Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

La extensión de una guarda se deriva del número de almas en sus dominios, pero es posible extenderla mediante la luz de las almas que residen dentro del contorno de su cuidado.

W ILLIAM M URDOCH , luxógrafo cythoniano

en jefe, Los efectos de la luz acumulativa

A las diez en punto, Church se reunió conmigo en el lado izquierdo del escenario del Caballo, donde abrió la cerradura y levantó la trampilla que bajaba a los Peldaños Abismales.

Me había dicho que esos escalones descendían hasta el fondo de la historia de Londres, hasta sus secretos y sus silencios más antiguos.

Hasta cosas de las profundidades más oscuras que quizá prefiriesen que las dejaran tranquilas.

Y, sin embargo, yo me sentía atraído hacia ellas.

—La renovación de la guarda se divide en dos partes —dijo, sacándome del trance—. Puedo ayudarte con la primera parte, y confiaremos en que eso nos proporcione el tiempo que necesitamos para deducir la segunda.

Entonces me llevó por los peldaños de tierra hasta una puerta de piedra sin pomo. En la penumbra, trazó una sucesión de figuras en ella con el dedo. La puerta chirrió al abrirse hacia dentro y un aroma a tierra y raíces secas nos bañó por completo.

—No se lo digas a nadie —susurró—, pero la puerta se abre con solo trazar las palabras: «Por favor habla conmigo otra vez te necesito».

Era el estribillo de la canción I Need You de The Who. ¡Cómo no iban a ser los Who! Estaba claro que iba a encontrar recordatorios de mi amigo por todas partes.

Entramos en una bóveda formada por completo de fría tierra tallada, salvo por un túnel de piedra en arco.

Church sacó una fina linterna y me guio por él.

El túnel se abría a una gruta circular que debía de tener unos treinta metros de diámetro y diez de altura.

Olía a marga reciente y a roca antigua. Me llevó por el perímetro hasta el lado opuesto, donde encontramos otro tramo de escalera descendente.

—Son los Peldaños Abismales —dijo—. Hay una puerta como la que acabamos de cruzar en todos los niveles de los estratos. Mismo cerrojo de traza. —Luego cruzó hasta el centro de la gruta y volvió su linterna hacia mí—. Por aquí.

Lo seguí, notando que se me empezaban a erizar los pelillos de la nuca.

—Esta cámara es única, Jack, porque su suelo está consagrado.

—Se agachó y bajó la mirada al suelo de tierra—.

Alberga los recuerdos de quienes han defendido el Caballo de Hierro y todas sus permutaciones a lo largo de los milenios.

Todas esas permutaciones son musicales en cierto modo, además, y todas fortifican su intención original.

—¿Que es cuál?

—Ser un refugio seguro, un baluarte contra la tiranía, consagrado por el sufrimiento de inocentes en este preciso lugar.

Cuadraba bastante bien con la sensación que estaba dándome.

—¿Qué se supone que tengo que hacer?

—Para la primera parte, solo poner las manos en la tierra. Sentirla. Dejar que te sienta ella a ti. El Caballo de Hierro tiene que aceptarte antes de que se te permita renovar la guarda.

—¿Y si me rechaza? —pregunté.

—Sinceramente, no tenemos plan de reserva. Así que ya estás dándolo todo, como suele decirse.

Nada de aquello venía en los libros.

—¿Hay alguna cosa que debería saber antes?

—Concéntrate para poder percibir su voz.

—¿En la tierra?

—Sospecho que has visto un montón de cosas a una luz completamente nueva en los últimos tiempos. —Church empezó a retroceder—. Deja que tus pensamientos salgan. Encontrarán un hogar.

Me arrodillé y, poco a poco, hundí los dedos en la marga. Casi de inmediato, mi visión explotó. Con un tropel de imágenes y sonidos, estuve en más de cien momentos distintos en aquella misma tierra.

El aroma a corteza de roble y paja húmeda, el roce del viento y el siseo de la lluvia, el ocaso carmesí y el duro mediodía amarillo.

