Capítulo 25
Es posible santificar suelo sin demasiados problemas, pero el suelo consagrado es otra cosa muy distinta, pues no todo suelo está dispuesto.
E DWIN , primer abad de Westminster, Diarios
C aídos al suelo de la estación de bombeo, los vestigios de Bazalgette se emborronaron igual que había hecho Casio la noche en que nos conocimos.
Chillaron y se retorcieron sobre los azulejos húmedos mientras sus semblanzas azules empezaran a desgarrarse de sus cadáveres.
Casio bajó la mirada a sus pies y suspiró.
—Ah, mierda.
Me arrodillé al lado de Rapado, recogió sus vínculos y volví a ponérselos en el cuello. Mientras lo hacía, el recuerdo de mi hermano Mark pasando un sábado entero conmigo en el muelle vino y se fue. Mi corazón dio un brindo y respiré hondo. Rapado dejó de sacudirse y se quedó quieto, mirándome.
Hice lo mismo por Trenzas, atándole el vínculo de la mano de la espada al codo. El recuerdo de mi tía Gloria ahuyentando a unos chicos que me habían perseguido hasta casa se avivó y desapareció. Otro vacío.
Aquellos vestigios seguían heridos, pero al menos no iban a perderse para siempre. Eché la espalda atrás, dando bocanadas, sintiéndome un poco más débil, un poco más frío.
Casio se acuclilló a mi lado en el suelo húmedo.
—¿Estás bien?
—Creo que sí.
—Bien —dijo—. En ese caso, explícame, por favor, a qué ha venido eso.
—No sé, tío.
Negué con la cabeza y le dije que no quería que esos dos lo perdieran todo por mí. El centurión lanzó una mirada hacia los vestigios.
—Estás mostrando empatía humana hacia unos seres nigrománticos que no te habrían salvado a ti.
Suspiré. Casio negó con la cabeza.
—Tarde o temprano —añadió—, no te quedará más remedio que expulsar una semblanza de un vestigio.
Ya había leído esa palabra.
—«Expulsar» es una palabra demasiado limpia para referirse a matar a alguien.
—De todos modos…
—No será hoy.
Casio se levantó, con la espada colgando a un lado.
—Bueno, Jack Solomon, diré que al menos me alegro más de conocerte hoy que ayer.
—Gracias, colega —dije, todavía intentando recobrar el aliento—. Pero explícame una cosa. ¿Las semblanzas saben en qué se están metiendo? Cuando las vinculan, digo.
—La mayoría lo consideran un riesgo aceptable —respondió Casio—, porque creen que ocupar un cuerpo real mejorará sus posibilidades de seguir camino.
Me volví hacia los dos vestigios, que aún me miraban boquiabiertos.
—¿Vosotros dos trabajáis para el Shiguan?
—Lo hacíamos hasta que nos has revinculado —dijo Rapado.
Le abrí el cuello de la camiseta.
—No llevas tatuaje del Shiguan.
—Algunos de nosotros nos quedamos sin marcar —respondió él—. Para trabajos discretos.
—¿Por qué nos has salvado? —preguntó Trenzas.
Solté una risita.
—No era el día de vuestra muerte, supongo.
Los vestigios miraron a Casio, con los ojos como platos. El centurión rio.
—Es… poco convencional, pero genuino.
Rapado se puso en pie.
—Me llamo Sherzer.
Trenzas lo imitó.
—Delain.
—Encantado de conoceros a los dos —dije.
—Ahora que llevamos tu marca, ¿nos cuentas qué representa? —preguntó Sherzer.
—¿Mi marca?
Casio cogió la muñeca de Sherzer y me señaló un símbolo de su vínculo, la notación musical del calderón.
Lo había visto aparecer en los hilos de Casio la noche que había renovado sus vínculos, y el manual de campo decía que cada tanaturgo tenía su símbolo único. Le vi sentido a que aquel fuera el mío.
—Es un calderón o fermata —les expliqué—. Viene del verbo «quedarse» en italiano. —Miré el símbolo del calderón que llevaba tatuado en el dorso de la muñeca—. Para mí representa aguantar, resistir cuando las cosas se ponen feas.
—Mantenerse firme —añadió Casio.
Asentí y miré hacia el asesino de la pintura de cadáver, que ya no era más que un montón de cenizas.
—¿Casi y yo solo llevábamos aquí unos minutos y, por pura casualidad, os presentáis aquí para llevaros el cuerpo?
Sherzer se guardó sus palos en unas fundas que llevaba a la cintura.
—Bazalgette tiene una célula durmiente que va alimentando sus bañeras. Controlamos las transmisiones de la morgue. Hacemos operaciones de recuperación.
—¿Qué querrás tú que hagamos? —preguntó Delain.
Sus vínculos habían pasado a ser míos, igual que los del centurión. Sentí una presión de responsabilidad hacia ellos también, y me pregunté si mi padre se habría sentido igual sobre los chicos que luchaban por él.
—Que vayáis al Caballo de Hierro, en la calle Manette —les dije—. Allí estaréis a salvo. Preguntad por Dama. Ella se ocupará de vuestras heridas. —Empecé a marcharme, pero me detuve—. ¿Podríais testificar contra Brach sobre el intento de asesinato?
Me miraron con el rostro inexpresivo.
—No sabemos nada de ningún intento de asesinato —dijo Sherzer al cabo—.
Solo hacemos recuperación de cuerpos. Pero, si intentabais llevaros el cuerpo de un asesino del Shiguan…
—Señaló las cenizas de Carafantasma—. Bueno, en ese caso acabáis de enemistaros con todos los shiguanos de los estratos.
