Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Si le parece un puente demasiado avanzado ahora mismo, plantéese lo siguiente: «Aquel que pretende garantizar su propia seguridad debe proteger incluso a su enemigo de la opresión, pues, si incumple este deber, establece un precedente que terminará por alcanzarlo a él mismo».

Me sonaba, pero ni Casio ni yo identificamos la cita.

—Es de su compatriota revolucionario Thomas Paine.

—Brach giró sobre sus talones y regresó pisando la sangre hacia su séquito, hablándonos con la cabeza vuelta—.

Le invito a pensar en ello hasta que volvamos a hablar.

Pero no titubee mucho, señor Solomon, porque le aseguro que aquí en los estratos no estamos de brazos cruzados y su juicio se avecina a buena marcha.

Su grupo se apartó y Brach pasó a zancadas entre ellos hasta desaparecer por la puerta, seguido de sus compinches.

Las lámparas de gas en el Castillo de Ratas oscilaron como si les diera el viento y luego se asentaron. Las ratas empezaron a charlar de nuevo, como si acabaran de ver a alguien famoso y ahora tuviesen historias que contar. Mick refunfuñó:

—¿Dónde está mi puñetera recompensa?

Me volví hacia Casio.

—¿Por qué Brach no se nos ha llevado ahora mismo?

El centurión tenía la mirada fija en la puerta por la que había salido el líder shiguano.

—Creo que es sincero en lo de querer tu amistad, aunque yo lo llamaría lealtad.

Pero, en todo caso, ya ha convocado un juicio.

Si ahora socava la capacidad de la cancillería para dictaminar sobre los asuntos de esa convocatoria, estará buscándose su escrutinio.

Y todavía quedan unos pocos cancilleres honorables.

—Es decir, hay unos pocos a los que Brach no tiene en su bolsillo.

—No sé qué tiene esto que ver con el bolsillo de nadie, pero la mitad de la gente que va a juzgarte escuchará la verdad. La otra mitad no.

Algunas cosas no cambiaban nunca.

—Pues claro, por qué iban a ser distintas las cosas aquí abajo.

—No cometas el error —dijo Casio clavándome el dedo en el pecho— de creer que todo es igual en los estratos que en el mundo de arriba, por muy cínico o desesperado que te sientas.

—Entendido. —Me volví de nuevo hacia Mick—. Sigue cabreándome que me hayas vendido.

—Ay, bisoño, parece que ya sabes que Brach viene a ser el rey por estos andurriales —dijo él, separando los brazos para abarcar el Castillo de Ratas, aunque supuse que se refería a los estratos.

—Elvis está muerto —repliqué—. Y yo soy más de hacer la mía, como cantan los Thin Lizzy en Do Anything You Want To . Échales una oída, que igual te gustan. Rock irlandés del bueno.

Mick enarcó una ceja y luego sacó del estante una bolsa en bandolera de cuero negro y unos guantes y los soltó encima de la mesa al lado del farol y el arco.

—Para llevar los catalizadores.

Me la eché al hombro.

—Pesa más de lo que parece.

—Tiene la parte de abajo lastrada —explicó Mick—. Para que no rebote cuando corres.

No me apetecía nada saber por qué alguien había tenido que diseñar bolsas en bandolera para gente que corría.

—Gracias, Mick —dijo Casio—. Creo que será mejor que nos marchemos.

Mick se inclinó sobre su mesa.

—¿No os olvidáis de algo?

Le había dado todo mi dinero para pagar la deuda del sastre, pero me palpé los bolsillos de todos modos.

—Te has precipitado un pelín al rescatar a ese sastre, ¿eh? —dijo Mick—. Bueno, hay otras maneras. —Empujó su libro de cuentas sobre la mesa—. ¿Qué tal si te dejo esas cosas a cuenta? Ya me cobraré el favor si alguna vez necesito de tus talentos particulares.

Me ofreció una pluma estilográfica. Casio me apartó a un lado.

—Jack, por mucho que necesites esos catalizadores, no es nada aconsejable estar en deuda con Mick.

—Es amigo tuyo.

Casio bajó la voz.

—Sí, pero no es la clase de amigo en el que confías. El dinero es la moneda de cambio más vulgar que hay para Mick. Los favores que te pedirá para borrar la anotación van a costarte mucho más de lo que valen esos catalizadores.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque una vez puse mi nombre en el libro de Mick —susurró Casio—. Y no me perdono lo que tuve que hacer para eliminarlo de ahí. No lo hagas, Jack. Busquemos otra manera.

Miré de nuevo el libro de cuentas. Lo último que quería era deber más favores. Sabía lo que significaba en el mundo de las pandillas de arriba. Allí abajo podía ser… Pero no tenía tiempo de buscar otra barriada. Las cosas ya estaban yendo demasiado rápido.

—Voy a tener que arriesgarme. —Volví a la mesa y miré a Mick a los ojos—. Que quede claro que no voy a incumplir la Ley del Precedente por ti.

El prestamista me pasó la estilográfica.

—Aquí en la barriada de St. Giles somos todos unos santos, ¿no te habías fijado?

Todas las ratas rieron para sus adentros. Escribí mi nombre en el libro mientras, a mi espalda, Casio daba un bufido gutural. Mick puso los brazos en jarras.

—¡Mira que venir a Seven Dials a preguntar por hilo ilegal con un farolero recién nacido!

Admiro tus agallas, viejo amigo. Pero ahora ya sabes que esas indagaciones no te irán bien como sigas husmeando por aquí.

Te irán peor, de hecho. No sé qué buena obra crees que estás haciendo, pero olvídala.

No es momento de llamar la clase de atención que no debes.

—Es buena advertencia —dijo Casio.

—Pero, si quisiéramos seguir husmeando —tercié—, tú serías el tío que podría decirnos dónde, ¿verdad?

Mick soltó una risita.

—Tú sí que eres de los que hacen soltar el trapo a cualquiera. Comprendes que esas preguntitas tuyas sobre el hilo han subido el precio que se paga por tu cabeza, ¿verdad? Y no te olvides de tu deuda conmigo, que va a expirar bien pronto.

Miré alrededor, a las ratas que estaban observándonos.

—En fin, de perdidos…

Mick negó con la cabeza.

—Yo no sé gran cosa de sastres, pero ninguno estará dispuesto ni a escupirte de lado si no tienes dinero. Excepto, a lo mejor, el que acababa de salir cojeando de aquí cuando Brach ha entrado. Con ese igual sí que te has ganado un poquito de buena voluntad.