Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Y así, se revela todo tipo de confusión en nuestro interior; y es esa debilidad de nuestra naturaleza por la que se impone el arte del embrujamiento y el engaño mediante luz y sombra y otros ingeniosos artificios, que tiene en nosotros un efecto como el de la magia.

P LATÓN , República , Libro X

C hurch, Dama, Casio, Chuey y yo cruzamos la guarda en el extremo de Tin Pan Alley. Las llamas lamían los edificios de ladrillo a ambos lados de la calle. Delante de nosotros, Swan y su grupo de shiguanos empezaban a adoptar una formación de batalla.

—Ponte detrás —me recordó Casio—. Marca la estrategia. Corta los vínculos.

Retrocedí un paso mientras ocho vestigios de Swan formaban una línea ordenada delante de él. Nos duplicaban en número. Daba igual. No podía permitirle continuar debilitando la guarda, igual que no podía permitirle destruir Tin Pan y a los músicos que vivían allí.

Swan dio unos frotes de refuerzo y sus vestigios avanzaron hacia nosotros con espadas y bastones y largos cuchillos. El tanaturgo me miró por encima del frente con expresión divertida.

—No tiene catalizadores, señor Solomon. Eso podría suponerle un problema.

Las dos líneas de vestigios se estrellaron.

Mis amigos se vieron abrumados y tuvieron que ceder terreno al instante, retrocediendo a la seguridad de la guarda para reagruparse.

Swan sonrió y volvió a indicar por gestos que acercaran a Baring.

Chillé un «¡No!», pero Swan pasó el arco por su farol y disparó la semblanza de Baring contra la guarda.

Explotó en una lluvia de chispas doradas e hizo retroceder la barrera unos pocos palmos más.

Entonces Swan pidió que le trajeran a Marianne Faithfull.

Mientras se preparaba para tocar su farol otra vez, una figura apareció en el otro extremo de Tin Pan Alley a su espalda.

Llevaba una túnica suelta, una máscara roja y amarilla ornamentada y un tocado de flores.

Su vestimenta me recordó al bian lian , la danza cambiacaras china. La enmascarada llevaba farol y arco.

—¡Formad una segunda línea! —ordenó Swan, y cuatro vestigios se apresuraron a situarse entre él y la tanaturga enmascarada.

Yo no tenía ni idea de por qué aquella mujer parecía estar ayudándonos, pero me dio una idea.

—Ahora es uno contra uno. Casio, ¿puedes derrotar a quien te toque y llegar al tío que retiene a la semblanza?

—Puedo —dijo él.

—Bien. Church y Dama, intentad reducir a los otros vestigios para que pueda cortarles los vínculos. Chuey, si puedes sacarle jugo a ese trasto, intenta cortarle las manos a tu hombre por encima de las muñecas.

Chuey sonrió.

—Ahora verás si le saco jugo o no.

Mis amigos cruzaron la guarda otra vez y se abalanzaron contra la primera línea shiguana mientras, cerca del toldo de Andy’s Guitar Centre, dos haces de luz se cruzaron en la penumbra de la tarde, uno enviado por sir Swan y el otro por la enmascarada.

Unas franjas ambarinas y azuladas iluminaron la fachada de los adosados por todo Tin Pan Alley.

Casio bloqueó el ataque de una mujer shiguana, la agarró por el abrigo y la empujó de espaldas hacia mí. Corté sus vínculos con la jopesh antes de que supiera lo que estaba pasando. El centurión avanzó a la carrera y embistió contra el shiguano que retenía a Marianne Faithfull.

Church arrojó a un shiguano que empuñaba una porra a la calzada y entonces Dama empujó a otro hombre encima de él.

Llegué corriendo y corté también sus vínculos.

Chuey casi se llevó un espadazo en el pecho, pero consiguió evitarlo, descargó su macuahuitl contra el antebrazo del tío y se lo amputó limpiamente.

El escudo cobrizo del hombre tañó contra los adoquines.

De nuevo, llegué a la carrera y corté los vínculos de su otra muñeca.

Casio había empezado a llevarse a Faithfull de vuelta hacia la seguridad de la guarda cuando Swan se fijó en él. Frotó con el arco la esquina de su farol y un fulgor chillón de luz golpeó a Casio en la espalda y lo envió contra la dura piedra de la tienda de guitarras Hank’s.

La mujer del bian lian alzó su propio arco y atacó a lo salvaje las varas de madera oscura de su farol.

Un estallido de luz violeta arrasó a los vestigios restantes, los derribó de golpe al suelo y envió a mis amigos de vuelta al interior de la guarda antes de romperse contra la barrera en esquirlas púrpuras y negras.

La luz crepitó en chispas por el adoquinado y se alzó al cielo nocturno.

El olor acre a piedra quemada inundó la calle. Los vestigios de Swan se retorcieron y aullaron mientras sus semblanzas se arrancaban a sí mismas de sus cuerpos. Faithfull estaba sola y temblorosa entre toda aquella destrucción.