Vi a refugiados marchando desde colinas boscosas, llorando, con ásperos sacos a la espalda; ancianos rezando en monumentos de piedra; soldados descansando junto a un arroyo, espada en mano; niños en camisón leyendo libros de curvadas páginas amarillas; familias acurrucadas cerca de fuegos de cocina para resguardarse del gélido viento.

Quise ayudarlos. Sentí que Henry quería que los ayudara.

Cuando separé las manos de la tierra, empezó a agitarse y moverse.

Un momento después emergió en forma humana, arremolinándose, convirtiéndose en una figura tras otra, mujer, infante, hombre.

Algunas sonreían, otras lloraban, otras parecían asustadas, otras desafiantes.

Profundos tonos de tierra cambiante se alzaban desde sus gargantas.

Algunos intentaban la mano hacia mí y su brazo era una espiral de tierra y arena, granulosas y efímeras.

Otro momento y todos los rostros y las formas se estabilizaron en la de una mujer hecha de arremolinada tierra. Se alzaba encorvada, macilenta. Incluso con el cambiante movimiento de su cara, parecía cansada y débil. La mujer centró su atención en mí, aunque no tenía ojos.

—¿Quién eres? —le pregunté.

Soy la guarda de estos terrenos , dijo dentro de mi mente.

—¿Cómo puedes…?

Las paredes y el techo de la gruta parecieron desaparecer, y de pronto estaba arrodillado en un camino enfangado bajo un cielo gris lluvioso.

A mi alrededor, varias chozas ardían pese a la lluvia.

Decenas de personas yacían heridas y sangrando.

Algunas gemían. Otras guardaban silencio.

El fragor de los casos remitía a ecos. Entonces la mujer, con el pelo embarrado y la cara cubierta de sangre, empezó a cantar.

El mundo en torno a mí se transformó con las fluctuaciones de su melodía y se transformó en el Prado de Asfódelos. Las almas se ponían en pie para dejarse llevar por los vientos a la montaña de fuego… hasta que su canción las invitaba a regresar.

Pero no volvían a sus efigies como había hecho yo.

En vez de eso, una tras otra, sus almas se unían a la de ella, cada una avivando su brillo.

Cuando lo hubieron hecho todas, la canción de la mujer moduló, el Prado se desvaneció y ella volvió a estar en el barro bajo la lluvia.

Allí, un hombre de aspecto simple con un largo chaquetón pasó con suavidad un vistoso cordel carmesí alrededor de la mujer.

Al terminar, los extremos cayeron a plomo, se hundieron en el suelo como cadenas de ancla y ella dejó de cantar.

Las imágenes y los sonidos cesaron y me vi de nuevo arrodillado en la gruta, contemplando el semblante de tierra arremolinada de la mujer.

El sacrificio de todos ellos consagró esta parte del ensangrentado suelo del antiguo Londres contra todo intento futuro de conquista que pudiera hacerse sobre él o su gente. Eso es lo que somos. Y así es como protegemos nuestro hogar.

Mi mente iba a mil por hora, estableciendo conexiones entre lo que acaba de mostrárseme y lo poco que había aprendido del padre Kincaid sobre guardas espirituales.

Te he mostrado nuestro pasado. Ahora te mostraré el tuyo.

De pronto me sentí como si estuviera mirando por un espejo a mi yo de diez años. De hecho, era mi reflejo en la ventana del hogar de mi infancia en la calle Ciento siete. Vi al pequeño yo apoyado en el respaldo del sofá.

Mi madre salía marcha atrás por el camino.

Lloraba al volante del viejo Dodge. Echó mano al asiento trasero en busca de un pañuelo de papel y entreví la marca de nacimiento con forma de salpicadura de vino que tenía en la nuca.

Me cogí el cuello, donde yo tenía la misma marca, y chillé contra el cristal pidiéndole que volviera.

Me eché a llorar mientras el coche se alejaba.

Entonces el recuerdo cambió a otro sitio.

Me agarré la muñeca y le chillé a la mujer de tierra:

—¡No!

