Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

El cuerpo desposeído de un tanaturgo permanecerá maleable e incorrupto, preparado para el regreso de su espíritu, hasta que el alma haya pasado más allá de la montaña de fuego.

El cuidado de la carne: Guía para chizos

T oda la gente del Castillo de Ratas volvió hacia mí la mirada mientras el amigo de Casio me aferraba la mano en una dolorosa presa. El violinista dejó de tocar. La charla remitió. A la tenue luz de unas pocas lámparas de gas, el rey rata me miró de arriba abajo.

—Lo único que llevas es una jopesh —dijo Mick al cabo de un rato—. Sí que eres bisoño, sí.

Yo también le apreté la mano con todas mis fuerzas.

—Seré nuevo, pero no tonto.

Mick rio.

—Ya ha corrido la voz, chico. La Cancillería de los Estratos va a por ti. Hombres el doble de malos y la mitad de culpables han caído bajo sus condenas. Qué diantres, el capitán Burton ocupa nuestro puesto de canciller, y una vez mató a un chico por mirarlo mientras meaba.

—Eso no es una descripción justa ni precisa de ese hombre —dijo Casio.

—Ah, querido Casio —respondió Mick—, pero es que Burton ya no es un hombre, ¿verdad que no? Más bien es un juez en un estrado eterno, de quien la boca de los mortales no puede por menos que echar bilis.

—La verdad derrotará a la acusación —argumentó Casio.

Mick volvió a mirarme y habló en voz baja.

—Ándate con cuidado, Solomon. El agravio que te lleva a juicio no es cosa insignificante. Pero, de momento, tú sí que pareces un hombre insignificante.

La sombra del rey rata presentaba el ribete dorado de un tanaturgo. Estando tan cerca, reparé en que sus ojos tenían una película traslúcida, pero eso no le impidió clavar en mí su mirada. Casio rompió la tensión.

—Pues ayúdanos a significarlo. Para empezar, necesita un farol.

Mick por fin me soltó la mano y volvió a sentarse tras su mesa de las ofrendas.

—¿Cuánto sabes sobre la llama, bisoño?

—Un poco —respondí.

—Tu sombra es cruda pero potente a mis ojos —dijo Mick—. Dime, ¿qué ves tú en la mía?

—Que eres tanaturgo y que pareces satisfecho… pero tienes muchas oclusiones de buen tamaño en la pauta y…

Mick se rio como una sierra circular. Echó la mano hacia atrás, cogió un farol de latón de un estante y lo puso en la mesa entre nosotros.

Tenía muchas abolladuras, pero era compacto y estaba limpio.

No tenía mecha, solo una abrazadera y un acople dentro del cristal, enmarcado por varillas de latón.

También tenía una culata de pistola en el centro de una de las varas, como las que ya había visto en varios faroles de tanaturgo a aquellas alturas.

Mick se metió la mano en el bolsillo y sacó una piedra del color del cobre, que tendría el tamaño de mi pulgar.

—Piedra fantasmal —dijo.

Abrió el farol, encajó la piedra en el acople y volvió a cerrarlo. Entonces susurró «Arde» y la piedra se avivó con un intenso color ambarino. Con una floritura, Mick sacó un arco corto para violín que llevaba sujeto al cinturón.

—¿Alguna vez has usado farol y arco? —me preguntó.

—Una vez —dije.

Mick me tendió los catalizadores.

—A ver cómo te defiendes.

Tratando de recordar todo lo que había leído y todo lo que Brach me había mostrado, tomé primero el farol, agarrándolo por la culata de pistola del centro de una vara.

Los surcos para los dedos daban una sensación desgastada y cómoda.

Y el farol en sí estaba bien equilibrado; pesaba más de lo que esperaba, pero así iría mejor para arrearle a alguien con él si luchábamos de cerca.

Luego cogí el arco e intenté un frote revelador.

La piedra fantasmal chisporroteó y se apagó.

Probé un frote cegador. Apenas le saqué un resplandor apagado.

Lleno de frustración, ataqué fuerte para hacer un frote de refuerzo, pero solo conseguí tirar la pipa de Mick al suelo.

—Tocas como un caballerete de postín —rio Mick—. Tanta filigrana hará que te maten en una pelea callejera.

Cogió el farol y el arco e improvisó un frote de refuerzo usando solo una pequeña parte del arco, vuelto de canto. Luego lanzó un frote cegador tirando del farol a la vez que empujaba con el arco: tardó la mitad de tiempo y me dejó puntitos en la visión durante varios segundos.