Swan dio un paso adelante y le agarró el brazo.

—¡Suéltala! —chillé.

—Acepte el trato —respondió Swan— o la verá arder, y será consciente de cómo se apaga su recuerdo arriba.

Miré los ojos suplicantes de Faithfull. Solo podía pensar en su exitazo As Tears Go By y en cómo mi madre solía canturrearlo por toda la casa.

No quería ver la semblanza de Marianne Faithfull quemada y su música y su recuerdo apagados.

Eso y que no podría seguir camino si su espíritu ya no existía.

Pero, incluso teniéndolo en cuenta, la guerra de Brach seguía amenazando a todo Londres.

—No estoy preparada —suplicó ella, entrelazando las manos—. Por favor.

Me quedé petrificado, recordando cómo la música de aquella mujer había llenado el hogar de mi infancia, mientras mis amigos esperaban una orden mía. Entonces, avergonzado, vocalicé las palabras «Lo siento».

Swan compuso una sonrisita divertida, cortó sus vínculos él mismo y la liberó. Luego hizo rodar el cilindro de su farol y tocó una nota inquietante. La semblanza de Faithfull se disolvió, fluyó como un viento luminiscente al interior del farol y salió despedida derecha hacia la guarda.

Chuey recogió de la calle el brillante escudo cobrizo, se lo apoyó en el hombro y entró en el flujo de luz. El escudo la reflejó hacia el cielo oscuro como el reflector de un estreno en Hollywood. Cuando la luz cesó, Chuey cayó de bruces a la calle adoquinada y todo quedó en silencio.

Entre toda aquella carnicería, la tanaturga del bian lian bajó su farol y su arco mientras Swan se acercaba a mí con paso tranquilo, sonriendo como si acabara de gozar de una comida opípara.

—Qué lástima lo de Vida Por Muerte —dijo—.

Ellos seguirán adelante, creando esa música que tanto adora usted, viviendo su sueño.

Pero usted nunca lo hará, ¿verdad que no?

Ha adoptado la causa de otra persona y, al final de todo, terminará siendo tan frágil y marginal como el mundo que fracasó en defender.

Las rugientes llamas seguían consumiendo Tin Pan Alley y su valiosa historia.

—Puede —respondí—, pero encontraré la forma de hacerte responsable de lo que ha pasado aquí.

Swan se plantó justo delante de mí y entornó los ojos.

—De veras no comprende usted nada, ¿eh? Cuando desaparezcan las llamas, Tin Pan volverá a ser lo que era, una invención de los estratos, gracias los recuerdos de quienes residen aquí.

Solo que… no tan brillante, creo, dado que algunas de sus almas más queridas han ardido como combustible para mi farol.

Apreté con más fuerza la jopesh.

—¿Y eso no es malo para todo el mundo? ¿Por qué matarlos?

—Se resistían —dijo él—. Creaban la clase de música más errónea posible.

—¿Te refieres a música de resistencia? —Negué con la cabeza—. ¿O solo a música que no es shiguana?

—En el fondo, no importa. Gracias a usted, toda la música de esta gente va a perder brillo. Salta bastante a la vista que eso es lo que todavía no ha comprendido usted sobre la relación entre su mundo y los nuestros.

Swan sonrió y empezó a darse la vuelta. Di un puñetazo descendente al farol que llevaba en la mano, lo tiré al suelo y entonces lo pisé con mi bota, haciendo añicos el cristal y aplanando su cilindro.

—¡Necio majadero! —gritó Swan—. Acaba de simbolizar con un solo acto de estupidez el mezquino maltrato de su mundo entero hacia los estratos. —Recogió el farol roto—. Y ahora me veo tan perdido en los márgenes de la historia que quizá nunca sea capaz de reparar un farol tan glorioso.

—Igual es una cosa en la que Tom Edison puede ayudarte —repliqué—.

Pero sí que es una pena. Podría haber compuesto una canción sobre ti, ayudar a sacarte de esos márgenes.

En vez de eso, las compondré sobre la gente a la que has quemado, sobre Bolan, Baring, Faithfull y todo el resto. Me aseguraré de que…

—Adelante, compóngalas —me interrumpió él—.

Y disfrute tocándoselas a su minúsculo piso en un apestoso callejón.

¿O acaso ha olvidado la segunda parte de la oferta shiguana que tan despreocupadamente ha rechazado?

—Sonrió—. Eso si llega a sobrevivir a la cancillería, claro.

Creo que gozaré bastante con su destrucción y la de toda su gentuza en el juicio.

Lo miré furibundo.

—¿No se supone que los shiguanos protegéis al pueblo de los estratos?

—Eso creía el señor Chad Varah —dijo Swan.

Negué con la cabeza. Él sonrió de nuevo.

—Varah era shiguano —añadió—. En vida fundó los Samaritanos, la primera línea telefónica de prevención de suicidios para jóvenes afligidos como usted mismo.

