Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Miles de plebeyos invadieron el palacio de las Tullerías parisino cantando la Carmañola y obligaron a Luis XIV y sus consortes a huir.

M USTER B RACH , fragmento de su discurso

«Precedente histórico»

C asio y yo descendimos poco a poco por los Peldaños Abismales.

Alcé el Zippo para mantener a raya la sedosa oscuridad, apenas lo bastante iluminados para mirar dónde pisábamos.

Dejamos atrás la puerta que llevaba al Estrato Moderno y la escalera cambió de hormigón a gruesa madera dura machihembrada.

Los peldaños olían a roble polvoriento y crujían bajo nuestros pies mientras seguíamos su trazado en caracol alrededor de un espacio que vendría a tener el tamaño de un ataúd.

Los recuerdos empezaron a presionarme la cabeza como un tornillo de banco…

… mi padre quita de casa todas las fotos de mamá, las guarda en su armario y entonces me mira a los ojos. «Se ha ido, Jack, y yo no puedo malcriarte como hacía ella. Tú también tendrás que elegir». Y entonces se marcha…

Mi padre me habló muy poco después de aquello, e incluso cuando lo hacía, ya no era lo mismo. Llevaba mucho tiempo sin pensar en aquello. Cuanto más descendía en los estratos, más profundos eran los recuerdos que afloraban.

A mi sombra proyectada por la oscilante luz del Zippo, vi una brillante veta ambarina que serpenteaba a partir de la gran cicatriz negra de mi interior. Esa vez no me molesté en usar las gomas para el pelo ni en canturrear y me limité a seguir adelante.

La oscuridad no tardó mucho en remitir y me permitió vislumbrar una puerta roja, en arco y dividida en cuatro paneles.

Tenía una aldaba de latón con forma de cabeza de león y un pomo en el centro.

Tracé la cita de los Who y la empujé para entrar en un almacén lleno de percheros con disfraces, montones de viejos carteles y decorados para escenario toscamente pintados: árboles, carros, caballos.

Fuimos a una puerta al otro lado y salimos a un auditorio vacío, del tipo en el que podrían haberse representado obras de Gilbert y Sullivan.

La luz de unas altas ventanas caía en amplias franjas sobre una tenue neblina gris.

En el suelo de madera había como una docena de mesas vacías, un piano cerca del escenario y una barra contra la pared del fondo.

Las demás paredes estaban más o menos desnudas, y eché de menos las fotos con las que Henry tenía adornado el sitio arriba.

Una galería superior recorría la pared del fondo y las de los lados.

El olor a cerveza rancia y cigarrillo consumido flotaba en el aire.

Nos llegó el traqueteo de unas máquinas de escribir por una puerta abierta que había cerca de la parte delantera.

Crucé la mirada con Casio y echamos a andar hacia ella.

Al cabo de solo dos pasos, me tambaleé y di contra una mesa.

Me palpitaba la cabeza. Me doblé por la cintura, con ganas de vomitar.

—¿Quieres que te busquemos algo de tu música? —preguntó Casio.

—Esperemos que haya algo de camino.

Cruzamos la puerta, que daba a una oficina. Había gente sentada a escritorios tecleando, o de pie ante una pizarra anotando cosas. Un hombre al final de la sala imprimía octavillas en una gran imprenta de madera, dándole a la manivela y apilándolas luego en una mesa.

—Hay máquinas de escribir vacías allí —nos dijo una mujer que pasaba ajetreada, cargando una resma de papel en blanco—. Solo tenéis que copiar la carta que hay al lado de la máquina. Cuando tengáis unas cuantas, salid y que os las firme quien sea.

—¿Qué es este sitio? —pregunté.

La mujer dio media vuelta hacia nosotros.

—En circunstancias normales, publicamos música. Hoy, en cambio, estamos intentando presentar una petición a la Cancillería de los Estratos antes de que cierren. Queremos que se resistan a ese nuevo tipo de tiranía que están promulgando Muster Brach y sus secuaces.

Me froté las sienes doloridas, intentando cuadrar aquello con el plan de Brach.

—Pero ¿Brach no lucha para salvar los estratos? ¿Para proteger vuestra capacidad de progresar y seguir camino?

—Sí, pero solo para poder regular él ese progreso, para dirigirlo como vea conveniente.

Igual que busca regular qué música puede sonar en nuestro auditorio.

Somos uno de los pocos locales que quedan en los estratos donde se permite algo que no sea la música de Brach.

Y eso se debe principalmente a las protecciones de la guarda.

Por lo que veía en la pizarra, llevaban ya varias semanas con ello e intentaban reunir diez mil firmas, pero solo tenían 217.

La mujer dio otra media vuelta, se sentó a una mesa y sus dedos volaron sobre la máquina de escribir.

