Capítulo 26
De la Interminable Oscuridad salió una hueste de espectros y otras criaturas viles. Jack el Loco reunió un ejército de semblanzas con la luz y el sonido de su gloriosa gaita. Luego, espada ropera en mano, los encabezó y acabó con la amenaza.
Narración de la defensa del Estrato Moderno
por parte del canciller J ACK C HURCHILL
(recogida por agentes del cabildo como prueba
de complicidad con los espectros)
C asio y yo encontramos mis libros tirados por el suelo y un par de sillas caídas.
Mi lámpara de bota de bronce estaba tumbada, con la pantalla hecha trizas.
Los asientos y los respaldos del sofá estaban arrancados, en el suelo.
Y la mesita de caja de naranjas, la planta de eucalipto y todo lo demás estaba destrozado.
Volví de golpe la cabeza hacia la esquina y suspiré de alivio. Mi guitarra seguía ilesa donde la había dejado, junto a la ventana. Mientras Casio cerraba la puerta, Lakshmi se enderezó desde detrás del sofá cama. Me sobresalté y moví mi jopesh hacia ella.
—Tranquilo, señor Solomon.
Casio dio un paso en su dirección.
—¿Qué ha pasado?
—He seguido a un espectro hasta su piso, pero, Jack… he llegado tarde.
—¿De qué está hablando? —le pregunté.
—Prepárese —dijo ella, señalando hacia la cocina.
Un par de piernas sanguinolentas calzadas con Doc Martens yacían en el umbral de la cocina. Era Jimmy.
—Siento no haber llegado a tiempo de impedirlo —añadió Lakshmi.
—Jimmy, no…
De pronto me dolió el cuello y apreté tanto los dientes que me rechinaron mientras contenía un chillido.
El dolor de perder a alguien palpitó de nuevo en mi cabeza, y unos dolores agudos me perforaron las sienes como clavos al rojo vivo.
Me dieron ganas de vomitar. Cerré los ojos e imaginé el Raining Blood de los Slayer, pero no podía oírla.
Sacudí la cabeza y por fin chillé unas notas.
Casio vino a mi lado y me puso su enorme mano en el hombro otra vez. Como antes hacía Henry.
Henry, y ahora Jimmy. Me apoyé en Casio para no caer al suelo.
Cuando abrí los ojos, Lakshmi estaba mirándome, pero tuvo la decencia de contener las preguntas que le veía en la cara.
Solo podía pensar en la canción de Jimmy el día antes, aquel recuerdo de una carrera de vehículos caseros, y en la sonrisa de sus ojos mientras la cantaba.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—El señor Bates se ha defendido bien, considerando que luchaba contra un espectro.
Quizá el cerbero había venido otra vez a por mí.
—¿Cómo sabes que era un espectro?
—Los espectros dejan un rastro cuando se dedican a asuntos mortales.
Sus sombras crean una especie de huella, una sombra fantasmal.
Pero las sombras fantasmales se desvanecen.
Por eso procuramos inspeccionar los escenarios del crimen cuanto antes.
Este escenario, de todos modos, lo había manipulado alguien antes de que llegara yo.
Alguien ha limpiado el piso entero con luz de farol. No quedará mucha cosa.
—¿Por qué iba a hacer nadie algo así? —pregunté.
—Para impedirme que encuentre al espectro, ya que, si lo hago, impediré que lo mate a usted. —Me sostuvo la mirada con firmeza—. Ya le dije que había actividad espectral por la zona. Este no es su primer encontronazo con un espectro, ¿verdad, señor Solomon?
Tenía que confesar.
—Me ha atacado tres veces un ser, una especie de perro enorme.
—¿Tres veces?
Le dije los momentos y los lugares.
—Pero esta vez yo ni siquiera estaba. ¿Por qué matar a Jimmy?
—No lo sé. Oportunidad, tal vez. Supongo que era un conocido suyo.
—Un amigo.
Tuve que reconocerle el mérito de no decirme que quizá, si me hubiera sincerado con ella antes, Jimmy podría seguir vivo.
Volvió a acuclillarse para seguir estudiando el cuerpo ensangrentado de Jimmy.
Le habían arrancado el brazo, la cabeza solo estaba sujeta al torso por un trozo de esófago y su sangre manchaba todo el suelo de linóleo. Lakshmi miró una nota en su móvil.
—Hubo un ataque anoche muy parecido a este en Kingston. Sucedió poco antes de que ese perro pasara por delante de su piso.
Asentí.
—Angela DuFresne. A ella también la conocía.
—Sé de espectros capaces de cubrir distancia muy rápido —dijo ella—, pero no tanto.
—Y lo más seguro es que esté herido.
Le conté el enfrentamiento en Westminster. Lakshmi alzó la mirada, boquiabierta.
—¿Ha luchado contra ese espectro?
—Casio y yo, sí, aunque no pudimos matarlo.
—Pero sobrevivieron.
No supe distinguir si me consideraba valiente o idiota, así que solo asentí.
—Por lo que tengo entendido —dije—, lo más probable es que fuese mi renacimiento lo que lo trajo aquí arriba, y seguirá viniendo a por mí hasta que acabemos con él.
Casio lanzó una mirada a la puerta.
—Debería vigilar el callejón por si vuelve.
Le di las gracias y salió a la calle.
Entonces por fin me arrodillé al lado de Jimmy.
Su cuerpo estaba roto en unos ángulos que no debería ser capaz de poner.
La sangre se había secado alrededor de su boca, su nariz y sus ojos.
Saqué el Zippo, lo encendí y lo sostuve tras su cuerpo.
