Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

El alma se compone en su mayor parte de memoria. Existe una fuente primera, más pura, pero tal fuente está conformada y a menudo corrompida por el proceso de recordar. Y la memoria, en sí misma, se compone de imágenes, palabras, sonido y emoción: colectivamente, de cambio.

J OHN L OCKE , Ensayo sobre el entendimiento

humano , edición de los estratos

B rach me saludó con un gesto de la cabeza, miró a Casio un momento y luego comprobó las fuentes de luz que había en la sala de autopsias, todo tubos fluorescentes fabricados por humanos, antes de pasar junto a nosotros hacia las mesas.

Incluso con la sábana puesta, Brach fue derecho hasta el cuerpo de Henry y se detuvo junto a él para contemplarlo.

Tras respirar hondo varias veces, retiró la sábana con un movimiento suave.

Sus labios se fruncieron en una sonrisa triste.

Luego, con delicadeza, puso una mano en la frente de Henry, se agachó sobre él y le susurró algo que no alcancé a oír.

Por un instante deseé que pronunciara alguna palabra como las que le había dicho a su farol y volviera a insuflar la vida en mi amigo muerto.

Que yo supiera, un tanaturgo de la talla de Brach quizá sería capaz de hacerlo.

Pero, al final, pareció que solo estaba despidiéndose.

Luego irguió la espalda, sacó una viola de su bolsa de cuero, desenganchó el arco del cinturón y afinó el instrumento en silencio.

Se puso la viola bajo la barbilla y paró un momento, con el arco situado sobre las cuerdas, como planteándose qué canción debería tocar.

Entonces empezó a interpretar una dulce melodía con un sosegado legato.

Las calmadas notas sonaban en un bello mi menor, y sentí un cierto dolor en los compases.

Me hicieron pensar en el funeral de mi hermano Dan, en cuánto lo echaba de menos, pero también en cuánto lo quería.

La música de Brach en ningún momento superó con mucho el susurro. Era hermosa. Y magistral.

Cuando terminó de tocar, guardó su instrumento, volvió a tapar la cara de Henry con la sábana y, muy despacio, regresó hacia donde estábamos Casio y yo.

—Era un hombre único —dijo.

—Eso desde luego. —Casi costaba creer que ese hombre fuese el mismo al que Emaline había acusado de orquestar el asesinato de Henry—. ¿Esa canción que ha tocado era la que Henry compuso para su hija Camilla?

Brach sonrió con tristeza.

—Sí que lo era. No la tocaba desde el día que Henry y yo la interpretamos juntos. Pero no he olvidado ni una sola nota.

—Hace cuatrocientos años —casi susurró Casio— serví a un vinculador al que llamaban el maestro John Dowland. Su canción melancólica me ha recordado al Lachrimae de Dowland. Me enseñó mucho sobre el poder de la música para responder a la aflicción.

Brach hizo caso omiso al cumplido.

—Había esperado que Henry pudiera sobrevivir al Prado. Pero podemos descansar sabiendo que ha vuelto a casa a través de los fuegos.

Dejé reposar aquello un momento. Todo el mundo tenía derecho al duelo. Pero Brach era el responsable de la muerte de Henry, y yo odiaba el mero hecho de que estuviera allí. Respiré hondo, pensando que quizá podría aprovechar la aparición de Brach para sacarle algo de información.

—¿Le han llamado para avisarle de lo de Henry o es que vuelve a ser usted todo oídos?

Brach enderezó los hombros.

—Eso vuelve a sonar peligrosamente próximo a la suspicacia, señor Solomon. Y yo podría hacerle a usted la misma pregunta, ya que parece haber llegado incluso antes que yo.

—A nosotros nos ha traído Scotland Yard.

Se me ocurrió que Brach había entrado en la sala de autopsias justo después de que se marcharan el inspector Bryant y el doctor Cage, y no parecía pura coincidencia.

—Ya veo —dijo Brach—. Pero ¿de verdad le sorprende que se me haya informado de la aparición del cuerpo, teniendo en cuenta que mi gente era la única que buscaba a Henry? Por no mencionar mi amistad de toda una vida con este hombre.