Me agaché para leer la petición y creí ver algo sobre xenofobia y los peligros de la propaganda antes de que el estruendo de las máquinas de escribir fuese demasiado para mi dolorida cabeza y tuviera que salir corriendo a tomar el aire.

Casio llegó detrás de mí.

—No tienes buen aspecto.

—Sobreviviré. Guíanos.

Casio señaló al sudeste.

—Seven Dials.

Bajamos por la calle Castle, Charing Cross en el mundo de arriba, y giramos a la izquierda por New Compton, que ya no llegaba hasta tan lejos en el Londres superior.

Todas las calles estaban iluminadas por titilantes lámparas de gas.

Salía humo de las lejanas fábricas en gruesas y densas nubes que cubrían la ciudad de un áspero smog .

Mirando el cielo lleno de hollín, casi olvidé que de algún modo estábamos en el subsuelo.

Cruzamos unas pocas tarimas improvisadas tendidas sobre amplias zanjas. En las zanjas había trabajadores sacando fango a paladas, imaginé que para tender alcantarillas y vías de tren. En la penumbra, distinguí unas pocas velas ardiendo en el suelo junto a las zanjas.

Enfilamos hacia el sudeste por una angosta calle llamada Great White Lion, lo que era la calle Mercer arriba, y por fin entramos en la barriada de St. Giles.

El olor a pescado podrido, mierda de caballo y sudor humano se arremolinaba en el aire.

Fui corriendo a un callejón corto para devolver, y hacerlo me ayudó un poco a despejar la cabeza.

Entonces Casio me llevó más adentro por el laberinto de callejones y pistas y patios ocultos que era la barriada.

Vi a hombres, mujeres y niños saliendo de sótanos, mientras otros merodeaban en las sombras.

Había jóvenes deshollinadores sentados al borde de los tejados, con las piernas colgando, que miraban a los viandantes.

Los buhoneros, que vendían fruta y verdura magullada y mohosa, hacían rodar sus carretas traqueteantes por el suelo de tierra, anunciando a viva voz la mercancía y su precio.

Entre los pequeños corrillos de gente, oí varios idiomas que no identifiqué, aunque la mayoría hablaba en inglés con un acento irlandés que lo volvía casi incomprensible.

Unos tipos larguiruchos rondaban a unas mujeres vestidas con encaje, soltándoles piropos y babeando, aunque al parecer sin el suficiente dinero en el bolsillo para cerrar la transacción.

A unos pasos de distancia, otras mujeres con ojos morados y dientes de menos ofrecían su compañía a cambio de ginebra o pan.

Y había más de un hombre ataviado con una manchada túnica negra y ladrando citas de las Sagradas Escrituras como si fuesen eslóganes.

—¡Cinco te valen diez, dice Dios nuestro señor, amén! —gritó un túnica negra, haciendo chasquear el par de dados que tenía en el puño suelto.

Los albañales estaban llenos de mendigos y gente de la calle semidesnuda ofreciéndose a hacer cualquier cosa por medio penique.

Un falso mendigo se levantó y le afanó la cartera a un hombre que lo había insultado al pasar.

En más de un callejón sin salida, había gente peleando o atracándose o meando.

Al poco tiempo, el acre hedor de la ginebra empezó a imponerse a la peste del perfume, los cuerpos sin lavar y el ajo.

—La calle de la ginebra —anunció Casio mientras doblábamos por Ivy Lane, llena de licorerías—. Una cosa es Seven Dials, Jack, pero la calle de la ginebra… Aquí no hay protección que valga. Hasta los preseros entran solo por parejas.

—¿Tan mal está la cosa?

—Es, como tú dirías, una calle chunga. Tomando buenas decisiones, tenemos casi la mitad de probabilidades de salir ilesos.

Recorrimos todo un laberinto de giros por la atestada callejuela hasta un destartalado edificio de listones con un letrero casi borrado que decía: CASTILLO DE RATAS .

—Antes era un hospital de leprosos —dijo Casio—. Ahora es una gazapera, una pensión para rateros, busconas y desvalijadores.

—¿Y aquí es donde vamos a encontrar a tu depravado amigo?

Casio asintió.

Por delante de nosotros, una fila de hombres esposados subían un pequeño tramo de escalera para entrar al ruinoso edificio guiados por un par de bobbies armados con cachiporras. Los seguimos al interior.

Unas pocas lámparas de gas iluminaban a duras penas un bar que olía a sudor, a humo de tabaco y a cerveza amarga.

En la esquina tocaba un violinista, su arco desesperadamente necesitado de colofonia.

Hombres, mujeres y niños hacían cola hacia una mesa que había al fondo del bar, tras la que había un hombre sentado.

Llevaba la ropa muy manchada, pero un pañuelo de vivo color rojo al cuello y un bombín calado en estiloso ángulo.

Una pipa encendida humeaba en un cenicero cobrizo a su lado, junto a un libro de cuentas en el que hacía anotaciones después de cada transacción.