No sabía lo que pensaba que iba a ver, pero aquello estaba convirtiéndose en lo que me parecía adecuado hacer.
Su corta sombra era de un gris sin vida, con la brillante pauta de vals parada. Pero había una cicatriz que no había visto antes allí, irregular y abierta.
—¿Qué es esto? —pregunté a Lakshmi, señalando la cicatriz.
—Es justo lo que parece —dijo ella—. El espectro no solo se ha llevado parte de la carne de su amigo, sino también su espíritu.
—Pero ¿por qué Jimmy? —pregunté de nuevo.
—Dice que era amigo suyo. —Lakshmi pensó un momento—. Es posible que lo que sea que tiene usted en común con el espectro también lo compartiera con su amigo.
—Ayer escribimos juntos una canción.
Entonces recordé a Angela DuFresne, y el momento que habíamos tenido juntos en el camerino del Caballo de Hierro, y eso me llevó al ataque de espectro sobre la orquesta en el Estrato Moderno.
—A lo mejor no solo me persigue a mí —dije—. Puede que vaya a por cualquiera a quien le encante componer música.
—Es posible —asintió Lakshmi.
Cerré el Zippo y miré a Jimmy como había mirado a Henry una hora antes.
Gente importante en mi vida con la que ya nunca volvería a hablar, ni a cantar, ni a pasar el rato después del cierre en el Caballo.
El silencio del sufrimiento me acosó y sentí como si la presión de mi cabeza fuese a agrietarme el cráneo.
Me di bien fuerte con las gomitas del pelo. No sirvieron de mucho.
—Henry también está muerto. Vengo de identificar su cuerpo en el depósito. —Callé un momento—. Pero al menos su asesino está muerto también.
Ninguna de las dos revelaciones pareció nueva para Lakshmi.
—Siento mucho lo del señor Wilkinson. Era un hombre decente.
—Respiró—. Murió en una caja fuerte al fondo del Támesis.
Quienquiera que lo metió ahí sabía que, incluso si regresaba del Prado de Asfódelos, se ahogaría de inmediato.
Y daba igual cuántas veces se ahogara y volviera, porque en algún momento…
dejaría de hacerlo. En algún momento dejaría de intentarlo, o el viento lo arrastraría hasta el fuego.
—¿Estás buscando al responsable de todo ello?
—Lo que me permite el tiempo —respondió ella—. Los preseros ya tenemos pocos recursos en general que dedicar a todo el crimen tanatúrgico, así que imagínate con el aumento radical de incidentes que ha habido estos últimos años.
—¿Y si te dijera que creo saber quién ordenó el ataque contra Henry y contra mí?
—Te preguntaría si tienes pruebas.
—Un equipo de recuperación shiguano puede haberlas destruido hace muy poco.
Lakshmi se levantó y guardó el teléfono.
—En todo caso, quienquiera que os mató a ti y al señor Wilkinson no se ocupará de expulsar a este espectro, aunque haberlo invocado sea responsabilidad suya en última instancia.
—Porque eso lo delataría como nuestro asesino, ¿verdad?
Lakshmi asintió.
—Por tanto, el mejor uso de mi tiempo es perseguir yo misma al espectro, ya que, hasta que lo atrape, van a morir más inocentes.
—Eso es innegable. —Me arrodillé y estuve otro minuto frotándome las sienes, intentando sin éxito quitarme el dolor. Había gente muerta por mi culpa. Al final me puse en pie—. Te ayudaré.
—Comprenderás que, si lo haces, se aplica la misma lógica. El Cabildo podría interpretar tus esfuerzos por cazar al espectro como un intento de limpiar después de un crimen. —Entornó los ojos—. Sea cierto o no, te deja en bastante mal lugar.
Ya había cruzado más líneas de las que podía contar. Con aquella, desde luego, no iba a vacilar ni un segundo.
—He dicho que te ayudaré.
Lakshmi casi sonrió.
—Daño no hará.
Bajé la mirada de nuevo hacia Jimmy.
—¿El espectro que ha hecho esto se consideraría maduro?
Lakshmi me miró.
—¿Por qué lo preguntas?
Le expliqué lo que sabía sobre la guarda del Caballo de Hierro y mis esperanzas de renovarla.
—Incluso sin tener en cuenta las numerosas dificultades que plantea lidiar con un espectro —dijo ella—, es difícil saber lo maduro que es a partir de una sombra fantasmal manipulada. Quizá podría verse con luz tanatúrgica, pero yo no la uso y tú aún no la tienes.
Se refería a la luz generada al quemar piedra fantasmal en un farol tanatúrgico, como me había enseñado Brach cuando nos conocimos.
—Pero ¿es posible?
—Quizá —respondió ella.
—Pues entonces, a lo mejor podemos usar este espectro para renovar la guarda.
—A lo mejor.
Me prometió que enviaría un equipo a ocuparse del cuerpo de Jimmy y que se pasaría después a ver cómo estaba yo por el Caballo de Hierro. Luego me dejó en la silenciosa compañía de mi amigo muerto. La vieja ansiedad y el dolor volvieron tan fuertes que empezaron a pitarme los oídos.
La guitarra de Jimmy, su preciosa Martin, yacía en el suelo más allá de él, junto a mi minihorno. Fui hasta allí, abrí la funda y encontré el instrumento de Jimmy intacto, igual que el mío. Saqué la guitarra, volví al lado de mi amigo, rasgueé un acorde de re menor y lo dejé sonar.
Entonces me arranqué con su tercera estrofa, tan limpia como pude. La carrera de vehículos caseros.
Deseé con toda mi alma que, desde algún lugar, Jimmy pudiera oírla.