Capítulo 27
La maduración de un espectro resulta de su consumo de otros espectros y semblanzas, habitualmente para satisfacer su única necesidad particular y enloquecedora.
Autor cythoniano anónimo,
La maduración de los espectros
C asio y yo evitamos a dos tanaturgos shiguanos y media docena de vestigios suyos que vimos merodeando por la barrera del Caballo de Hierro, que cruzamos justo al doblar por la calle Manette.
Había retrocedido más de treinta metros por ese lado desde la noche que me atacaron.
Se nos terminaba el tiempo a marchas forzadas.
Ya en la puerta del Caballo de Hierro, me volví para mirar a los shiguanos.
—Oye, Casio, ¿te importaría montar guardia aquí? Por si acaso.
—Me parece prudente. —Casio puso la espalda hacia la pared como un centinela—. Si me necesitas, da una voz.
—Gracias —dije, y entré.
Por pura costumbre, miré hacia el sitio donde habría estado Henry. Iba a echar de menos verlo allí con su sonrisa fácil, secando vasos.
Dama estaba en la esquina del fondo con Delain y Sherzer, ambos sentados en los catres que había contra la pared.
Fui hacia ellos y, de camino, saludé a Westy, Ella, los gemelos Parley y un puñado de caras nuevas que casi con toda seguridad estaban allí a consecuencia de la guarda menguante.
Dama estaba vendándole el brazo a Delain cuando llegué.
Los dos vestigios hicieron ademán de levantarse.
—Qué va, qué va, tranquilos —dije—. ¿Cómo os encontráis?
—Bien —respondieron casi al unísono.
Dama siguió trabajando.
—Te abrazaría, querido, pero me pillas un poco ocupada.
—¿Abrazarme? ¿Por qué?
—Resulta que después de la guerra —contestó ella—, entré a trabajar en el Hospital de Niños Expósitos de Bloomsbury.
Allá por… 1741, creo que fue. Qué niños más bonitos.
—Dama fijó una prótesis mecánica de tres puntas al muñón del brazo de Delain y empezó a envolverla con un vendaje compresivo—.
Cuando morí, acabé en el estrato de mi era.
Durante casi un siglo, estuve viendo cómo llegaban semblanzas infantiles una y otra vez, con el corazón roto al pensar que estaban entrando solas en los estratos.
Entonces, un día, un tanaturgo apareció con una propuesta: me ofreció los recursos para ayudar a niños abandonados arriba a cambio de mis servicios atendiendo a sus vestigios apaleados.
—Dio un golpecito en la prótesis de Delain y la soltó—.
En algún momento te conseguiré una mano de carne y hueso.
No quise ni imaginarme de dónde podría sacar Dama una mano humana.
—¿Cómo terminaste en el Caballo? —le pregunté.
—Después de pasar años a su servicio, le dije a mi vinculador que no quería seguir colaborando en su interminable cruzada y, en menos que canta un gallo, dejó de renovar mis vínculos.
Habría ido resbalando hacia la nada si Henry no me hubiera rescatado.
Más o menos como acabas de hacer tú con estos dos.
Dama se levantó y me dio ese abrazo. Por encima de su hombro, en su sombra proyectada por la luz de las velas, reparé en una cicatriz particularmente larga que parecía estar suturada de algún modo, con un hilo plateado que mantenía cerrada la herida.
Algo me dijo que aquel era su momento primordial, pero, como parecía desgarrado y cosido, elegí no profundizar más.
Delain levantó la prótesis de tres puntas. Parecía un tenedor enorme y afilado.
—Supongo que me vendrá bien —dijo con una sonrisa—. Aunque era mi mano buena para las pintas.
Sherzer soltó una risita, incluso mientras pasaba una mirada cauta, de explorador, por todo el mundo.
Aproveché para dar un vistazo disimulado a la sombra de Delain y la de Sherzer, proyectadas en el borde de sus catres. Tenían pautas y oclusiones como todo el mundo, entre ellas las cicatrices más oscuras de los momentos primordiales.
En la sombra de Delain, vi la imagen de un hombre que supuse que sería su padre. Llevaba kilt escocés y se enfrentaba a unos bandidos mientras ella se abrazaba a una muñeca. Sentí en ella un profundo orgullo por él.
En la sombra de Sherzer acechaba la vergüenza de que los chicos listos lo marginaran porque a él le gustaban los deportes de contacto. Eso y las incontables peleas con matones callejeros en un lugar llamado «la Milla de la Muerte» antes de que lo reclutara el Servicio Aéreo Especial británico.
Las imágenes no estaban claras del todo, porque eso requeriría farol y piedra fantasma, pero las velas me mostraron bocetos de esos momentos.
Cuando alcé la mirada, vi a Church en su mesa de siempre y a Chuey entrando por la puerta, con un bate corto asomando de su mochila.