Y detrás de él se alzaba una alta estantería con varios objetos, entre ellos dagas jopesh y un par de faroles.

—¿Qué será, Mick? —preguntó uno de los bobbies al hombre de detrás de la mesa.

—Desenganchadlos —dijo Mick— y traedles un plato de St. Giles por las molestias.

Los agentes quitaron las esposas a los prisioneros, les buscaron una mesa a la que sentarse y pidieron platos de estofado. Luego fueron a la mesa del tipo del bombín, que les dio a cada uno un par de monedas de cobre.

—Cuando ya se hayan achispado —añadió Mick—, explicadles que hoy no bailarán la jiga en Tyburn con una soga al cuello. Luego, después de que coman, llevadlos con nuestros amigos shiguanos a Guildhall. Pero no en el chirrión, ¿eh? Que caminen como hombres libres.

Los bobbies se pusieron a ello y Mick devolvió su atención a la cola que iba avanzando poco a poco hacia él.

Un niño se adelantó, con el pantalón mojado y marrón y apestando a cloaca. Dejó en la mesa unos pedacitos de hierro y algo de hilo.

—Un alcantarillero huérfano con un puñado de porquería —dijo Mick con una risita.

—Lo que vendo es información, compadre —replicó el chico.

Mick hizo rodar la mano.

—A ver, pues.

—La gente que vive en los desagües y los asilos… —dijo el chico alzando la barbilla—. No toda esa gente ve la salvación en las faenas del Shiguan. Y empiezan a aprender a usar el hierro y el hilo.

—Un alzamiento dentro de un alzamiento, pues. —Mick guiñó un ojo—. Avisaré a los bombachos. Hay leche y pan en la cocina.

El chico salió corriendo mientras Mick apuntaba algo en su libro, y entonces una anciana encorvada renqueó hacia delante y desató un chal. Cayó traqueteando a la mesa todo un surtido de huesos.

—Resulta que un saco de huesos que camina es una choriza de huesos —dijo Mick, y suspiró.

—Las viejas caminamos por los cementerios de arriba sin que nadie nos diga nada —respondió la mujer—. Y bien que puedes alegrarte. Estos huesos eran de Emmeline Pankhurst, para que lo sepas.

Mick soltó una risotada.

—¿La sufragista? ¿A ti te parece que mis compradores quieren dejar que las mujeres voten?

—Tus compradores, compadre —dijo la mujer— quieren a revolucionarios. Y según esa medida, potentes huesos son estos. Por lo que cuentan, aún está pegando fuego a cosas en Parliament Way.

Los ojos de Mick brillaron mientras tocaba una vieja mandíbula amarilla.

—Estofado de cerdo. Dos platos por las molestias. Siguiente —llamó mientras hacía otra anotación en su libro de cuentas.

Cuando yo tenía seis años, mi padre me dio un viejo carrito oxidado.

Era el primer regalo que recordaba que me hubiera hecho.

Pero resultó que quería que paseara el carrito por todo el barrio recogiendo latas y botellas.

Que las canjeara por él. Dijo que a mí no me atracarían por lo pequeño que era. Se equivocaba.

Empecé a avanzar hacia la mesa. Casio me dio una palmadita en el hombro, pasó por delante y recorrió la cola. Media docena de hombres harapientos y llenos de cicatrices saltaron de sus sillas para interceptarlo navaja en mano.

Mick alzó la mirada de su mesa llena de basura y compuso una amplia sonrisa de dientes amarillos.

—¡Casio, mi buen amigo! Dejad, dejad que pase. Pero vigilad a su amigo. A él no lo conocemos.

Los hombres andrajosos volvieron a sentarse muy despacio. Todos salvo uno, al que Mick indicó que se acercara para cuchichearle al oído. El tío asintió y se marchó por atrás hasta perderse de vista.

—Bienvenidos a la Pequeña Irlanda —dijo Mick, dirigiéndose sobre todo a mí—. O, como nos gusta llamarla aquí, la Tierra Santa. Y yo soy el rey rata, ¿qué os parece? El rey de los mendigos.

—Me alegro de verte, Mick —respondió Casio.

—Viniendo de cualquier otro, sería una trola tremenda. —Mick cogió su pipa del cenicero y le dio una profunda calada—. Viniendo de ti, amigo mío, casi basta para llevarme al diván de un reformador para que me saque del mal camino.

Mick se levantó y Casio y él se dieron un firme apretón de antebrazo. Luego Mick no me miró a mí, sino a mi sombra.

—Veo que arrastras a un nuevo cosehílos, Casio.

—Jack Solomon. —Le tendí la mano—. Encantado de conocerte.

—Menudo disparate es decir eso hasta que sepas quién soy. —Mick tomó mi mano—. Pero nunca he desaprovechado aún la oportunidad de darle la mano a un muerto.