Me enseñó algunas otras técnicas con el arco, una tras otra, igual que un guitarrista probaría una seis cuerdas nueva. Me recordó a la diferencia entre la lucha callejera y el boxeo.

Luego pasó el arco por una vara del farol en un largo frote. La luz tanatúrgica ganó fulgor desde el ámbar a un tono casi blanco.

—Ahora dime lo que ves.

Su pauta de notas de brillo se iluminó en lenta y apagada sucesión.

Seis notas arriba y luego seis abajo. A mí me sonó a elegía.

Y sonaba como si estuvieran pautadas en una partitura arrugada, húmeda de lágrimas.

Una cicatriz era mucho mayor que el resto, pero, por algún motivo, no conseguía ver nada dentro de las propias oclusiones.

De algún modo, ese hombre estaba jugando conmigo, porque debería ver algo al menos.

—Ya me parecía a mí —dijo Mick—. Pero que no te abrume tu mediocridad.

Antes de que dejara de tocar, por instinto canturreé unas notas de las que veía en su sombra. Y, del mismo modo que mi canción había iluminado mi propia oclusión como un ascua al viento, la imagen tras la cicatriz de Mick comenzó a aclararse.

—Flores blancas… —dije.

Sin darme tiempo a captar la visión completa, Mick alzó una pequeña lámpara de mano y borró su sombra.

—Esto se llama jugar a la defensiva. —Apagó ambos faroles—. Es un truco que conviene saber, para que los faroleros no vayan por ahí mirando lo que no deben.

—¿Como lilas en una lápida, por ejemplo? —pregunté.

A Mick se le desencajó el rostro.

—No, hijo. Al menos, no para la mayoría de nosotros. No sé cómo has sido capaz de ver tan profundo, pero, como menciones mis lilas otra vez, será la última. ¿Me sigues?

La larga nota que había tocado Mick se conocía como el frote revelador porque producía una luz mediante la que un tanaturgo podía ver a más profundidad en la sombra de un alma. Pero, al parecer, eran las notas que había añadido yo lo que había supuesto una diferencia.

En los libros no decía nada de que la música fuese algún tipo de catalizador, y no quería hablar de ello. Así que, al final, me limité a asentir. Mick se echó el bombín hacia atrás.

—No importa cómo lo hayas hecho, porque de todos modos vas a necesitar un farol para iluminar la sombra desde un principio, además de un arco de farol.

Y, por si no lo sabías, los arcos de farol no son precisamente de pelo de caballo.

Son más bien de crin de umbra, de eso son. Un material muy costoso.

Ya había leído algo sobre la crin de umbra. Era un pelo catalizador que se obtenía de unas criaturas de los estratos muy poco comunes llamadas umbras. Podía sacarle sonido a cualquier superficie contra la que se frotara, no solo a las cuerdas.

—¿Cuánto serían las dos cosas?

Antes de que Mick pudiera contestar, un hombre con delantal de sastre llegó corriendo por la puerta y cayó al suelo. Tras él llegaban tres tanaturgos vestidos con ropa oscura, todos con farol y arco al cinto. Llevaban medias lunas tatuadas en la mejilla.

Mick dejó el farol y señaló al sastre.

—Esto no tiene complicación, Owen. Nosotros te mantenemos a salvo y tú haces que nos merezca la pena.

—No tengo…

Una de los tanaturgos dio un paso rápido adelante y le atizó un patadón al sastre en toda la cara. La sangre salpicó por el sucio suelo de madera y el sastre cayó cuan largo era. Luego no parecía poder levantar la cabeza.

—Está todo agotado, Mick. No puedo ni conseguir material para hilar cordel nuevo. Seven Dials está vacío. Todos los mercados están vacíos.

La mujer le soltó otra patada y luego le puso la bota en parte de atrás de la cabeza de un pisotón. La nariz y los labios del sastre se aplastaron contra el suelo, enviando sangre hacia fuera por toda la cara.

—Creo recordar la garantía —dijo Mick—, cuando pusiste tu nombre en mi libro, de que me proporcionarías ocho chelines en hilo bunda.

Owen asintió despacio.

—Lo siento, Mick. Creía que podía conseguir la seda y la ortiga para tejerlo.

—Tu firma ahí representaba también a tu mujer y a tu hija. ¿Qué me dices de eso?

El sastre se esforzó en levantar la cabeza y mirar a Mick. Tenía la boca y la barbilla pringadas de sangre.

—Por favor…

La tanaturga volvió a avanzar hacia él, con su larga y rubia trenza oscilando a su espalda.