—Dama, Chuey, ¿tenéis un minuto? —les pedí.
Cruzamos el pub y nos metimos en el reservado de Church, el de metal clásico, con parches de Manowar, Dio y todos los demás cosidos en el viejo tapizado rojo de vinilo.
Sobre la mesa, la vela brillaba con fuerza dentro del protector de cristal peruano de Henry, perteneciente a su colección de distintos países. Church se inclinó hacia delante.
—¿Cómo lo llevas, chaval?
—No muy bien.
—Pues venga —dijo Church—, suéltalo.
No había una forma buena de decirlo.
—Henry está muerto… y Jimmy también.
La mano de Dama se enroscó sobre la mía. Chuey se quedó muy quieto.
—Mierda, Jimmy también —dijo él.
Yo no añadí nada por el momento. Había tenido muy poco tiempo para asimilarlo.
Ellos también necesitaban el suyo. Aun así, compartirlo me trajo de vuelta todos los sentimientos en doloroso tropel, y deseé con todas mis fuerzas que hubiera algún grupo atronando en el escenario de la sala de conciertos.
Al cabo de un tiempo, Church carraspeó.
—Cuéntanos lo que ha pasado.
Había estado temiendo esa parte.
—Después de disparar a Henry, lo metieron en una caja fuerte de hierro y lo hundieron en el Támesis. A Jimmy parece que lo ha matado el mismo espectro que posiblemente invoqué yo al renacer.
Otro silencio corto cayó entre nosotros.
—Todos queríamos a Jimmy. —Dama me apretó los dedos—. Pero ni se te ocurra responsabilizarte de su muerte.
—Exacto —dijo Church—. Jimmy habría sido el primero en quitarte una idea como esa de la cabeza.
—Puede. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Jimmy está muerto, y yo soy culpable al menos en parte.
Church apoyó los antebrazos en la mesa y entrelazó los dedos.
—Mira, chaval, por esa regla de tres, aquí somos todos crucificadores. Hay una diferencia enorme entre la culpabilidad y la causalidad, y esa diferencia está toda en la intención.
Chuey golpeó los nudillos en la mesa.
—Ya lo creo que sí.
Después de eso, nadie dijo nada durante unos minutos y, en ese silencio, me fijé en que los vínculos de Dama estaban un poco apagados. Church y ella no solo habían perdido a su amigo, sino también a su vinculador.
Estiré las manos y, con delicadeza, toqué los cordeles de sus muñecas.
Mi mente se llenó de recuerdos de ensayos con el grupo y de los primeros bolos.
Los símbolos brillaron y la marca de Henry, las manos suplicantes, se convirtió en un calderón, el símbolo que parecía pertenecerme a mí.
No me gustó nada verlo cambiar. Me parecía como un insulto a Henry.
Pero terminé, y el esfuerzo dejó más huecos en mi interior, allí donde habían estado los recuerdos.
Solo sabía que había perdido algunas cosas buenas y pequeñas, y anhelaba saber cuáles eran, porque de algún modo me sentía un poco menos yo mismo.
El manual de campo decía que a veces los recuerdos podían restaurarse.
En general, con la ayuda de un sacerdote.
Kincaid sería fan de los Stryper, pero yo no estaba preparado para convertirme en un beato.
El caso era que no podía hacerlo yo solo, que era la razón de que la mayoría de los tanaturgos utilizaran la energía de una tercera alma para revitalizar a un vestigio, si es que lo hacían.
Por fin me recliné para recuperar el aliento y dejar que se me calmara el corazón.
Church y Dama me sonrieron. Mirando alrededor por el Caballo, reparé en la cantidad de clientes que tenían vínculos.
—Church, ¿todos esos vínculos pertenecían a Henry?
Él asintió.
—Así es, chaval.
—¿Y cómo se ocupaba Henry de tantos vestigios? —pregunté.
—Muy fácil, en realidad —dijo Dama—. Los quería, igual que te quería a ti.
¿Cómo había querido Henry a tanta gente, si yo solo había conseguido hacerles sitio a unas pocas personas? Dejé estar esa cuestión y puse a mis amigos al día acerca de todo lo demás, incluida la promesa de la presera de capturar al espectro.
—También ha venido a vernos a nosotros —dijo Dama—. Es un pelín comedida para mi gusto, pero no me parece mala persona de la que hacerse amiga.
Después les conté lo que había visto y oído en los estratos, mi pelea contra Bazalgette, los cadáveres en el agua y todo lo que sabía sobre la revolución de Brach, aunque cumplí mi promesa a Emaline de no mencionarla.
—Válgame el cielo —dijo Church, quitándose el puro de la boca—. Por lo que cuentas, los resentimientos del pasado han crecido a base de bien, hasta declararle la guerra al mundo de arriba.
—¿De verdad? —Chuey se pasó una mano por el pelo rapado—. Pues vaya, eso deja la guerra territorial de Los Ángeles a la altura de una partida al Risk.
