Capítulo 28
Las escrituras sagradas humanas proponen que toda transgresión empieza en el corazón. Esa verdad ilumina oportunidades para el tanaturgo dispuesto.
Textos apócrifos de la teoría de la sombra:
Discusión sobre potencialidades umbralógicas
C hurch no había llegado todavía a la zona de conciertos del Caballo de Hierro. Así que me quedé en el centro del suelo vacío, degustando el aroma almizclado a sudor y humo y cerveza derramada. Qué buen olor.
Alguien se había olvidado de recoger los cables de ampli y guardar los pies de micro después del último concierto. Subí al escenario de un salto y me puse a hacerlo, enrollando los cables en círculos manejables, enderezando los pies y colocándolo todo en su sitio.
Cuando terminé, me quedé plantado en el centro del escenario, contemplando el espacio vacío en el que cientos de amantes de la música se agolpaban para ver y escuchar a los mejores grupos en ascenso.
Nunca me cansaba de aquella emoción latente.
Estar en el escenario se me antojaba un milagro.
Era como una vida nueva cada vez que salía a compartir mi música, creyendo que las canciones importaban, que quizá siguieran vivas en la gente después de terminar el bolo.
Church pasó por la cortina, con la cartera bajo el brazo y su puro en la boca.
—Siempre pareces muy cómodo ahí arriba, Jack. Me recuerda a cómo estaba yo con mi mujer y los pequeños después de un buen día en el juzgado.
Llevó dos sillas al centro del suelo desierto y me indicó que fuese a sentarme. Bajé de un salto y ocupé mi asiento. Apreciaba mucho a Church, aunque fuéramos tan distintos como el tweed y el cuero.
—¿Alastair Cooper, letrado?
Church soltó una risita.
—Ejercí como abogado un tiempo antes de… bueno, antes de morir.
—Suena a que esa no es toda la historia —dije.
—¿Qué tal si dejamos el resto para otro momento? Baste con decir que el viejo nombre me permite trabajar en los juzgados de aquí arriba. Pero, con toda franqueza, ser Church es más divertido.
Tenía la sensación de que iba a necesitar las dos partes de él.
—Bueno… cuéntame sobre Henry.
—Muy bien, Jack, te lo voy a decir sin rodeos: ahora el Caballo de Hierro es tuyo.
Metió la mano en la cartera y sacó una tabla sujetapapeles con unos documentos pinzados. Al parecer, el temor de Brach acerca de que yo fuese la «persona de referencia» de Henry sí que tenían su base. Le conté a Church la aparición de Brach en la morgue.
—Pero no se llevó nada, ¿verdad?
—Nada, pero ¿qué podría estar buscando?
Church se inclinó hacia mí sobre su bastón.
—Podría haber ido esperando encontrarme a mí, el albacea de la voluntad de Henry.
—Se acarició la barba—. Pero creo que Henry también guardaba una copia perecedera de sus códigos de acceso en la billetera.
Quizá estaba ahí el cierre de la guarda de los Peldaños Abismales.
En todo caso, llega tarde. Henry te ha legado el Caballo a ti.
Tendría que habérmelo esperado, viniendo del viejo Henry.
—Es mucha generosidad —dije—. Y no estoy nada seguro de saber llevar un pub y una sala de conciertos, incluso si media clientela no estuviera muerta ya.
—El Caballo tiene su papeleo y su parte de negocio, claro. Va todo incluido en la propiedad. Pero también tenemos, como bien sabes, personal veterano que puede ayudarte a que la transición sea fluida, mejorando lo presente.
—Creo que sí que podría hacer algo en la parte de los conciertos —dije—. Contratar grupos y a técnicos de sonido y luz, esa clase de cosas.
—Pues claro que podrás. Pero no fue tu experiencia con la música, ni siquiera la fe de Henry en que regresarías como tanaturgo, lo que lo llevó a dejarte a ti el Caballo de Hierro.
Esperé. Church pasó el pulgar por el borde de los papeles.
—Reconoció en ti una cualidad particular, Jack. Quería que quien siguiera aquí después de él fuese alguien que gestionara el local, y te hablo tanto de su gente como de su propósito, con verdadero cariño y preocupación.
Alcé la mirada hacia el escenario, por detrás de Church.
Yo apreciaba mucho a Henry. Apreciaba mucho el Caballo de Hierro.
Pero era solo un compositor. Todo lo que había hecho en la vida, incluso trabajar allí, había sido por mi música.
Era lo único que conocía, lo único que se me daba medianamente bien.