Hay más.

—No puedo…

Me agaché y apreté la frente contra el frío suelo para aliviar la palpitación tras mis ojos.

Eres demasiado prisionero de tu propia historia para ser custodio de la nuestra .

Alcé de nuevo la mirada hacia ella.

—Se avecina una guerra y tengo que reforzarte contra ella. Hay gente que cuenta conmigo. —Había gente que había muerto por mí—. Por favor, dime cómo puedo ayudar.

Eso forma parte de tu prisión, Jack, creer que satisfacer las necesidades ajenas de algún modo sanará la necesidad insatisfecha del chico de la ventana.

Era demasiado para asimilarlo.

—¿Y cómo lo hago?

Debes empezar perdonando a quienes te han abandonado .

En el instante en que lo dijo, supe que tenía razón.

—¿Y si no puedo?

Entonces estamos perdidos.

—Lo intentaré con…

La guarda se sacudió como si la hubieran golpeado. Llovió tierra de ella.

—¿Qué pasa? —Miré alrededor por la gruta—. ¿Estás bien?

Nos atacan. Estrato Moderno. Tin Pan Alley. Ayúdanos.

Se derrumbó al suelo, y el limo y el polvo se alzaron arremolinados en torno a mí.

—¿Qué ocurre? —vociferó Church desde la pared.

—Están atacando la guarda. Estrato Moderno. Tenemos que ir.

Church subió corriendo los escalones de la gruta.

Al cabo de poco, regresó con Casio, Dama y Church, que llevaba su bate de béisbol.

Church cruzó al otro lado y apretó una piedra negra cerca de los Peldaños Abismales.

Una sección de la pared retrocedió y se deslizó hacia la izquierda, revelando un armario de armas grande y bien iluminado.

—Jack —dijo Church—, tu jopesh nueva es de acero tanatúrgico, mucho mejor que nada que tengamos aquí. Pero tú, Chuey, no vas a ser muy efectivo en los estratos solo con un bate. Rápido, elige arma.

—Esto me habría venido bien un poquito antes —dije.

—Quizá —convino Church—, pero no era algo que pudiera compartir hasta que el Caballo te perteneciera.

—¿No hay catalizadores? —pregunté.

—Hay otro armario de catalizadores —dijo Church—, pero solo Henry tenía la llave. Tendrás que ir a un mercado de catalizadores nada más puedas. De momento, la afición de Henry por el coleccionismo es toda una suerte para nosotros.

En el armario había kakute japoneses, anillos con pinchos, y un terciado italiano, con su único filo muy serrado, y una cimitarra estilo Zulfiqar, y una docena de armas más.

Chuey sacó un macuahuitl azteca, una gran pala cuyo borde estaba recubierto de obsidiana afilada.

Había una calavera con ojos de turquesa incrustados tallada en el lado plano.

—Una vez le expliqué a Henry las historias que me contaba siempre mi abuela sobre el macuahuitl. —Chuey lo sostuvo en alto y lo contempló—. ¿Creéis que Henry sabía que algún día iba a hacerme falta?

Desde luego, parecía que Henry había planeado cosas por anticipado. Me encogí de hombros en respuesta a la pregunta de Chuey.

—Escucha, colega, no llevas cordel de reflejo, así que aquí arriba, en nuestro mundo, ves las cosas como los tanaturgos quieren que las veas. Pero esto del Pacto del Enigma solo se aplica a nuestro mundo.

Chuey sopesó su macuahuitl.

—Así que abajo, en los estratos esos, por fin voy a ver las cosas tal y como son.

—Puede hacerse raro.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Buscaré a gente famosa.

Yo saqué del armario una vaina para mi jopesh y me la metí por la cintura de los tejanos en la parte de atrás.

—Vámonos.

Mis amigos desenfundaron las armas. Yo encendí el Zippo y tracé la llave de palabras sobre la puerta que daba a los Peldaños Abismales. Luego, juntos, iniciamos el descenso hacia Tin Pan Alley.