Capítulo 20
Tomar una vida deja una mancha en el alma que infectará todo cascarón mortal que esa alma pueda habitar jamás.
D OROTHY H ODGKIN , La consecuencia del pecado
C asio y yo seguimos al inspector Bryant hasta la sala de autopsias en el Depósito Municipal de Londres.
Había cuatro mesas de acero inoxidable que parecían islas de cocina, todas en hilera.
Sobre cada una de ellas reposaba un cadáver.
A la derecha estaban las cámaras refrigeradas, con pizarritas numeradas del uno al cinco.
Tras esas puertas había compartimentos mortuorios apilados.
Junto a una puerta que daba a un despacho en el lado derecho, un hombre que tenía un bigote monstruoso colgó un teléfono de pared y se volvió hacia nosotros para presentarse como el doctor Giles Cage.
—Este es el señor Jack Solomon —dijo Bryant señalándome—. Viene a identificar el cuerpo del presunto tirador.
—Comprendo —respondió Cage, peinándose el bigote con los dedos—. En qué tiempos nos toca vivir, ¿eh?
Bryant sacó un cuaderno de su abrigo.
—Nadie ha tocado el cuerpo, ¿verdad? ¿Está tal cual lo encontraron?
—Según sus instrucciones, sí —dijo Cage.
Había algo que no encajaba.
—¿No hay visión en remoto? —pregunté—. ¿No hay cámaras?
—Mejor deje que las preguntas las hagamos nosotros —dijo Bryant.
Cage se apresuró a pasar junto a dos mesas de cadáveres hasta la tercera, donde había un cuerpo tendido bajo una sábana blanca.
Tuve una visión fugaz de la última vez que había hecho aquello.
Mi hermano mayor se había empeñado en que fuese a identificar a mi hermano Dan.
«Así aprenderás el precio», me dijo. El disparo se había llevado por delante la mitad de la cara de Dan.
Había esperado no tener que repetirlo nunca más, pero supuse que aquello era distinto.
Bajé la mirada para recobrar el aliento, pero fue un error. Pese a que había mangueras sujetas a las mesas, la sangre manchaba las baldosas, de enfermizo color verde, y a veces se acumulaba en pequeños charquitos que no drenaban bien.
—Antes de echarle un vistazo al cuerpo, tengo unas preguntas —dijo Bryant—. A no ser que quiera un abogado que le ayude a responder, claro.
—No tengo nada que ocultar —mentí.
—Bien. Empezaremos por el sospechoso y luego tendré una cosa especial que enseñarle. —Consultó su cuaderno—. ¿Dónde estaba usted entre medianoche y las seis de la mañana de hace dos días? —Desvió su mirada fría hacia Cage—. Es la hora aproximada de la muerte según sus estimaciones, ¿a que sí?
—Hum, s-sí —tartamudeó Cage—. Pero no creo que este sea el lugar adecuado para hacerle esas…
—Será rápido —lo interrumpió Bryant, y volvió a clavar su mirada en mí—. Adelante, señor Solomon.
Bryant intentaba utilizar la presencia de cadáveres para descolocarme. Ay, si él supiera.
—Estaba trabajando en el Caballo de Hierro. Después del cierre, Henry y yo nos fuimos juntos hacia casa, como todas las noches. Eso sería alrededor de las dos de la madrugada.
—Henry Wilkinson, su patrono. Sí, es lo mismo que dicen sus amigos del Caballo de Hierro. —Bryant se dio unos golpecitos en el labio—. Señor Solomon, déjeme planteárselo de otra manera. ¿Cuándo fue la última vez que vio al señor Wilkinson?
—Nos atacaron justo fuera de casa de Henry —respondí—. Un tío que llevaba un Smith & Wesson se puso a dispararnos.
—Veo que tiene buen ojo para las armas —dijo él, y me miró de arriba abajo—. Pero usted parece intacto. ¿Cómo lo consiguió?
—Nos separamos. Yo salí corriendo.
No me hacía ninguna gracia contar esa mentira, pero no se me ocurría ninguna forma de evitarla. Bryant miró su cuaderno otra vez.
—¿Y qué hay del señor Wilkinson? ¿Vio lo que le ocurrió?
Lo cierto era que ya no estaba seguro de nada. Esperaba que solo le hubieran hecho una herida superficial o que hubiera muerto y regresado.
—No lo vi, no.
—¿Y con esos luceros que se gasta, se lo perdió? —preguntó Bryant, y soltó una risita.
—¿Luceros?
—Ojos, señor Solomon. Parece tener buenos ojos. Pasemos al tirador. ¿A él sí que pudo echarle un buen vistazo, al menos?
No pude contenerme.
—Usted es gilipollas.
—Irrelevante para el caso —dijo Bryant.
Negué con la cabeza y respiré hondo antes de contestar.
—El tío llevaba pintura de cadáver.
—Maquillaje de heavy, como los Kiss esos —dijo Bryant.
