Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Llevábamos demasiado tiempo en silencio. Sombras del pasado, sombras en el presente.

Creo que Chuey vio que estábamos obsesionándonos demasiado con el asunto, porque desvió la conversación a la música en directo: hablar de conciertos siempre nos quitaba el mal rollo de encima.

Sacó una bolsa para llevar de The Barge House, me pasó un bocadillo de masa madre con huevo y pimiento y se puso a comerse el suyo.

Mientras desayunábamos, hablamos de Meshuggah, de Testament, de Vanden Plas y de una docena de otros conciertos.

Pero los que más me gustaban a mí eran los que tenían a Chuey tras la mesa de sonido o la de luces.

Fue durante varios años el técnico jefe para los bolos de rock y metal en el Hollywood Bowl.

De hecho, el brutal auditorio nuevo de las Vegas, el Sphere, había contratado a Chuey como consultor para el diseño de audio y vídeo antes de que nos mudáramos a Londres.

Mi amigo podía hacer que cualquier espectáculo se viera y sonara de lujazo.

Mientras estábamos riéndonos de una anécdota en un bolo de los Steel Panther que habíamos visto, la puerta del Caballo de Hierro se abrió y entró Casio a zancadas, envuelto en una oleada de luz matutina.

Había estado patrullando toda la noche. Vino directo a nuestra mesa, dijo «Buenos días, caballeros» y nos dio a los dos un apretón de antebrazo antes de sentarse a mi lado.

Le señalé la carta de Brach. El centurión la cogió y la estudió de arriba abajo.

—Intimidación —dijo.

—Este tío es listo —sonrió Chuey.

—Pero eso no significa —añadió Casio— que Brach no vaya a cumplir la amenaza. Y sigue siendo una lucha en la que llevamos las de perder. Necesitamos una estrategia.

Chuey cuadró los hombros.

—Ese capullo está declarándote la guerra, Jack.

Y está desequilibrada porque tú no sabes tanto de estas cosas.

—Dio unos golpecitos en el papel, que seguía en las manos de Casio—.

Vamos a necesitar algo más que un no-muerto romano y nuestras navajitas.

Tenemos que espabilarnos en reclutar y buscar material.

Tanto Chuey como Casio estaban en lo cierto.

Y, de todos modos, yo ya necesitaba conseguir pronto unos catalizadores.

Pero no me sentía tan perdido como un día antes.

Había leído bastante, había aprendido a usar un poquito la llama viva y podía ver a más profundidad en las sombras cada vez que lo intentaba.

Además, tenía a Casio, en quien ya confiaba.

Y, quizá lo más importante de todo, ahora también tenía a Emaline de mi lado.

O, por lo menos, creía tenerla. No tardaría en descubrir si me la estaba jugando.

—Vale, escuchad —dije—, el cadáver del tirador va a aparecer hoy mismo, con sus vínculos hechos por Brach intactos. Los vínculos siempre tienen un patrón del tanaturgo que los crea. La sombra del cuerpo tendrá también sus marcas distintivas.

Chuey y Casio asintieron.

—Así que, cuando alguien contacte con nosotros…

—Cogí la nota de manos de Casio—. Cuando pase, iremos a recoger el cuerpo, y eso nos dará la prueba que necesitamos para demostrar que Brach ordenó el golpe.

Lo cual me liberará a mí de toda acusación y detendrá esta revolución en seco.

Mientras tanto, he encontrado ayuda para intentar restaurar la guarda del Caballo de Hierro contra Brach, o contra cualquiera, ya puestos.

A Chuey se le iluminaron los ojos.

—¡La leche!

Mi amigo ya había decidido apoyarme en toda aquella locura. Me volví hacia Casio.

—Siempre hay una tercera opción —le recordé—. Y ahora tú tienes otra oportunidad de detener a un fanático expansionista. Ayúdame a luchar.

—¿Que te ayude? —dijo él.

—Y no por tus vínculos.

—¿Me lo está pidiendo? —preguntó Casio, casi para sus adentros.

Asentí y esperé.

Su cara, ancha y angulosa, se suavizó en una sonrisa.

—Me gusta mucho cómo suena.

Pasamos la siguiente hora hablando de qué deberíamos hacer con el cuerpo hasta que pudiéramos presentarlo como prueba, y entonces la puerta se abrió de nuevo.

Entró un hombre vestido con traje y corbata azules, camisa blanca y zapatos negros.

Habría adivinado que era de la Policía Metropolitana aunque no se hubiera acercado con paso tranquilo levantando su placa.

—Usted debe de ser el inspector Bryant —dije.

—El mismo, sí, señor —respondió él con acento cockney . Miró a Chuey y Casio largo rato antes de volverse de nuevo hacia mí—. No es fácil de encontrar, señor Solomon. Curioso, después de que le dispararan y de que su mejor amigo desapareciera.

—¿Dónde está su compañero? —contraataqué—. ¿Ustedes no suelen trabajar por parejas?

—En general, sí —dijo él—. Tengo unas preguntas que hacerle, señor Solomon, si no le importa.

En realidad no me apetecía nada otro interrogatorio. La presera me había dejado exhausto.

—Cómo no —dije.

Él negó con la cabeza.

—Aquí no. Necesito que identifique un cuerpo.

Hice un rápido asentimiento a Casio y Chuey.

—Muy bien —dije.

Me levanté y, al instante, los dos me siguieron. Bryant paró un momento y se medio volvió.

—Puede traerse a un solo amigo. La Policía Metropolitana no se dedica a organizar tertulias sociales.

—Yo tengo cosas que preparar para la iluminación del festival, no te preocupes —dijo Chuey—. Nos vemos más tarde.

Casio y yo seguimos al detective hasta la calle. Cogimos mi coche, aparcado como siempre en la calle Greek. Era un antiguo Lada Riva, casi todo ya gris de masilla a esas alturas. Yo lo llamaba el Viejo Lada.

Y salimos hacia la morgue para identificar al hombre que me había matado.