Capítulo 36
La naturaleza transformativa del vínculo-guarda sugiere que toda alma perteneciente a tal vínculo ha alcanzado su forma final.
E MMA H ARDINGE B RITTEN ,
Sobre la naturaleza de las guardas
C asio y yo recorrimos con paso esforzado un callejón lleno de fango y mugre que salía de delante del Castillo de Ratas.
Contra las paredes había basura amontonada y verdura podrida.
Dejamos atrás unos pocos cobertizos improvisados con mantas que dejaban entrever la tenue luz de unas velas, y terminamos encontrando una pequeña choza de madera en cuya puerta aún se distinguía una aguja pintada.
Estaba exactamente donde Mick nos había dicho que estaría. Llamé con los nudillos.
El sastre, Owen, abrió una rendija en la puerta y nos miró con su ojo bueno. El otro lo tenía hinchadísimo.
—Ya le he dicho a Mick que…
—No venimos de parte de Mick —le aseguré.
Owen titubeó un momento y luego nos dejó pasar.
Su casa no mediría más de cuatro metros de largo y puede que tres de ancho.
A la izquierda había una cama, pulcramente hecha.
A la derecha una mujer trabajaba en una pequeña mesa, haciéndole el dobladillo a un vestido a la luz de un farol.
Era fuego real, no una imitación. A su lado estaba una niña pequeña que fingía hacerle lo mismo a una muñeca.
Contra la pared del fondo vi un banco vacío.
A la luz del farol, la sombra de la mujer y la niña me reveló que eran semblanzas.
La de Owen, en cambio, destellaba con una pauta de notas de brillo que recordaba a una sencilla canción infantil y estaba ribeteada en azul cobalto.
Había consultado el manual de campo lo suficiente para saber que un borde de color cobalto significaba costurero, un tanaturgo con un don para crear hilos.
En la mesa, delante de la mujer, había trozos de tejido, cuero curtido y unos pocos carretes de hilo. Había varias agujas clavadas en un alfiletero y, a su lado, dedal, tijeras, chinchetas, una regla y tiza. Supuse que el banco vacío debía de ser donde Owen se sentaba para coser.
—¿Y qué os trae por aquí? —preguntó Owen, que había intentado limpiarse la sangre de la cara pero solo había conseguido esparcirla por su cuello y sus mejillas.
Respiré hondo.
—Buscamos hilo de orcus.
Owen y la mujer se miraron.
—Creo que será mejor que os marchéis —dijo Owen, y empezó a llevarnos hacia la puerta.
—Espera, amor —lo paró ella—. ¿Estos son los dos que te han defendido en el castillo?
Owen asintió. La mujer se volvió hacia nosotros.
—Yo me llamo Sarah y esta es Emily. ¿Os apetece sentaros?
Casio y yo no íbamos a caber juntos en el pequeño banco, así que el legionario me indicó que me sentara y él se apoyó en la pared. Hasta que me dejé caer no fui consciente de lo agotadísimo que estaba. Sarah dejó el dobladillo en el que trabajaba, rodeó la mesa y nos miró el cuello a los dos.
—No sois shiguanos.
Negué con la cabeza.
—Tampoco veo la marca en tu cuello.
—Ni la verás jamás —dijo ella—. Puede que nos superen en número, pero somos muchos en los estratos quienes no queremos la guerra con el mundo de arriba.
—Bajó la mirada hacia su hija—. Tiene que haber una manera mejor.
¿Es posible que sea por eso por lo que habéis defendido a Owen y que ahora venís aquí en busca de un hilo tan poderoso?
Miré yo también a Emily, con su muñeca en las manos.
—Mira, voy a deciros la verdad: no soy ninguna clase de salvador.
Todo esto es nuevo para mí y voy aprendiendo sobre la marcha, más o menos.
Pero han matado a unas personas muy buenas y al final nos ha tocado a mis amigos y a mí intentar impedir que esta revolución llegue al mundo de arriba.
A lo mejor hacerlo ayuda también aquí abajo.
No lo sé. Espero que sí. Pero una cosa sí que os prometo: voy a hacer todo lo que pueda para detener a Muster Brach antes de que convierta vuestro mundo y el mío en un infierno.
Sarah sonrió.
—Dado tu actual empeño, es muy posible que no lo hayas visto, pero la mayoría de los estratos son un sitio bonito y alegre donde resolvemos los lamentos y nos dedicamos a nuestras pasiones.
—Y enderezamos las cosas —añadió Owen, poniendo una mano en la cabeza de Emily.
El sastre estaba llorando, cosa que me extrañó un poco.
Quizá porque nunca había visto llorar a mi padre.
Sarah fue a su lado y lo abrazó. Emily, por su parte, me cogió la mano derecha y, mientras miraba mi sombra proyectada por la luz del farol, me puso un cordel que sacó de su muñeca como pulsera.
No tenía símbolos. Era solo un cordel marrón.
—¿Para qué es? —pregunté.
—Ayuda a los huérfanos a encontrar familia —dijo ella.
