Capítulo 24
Entre los principales catalizadores tanatúrgicos se cuenta la daga jopesh, que debe forjarse a partir de la Interminable Oscuridad.
El arte de la fragua: Volumen sobre
formas de metal negro
M antenían una formación deliberada, dos delante y uno atrás, cortándonos el paso a la escalera para salir de la estación de bombeo. Me recordó a cómo me había atacado el equipo de secuestro fuera de mi casa.
El tío de la izquierda llevaba el pelo rapado y ropa militar negra: pantalones de amplios bolsillos, chaleco con más bolsillos y botas de suela gruesa. Era delgado, con la tez olivácea. Llevaba en cada mano un palo de metal con una bola en la punta.
A su lado, la mujer llevaba una túnica de cuero negro que se cerraba con una curva suave sobre su hombro derecho. Tenía el pelo oscuro recogido en dos largas trenzas. Mediría algo más de metro ochenta, con los hombros anchos y rectos, y empuñaba una espada larga y curva.
Tras ellos había un hombre con traje anticuado y barba estilo hulihee , larga por los lados y afeitada en la barbilla.
Era más alto que los otros dos, pero delgado y de mejillas sonrosadas.
En una mano medio levantada sostenía un farol largo y estrecho, en la otra un arco de violín.
De su cinto colgaba una jopesh negra y curvada, además de carretes de hilo.
Su farol proyectaba la sombra de los tres en el suelo de azulejos. Los dos luchadores eran vestigios. El hombre del farol, tanaturgo.
Yo seguía teniendo solo mi navaja, sin más catalizadores que el Zippo, si es que contaba. Casio me ayudó a bajar el cuerpo del asesino al suelo junto a un canal y se interpuso entre los otros y yo.
—Si tenemos que luchar —le susurré—, mi cuchillo no cortará ni sus vínculos.
—Deberías quedarte atrás de todos modos —me recordó Casio.
Quedarme en la retaguardia no era mi punto fuerte.
—Probaremos de otra manera. —Di un paso adelante y me dirigí al tanaturgo—. Creo que no nos conocemos.
Las pobladas cejas del tipo se arquearon.
—Soy Joseph Bazalgette, el ingeniero responsable de todo lo que ve usted aquí. Y usted, señor Solomon, está donde no debe.
—¿Me conoce, entonces?
—Sé de su existencia.
Asentí y miré alrededor por toda la instalación.
—Una obra impresionante.
Bazalgette torció el gesto.
—Por supuesto que lo es, aunque el mundo de arriba no utiliza esta estación en particular para nada, ni siquiera a modo de curiosidad histórica. Y las otras ahora son museos, menuda ridiculez.
—¿Las construyó usted todas? —pregunté.
El tanaturgo sonrió.
—El cólera estaba matando gente. La ciudad necesitaba un plan para las aguas residuales. Yo construí cientos de kilómetros de alcantarillado, además de media docena de estaciones hermosamente articuladas.
—¿Y las conectó al sistema fluvial de Londres?
—En este estrato, sí. Porque aquí, las masas son susceptibles a la influencia de la luz y las ideas de un buen ingeniero.
—Pero ¿todo esto no debería haber cobrado forma a partir de los recuerdos colectivos de las semblanzas del estrato?
—¿Cuántas semblanzas cree usted que recuerdan, o que les importa siquiera, una estación de bombeo? —Bazalgette soltó una risita—. Lo que hice fue conformar el pasado para construir un método de refrigeración expandible para vestigios.
Casio flexionó los dedos sobre la empuñadura de su espada.
—El agua helada los preserva como anfitriones viables —dijo.
Bazalgette pareció tomárselo como un cumplido.
—Las bombas del alcantarillado están modificadas para llevar agua gélida y libre de bacterias a las bañeras, lo cual impide la depredación y la abrasión.
El sistema de bañeras está conectado al Tyburn, que fluye desde debajo del palacio de Buckingham.
Si no le parece práctico, es que tiene menos luces que la mayoría.
—Ingenioso —dije.
