Capítulo 23
Las habilidades pertenecen al espíritu o semblanza, no al cuerpo que ocupan.
F LORENCE M ARRYAT , Espíritu y materia:
La lógica del amoldamiento
L a oscuridad de la escalera que descendía a los estratos me rodeó con su sedoso tacto.
Saqué el Zippo y lo encendí. Las paredes estaban alicatadas con azulejos de color verde vómito, la lechada marrón de moho.
El aire se notaba denso y húmedo, como el del vestuario de una piscina.
Con mucho cuidado, fuimos bajando los peldaños de hormigón, que giraban a un lado.
Al poco tiempo, el negro se volvió gris y el gris se volvió un nebuloso blanco.
Empecé a notar la cabeza como si alguien me hubiera dado con un bate en el cráneo. La visión se me hizo borrosa y un recuerdo volvió…
… miro a mi hermano Dan tendido en su ataúd. Podría estirar el brazo y tocarlo, pero sé que en realidad no está ahí. No la parte viva. Una pandilla rival se lo ha cargado. Pero necesito hablar con él. Era el único que me escuchaba…
En mi sombra, a partir de la oclusión grande, la cicatriz oscura y parecida a un lago, se extendió serpenteando otra herida, como un afluente. Refulgía de brillante color ámbar y la notaba en carne viva, como un nervio expuesto.
Me di en la muñeca con las gomas del pelo. No sirvió.
Canturreé un verso terminado de mi canción, pero fue más aspirina para una migraña. Un momento después, nuestros pasos tañeron en una escalera de caracol de acero.
Me agarré al pasamanos de hierro para conservar el equilibrio.
—¿Estás bien? —me preguntó Casio.
No lo estaba, pero teníamos que darnos prisa.
—Deben de estar cerca.
Seguimos adelante y pronto llegamos al Estrato Moderno, en concreto a una sala octogonal en el centro de una estación de bombeo de aguas residuales.
Londres había construido aquellas complejas instalaciones en el siglo XIX para lidiar con el enorme problema de alcantarillado conocido como el Gran Hedor.
Arriba ya no funcionaban. Había visitado unas cuantas en una gira organizada por la Biblioteca Británica.
En el perímetro del octógono había varias lámparas encendidas en apliques, que iluminaban intrincados herrajes, paredes de ladrillo, paneles y columnas en rojo, verde, marfil y oro.
Los colores parecían más vivos que en el mundo de arriba, como si los recuerdos vestigiales que creaban aquel lugar le confirieran un cierto romanticismo.
El hedor ya no estaba, y lo que quedaba era una catedral de detallada arquitectura románica que se extendía hacia arriba y hacia fuera en toda su radiante gloria.
Al contrario que en el mundo superior, los cuatro pasillos que salían del octógono tenían un pequeño canal que emergía en dos de ellos y desembocaba en los otros dos bajo el suelo del propio octógono.
Junto a los canales discurrían pasillos adoquinados que se extendían desde el octógono por una estación que tenía el tamaño de un gimnasio de instituto antes de desaparecer en alcantarillas de ladrillo.
Me sorprendió lo bien que olía el agua, en absoluto a cloaca.
Labrado en el hierro que recubría los cuatro lados cerrados del octógono estaba el símbolo shiguano.
Casio miró por toda la estancia.
—No los veo.
Fuimos por uno de los cuatro cortos pasillos que salían de la plataforma octogonal. Antes de llegar al final, Casio se detuvo en seco y estuve a punto de topar contra él. Se volvió y me puso una mano en el pecho.
—Creo que será mejor que me dejes seguir solo. Puedo registrar el resto de la estación sin ti.
—¿Qué es lo que no quieres que vea?
—Incluso para mí, es una visión impía. —Casio bajó la mano—. No creo que estés preparado para…
—Estamos perdiendo el tiempo —lo interrumpí, y pasé junto a él.
Incrustadas en el suelo de toda aquella instalación había centenares de pequeñas bañeras rectangulares azulejadas. Los canales de agua del río alimentaban el sistema de bañeras mediante docenas de canales secundarios menores. Y casi en cada bañera yacía un cadáver sumergido.
Me costaba respirar.
—Me cago en la…
Al otro lado del acuoso cementerio, unas enormes bombas destacaban en la penumbra, con sus pistones alzándose y cayendo a un lento ritmo mecánico, llevando el agua a los cuerpos.
—Sufran los dioses —murmuró Casio.
Por fin recobré el aliento.
—¿Por qué querría nadie almacenar tantos cuerpos?
