareció la opción correcta al instante.

—No es el método convencional para la división —añadió Casio—, pero creo que para ti podría funcionar.

—Una locura, eso es lo que es. —Owen se levantó—. Detrás de nosotros está solo la mitad del cementerio. La otra mitad yace por delante. No os quedéis atrás.

Sacó su arco y tocó su farol para darle un brillo radiante.

Yo hice lo mismo, aunque logré solo la mitad de iluminación, y Casio y yo seguimos al sastre al interior de la oscuridad.

En mi mente, puse Run to the Hills de los Maiden y mantuve la letra y la música en silencioso bucle infinito mientras nos adentrábamos.

Pasamos entre hileras de tumbas y lápidas y llegamos al borde de lo que parecía ser un amplio círculo de tierra irregular.

Bajé mi farol para verla mejor. Estábamos caminando sobre estatuas de los muertos, pero tan comprimidas que parecían adoquines bajo mis botas, como en el Prado de Asfódelos, pero casi lisos de tanto pisarlos.

—Las semblanzas llegan a la Interminable Oscuridad —explicó Owen— porque deben elegir unirse a la luz comunal de su estrato. Y la mayoría entran por el lugar donde la conexión entre los estratos y el mundo de arriba es más fuerte.

—Como un cementerio —dijo Casio.

Owen pasó la punta de la bota por una zona de suelo blanca.

—Matar a una semblanza produce una descarga de energía. —Alzó el farol y proyectó su luz por el amplio círculo. El suelo estaba prácticamente recubierto de zonas blancas calcinadas—. También es un buen sitio para que los espectros se alimenten.

—Estupendo —dije—. ¿Y cómo conseguimos el hilo de orcus?

—Tú no vas a hacer nada —respondió Owen—. Preocúpate de que nada me lo eche al traste mientras yo lo intento.

De pronto noté el corazón aporrear en los oídos, sentí cada latido y el fragor de la sangre en mis venas.

Me agarré el pecho, intentando suavizar el ritmo atronador, la «onda en un mar sin viento».

Me había alejado de la canción de mi cabeza, así que me apresuré a subirle el volumen al tema de los Maiden en mi mente.

Owen renqueó unos metros hacia el interior del círculo de piedra, con el farol en una mano y el arco en la otra. Mientras se acercaba al centro, el relámpago crepitó en la oscuridad sobre nosotros. Un profundo ruido desgarrador hendió el aire y el trueno cayó sobre nosotros en duras olas.

—¡Preparaos! —chilló Owen.

El rayo partió la oscuridad de nuevo, crepitando desde el cielo negro hasta componer unas finas y elegantes cintas de ámbar y carmesí que acunaban la forma de una mujer.

Su cuerpo descendió poco a poco hasta reposar en el suelo ante nosotros, y entonces se hundió y se calcificó para sumarse a las efigies que la rodeaban.

Pero su semblanza se alzó en un elegante vestido blanco y se quedó allí de pie, parpadeando entre las radiantes cintas de luz, que aún la retenían con firmeza.

Owen corrió hacia ella con el farol alzado. Dijo algo que no entendí y frotó el arco contra el farol en tres golpes rápidos. Un haz de luz emergió y se enroscó alrededor de las brillantes cintas.

Observando cómo ocurría todo aquello, volví a olvidar mi canción mental.

Todo quedó en silencio, a excepción de los fuertes latidos de mi corazón dentro de mí, y tuve el repentino deseo de tumbarme entre las efigies que me rodeaban, hundirme en la piedra y…

La semblanza chilló, no a Owen, sino hacia el cielo.

Muy por encima de nosotros apareció una mujer ataviada con un largo vestido gris sin mangas y un velo a juego que le cubría la nariz y la boca.

Su cara y sus brazos brillaban con una palidez mortal.

Una cuerda de plata colgaba sobre su hombro, ceñida por un cuerno curvado de plata.

Y la mujer llevaba una lanza blanca, de la que caían las cintas.

Apuntó con esa lanza hacia abajo, hacia nosotros, y empezó a descender.