—Tendría que haber visto lo que estaba haciendo aquí abajo antes de que a su mundo dejáramos de importarle yo y mis contribuciones.
—Seguro que era maravilloso. Pero esta vez se ha llevado un cadáver que podría ser una prueba en el homicidio de un amigo mío. Necesitaremos quedárnoslo un tiempo.
Bazalgette calló un momento.
—Típico. Aquí estoy yo, haciendo lo mejor posible con lo que tengo, cumpliendo con mis congéneres igual que hacía cuando salvé a Londres del cólera, y ahí está usted, anteponiendo sus necesidades a las nuestras, como siempre hace el mundo de arriba.
—Mire, no puedo…
—Su mundo no recompensó mis esfuerzos con nada salvo una placa en una callejuela apartada. —Bazalgette negó con la cabeza—. No, señor Solomon. No va a compelernos. Ahora mismo ya está incumpliendo varios protocolos del Precedente.
¿No podían las cosas ser fáciles, aunque fuese solo una vez?
—No tengo ninguna bronca con usted ni con sus amigos, ¿vale? Hasta le devolveré el cuerpo cuando hayamos terminado con él.
—No está en posición de negociar —dijo Bazalgette—. Y, si le soy sincero, señor Solomon, tampoco está en condición de enfrentarse a mí. Su vestigio está en inferioridad numérica, y resulta que sé que usted tiene muy poca experiencia en estas cosas.
—Casio sabe defenderse. —Pensé un momento—. Y, en cuanto a usted y yo, ¿cómo quedará si se sabe que ha retenido o destruido pruebas del asesinato de un tanaturgo? Me extrañaría mucho que el Cabildo lo aprobara. Si se marcha, olvidaré mencionarlo.
—No hay ninguna conspiración, señor Solomon. —Bazalgette alzó su farol—. Es solo como son las cosas.
—Escuche —dije, perdiendo un poco la paciencia—. Mi amigo ha muerto. No voy a intercambiar amenazas con usted. O nos deja marcharnos con el cuerpo o tendrá que intentar quitárnoslo.
Bazalgette frotó su farol con el arco. Un intenso haz de luz llegó a cada uno de sus dos vestigios. Ambos se enderezaron y levantaron las armas. Había sido un frote de refuerzo.
Los dos vestigios se separaron con intención de flanquearnos. Casio bramó su «Bratros» y el grito de guerra resonó por toda la estación de bombeo. Los vestigios se detuvieron, cruzaron la mirada y lo rodearon.
—Me ocupo de ellos —dijo Casio, y se movió a la izquierda.
Resistí el impulso de ir con él, por el momento.
El tío del pelo rapado atacó con sus palos.
Casio esquivó los golpes y le dio una estocada en el costado.
Mientras Rapado caía, la mujer de las trenzas lanzó un tajo hacia el cuello de Casio.
El centurión se agachó, pero resbaló en los azulejos del suelo y cayó de bruces cerca de los pies de Bazalgette.
El ingeniero sacó su jopesh e intentó cortar las ataduras de Casio.
Según la Ley del Precedente, yo no podía atacar directamente al tanaturgo. Pero tampoco pensaba quedarme de brazos cruzados. Saqué la navaja del bolsillo y la arrojé, sin abrir, hacia Bazalgette. Le dio en el pecho y atrajo su mirada furibunda hacia mí.
Casio aprovechó la distracción para golpear con su gigantesco puño la muñeca de Bazalgette y enviar su jopesh rebotando por el suelo. Detrás del centurión, Trenzas descargó su espada hacia la cabeza de Casio.
—¡Cuidado! —grité.
Casio rodó y se levantó de un salto en postura de combate. Mientras Trenzas y él se rodeaban entre sí, Bazalgette apuntó con su farol a Rapado y pasó el arco por una vara del marco de la lámpara. Sonó una nota inquietante y un rayo de luz puso en pie al vestigio. Vaya, hombre.