—Ahora se asocia más con el black metal: Behemoth, Cradle of Filth…
—Seguro que son la alegría de la huerta. —Bryant apuntó algo rápido en su cuaderno—. Siga, siga.
—Más o menos ya está. No es que haya mucha gente que vaya por la vida con pintura de cadáver, así que quizá sirva de algo, no sé.
Él siguió escribiendo.
—¿Puede describirme cómo iba pintado ese hombre?
—De blanco en la cabeza y la cara —dije—. Equis negras cruzándole los ojos. La boca maquillada como si se la hubieran cosido.
Bryant dejó de escribir y fue hasta el cadáver cubierto por una sábana. La retiró.
Allí, tendido sobre la superficie metálica, estaba el tío que nos había disparado a Henry y a mí. Tenía el maquillaje un poco emborronado, pero era inconfundible.
—¿Este es el tío? —preguntó Bryant.
—Es él —dije.
Bryant señaló la mano derecha del hombre.
—Según el laboratorio, sus huellas coinciden con las de un Smith & Wesson convenientemente hallado cerca del cuerpo. La transferencia de pólvora también encaja.
Eché un vistazo rápido al hilo vinculante que llevaba el tirador en la muñeca. Era como Emaline me había asegurado, con las mismas marcas, además de un timón de barco que supuse que sería el símbolo personal del vestigio.
—¿A qué vienen tantas preguntas, si lo tienen a él y el arma?
Bryant sonrió.
—Siempre es conveniente que algún testigo ocular identifique al agresor. Y no quería influir en su descripción del patán este dejándole que lo viera antes de tomarle declaración.
Ya estaba empezando a pensar en cómo sacaríamos el cadáver de allí cuando Bryant levantó un dedo.
—Hay otra cosa que quiero enseñarle, señor Solomon, si me concede unos minutos más.
—Claro —dije.
El inspector Bryant se volvió y quitó la sábana del cuerpo que había sobre la mesa que tenía detrás. Era Henry.
Noté que el corazón me martilleaba. Habían pasado dos días. No concebía que nadie fuese capaz de sobrevivir tanto tiempo en el Prado de Asfódelos. Por voluntad propia o no, Henry debía de haber acabado arrastrado a la montaña de fuego.
Durante mi primera noche en Londres, me había dado cuenta de que no tenía ningún sitio al que ir.
Peor que eso: temía haber fracasado en cumplir mi sueño y que tendría que volverme para casa.
Henry me dejó quedarme en su sofá. Me puso el disco Who’s Next en vinilo, se sentó en una mecedora y se pasó la noche hablándome.
Charlamos de música, de cosas sin importancia.
Nos unió mucho la letra de Behind Blue Eyes , cuyo significado creíamos captar los dos. Por la mañana ya estaba mejor.
Y ahora, el amigo que había sido más un padre para mí que mi propio viejo estaba muerto.
Empezaron a flaquearme las piernas. Casio me pasó el brazo derecho alrededor para sostenerme.
—Ay, madre —oí que decía Cage, mientras Bryant miraba impasible.
No te acostumbras nunca. Ver a un ser querido tumbado allí y saber que no puede oírte, saber que ya nunca más te oirá… Así que no dices nada. Lo sufres en silencio y punto.
Henry de verdad había muerto.
La vieja presión explotó de golpe tras mis ojos, y cada latido me aporreaba en la cabeza como un golpe de bombo.
Me dolían las muñecas. Pero no había goma elástica, no había ritmo de heavy metal, que fuese a aliviarme esa vez.
Quería gemir. Gritar, que no se oyera ninguna otra cosa.
Pero solo pude atragantarme al contener el dolor y agarrar el brazo de Casio para no caer al suelo.
Al cabo de lo que parecieron minutos, logré preguntar:
—¿Cómo?
Cage carraspeó.
—El señor Wilkinson tenía una sola herida de bala en el pecho. —Calló un momento—. Pero la causa oficial de la muerte es la hipoxia.
—Se ahogó —aclaró Bryant—. Este mamón metió a su amigo el señor Wilkinson en una caja fuerte de hierro, la cerró y la tiró al fondo del Támesis.
Toqué el brazo de Henry. No estaba rígido, solo… quieto.
—El frío del agua retrasa el rigor mortis —explicó Cage.
Un sollozo latía en mi garganta. Me lo tragué como bien pude.
Cage volvió a tapar la cara de Henry con la sábana, dándole al gesto un aire definitivo para el que no estaba preparado.
—Hemos hallado el ADN del asesino en el picaporte de la caja y en el cuerpo del señor Wilkinson —dijo Bryant—. Pero, aun así, no logramos encontrar una causa de la muerte para el asesino, ¿a que no, doctor Cage?
—Todavía no —confirmó el forense.
—Señor Solomon —dijo Bryant—, por lo que he ido averiguando, el señor Wilkinson y usted eran amigos. ¿Es correcto?