Entonces me fijé en que tanto ella como su muñeca llevaban la misma pulsera. Sarah y Owen también. Yo nunca había pensado en mí mismo así, como un huérfano, pero la forma en que la chica lo había dicho…
Era una niña atrapada en los estratos y rodeada por una escalada bélica entre el presente y el pasado. Pero, frente a todo ello, Emily encontraba la esperanza en llevar un sencillo cordel marrón. Su valentía me abrumó y no pude hacer más que asentir.
—Aparte de intentar robárselo a los propios shiguanos —dijo Owen—, en realidad solo existe una forma de obtener hilo de orcus, pero podría ser incluso más peligrosa.
—¿Y cuál es?
—Cosecharlo desde dentro de la Interminable Oscuridad.
—¿Y tú puedes hacerlo? —preguntó Casio.
Owen asintió, dubitativo.
—Lo he hecho. Pero antes preferiría pactar con el mismo demonio.
—Te ayudaremos —prometí—. Por favor.
El sastre volvió a cruzar la mirada con su esposa y su hija antes de volver su ojo bueno hacia mí.
—Hay que ser muy necio para intentarlo —dijo—. Y yo soy necio de narices.
Casio dio una palmada con su mano enorme en la mesa, haciendo saltar las herramientas de costura.
— Amor vincit omnia .
Suspiré de alivio.
—Gracias —susurré.
—Muy bien —dijo Owen—, Mick ya habrá puesto a todo el mundo sobre aviso respecto a vosotros, dado que estáis buscando hilo de orcus.
Cualquiera que lo haga sin pertenecer al Shiguan es casi seguro que se opone a ellos y, si Mick puede pescar una recompensa en dinero o buena voluntad con esa escoria, no lo dudará ni un momento.
Por lo tanto, tendremos que escabullirnos de Seven Dials disfrazados.
Se metió la mano en el zapato, sacó dos pequeños rollos de cordel y me pasó uno.
—Ponle pulseras de esto a Casio. Le darán el aspecto de un preso de Newgate recién traído al Castillo de Ratas.
—Pensaba que los hilos vinculantes no podían engañar a los seres tanatúrgicos —dije.
—Y la mayoría no pueden. Pero los míos están a otro nivel de calidad.
—Owen me dedicó una sonrisa roja, con un incisivo de menos y las encías sangrantes—.
Por eso Mick me tiene tanto aprecio. Aun así, ningún hilo puede cambiar la sombra de alguien.
La única manera de hacer eso es la penitencia.
Démonos prisa, porque los bobbies no tardarán en llevar a sus presos a Guildhall.
—¿Te refieres a la Escuela Guildhall de Música y Teatro?
Yo había hecho jams con gente que había estudiado allí. Su currículo en música tenía reconocimiento internacional. Y de la parte actoral habían salido bastantes estrellas de Hollywood muy famosas.
—Los matones de Mick transportan allí a los condenados a cambio de un dinero.
Van a llevarlos pronto. Si parecemos formar parte de la procesión, nos escabulliremos de cualquier posible cazarrecompensas que aceche en Seven Dials.
—Cortó unos trozos de cordel del otro rollo, me pasó el resto y empezó a ponerse los suyos en torno a las piernas y los brazos—.
Este hará que tú y yo parezcamos bobbies .
—No es la primera vez que haces esto —señalé.
Owen negó con la cabeza.
—Aquí en Seven Dials, conviene tener ciertos hilos siempre listos.
Nos puse los distintos cordeles a Casio y a mí mismo y me guardé el resto del rollo en la bolsa de catalizadores.
—Entonces, ¿no vamos a llegar a Guildhall?
—La escuela es un cuartel shiguano. Nada agradable si no eres uno de ellos. No, nosotros abandonaremos la comitiva cuando hayamos salido de Seven Dials.
Owen abrazó a Sarah y a Emily y, apresurado, nos sacó por la puerta. Regresamos por el callejón y nos acercamos a la muchedumbre de presos liberados que justo salía del Castillo de Ratas.
—Llegamos con retraso —dijo Owen al capitán de policía, un hombre orondo con un bigote denso y negro, y señaló a Casio—. Pero traemos a uno de los buenos.
El capitán gruñó:
—Seguidnos, pues.
Nos unimos al grupo y caminamos en silencio a su cola durante algo menos de un kilómetro.
Entonces Owen aflojó el paso, dejó que fuéramos quedándonos unos metros atrás y, con unos tajos rápidos de un pequeño cuchillo, cortó nuestros hilos de disfraz.
Sin hablar, nos llevó al norte por la calle Fleet, entre el tráfico de viandantes.
Durante un par de horas, seguimos andando hacia el norte y el oeste, bastante pegados al río. La ciudad fue dejando paso a árboles y campos hasta que llegamos a una arcada de piedra.
—El cementerio de Highgate —dijo Owen.
Entramos y recorrimos un sinuoso sendero hasta llegar a un laberinto de tumbas.
Había caído una niebla gélida que nos llegaba casi hasta el pecho.
Owen señaló entre la penumbra hacia una escalera que había en una catacumba y nos llevó hacia arriba por el espacio oscuro y sedoso que se extendía entre los estratos, abriendo el paso con su propio y brillante farol.
La vieja presión llegó solo durante unos instantes; no pegaba tan fuerte cuando ascendía entre estratos.