Pero en realidad me hacía una idea. Cuando uno iba a la guerra, necesitaba un ejército.
Casio agachó la cabeza como en plegaria y no dijo nada.
Yo me agaché, con las manos en las rodillas, para recuperarme y respirar hondo unas cuantas veces.
—El plan para hoy no era buscar un cadáver en un cementerio inundado.
Encendí el Zippo otra vez y nos separamos en lados distintos del canal.
Pasamos junto a docenas de bañeras, pisando con cuidado el hielo que se había formado en el borde.
Siguiendo un pequeño canal secundario, fui mirando una cara pálida tras otra.
Unas cuantas me sonaban: Leinad Ke, fundador del servicio de streaming musical Banner, o Morris Williams, ministro británico de Industrias Creativas, Medios y Artes.
Había algunos más. Y luego, en la tercera hilera de bañeras, encontré a Angela DuFresne.
Como si me hubieran dado un puñetazo por sorpresa, me arrodillé, falto de aliento pero necesitando también decirle algo. A la oscilante luz de mi mechero, vi el relieve de las cicatrices blancas en sus antebrazos. Esa chica había sobrevivido a sus propios demonios solo para terminar allí.
Me aferré al borde de la bañera de Angela, notando el frío de los húmedos azulejos en los dedos. Se merecía algo mejor que aquello. Traté de encontrar una buena oración para ella. Al principio no me vino nada. Y entonces…
—«Cuando el frío acero tira, la sangre cálida parece una invitación que no puedes parar. Pero no te rindas. Vive otro día. Eres más que lo que pensaban otros».
Su letra.
Un dolor agudo me apuñaló el cerebro tras los ojos.
Me apreté las sienes con el pulpejo de las manos, pero no pude hacerlo parar.
Una oleada de náusea me embargó. Sintiendo una repentina debilidad, me fallaron las piernas y me derrumbé hacia delante, a la bañera.
El agua congelada me envolvió mientras caía al otro lado del cuerpo de Angela.
No me revolví ni pataleé. Solo… floté hacia abajo. Entonces la mano gigantesca de Casio entró en el agua, agarró el cuello de mi chaqueta y me sacó. Me tendió en los azulejos al lado de la bañera de Angela.
—¿Jack?
El dolor de cabeza se había reducido a la mitad.
—Estoy bien.
Noté que no me creía, pero me ayudó a levantarme.
—Ven conmigo.
Pasamos entre varias filas de bañeras y cruzamos una pequeña pasarela hasta una bañera rodeada de agua recién salpicada. Justo bajo la superficie del agua estaba el asesino de Henry. Le habían quitado los vínculos.
—Agárrale los pies —dije, agachándome para pasarle las manos por los sobacos.
Lo sacamos y lo tumbamos en el suelo. El maquillaje corrido hacía que pareciese un payaso loco. Registré sus bolsillos. Nada.
Entonces recordé una cosa que me había dicho Emaline sobre los vínculos de compulsión.
Saqué el Zippo otra vez, lo encendí y lo sostuve al otro lado de su casa.
Una sombra tenue se proyectó en los azulejos mojados.
No sabía lo que estaba buscando. Nada de lo que había leído o visto sugería que fuese a ver gran cosa en un hombre muerto.
Su sombra tenía el gris de los vestigios, pero petrificado, como atrapado en un momento del tiempo, en vez de ser un titilar de notas de brillo.
Aún tenía varias oclusiones dispersas por el gris.
Pero dentro de una de ellas sí que vi algo, un palpitar casi imperceptible, como el de un corazón latiendo al intervalo más largo y doloroso concebible.
Se extendía desde una cicatriz abierta con la forma aproximada de unas manos suplicantes que sostenían la hoja de tabaco de Brach, rodeada por una cadena.
Saqué el manual de campo del bolsillo. El agua perló las páginas cubiertas de resina y rodó por ellas. Pero no me hacía falta leerlo. Sabía por instinto que las cicatrices resultantes de «crímenes contra el alma» nunca sanaban por completo. Ni siquiera tras la muerte.
Y aquella cicatriz era una combinación de los sellos personales de Henry y de Brach. Suspiré aliviado. Por fin tenía la prueba que serviría para encerrar a Brach.
Aún mareado y con ganas de vomitar, me puse en pie.
—Llevémoslo arriba.
Cuando cargamos con el cuerpo de vuelta hasta el octógono, dos hombres y una mujer, todos vestidos con ropa oscura, nos esperaban en la escalera.