Asentí.
—Entonces, si él hubiera estado involucrado en algo turbio, en algo que podría motivar que alguien quisiera hacerle daño, lo lógico sería que usted estuviera al tanto de ello, ¿verdad?
Pensé en atizarle un puñetazo a Bryant en toda la cara. Ese tío no sabía nada sobre Henry, y la mera sugerencia de que mi amigo pudiera estar metido en algo me cabreó muchísimo.
—Henry era honrado.
Bryant se puso a caminar de un lado a otro, separado de mí por la mesa.
—Y, sin embargo, su cuerpo estaba al fondo del Támesis, y metido en una caja fuerte, nada menos. No parece que sea un crimen pasional, ¿a que no? No, señor, alguien tenía esto bien planeado desde hace tiempo.
Yo ya estaba respirando tan fuerte que sonaba como si me llegase por un monitor de escenario.
—¿Qué es lo que quiere?
Bryant se rascó el lado de la cabeza con su lápiz.
—La mayoría de las veces, una línea tan recta entre la víctima y su asesino me pondría una sonrisa en la cara. Y, aunque habría preferido verlo arrastrado al juicio por los pulgares, supongo que esto es, a fin de cuentas, cierto tipo de justicia, ¿a que sí, señor Solomon?
—Si este hombre mató a Henry —dije—, que Dios me perdone, pero me alegro de que esté muerto.
—Una reacción perfectamente razonable por parte del tipo que con tanta fortuna evitó el destino de su amigo. —Bryant rodeó la mesa y se me acercó tanto que distinguí las motas en el iris de sus ojos—. Es demasiado pulcro, señor Solomon.
Bryant buscaba algún gesto revelador por mi parte, una sacudida de la pierna, un sudor en el labio.
Pero criarme rodeado de soldados de los Rollin’ Hundreds me había enseñado a estar quietecito y calladito cuando la madera hacía preguntas.
Mi método era ponerme una canción de Thin Lizzy en el cerebro y escuchar la música interior.
—Tengo otro montonazo de víctimas que apareció del mismo modo que su amigo el señor Wilkinson —dijo Bryant—. Y, en la mayoría de esos casos, el asesino sigue suelto. Menuda coincidencia, ¿a que sí?
Thin Lizzy siguió sonando.
—Pero hoy, en cambio —prosiguió—, tenemos una víctima y un asesino con una carretada de pruebas que los vinculan. Caso cerrado, como decimos por aquí.
—Bueno, al menos… —empezó a decir Cage.
—Los verdaderos culpables —continuó Bryant sin hacer caso al forense— siempre se nos escurren entre los dedos, señor Solomon… pero no lo harán para siempre. Confío en que entienda lo que le estoy diciendo.
Casi sonaba a que ese hombre no estaba velado del todo, como la mayoría de los humanos. Pero no dije nada y, entretanto, el Waiting for an Alibi de los Lizzy llegó al estribillo en mi cabeza.
—Permítame expresarlo de otra manera. —Bryant me dio un golpecito en el pecho con su lápiz—.
Creo que sabe más de lo que está contándome, señor Solomon.
Y eso no es bueno ni para su amigo, ni para su asesino, ni para usted.
Porque estas cosas no suelen ser el proyecto personal de alguien, ya me entiende.
No suele pasar que un hombre decida meter a otro en una caja fuerte y hundirla en el Támesis.
Así que puede que sin su ayuda no pueda descubrir todo lo que está pasando…
y que usted y yo nos encontremos en lados opuestos más adelante, cuando pasen más diabluras de estas.
Scotland Yard tiene el brazo muy largo, señor Solomon, así que mi consejo es que me lo cuente todo ahora, para no tener que poner a prueba después el alcance de ese brazo.
Dejé que la canción terminara en mi cabeza.
—Gracias por su servicio.
Cage carraspeó.
—Si ya ha terminado, inspector, tengo unos papeles que necesito que me firme el señor Solomon para poder llevarse ciertos objetos personales pertenecientes al difunto.
Bryant dio un bufido que le salió del alma.
Sonó el teléfono que había en la pared junto al despacho. Cage se apresuró a descolgar.
—Sí. Ah, claro. Vamos enseguida. —Colgó—. Vamos, inspector, nos reclaman a los dos en el vestíbulo, lo cual me recuerda que también tengo unos papeles para que los firme usted.
Bryant dio otro bufido.
—Asuntos oficiales —nos dijo Cage—. Volveré enseguida. Pero no se marchen, por favor, que tengo unas cosas que darles.
Se llevó a Bryant de la estancia. El inspector me miró de reojo mientras se iba y dio un portazo al salir, como a modo de advertencia.
El laboratorio forense quedó en silencio. Llevábamos de pie en ese silencio menos de un minuto cuando hubo una suave llamada a la puerta y Muster Brach, el viejo amigo de Henry, entró en la sala de autopsias.