—Perdone. —Tenía que congraciarme con él—. Supongo que había esperado que lo encontrara usted antes de…

Brach me puso una mano en el hombro.

—Los dos lo apreciábamos. Como mínimo, eso sí que lo tenemos en común.

Me dieron ganas de apartarle la mano, y creo que Casio se dio cuenta.

—La suspicacia —observó el centurión— es una forma legítima de sobrellevar el duelo.

Brach me quitó la mano del hombro y se volvió para encararse hacia Casio. Se arrancó un hilo de la manga, hizo una bolita con él y la arrojó al suelo. Destelló con una breve voluta de llama, y Brach observó la sombra que proyectaba el centurión a su luz.

—A pesar del dolor que yo pueda sentir, vestigio, diría que tú apestas a traición. Por el bien de Jack, dado que ahora está al cargo de los Peldaños Abismales, espero que seas mejor vinculado con él que con quienquiera que sea la persona a la que serviste antes que a él.

Casio bajó la mirada y retrocedió un paso, con la mano temblando sobre el pomo de su espada. Pero había desviado de mí la atención de Brach durante un momento, que era lo que necesitaba.

—Yo respondo por Casio —dije.

Brach compuso una endeble sonrisa.

—Espero que sepan disculparme los dos. Nadie está en su mejor momento cuando se enfrenta a tanta desgracia, ¿verdad que no? —Calló un momento—. Debemos cantar un compás más noble, tal que no gimamos y sollocemos por un compañero caído como si le hubiese sucedido algo terrible.

Brach estaba citando la República de Platón. Si un libro tenía algo que ver con la música, lo más probable era que yo lo hubiera leído. Pero no estaba de humor para filosofar. Ni para fingir que lo que Henry había sufrido no fuera terrible.

—Mire, todos estamos teniendo un día muy duro. Si ya se ha despedido de él…

—En realidad, es una suerte que le haya encontrado a usted aquí, Jack.

Esperé.

—Ahora que, por desgracia, podemos confirmar que Henry no volverá —prosiguió Brach—, el asunto del Caballo de Hierro adquiere un apremio inconmensurable.

—Se alejó unos pasos y luego regresó—. Confieso que no solo he venido a presentar mis respetos, sino también a reclamar los efectos personales de Henry.

Como su más antiguo y querido amigo que soy, creo que…

—¿Está de cachondeo? —Meneé la cabeza—. ¿Quiere hacer esto aquí? ¿Ahora?

Casio me puso una mano en el hombro, igual que había hecho Brach, pero la mano de Casio me transmitió apoyo. Brach hizo un mohín.

—Henry, más que ninguna otra persona, habría querido prontitud con los asuntos del Caballo de Hierro.

El doctor Cage me había dicho que tenía cosas de Henry, pero eso Brach no podía saberlo. Estaba buscando algo en concreto.

—Escuche, acababa de interrogarme Scotland Yard como unos diez segundos antes de que se metiera usted aquí. De verdad que no quiero menospreciar su amistad con Henry, pero, si hubiera querido dejarle algo en herencia, creo que usted lo sabría. Esto da la sensación de ser otra cosa.

—Y aquí llega de nuevo su suspicacia —repuso Brach.

Vino hacia mí y se acercó mucho. La mano de Casio me apretó el hombro—.

¿Cuánto ha retrocedido la guarda del Caballo de Hierro solo en el tiempo transcurrido desde la última vez que hablamos?

¿Cien metros? ¿Doscientos? Y no parece que usted haya obtenido ni un solo catalizador siquiera.

Explíqueme qué está haciendo para preservar el legado de nuestro querido amigo.

Ahí tenía razón. Pero había algo que me reconcomía con su aparición allí.

No eran sus muestras de dolor: eso, al menos, sí que parecía sincero hasta cierto punto.

Era que, si de verdad estaba tras la muerte de Henry, ya habría tenido ocasión de llevarse sus objetos personales cuando lo hizo matar.

Así que quizá había salido algo mal en el asesinato, o alguien se había despistado.

Porque, aparte de la canción que le había tocado a Henry, Brach parecía casi molesto por tener que estar allí.