—¿Qué ha hecho? —pregunté, metiéndome entre Owen y la mujer.

Los otros dos tanaturgos me flanquearon de inmediato. Eran hombres altos, pero no musculosos. Uno llevaba bigote y barba entrecanos, el otro iba afeitado y tenía el labio leporino. La mujer se volvió hacia Mick.

—¿Este tiene tu protección?

Mick se reclinó en su silla.

—¿Necesitas mi ayuda, bisoño?

Le di a Casio mi daga jopesh y me planté encarado hacia la mujer.

—¿Estás moliendo a palos a este hombre por una deuda?

Escupió en la espalda de Owen.

—Es un moroso y un pobre diablo.

—¿Cuánto debe? —pregunté.

—No buscamos dinero.

—Seguro que no —dije—, pero pasa lo siguiente: este es mi hilero. Si te empeñas en hacerle daño, estarás obligándome a hacer algo al respecto. O también puedo pagar yo lo que deba. Mick cobra su dinero. Nadie sale herido. Y yo conservo las buenas manos de mi hilero.

Los otros dos matones me observaron mientras la mujer me miraba de arriba abajo.

—Eres novato —dijo—. Apestas a reciente. Creo que alguien va a tener que enseñarte dónde no te conviene nada iluminar.

Yo nunca había sido de los que buscaban pelea. Pero había estado en desventaja también muchas veces y se me hacía difícil mirar para otro lado. A veces, había que intervenir y punto.

—Sí, es probable —dije—. Pero, para cuando lo aprenda, un par de vosotros ya estaréis lamentando haber querido darme la lección.

Mira, sé que la Ley del Precedente prohíbe usar armas de filo contra otro tanaturgo, y esto que está pasando…

—Abarqué con un gesto a los cuatro que estábamos a punto de liarnos a puñetazos—.

Esto es lo más normal que me ha ocurrido desde hace días.

Casi estoy deseando que prefiráis hacerlo por las malas. Así que dime, ¿qué será?

Owen no se había movido. Seguía allí tendido en el suelo, con la sangre acumulándose bajo su cara. A nuestro alrededor, los otros clientes nos gritaron que ya tardábamos en «regañar».

La mujer por fin sonrió.

—Un arribero dispuesto a morir orgulloso —dijo, y ella y sus dos secuaces se retiraron.

Saqué la plata que traía, sin forma de saber si sería suficiente, y solté la bolsita en la mesa de Mick. No me quedaría nada con lo que comprar catalizadores, pero ya me preocuparía de eso más adelante.

—No hay más —dije—. Quédatelo y tacha el nombre del sastre de tus libros.

Mick miró dentro de la bolsa.

—Pesa poco. —Entonces sonrió—. Pero nunca había visto a nadie plantarles cara a unos ocaseros. A lo mejor eso sí es pago suficiente.

Pese a sus palabras, se guardó la bolsa de plata en el bolsillo y apuntó algo en su libro de cuentas.

—La Procesión del Ocaso. —Casio me devolvió la daga—. Una de las cinco facciones. Forajidos que querrían ver arder el mundo.

Cogí el farol.

—No por montar barullo dejas de ser un capullo.

—No creo que sea necesario que te expreses siempre con groserías, Jack —dijo Casio, y era en serio, pero también entreví un atisbo de sonrisa en sus rasgos.

Owen se levantó y un par de ratas de Mick se apresuraron a tirar arena por encima de toda la sangre.

—Una alfombra de St. Giles —dijo Mick—, digna de un rey. Owen, eres libre de irte.

El sastre salió cojeando del Castillo de Ratas. Casio se volvió hacia mí.

—Aunque haya sido un gesto decente, Jack, ahora no te queda dinero con el que conseguir el hilo de orcus.

—¿Hilo de orcus? —Mick enarcó una ceja—. ¿A eso has venido? Por todos los estratos, ¿para qué puedes quererlo?

De pronto había una docena de hombres sudorosos escuchando la conversación.

—Dejémoslo en que tengo amigos que necesitan ayuda —le dije.

Mick soltó su risotada de sierra circular.

—¿No los tenemos todos? Bueno, mi nuevo amigo, vas a irte con las manos vacías. No te vendería hilo de orcus ni aunque tuviera de sobra. Ni aunque me ofrecieras una carretada de monedas.

—Porque el hilo de orcus es ilegal —dijo una voz a nuestra espalda.

Casio y yo nos giramos de sopetón y encontramos a Brach justo dentro de la puerta.