Pero aquel lugar había pasado a ser lo único que se interponía entre el Londres de siempre y una guerra que acabaría con miles de vidas y tendría por objetivo implementar la visión de Brach para la ciudad.
Y, una vez establecida, su revolución doblegaría todas las mentes a su voluntad, empezando… por la música.
Enganché un dedo bajo los coleteros de la muñeca, anticipando su impacto contra la piel… y entonces recordé la cálida mano de Henry sobre la mía en el camerino, unas noches antes.
«Todos terminamos donde se supone que debemos estar».
Solté las gomitas elásticas.
—¿Quieres que firme alguna cosa, entonces?
Church hurgó en su cartera y sacó unos papeles.
—Que Dios te bendiga, Jack, siempre guiándote por el corazón.
Era la razón de que los Sabuesos me hubieran echado.
Como aquella vez que les prometí pedir a Church que nos ayudara a constituirnos en sociedad legal, pero entonces el friegaplatos de Henry lo dejó y acabé ayudando en la cocina los siguientes meses.
O como todas las veces que había faltado a los ensayos del grupo por ayudar a amigos del Caballo de Hierro con la mudanza o lo que fuera. O como no terminar nunca mi canción.
Y, antes de eso, por mudarme a Londres desde un principio.
Tras el funeral de mi hermano Dan, supe que tenía que dejar la ciudad.
Alejarme de verdad. La noche de mi vuelo a Heathrow, fui a decirle a mi padre que me marchaba.
Esperaba que me echara la bronca del siglo.
Pero, en vez de eso, me llevó en coche al aeropuerto.
No hablamos en todo el trayecto. Pero, ya en la acera de salidas de LAX, nos sentamos un momento más en silencio y luego me dio una palmadita en la pierna y dijo: «Vete, hijo.
Persigue eso tuyo. Prueba a ser feliz. O más feliz que yo, al menos». Era el mejor recuerdo suyo que tenía.
Una parte de mí se preguntó si cuando firmara esos papeles, a pesar de lo que había dicho Henry, estaría dejando para siempre mi música, justo por lo que había abandonado todo lo demás. Pero pensarlo era demasiado doloroso justo en ese momento.
—¿Algo de esto nos ayudará a proteger la guarda de Brach? —pregunté por fin.
—Antes de pasar a ese tema, ¿puedo pedirte un favor?
—Dale.
—En algún momento mañana, si hay tiempo, te agradecería mucho que visitaras el crematorio de Golders Green.
En su testamento, Henry pedía que, cuando estuviéramos seguros de que no regresaría del Prado, incinerásemos su cuerpo, para que no pueda usarse con ningún propósito perverso, y que esparzamos una parte de sus cenizas en el mismo sitio de Golders que las del señor Keith Moon.
Henry me había llevado allí muchas veces para ver la placa de Moon y hablar del hombre, de su música… y más o menos de todo lo demás.
—¿Serías tan amable de elegir la urna? —me pidió Church.
Y la pagaría de mi bolsillo, incluso si tenía que vender un ampli.
—Cuenta con ello.
Church se pasó el puro de un lado de la boca al otro.
—Pues vamos con lo demás. Dadas las maniobras contundentes que hay contra el Caballo de Hierro, no podemos permitirnos ningún intervalo en la propiedad.
—Me puso el sujetapapeles en el regazo y me pasó una estilográfica negra.
Firmé y le devolví la pluma y los documentos—.
El testamento también te concede sus habitaciones en St. Giles, de las que Henry era propietario por completo.
Pasaría un tiempo antes de que pudiera vivir donde había vivido Henry.
—Dudo que los títulos y las escrituras vayan a detener a Brach.
—Acabas de satisfacer los requerimientos legales.
Sin embargo, la continuidad de la guarda requiere algo más.
—Señaló con el bastón hacia la escotilla, a la izquierda del escenario, que bajaba a los Peldaños Abismales—.
Eso nos llevará a la gruta que hay bajo el Caballo, donde podremos empezar la renovación de la guarda.
Pero no será hoy. Hoy comeremos lasaña y recordaremos a Henry.
Lasaña.
Volvimos al pub y pasamos lo que quedaba del día contándonos historias sobre Henry y comiendo hasta que ya no pudimos ni levantar el tenedor.
Cuando todo el mundo se hubo ido, cerré con llave y regresé al camerino.
Estaba cansado, pero no somnoliento. Probablemente, porque al día siguiente bajaría por los peldaños.
Así que me senté en el viejo sofá verde y me puse otra vez con los libros de Henry, a taraleer hasta casi las tres de la madrugada antes de quedarme dormido.