Yo no tenía catalizadores propios para hacer nada por Casio, pero capté un atisbo de la jopesh de Bazalgette cerca de la pared a mi derecha y me abalancé hacia el arma.
—¡Déjala estar! —chilló él.
—Casi que no —repliqué.
Levanté la hoja y rodeé a los dos vestigios, que estaban acorralando a Casio. Bazalgette tocó su farol de nuevo, una pasada feroz del arco por dos puntos de contacto. Un refulgente fogonazo de luz me escoció en los ojos, y solo pude ver oscuras y oscilantes imágenes residuales.
A unos palmos por delante de mí, las espadas chocaban y tañían. Retrocedí para dejar que los ojos se me readaptaran a la penumbra. Alguien gimió.
Cuando se me despejó la vista, encontré a Bazalgette con la mirada fija en los azulejos bajo mis pies. Dio una pasada inversa a su farol que disparó luz hacia mis pies. El suelo desapareció debajo de ellos y caí a la gélida agua del Tyburn.
Un destello cruzó la superficie encima de mí y entonces todo se volvió oscuro. El suelo se había cerrado de sopetón, encerrándome bajo el agua. Joder. En mis libros no ponía nada sobre aquel tipo de artes faroleras.
La corriente empezó a llevárseme. Sin soltar la jopesh, di un puñetazo hacia arriba contra la capa inferior del suelo, de madera mojada, sin ningún efecto. Empezaron a arderme los pulmones.
Rodando por el agua oscura, vi un tenue brillo. Nadé hacia él y ya casi había llegado cuando mis pulmones no aguantaron más. Inhalé una bocanada de agua y empecé a toser y a retorcerme hacia lo que confiaba en que fuese la superficie.
Salí a un canal alicatado, veinte metros corriente abajo desde el octógono. El tintineo del acero resonaba por encima de mí. Casio todavía luchaba.
Saqué el brazo a la pasarela adoquinada y me aupé a la fría piedra.
Tosí toda el agua que pude antes de echar a andar a trompicones de vuelta hacia la pelea.
Serpenteé entre las tumbas acuosas para llegar al octógono sin que me vieran y entré por detrás de Trenzas.
Di un tajo con la jopesh hacia su cuello y le corté el collar.
Se encogió como si le hubiera dado una descarga eléctrica y se volvió hacia mí.
Casio saltó entre ella y yo y le cercenó la mano de la espada, pulsera, arma y todo. La mujer se derrumbó aullando.
—Muy listo —dijo Bazalgette, que estaba al lado del cuerpo del asesino de Henry.
Rapado se abalanzó otra vez sobre Casio, blandiendo sus palos en rápidos arcos. El centurión paró, esquivó y luego atravesó las tripas del vestigio con su espada. El hombre se vino abajo sobre los azulejos mojados. Fui hacia él de un salto y corté su collar vinculante.
Oí el silbido de las llamas al encenderse y me volví. El cadáver del asesino estaba en llamas al lado de Bazalgette. El enfermizo olor de la carne quemada se extendió por el octógono.
Di unos pasos adelante, pero Casio me cogió el brazo y me retuvo.
—Es una llama tanatúrgica. No puede apagarse excepto con medios tanatúrgicos.
Vi cómo ardía la prueba que Emaline se había preocupado tanto en proporcionarme. Mierda.
Bazalgette sonrió a la luz de las llamas. Sostenía entre sus dedos los vínculos del asesino. Los hizo rodar adelante y atrás, como yesca, hasta que dieron un fogonazo y desaparecieron.
—Yo no me quedaría mucho tiempo —dijo, paseando como si nada hacia el camino empedrado. Se detuvo y miró atrás—. Por cierto, su transgresión del Precedente al atacar abiertamente a otro tanaturgo no ha pasado desapercibida.
Y desapareció por la alcantarilla septentrional que seguía el Tyburn hacia el palacio.
Cuando se hubo ido, me volví hacia sus guerreros vestigiales. Alzaron la mirada hacia mí con los ojos desorbitados mientras sus semblanzas empezaban a liberarse de sus cuerpos.