Pero no era tan importante como para que su mundo lo recordara, así que su semblanza se marchitó a la nada no hará ni quince días, mientras todavía intentaba ayudar a sus congéneres de los estratos.

No había nada que decir contra aquello, así que mantuve la boca cerrada. Swan meneó un dedo delante de mi cara y luego se marchó paseando calle Denmark abajo, con un bufido despectivo a la mujer del bian lian cuando pasó cerca de ella.

Empezaron a temblarme las manos. Bajé la mirada a la jopesh y la alcé a las llamas que seguían lamiendo los ladrillos grises.

Entonces oí el gemido de alguien. Luego otro. Y otro.

Por todas partes había vestigios retorciéndose en el suelo.

Tres estaban muy emborronados, con un tenue resplandor azul sobre sus cuerpos.

Corrí hacia ellos, me dejé caer de rodillas y empecé a renovar sus vínculos.

Afloraron y desaparecieron más recuerdos: mi padre arreglándome la cadena de la bici, la carta de admisión en el Berklee College of Music.

Dejaron más huecos en mi interior. Me costó respirar y noté unos dolores agudos en el pecho.

Cuando llegué al tercer cuerpo, antes de que pudiera poner la mano en la muñeca de la mujer, su semblanza salió flotando al aire entre nosotros.

La miré a los ojos mientras la luz de la autoconciencia remitía, sus rasgos se quedaban flácidos y su espíritu desaparecía en la piedra por debajo de nosotros.

La habría salvado si no hubiera perdido el tiempo con Swan.

Todos aquellos asuntos de tanaturgos empezaban a parecer más de lo que podía abarcar.

Los dos vestigios a los que había revinculado me miraban en silencio. Eché la espalda hacia atrás y le hice una seña a Dama, que vino y se puso a trabajar en sus heridas. Cuando hubo terminado, los vestigios se levantaron con esfuerzo.

—Gracias. Estoy en deuda eterna contigo —dijo el hombre del sombrero de copa.

La sombra que proyectaba, a la luz de las oscilantes llamas que aún rugían en Andy’s Guitar Centre, latía con un inconfundible momento primordial: el nacimiento de su hija. El amor que sentía por ella parecía no tener límite.

—¿Cómo os llamáis? —les pregunté.

—Loch —respondió el del sombrero de copa.

—Darnell —dijo el otro.

Vi que llevaba una falda plisada carmesí y empuñaba una porra. Su palpitante momento primordial era el funeral militar de su padre. Ese hombre quería morir de servicio, como su viejo. Señalé hacia atrás por Tin Pan Alley.

—De momento, Dama puede llevaros al Caballo de Hierro para que descanséis. Si queréis, hablad con Sherzer y Delain y organizad patrullas periódicas por el perímetro de la guarda. Si veis cualquier cosa, informad deprisa.

Loch levantó un dedo.

—Soy Camino-ka. Así que, si hace falta, puedo viajar a otros estratos y patrullar ahí. O incluso llevarme a otros, siempre que también estén vinculados a ti.

Ya había leído sobre los Camino-ka, o adeptos del camino, que aprendían a viajar por los estratos hasta cierto punto.

—Bueno es saberlo —dije.

Dama se los llevó de vuelta al Caballo. Church me dio una palmadita en el hombro.

—Me ha gustado que rechazaras su oferta, Jack —dijo, y se marchó siguiendo a Dama.

Chuey llegó a mi lado.

—Te la has jugado con eso del escudo —le dije.

—Sí, puede. —Chuey se pasó una mano por el pelo rapado—. Pero he pensado que lo que disparaba venía a ser luz, ¿sabes? Y la ley de la reflexión dice que puedo cambiarle el ángulo de incidencia. Bueno, el caso es que ha funcionado.

—Sí, y menudo espectáculo. —Le di una palmada en el pecho—. Gracias.

—De nada, tío. No puedo creerme que hayan matado a Bolan y a Faithfull. —Chuey negó con la cabeza—. Eso no está bien.

Casio llegó junto a Chuey y tomó su mano en un estrechamiento de antebrazo.

—La mejor maniobra con escudo que he visto nunca.

La mujer del bian lian estaba a cierta distancia, observándonos. Casi me había olvidado de ella. Echó a andar hacia nosotros.

Las semblanzas empezaron a volver a la calle, vagando entre los escombros y la ceniza. Las paredes de ladrillo a ambos lados seguían en llamas, pero con el regreso de cada semblanza iban apagándose y la solidez de los edificios quedaba restaurada… aunque sí que brillaban un poco menos que antes.

La mujer del bian lian se acercó más, serpenteando entre los cuerpos, con sus catalizadores ya guardados.

Unas pocas semblanzas vinieron a estrecharnos la mano y darnos las gracias, pero yo estaba demasiado embotado para darles ninguna respuesta coherente.

La mujer del bian lian , con el rostro convertido en un caleidoscopio de azul y oro, por fin se detuvo delante de mí.

—Busquemos algún sitio donde hablar en privado. —Era la voz de Emaline—. Tengo información para ti.