Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

La luz de un farol puede aplicarse a toda una plétora de tareas cambiando el frote del arco sobre el marco del farol: atacar, cegar, reforzar, ulcerar, purgar, revelar…

E DWARD E LGAR , El arte del arco

M enos de un minuto después de que se marchara Brach, el doctor Cage regresó apresurado a la sala de autopsias.

—Disculpen el retraso, caballeros, pero debo pedirles que me dediquen unos minutos más, por favor. —Volvió a peinarse el bigote con los dedos—. El caso es que, en mi trabajo, veo mucha muerte.

Me quedé escuchándolo, pero sin dejar de preguntarme si Brach habría urdido que pudiéramos tener unos minutos a solas en el depósito de cadáveres del forense.

—Donde quiero llegar —siguió diciendo Cage—, y creo que el inspector Bryant quería llegar a eso mismo, es a que los interrogatorios policiales y las identificaciones de difuntos dentro de nuestras salas de autopsias no son precisamente lo que dicta el protocolo.

Pero, en algunos casos, eludimos un poco las normas…

porque algunos de nosotros sabemos de su gente.

Lancé una mirada a Casio, y luego de nuevo al doctor Cage.

—¿A qué se refiere con que algunos de ustedes saben de nuestra gente?

Cage se tiró del bigote.

—Caballeros, por favor, no hace falta andarse con remilgos. Ni, desde luego, hace falta que se preocupen. No tengo ninguna intención de delatarlos. Tampoco es que fuese a hacerme caso prácticamente nadie.

Miré alrededor en la sala de autopsias. El cadáver de Henry, el cadáver de Carafantasma.

Y eso era solo en un día. Tenía sentido que un forense viera mucha muerte tanatúrgica en el trabajo.

El cura de Westminster, Kincaid, había dicho que la exposición repetida al Pacto del Enigma podía anular semblanzas, posibilitando que humanos como Cage o Bryant pudieran dejar de estar velados.

Y también tenía sentido que Brach se hubiera asegurado de que no estuvieran en la sala para hacer su visita.

—¿Delatarnos como qué? —pregunté de todos modos.

Cage suspiró.

—Su amigo va vestido de centurión romano, y lleva vínculos en las muñecas como los que he visto en muchos cadáveres que pasan por mis mesas.

Casio y yo nos miramos; ya no tenía sentido negarlo.

—¿El inspector Bryant lo ve también? —pregunté.

—El inspector Bryant no es tan consciente como yo, pero sí que investiga los suficientes casos como este para tener sus sospechas. No apruebo en absoluto lo que ha hecho hoy aquí, ojo, y menos teniendo en cuenta que usted, señor Solomon, figura como la persona de referencia del señor Wilkinson.

Volví la mirada hacia el cuerpo de Henry, tapado por la sábana. Brach ya lo había sospechado.

—El inspector solo intentaba provocarme, entonces.

—En efecto —dijo Cage—. Pero, aunque estaba obligado a permitirle su pequeño espectáculo, no me apetecía nada participar en él. —Nos indicó la puerta que teníamos detrás—. ¿Me acompañan, caballeros, por favor?

Cage nos llevó a un pequeño despacho con una mesa y una ventana que daba a la calle. Había un plano de Londres clavado a un tablero de corcho. Varias chinchetas señalaban puntos de la ciudad. Fui hacia el plano.

—¿Qué estoy mirando?

Mientras iba hacia su mesa, Cage explicó:

—Son los lugares en los que se han hallado cuerpos para los que tengo certificados de defunción formales previos a su llegada a mi mesa. En algunos casos, son cuerpos a los que he practicado la autopsia o a cuyo funeral he asistido.

Lo interrumpió el repicar de pasos apresurados y el traqueteo de ruedas metálicas en la sala de autopsias.

Me levanté de un salto y fui hasta la puerta, pero quienquiera que hubiese entrado ya no estaba.

Tampoco estaba el cuerpo del asesino de Henry.

Salí al pasillo y vi a tres hombres al final, muy lejos, doblando la esquina con una camilla.

Eché a correr tras ellos, seguido de Casio.

Llegamos a la esquina y vimos que uno de los hombres se echaba el cadáver al hombro y los tres salían a la carrera por una gran puerta metálica.

Aceleré hasta la puerta y bajé la mano de golpe sobre el picaporte. No se movió. Entonces reparé en la ranura para tarjetas electrónicas que había junto al marco en la pared.

Cage llegó corriendo por la esquina, jadeando, y se detuvo trastabillando a nuestro lado.

—Pasa demasiado a menudo. Cuando aviso por teléfono a las autoridades sobre cuerpos que llegan con hilo puesto…

—Señaló las pulseras vinculantes de Casio—.

Bueno, esos cadáveres tienden a desaparecer.

Alguien tiene pinchadas las comunicaciones de esta oficina y usa la información para mangar los cuerpos.

Le agarré el brazo.

—¿Qué hay detrás de esta puerta?

—No estoy seguro —dijo Cage—. Este edificio se lo arrienda el ayuntamiento a una sociedad de inversión. Mantienen dos sistemas de tarjeta llave completamente independientes. —Sacó su tarjeta—. Una para el laboratorio forense y otra para las puertas de este pasillo.

—¿Y usted nunca ha entrado en ninguna de estas salas?

Cage negó con la cabeza.

—Pregunté por ellas una vez. El administrador me dijo que están reformándolas, pero nunca he visto entrar ni salir a ningún trabajador.

Pensé un momento.

—Llévame a la sala de mantenimiento del edificio.

Cage asintió y corrimos por el pasillo hasta una pequeña puerta hundida.

Usó su tarjeta llave y entramos en un cuarto central de instalaciones.

Se parecía a una habitación que había en el Palladium, allá en Los Ángeles, donde había hecho de técnico de sonido unas cuantas veces para grupos en gira: tableros eléctricos, paneles de datos, climatización, lo típico.

—Esperemos que no fueran lo bastante listos como para tender una línea eléctrica dedicada. —Me volví hacia Casio—. Cuando corte la corriente al sistema de tarjetas llave, todas las cerraduras electrónicas se pondrán por defecto en abierto. Quien esté detrás de esa puerta sabrá que vamos para allá.

Casio desenvainó la espada.

—Habrá que ir rápido, entonces.

—Doctor Cage, vuelva a su despacho y espérenos ahí.

Cage se marchó a toda prisa hacia su laboratorio.

Corté la electricidad, saqué mi navaja y Casio y yo volvimos a la carrera hacia la puerta. Las luces de emergencia daban un tenue brillo cada tres metros por el largo pasillo.

—Déjame entrar primero —dijo Casio.

Asentí, abrimos la puerta y encontramos unos amplios peldaños que descendían a la penumbra de los estratos.

Mierda. Iba a tener que ir yo en cabeza, y la última vez no me había aclimatado nada bien.

Para colmo, supuse que en esa ocasión tendríamos que luchar para obtener lo que bajábamos a buscar.

Pero no era la lucha en sí misma lo que me preocupaba, sino mi falta de catalizadores para servir de algo en esa lucha.

—Vamos —dije, y empezamos a bajar por los escalones de hormigón a la oscuridad.