—No voy a discutirle que estoy muy verde en esto —dije—. Pero llevo toda la vida peleando, de un modo u otro. Y, aparte de eso, sé muy bien lo que son las disputas territoriales. Así que a lo mejor, si Henry confiaba en mí, usted podría darme un poco de margen, ¿no le parece?

—¿Disputas territoriales? —respondió Brach—. Peleas callejeras a pistola y navaja, querrá decir.

Lancé una mirada al cuerpo de Henry.

—Parece que, de pronto, mucha gente se sabe al dedillo mi historia personal.

—Los informes de los preseros sobre posibles sospechosos están siempre disponibles para los líderes de facciones, como también para la cancillería. Por supuesto que he indagado en su historia personal. Hay demasiado en juego como para no hacerlo.

Era evidente que Lakshmi tenía un archivo sobre mí que Brach había visto.

—No tengo nada que esconder.

—Ni que mostrar, por lo visto —dijo Brach.

Casio me apretó el hombro otra vez y hablé en voz baja pero firme.

—Si esta conversación ha degenerado hasta el punto de cruzar insultos, estaremos de acuerdo en que no es ni el momento ni el lugar para mantenerla.

Los ojos de Brach se entornaron y luego se relajaron.

—Como decía, nadie está en su mejor momento con tanta desgracia.

Era una buena frase, pero empezaba a darme la impresión de que Brach era así en realidad todo el tiempo. El líder shiguano volvió la cabeza y miró largo rato a Henry.

—Si alguien pudiera soportar esa inmensa suma de dolor siendo una persona cuyo horizonte abarcara miles de años, sin duda resultaría en una felicidad que la humanidad no ha conocido todavía: la felicidad de un dios lleno de poder y amor.

¿Qué se creía Brach que era, un dios?

—Eso ya lo había oído en algún sitio —dije.

—Es de Nietzsche —terció Casio—. Pero parafraseado, me parece.

Brach volvió la cabeza de nuevo hacia nosotros.

—En cuanto a los objetos de Henry…

Ese tío era como un perro con un hueso.

—Si me dice qué está buscando, puedo mirar a ver.

—Entonces, reconoce que es usted el destinatario legal de los efectos de Henry.

—Ni idea —respondí, mintiendo en parte. Cage nos había dicho que tenía objetos de Henry que darme—. Estoy diciéndole que acabamos de llegar. Hemos venido a identificar el cuerpo.

—Interesante —dijo él—, teniendo en cuenta que lo protocolario es que el forense recoja las pertenencias del difunto para entregárselas a su persona de referencia. Y está usted aquí. Lo que me indica que o bien miente, o bien es tonto.

—¿Tonto? ¿Por quedarme con lo que Henry tal vez quisiera que tuviese?

Brach puso una sonrisita divertida.

—No, tonto por no darse cuenta del peligro en el que está poniendo su mundo y el mío con sus sospechas y su falta de madurez tanatúrgica.

—Su tono se suavizó—. Le pido, Jack, que se plantee esto muy en serio.

Hay más en juego de lo que usted pueda saber.

Es necesario que confíe en mí, igual que hizo Henry cuando acudió a mí en busca de ayuda.

Podía tener razón. Y, pese a que ya me había leído casi todos los libros de Henry, además de su diario, seguía habiendo mucho que desconocía. Pero, al final, me dejé guiar por el instinto.

—No sé nada sobre los objetos personales de Henry. Aún estoy lidiando con el hecho de que haya muerto.

Brach tragó saliva y calló un momento. Luego sonrió.

—Por supuesto.

Había dejado estar el tema. De momento. Pero que me hubiera llamado mentiroso y tonto me irritaba.

Llamaron flojo a la puerta. Brach miró por encima de mi hombro y luego otra vez a mí.

—Estoy preocupado por usted, señor Solomon. Pero estoy aún más preocupado por el Caballo de Hierro. Volveremos a hablar pronto.

Pasó junto a nosotros y abrió la puerta. Al otro lado, en el pasillo, vislumbré dos figuras, pero no tuve tiempo de leerles la sombra antes de que la puerta se cerrara, dejándonos a Casio y a mí solos con el cadáver de Henry y el de su asesino.