Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

La música no solo es una fuente de placer, sino que también puede ser un elegante instrumento para garantizar que las masas deseen su propia dominación.

Extracto de una carta de M USTER B RACH

al secretario de estrato de Atenas, Grecia

L os escalones eran de hormigón viejo, agrietado y combado, como los que daban a muchos sótanos en las callejuelas de la ciudad.

Las paredes de listón y yeso estaban medio derruidas, atravesadas por raíces, y llenaban el aire de un aroma a podredumbre seca y clavos antiguos.

Mientras descendíamos a toda prisa por los Peldaños Abismales, la presión empezó a crecer en mi cabeza y la vieja ansiedad se acumuló…

… estoy fuera del local de ensayo de los Sabuesos leyendo un e- mail que me explica por qué mi llave ya no funciona. Me han echado, dejándome atrás mientras se preparan para Wembley. Los oigo ensayar mientras me marcho…

En mi sombra proyectada por la luz del Zippo, vi que una pequeña herida abierta serpenteaba desde la larga y angosta cicatriz con forma de lago, como un afluente, ardiendo en ámbar.

Bajé trastabillando los últimos escalones hasta una puerta metálica gris con un rodapié de acero.

Tracé la cita de los Who y la empujé. Salimos al interior del Caballo, justo a la izquierda del escenario.

Allí abajo no había división alguna entre la sala de conciertos y el pub: era todo una sola estancia enorme con un amplio escenario.

El suelo de madera estaba bien pulido y el tapizado de los reservados parecía de cuero de verdad, sin parches cosidos por ninguna parte.

La mitad de esos reservados estaban llenos de…

hippies, supongo que habría que llamarlos.

Y quienes tocaban… que me aspen si no eran los Humble Pie, el primer grupo al que se denominó «heavy metal» en la historia.

Estaban dando caña con As Safe as Yesterday Is .

Suspiré de alivio mientras la música me embargaba, calmando el dolor de cabeza y la náusea. La cicatriz ambarina de mi sombra remitió con ellos y se volvió negra.

Pero la música no parecía ayudar a Chuey, que se apresuró a sacar su rosario del bolsillo y empezó a pasar cuentas. Di media vuelta hacia él.

—No hace falta que vengas.

Chuey recuperó el aliento.

—¿En serio, tronco? Con lo lento que eres, ¿cuándo has ganado una pelea sin mí?

Señalé su rosario.

—¿Tienes bastantes cuentas para tus maldades, entonces?

—Es mucho que asimilar, tío. Esto de los estratos, digo. —Alzó la mirada—. ¿Te acuerdas de aquel chico de Compton con el que tuve jaleo? ¿El que dijo que mi madre era una zorra adicta al crack?

—Sí, sus amigos se lo llevaron inconsciente.

—Me pasé tres pueblos, Jack. Seguí haciéndole daño cuando ya estaba vencido. Me cuesta mucho quitármelo de la cabeza. —Guardó el rosario—. Voy a enviarle una cesta cuando volvamos arriba.

Sonreí y me volví hacia la multitud, que nos miraba boquiabierta porque íbamos todos armados. Nos disculpamos y salimos corriendo por la puerta principal a la calle Manette.

Ya en Charing Cross, doblamos la primera esquina a la derecha por Denmark, apodada Tin Pan Alley, toda una calle repleta de tiendas de guitarras, estudios de grabación, vendedores de partituras, de vinilos antiguos, de CD. Durante ciento cincuenta años, había sido una meca de la música.

Pero en esos momentos había semblanzas que pasaban corriendo casi rozándonos, huyendo de allí, con los ojos muy abiertos, en pleno pánico.

Otras estaban quietas chillando al otro lado de la calle, donde unos fogonazos de luz ámbar explotaban uno tras otro.

Después de cada destello, unos temblores sacudían la calzada, llovía cristal de las ventanas rotas y el fuego lamía el escaparate de las tiendas.

Eché a correr y dejé atrás Guitarras Wunjo, la tienda Rose Morris de pianos y otros negocios musicales.

Sus propietarios estaban en la puerta, dando respingos a cada explosión.

Por encima de las tiendas con toldo, las semblanzas se asomaban por la ventana de las viviendas en los primeros y segundos pisos, señalando hacia los disturbios.

—Preparaos —dije a mis amigos—. Esto puede ponerse chungo.

Otro intenso estallido de luz pasó titilando por una barrera invisible unos metros por delante; la guarda no se había contraído tanto en ese estrato.

Cuando la luz cesó, a unos diez pasos al otro lado de la guarda había un tanaturgo que llevaba un elegante traje de tres piezas a medida con pañuelo en el bolsillo.

Tenía una melena y una barba blancas que le daban todo el aspecto de Kris Kringle.

Sus ojos hundidos chispeaban reflejando las llamas que rugían en la tienda de guitarras acústicas Hank’s y el estudio de sonido Regent.

El tanaturgo sostenía en una mano un farol cobrizo con un cilindro en el centro, y en la otra un arco.

Tenía una pandilla de vestigios shiguanos detrás, que retenían a varias semblanzas temblorosas y asustadas.

Una de las semblanzas era James Baring, que había sido propietario del Regent, donde habían grabado discos los Stones y los Sabbath y los Who.