Forcé una sonrisa.
—Bueno —dijo Dama—, yo no pienso arrodillarme ante Brach. Y dudo mucho que nadie de la gente de Henry vaya a hacerlo tampoco. Y eso significa que, si Brach gana, tendrá que expulsarnos a todos. Y, siendo así la cosa, mira, de perdidos al río.
—Tal cual —asintió Church—. Yo estoy con Thomas Jefferson en estas cosas: practicaré la hostilidad eterna contra toda forma de tiranía sobre la mente del hombre.
Chuey puso una mano en el mango de su bate.
—Yo ya me pegaría con ese tío solo por querer controlar nuestra música. Pero a mi abuelo se lo cargaron fusilado en el paredón por discrepar con un dictador. Así que a ese payaso más le vale quedarse en su madriguera.
Eso no iba a pasar.
—Bueno, yo no dejaré que Henry se quede sin vengar. No sin luchar, por lo menos. Así que tengo que demostrar que Brach fue el responsable.
Church volvió a ponerse el puro en la comisura de la boca.
—Pues entonces, toca mantener el tipo, chaval. ¿Qué tenemos que hacer?
—Supongo que todo el mundo está muy nervioso, sin saber qué le ha pasado a Henry.
—Miré alrededor por el pub otra vez. No quería hacer un anuncio general, porque me parecía demasiado brusco—.
Iré mesa por mesa para contarle a todo el mundo lo de Henry y lo de Jimmy, y de paso revincularé a quienes lo necesiten.
Church, cuando termine, ¿nos vemos en la sala de conciertos?
Es más tranquila, y así tendremos un poco de intimidad para terminar esa conversación que teníamos por teléfono.
—Muy bien —dijo Church—. Henry dejó unas cuantas disposiciones listas. Pero antes tengo que coger unas cosas del despacho de atrás. Luego nos vemos.
Justo entonces, tres tíos que llevaban delantal blanco de repartidor entraron en el Caballo, cargados con bolsas de comida.
—Ah, estupendo —dijo Chuey—. He pedido lasaña para todo el mundo. En mi familia, el duelo se pasa comiendo. Así que ahora comeremos por Jimmy también.
Echó a correr hacia la cocina para sacar platos. Chuey y yo habíamos comido lasaña juntos muchas más veces de las que habríamos querido.
Fui en primer lugar a la mesa de thrash, donde Westy, Ella y los gemelos Parley estaban enredados con su antiguo debate, el de talento contra formación.
—Eh, ¿puedo hablar con vosotros un minuto?
Sin levantar la voz, les conté las noticias.
Westy hundió la cara en las manos. Los otros se me quedaron mirando, como esperando que lo retirara todo.
A la luz de las velas, observé la sombra de mis amigos thrasheros.
Westy había sido huérfano. Ella había jugado al fútbol profesional y esperaba poder hacerlo de nuevo.
Y a los gemelos Parley los habían echado de casa por hacerse religiosos.
Mirar sus momentos primordiales era como abrir el diario de un amigo.
No solo porque quizá viera situaciones que eran tristes o trágicas, ya que otras muchas estaban llenas de esperanza y pasión, sino más bien porque no estaba nada convencido de que debiera estar viendo aquello en absoluto.
Eran secretos que ni siquiera los amigos compartían siempre.
Pero si era pecado escrutar en el corazón de mis amigos para aliviar su dolor, aceptaría encantado el golpe cuando llegara la penitencia.
No podía mirar hasta el fondo del todo, pero sí lo suficiente para orientarme un poco a la hora de intentar consolarlos.
Cuando terminé, Westy levantó la cabeza.
—Gracias, Jack —dijo, y los otros lo imitaron.
—No se merecen, tíos. —Miré sus vínculos—. ¿Alguien necesita que le refresque los cordeles? Sin ataros a nada.
Soltaron una risita por mi chiste malo. Solo Ella necesitaba un poco de atención a sus hilos. Otro recuerdo perdido, otro hueco dentro de mí. Ella empezó a parlotear sobre su regreso al campo de fútbol. Qué feliz parecía.
Las otras mesas resultaron ser igual de difíciles, impartiendo trocitos de mí mismo, descubriendo las esperanzas y los miedos secretos de las personas a las que llamaba amigas.
¿Cómo había cargado Henry con semejante responsabilidad increíble mientras mantenía esa sonrisa fácil en el rostro a todas horas?
Yo no era Henry. Y, al terminar, estaba hecho una piltrafa.
Me sentía como si hubiera corrido dos kilómetros.
Pero me quedé un ratito más en el pub, no para recobrar el aliento, sino porque no sabía si estaba preparado para oír lo que tantas ganas tenía Church de contarme sobre las disposiciones de Henry.
Luego crucé la cortina de terciopelo hacia la sala de conciertos.