Capítulo 35
El auténtico amo de la historia se ha internado en un nuevo campo, el campo del arte, y lo ha hecho para dar inicio a una nueva era.
Retórica de la revolución: comunicación, cultura
y pensamiento , lectura obligatoria del
Shiguan
B rach dio dos largos pasos hacia el interior del Castillo de Ratas, permitiendo que un séquito de dos tanaturgos asistentes y dos vestigios desfilara también al interior y se quedara bloqueando la entrada.
Los parroquianos de la pequeña taberna y casa de empeños que regentaba Mike se volvieron en sus asientos para mirarlo y algunos gritaron su nombre, y otros alzaron el puño al aire como si recibieran a un héroe conquistador.
Aquella sonrisa tan sociable y amarilla de Mick se ensanchó más si cabe.
El recién llegado saludó una vez con el brazo y luego apisonó el aire con las manos, indicando a sus fans acérrimos que moderasen la adulación.
—Maese Brach, ¿a qué se debe el placer? —preguntó Mick desde detrás de su mesa.
—Vengo a darle la bienvenida a nuestro visitante más reciente a los estratos. —Brach sonrió—. Señor Solomon, tenemos que dejar de encontrarnos así.
Recordé al tío al que Mick había bisbiseado algo justo antes de presentarnos, y fulminé a Mick con la mirada.
—Sí, menuda coincidencia.
—Ay, bisoño, bisoño —dijo Mick mientras salía renqueando de detrás de su mesa—. Ya te he dicho que eres un hombre notable. Pues claro que he enviado a un mensajero corriendo nada más te he calado. Eres una recompensa andante.
Casio ladeó la cabeza mirando a Mick.
—Pero esto no habla muy bien de nuestra amistad, ni de tu juramento de conseguidor.
Mick fijó la mirada en el centurión.
—Es uno de los pocos arrepentimientos que este viejo tramposo tendrá en la vida. Pero ya rezaré una docena de avemarías cuando encuentre un banco de iglesia.
Brach soltó una risita.
—Hagamos un pequeño repaso, ¿quiere, señor Solomon?, de sus diligencias para honrar a nuestro común amigo desde la última vez que nos vimos. —Señaló el farol que tenía en la mano—. Se ha procurado unos catalizadores de segunda mano, por lo que veo. Es un progreso, en cierto modo.
Bajé el farol.
—Y también he firmado la transferencia de propiedad del Caballo de Hierro, que Henry me dejó en herencia, dado que parece que era eso lo que le preocupaba cuando fue a visitarlo al depósito.
Las ratas del castillo murmuraron, y unas pocas retrocedieron la silla. Casio me susurró:
—No es buena idea provocarlo, Jack. Y menos aquí.
Brach anduvo con calma hasta el centro de la sala y olisqueó el hedor a estofado de cerdo y trapos medio podridos.
—Los asuntos de arriba no me interesan en absoluto, señor Solomon. Usted, en cambio, parece muy interesado en los asuntos de nuestro mundo de abajo.
—Hum, maese Brach, señor —dijo Mick—, antes de que las cosas se pongan… complicadas, ¿no había una recompensa que…?
—Aquí todos somos hombres de buena voluntad, compadre —lo interrumpió Brach—.
Siéntate y no tardarás en cobrar. —Y siguió dando su paseo, seguido por los ojos de las ratas como hacían los fans de primera fila cuando Jagger recorría el escenario—.
Sir Bazalgette me ha hablado de su interés en nuestra reutilización de sus sistemas de alcantarillado.
Del mismo modo, sir Swan tenía mucho que decir acerca de su interés en Tin Pan Alley, así como de su rechazo de nuestra oferta de ayudarlo a evitar el juicio.
—Si soy culpable de algo —dije, mirando hacia la salida trasera— es de intentar hacer precisamente lo que usted no para de pedirme que haga: proteger el Caballo de Hierro.
Brach le restó importancia con un gesto de la mano.
—No me malinterprete, por favor, señor Solomon. Que sus amigos y usted expulsaran a unos cuantos vestigios nuestros, o incluso que entablaran combate abierto contra líderes del Shiguan, no supera las cosas que hicimos Henry y yo en innumerables ocasiones.
—Por lo buenísimos amigos que eran —espeté.
—Jack —susurró Casio de nuevo—, hagamos paz y viviremos asaz.
Era solo que siempre me ponía respondón cuando creía que iba a haber gresca.
—Lo siento —le respondí susurrando, y lo repetí más alto para Brach—: Lo siento.
Brach le quitó importancia a eso también.
—Me refiero a cuando Henry y yo éramos jóvenes en nuestro arte y nos afanábamos en comprender nuestra nueva realidad. Es como le decía: no siempre estábamos de acuerdo. Sin embargo, me gusta pensar que en los asuntos de la máxima relevancia sí que opinábamos igual.
Mick volvió a sentarse tras su mesa.
—Le he dicho que no, maese Brach. Nada de hilo de orcus. Me ha oído usted decirlo.
Brach dejó de pasearse.
—Al ser nuevo como es, señor Solomon, quizá no sea consciente de que es prácticamente ilegal pronunciar siquiera las palabras «hilo de orcus» en los estratos.
—¿Contraviene alguna ley? —pregunté.