A su lado vi a Marc Bolan, el compositor de una de mis canciones favoritas, Bang a Gong (Get It On) .

Y junto a él estaba Marianne Faithfull, que siempre formaría parte del legado de los Stones y aparecía en un directo de Pink Floyd y en el Yellow Submarine de los Beatles.

Era una leyenda, y la favorita de mi madre.

El tanaturgo sonrió e hizo un gesto a su equipo.

Dos shiguanos arrastraron a Bolan hacia delante.

Con la elegancia de un maestro violinista colocando su instrumento y tocando la primera nota, el tanaturgo empuñó su farol por el centro de una gruesa vara del marco, lo alzó, hizo rodar el cilindro y pasó el arco por él mientras giraba.

Se oyó un tono terroso y el farol brilló. La semblanza de Bolan empezó a disolverse en partículas de luz que se avivaron al frotar el tanaturgo su arco.

—No —dije.

Intenté avanzar, pero Casio me retuvo. Entonces el tanaturgo tocó varias notas largas y estridentes y la luz que era Bolan se introdujo rauda en el farol y salió de nuevo, en forma de poderoso rayo disparado a la guarda.

La luz de Bolan explotó contra la barrera. Salió despedida hacia arriba y hacia fuera y arrancó piedra de los edificios a ambos lados de la calle, agrietó el suelo bajo nuestros pies y se onduló por la superficie de la guarda hasta que la barrera se hubo retraído un metro más.

Al momento, las notas remitieron y solo quedaron de Bolan unas pequeñas ascuas que flotaron en el aire como luciérnagas antes de apagarse.

—Madre mía —susurró Church—. Todos los recuerdos musicales del chaval… acaban de desaparecer para siempre.

No había nada en los libros que indicara que un tanaturgo pudiese utilizar una semblanza como combustible para un ataque de farol.

Desde luego, en el pequeño manual de campo de Henry no venía.

Quizá en los textos apócrifos cythonianos.

Fuera lo que fuera, no me hacía ninguna gracia tener que enfrentarme a ello.

Pero aquel hijo de perra acababa de matar a un músico maravilloso.

Lo fulminé con la mirada, agarrando mi jopesh.

—Jack —dijo Chuey—, ese tío acaba de reconvertir luz… con esa especie de lámpara. Eso es manipular energía al nivel del CERN, ese, y lo único que tienes tú es una daga. Ve con cuidado.

El tanaturgo de la barba blanca y el traje de tres piezas sonrió impasible y levantó una mano.

—Ahora que cuento con su atención, ¿podemos hablar?

Vino derecho hacia mí, cruzando la guarda como si nada. Mientras se aproximaba, distinguí un colgante del Shiguan en una elegante cadenita del chaleco. Casio, Church, Dama y Chuey formaron una línea protectora para detenerlo.

—No pasa nada —les dije.

—Señor Jack Solomon —dijo el hombre, deteniéndose delante de Church—. Tengo una propuesta para usted.

Pasé entre Chuey y Dama.

—¿Y tú eres…?

Él suspiró y puso los ojos en blanco.

—Soy sir Joseph Swan. —Al ver que yo no reaccionaba, frunció el ceño y continuó—.

Yo le di al mundo la luz eléctrica, señor Solomon.

Sin duda, usted creerá que ese honor le corresponde a Tom Edison.

Pero eso es porque su educación moderna le atribuye el mérito al muy malnacido por hacer poco más que robar patentes de mis diseños.

Yo sabía bastante sobre Edison, pero ya ni me acordaba del nombre de aquel payaso, así que me limité a asentir.

—Señor Solomon —prosiguió—, estoy aquí para hacerle una última oferta de paz.

—Eso ya es un poco distinto de la nota que dejasteis clavada con un cuchillo en la puerta del Caballo de Hierro —repuse.

—Tampoco mucho. El caso es que el señor Brach tiene unos recursos inconmensurables tanto en el mundo tanatúrgico de abajo como en el mundo mortal más amplio de arriba. Por ejemplo, con el grupo de heavy metal Vida Por Muerte. Ha oído hablar de ellos, supongo.

—Sí. Me presentaron a su cantante.

—En ese caso, sabrá de su éxito. Seis discos de estudio. Giras internacionales. —Swan se aproximó otro medio paso hacia mí—. Podrían necesitar un vocalista nuevo, señor Solomon. Alguien que componga material nuevo para su próximo disco.

Había visto a los Vida Por Muerte un par de veces en el Black Heart.

Eran bastante buenos, pero su cantante era drogadicto.

Le había visto consumir. Casi podía visualizarme a mí mismo en el escenario con ellos.

Funcionaría, sabía que funcionaría, aunque tuviera que ponerme lápiz de ojos.

Pero no iba a permitir que me dieran nada sin ganármelo.

—No.

Swan insistió.

—Usted está destinado a algo mayor, señor Solomon.

Deje atrás la tanaturgia y su pequeño garito de conciertos, traspase el Caballo de Hierro al Shiguan.

Cuidaremos bien del legado del señor Wilkinson.

—Se inclinó hacia delante—. Y, antes de responder otra vez, pregúntese si no era esto lo que quería en realidad, de todos modos.