La voz correrá rápido. Bazalgette tenía razón: más vale que no os entretengáis aquí.
Era buen consejo.
—Bueno, en ese caso —les dije—, supongo que sabéis en qué os estáis metiendo. Y conmigo, las cosas son bastante simples. Si vosotros cuidáis de mí, yo cuido de vosotros. ¿Guay?
Sherzer sonrió.
—Guay.
Delain me hizo una inclinación.
—Podemos hablar después si queréis —dije—. Pero, de momento, parece que mejor nos largamos.
Subimos por la escalera metálica hasta la oscuridad sedosa. Saqué el Zippo de nuevo. El pequeño don de la llama estaba resultando ser todo un tesoro. Lo encendí y, con la ayuda de Casio, seguí ascendiendo, seguido por Sherzer y Delain.
Al llegar arriba, me detuve el tiempo necesario para llenarme los pulmones de aire unas cuantas veces. Luego nuestros nuevos amigos encontraron una salida trasera y se marcharon hacia el Caballo mientras Casio y yo recorríamos a toda prisa el pasillo hacia la puerta de la sala de autopsias.
Antes de que llegáramos siquiera, Cage la abrió y susurró:
—Deprisa, no os quedéis en el pasillo.
Entramos.
—Tenemos que irnos rápido —dije—. ¿Los objetos personales de Henry?
Cage se peinó el bigote.
—Ay madre. Resulta que, hace apenas unos minutos, alguien ha presentado un recurso contra su legitimidad para reclamar los efectos personales. En teoría, debo quedármelos hasta que haya…
Ya me había enemistado con la ley a ojos del inspector Bryant. ¿Por qué no seguir la costumbre con los tribunales?
—Usted señáleme dónde están y ya los cojo yo. Puede decirles a las autoridades que los he robado.
Cage indicó la esquina de su mesa. Corrí hasta allí, cogí un gran sobre de papel manila y regresé a la puerta.
—Le acompaño en el sentimiento —dijo Cage.
A apenas un par de metros, el cuerpo de Henry yacía en la fría mesa metálica. Aquel era un lugar triste. Me despedí en silencio y Casio y yo salimos enseguida de la morgue.
Llamé a Chuey para contárselo. Él también había querido a Henry. Hablamos un momentito y quedamos en ponernos al día en el Caballo. Luego Casio y yo recorrimos dos manzanas, llegamos a un pequeño patio y nos sentamos en un banco junto a un gran seto al sol de la tarde.
La realidad de la muerte de Henry estaba en aquel sobre sin escribir, y eso pesaba y dolía más que cualquier otra cosa por la que hubiera pasado en los últimos tiempos.
No necesitaba hacer aquello en esos momentos, pero quería.
O quizá sí que lo necesitaba. Con dedos temblorosos, quité el cordelito y abrí la solapa.
Con delicadeza, fui sacando todo el contenido a mi regazo: la cartera de Henry, sus llaves y dos papelitos.
Aquello era lo que Brach quería tener con tanta desesperación.
Uno de los papeles era una cita plastificada de Keith Moon: «Me encanta ver reír a la gente y me encanta más si puedo hacerles reír yo».
Era la cita favorita de Henry. Se la había oído decir mil veces.
El otro papel era ilegible, la tinta demasiado emborronada por el agua del río.
En su cartera había tres fotos empapadas. Una era de Martha, su esposa, sentada a un piano, encarada hacia una ventana. Otra era del escenario del Caballo de Hierro, borrosa, pero habría jurado que tocaban los Who. En la última salíamos Henry y yo cargando un arcón de guitarras en una furgoneta.
«Te echo de menos, Henry».
Había unas cuantas tarjetas muy apretadas en la billetera. Las saqué y fui hojeándolas despacio. Una era de una tienda de antigüedades. Otra era de un abogado, un tal Alastair Cooper. Los abogados guardaban secretos a sus clientes, ¿verdad? A lo mejor el tal Cooper sabía algo que pudiera ayudarnos.
Saqué el teléfono —en teoría era sumergible hasta dos metros, y parecía que por una vez el fabricante no mentía— y marqué el número de la tarjeta. Respondió una voz conocida.
—Alastair Cooper. ¿Quién es, si me permite la pregunta?
—¿Church?
Un momento de silencio al otro lado de la línea.
—¿Eres tú, Jack?
—Church, ¿cómo es que la tarjeta de este abogado te llama a ti?
—Tengo un segundo teléfono que… —La línea volvió a quedar en silencio. Y luego—: Me cago en todo, te han llamado para recoger los objetos personales de Henry, ¿verdad? Jack, ¿cómo de rápido puedes venir al Caballo de Hierro? Hay cosas de las que tenemos que hablar ya mismo.
Esperaría para contarle que Brach andaba detrás de las cosas de Henry.
—Tengo que pasar por casa a darme una ducha y ponerme ropa seca. Llego en un cuarto de hora.
—Bien —dijo Church—. Ah, y Jack, deberías saber que algunos parroquianos no han aparecido hoy. Jimmy está entre los ausentes. Me da mala espina.
Me había olvidado de que le dije a Jimmy que se pasara ese día para dar otra clase en mi casa, que ya quedaba fuera de la protección de la guarda. La piel pálida de Angela en el agua me pasó un instante por la mente.
Colgué el teléfono y volví a embutir los objetos de Henry en el sobre.
Luego Casio y yo apretamos el paso hacia mi piso.
Cuando enfilamos por la calle Flitcroft, vimos que la puerta de la calle estaba abierta.
Jimmy no se la habría dejado así. Entonces algo se movió en la ventana.
Casio levantó su espada, yo alcé mi nueva hoja y, juntos, entramos en mi piso.