Solo me había leído el enorme tomo del Precedente una vez, así que era posible que se me hubiera escapado.
—Por así decirlo —respondió Brach—. El hilo de orcus es un poderoso catalizador cuyo principal propósito sí que contraviene la Ley del Precedente.
Pero rara vez utilizamos su nombre siquiera por respeto a su origen.
No queremos mancillarlo con charla insustancial, y tampoco, sin duda, a modo de objeto de transacciones en un lugar como este.
Aunque sería imposible encontrar un grupo más destacable de matones y desvalijadores que este en todos los estratos.
Las ratas estallaron en carcajadas y se pusieron a brindar a su propia salud.
—¿Ha venido a detenerme, entonces? —pregunté.
Me esforcé en contener el impulso de poner la mano en mi jopesh. La conversación educada, bien lo sabía yo, era una gran táctica de desarme incluso para las peores peleas callejeras.
Brach rio.
—¿Cuántas veces tendré que repetirle que soy un aliado?
Me figuro que lo que ocurre es que no han salido muy buenas palabras sobre mí de la boca de sus consejeros más íntimos.
Pero pregúntele a cualquiera de aquí si soy el monstruo por el que pretenden hacerme pasar los propagandistas arriberos.
No. Pese a cualquier otra cosa que pueda creer o que le hayan dicho, estoy de su parte, señor Solomon.
—En ese caso, somos libres de marcharnos —dijo Casio, dando un paso hacia la puerta.
Brach levantó un dedo, haciendo que Casio se detuviera de sopetón.
—No obstante, sí que debo preguntarles, como asunto relativo a la seguridad de los estratos, por qué intentan procurarse uno de los más poderosos e ilegales catalizadores conocidos del mundo tanatúrgico.
Los dos sabíamos la respuesta. Pero reconocerla, dado que incumplía la Ley del Precedente, quedaría mal en mi juicio, y supuse que era por eso por lo que Brach quería obligarme a decirlo en voz alta.
—En primer lugar, por favor, transmítales a sus amigos Bazalgette y Swan que no hay rencores por mi parte. Es posible que no comprendiera lo que ocurría y me pasara de entusiasta. Pero en el sitio del que vengo, uno tiende a pegar primero y pedir perdón después.
—Menudos valores más espantosos —susurró Casio.
—En segundo lugar, soy nuevo en todo esto —añadí, confiando en que jugar la carta del novato funcionara—.
Tengo mil palabras en la cabeza y no consigo retener sus definiciones.
—Era más bien al contrario, gracias a mi truco de taraleer—.
Así que es lo que decía hace un momento, que solo estoy intentando aprender y hacer lo que me pidió nuestro amigo común.
—Eso, en cambio, ha sido muy hábil —murmuró Casio.
Brach pasó la mirada de mí hacia Casio y de vuelta.
— Ignorantia iuris neminem excusat , señor Solomon.
Negué con la cabeza. Casio puso la mano en el pomo de su espada.
—Significa: «La ignorancia del derecho no excusa a nadie».
Mick dio un golpe con los nudillos en la mesa, usando el puño como un martillo.
—Exacto, amigos, tenéis que conocer la ley tan bien como un letrado para saber cómo romperla.
Y soltó su risotada de sierra circular y todo el Castillo de Ratas se unió a él, Brach incluido. Cuando remitieron las carcajadas, dije:
—Bueno, siendo sincero, es posible que estos días haya tenido un poco de «ira en el corazón» —cité, y tarareé el verso del Breaking the Law de Judas Priest.
Al instante, Brach tarareó uno de United , también de los Judas, en una jugada suprema de ajedrez metalero. El tío sabía de música.
—Entre amigos —dijo— no hay necesidad de justicia.
—Una cita de Aristóteles —observó Casio.
Llegados a ese punto, no sé muy bien por qué me sorprendía, pero lancé una mirada a Casio de todos modos.
—Hace siglos estuve vinculado a sir Francis Bacon. Exigía a sus vestigios que leyéramos textos filosóficos para entablar debates cada cierto tiempo.
Me volví de nuevo hacia Brach.
—Me ha quedado claro. Nada de buscar catalizadores ilegales. Le agradezco la advertencia.
—No solo quiero que acate la ley, señor Solomon. —Brach cruzó el resto del Castillo de Ratas, pisando la sangre del sastre en el suelo. A escasos treinta centímetros de mí, se detuvo—. Quiero su amistad. Como tenía la de Henry.
Me puso enfermo oírlo y no pude contestar.
—No sabe lo que está viendo en los estratos —añadió Brach—, pero yo puedo mostrárselo. Enseñarle. Darle sentido a todas esas extrañezas y preguntas que lo confunden. Puedo hacer por usted lo que intentaba hacer por Henry.
Trabé la mirada con él.
—¿Y qué era?
—Sanar una guarda en decadencia —dijo él en voz baja—.
Y, con ello, preservar ambos mundos, el suyo y el mío.
Estoy tan comprometido con la preservación de los estratos como lo está usted del mundo de arriba.
Henry lo sabía. Por eso acudió a mí. Pero esto lleva tiempo.
Los textos arcanos o bien son muy antiguos, o bien ya no existen.
Además de que, en virtud de nuestra amistad, sería un poderoso aliado en su juicio.
—Amistad…
Brach alzó el mentón.