Capítulo 19
El chico, de dieciséis años, pegaba fuego a casas en pleno auge del Blitz para guiar a la Luftwaffe hacia sus objetivos. Fue el primero de cientos de quintacolumnistas británicos, simpatizantes de Berlín, a quienes Nancy Wake, canciller de la facción presera, dio caza y mató.
Extracto del recurso presentado en disputa
de la idoneidad de la señora Wake para un
puesto en la Cancillería de los Estratos
A brí los ojos y caí en la cuenta al instante de dónde estaba.
La última vez que había entrado en el camerino, fue para convencer a Angela DuFresne de que subiera a dar su concierto.
Eso fue solo dos días antes. Y ella estaba muerta.
El pensamiento trajo consigo una avalancha, sobre morir y renacer, sobre el espectro que me seguía el rastro, sobre mi acuerdo con Emaline para evitar una revolución… sobre Henry.
La tensión presionaba detrás de mis ojos. Bajé el volumen de mi móvil y comprobé los mensajes de voz.
El primero era de mi casero. Habían vendido el Phoenix.
Los propietarios nuevos pretendían «devolver el teatro a sus orígenes como auditorio musical».
Tenía una semana para sacar de allí mis cosas.
El segundo mensaje era de Sixth Angel Entertainment, la nueva gestora de los Sabuesos.
Volvía a ser por algo sobre su nuevo cantante.
Al parecer, era bastante urgente que me pusiera en contacto.
Perder mi casa. Perder al grupo. La piel de la muñeca empezó a picarme.
Necesitaba música. Ya.
Cogí la vieja guitarra acústica que dejábamos en el camerino y salí al pub.
Me gustaba estar cerca de una ventana para componer.
Subí la persiana y me senté en mi reservado.
La luz matutina me caía en la espalda y proyectaba mi sombra en la mesa, de un titilante color gris tormenta sobre carbón, como un lago bajo un sol de invierno.
Reconocí la misma pauta de notas de brillo que antes, la música de Cadena perpetua con dos notas descendentes y dos ascendentes, iluminándose en rápida sucesión.
Pero esa vez, en una esquina de mi sombra, capté otra pauta, un circulito atravesado por una cruz atravesándolo, el símbolo musical de la coda, como el que había visto en la sombra de Jimmy el día anterior.
La coda no se mencionaba en ningún libro, así que, de momento, decidí no darle más vueltas.
Así que digité el primer acorde de Siempre se marchan , rasgueé las cuerdas y canté el primer verso. Como si un viento suave despertara unas ascuas, la oclusión mayor de mi sombra se iluminó con una tenue luz ambarina, solo la cicatriz central, no las muchas otras más pequeñas que emergían de ella.
Me dolió como siempre me dolía esa canción cuando me ponía a trabajar en ella, como una herida que se irritaba al tocarla. De algún modo, sin embargo, la música hacía soportable el dolor.
Y así, en el silencio del Caballo de Hierro, toqué y narré la historia, la de estar de pie mirando por la ventana de la sala de estar mientras mi madre se alejaba marcha atrás por el camino de acceso, con una maleta en el asiento del copiloto a su lado.
Al aproximarme a la tercera estrofa, empezaron a temblarme los dedos y a hacerme gallos la voz. A lo mejor, si mantenía la mirada fija en mi sombra, si contemplaba esa oclusión, esa vez conseguía acertar la estrofa.
Pero cuando llegué, todo se desmoronó. Seguía habiendo algo que no encajaba. Mi dedo anular no acertó en el sol y el acorde zumbó como una luz fluorescente al morir.
«Mierda».
Aun así, me había sentado bien intentarlo. Había hecho el largo viaje hasta Londres para componer y tocar canciones que la gente pudiera recordar. Ese sueño, esa necesidad, no había desaparecido. Cada vez que ponía los dedos en una guitarra o que cantaba, la sentía de nuevo.
Pero tenía que estar concentrado. El Caballo de Hierro estaba en apuros y Henry seguía desaparecido. No iba a dejar de buscarlo hasta que lo encontrara, igual que él siempre me había apoyado a mí.
Dos años antes, había aporreado su puerta a las cuatro de la madrugada.
Después de estar años reescribiendo la segunda estrofa de mi canción, la de la muerte de mi hermano Dan, por fin la tenía.
Lo primero que quise hacer fue cantársela a Henry, así que había corrido hasta su casa con mi guitarra.
Cuando me abrió la puerta, con el pelo como una fregona, alzó las cejas con cara de expectación.
«La segunda estrofa», le dije.
«¿La tienes?».
«Sí, tío».
Me metió en su casa de un tirón, me llevó a su pequeño estudio y se puso a la batería. Sin más preámbulo, contó entrechocando las baquetas y sus ojos se llenaron de anticipación mientras llevaba el ritmo y me veía tocarle la segunda estrofa.
Su sonrisa lo era todo para mí.
«Vaya tela». Henry había aplaudido, se había levantado del taburete y había hecho su bailecito de dos pasos. Yo lo imité y…
Alguien llamó fuerte a la puerta del pub y me sacó de mi ensoñación.
Dejé la guitarra en el banco, fui a la puerta, descorrí el cerrojo, la abrí y tuve que parpadear para quitarme las lágrimas hasta que se aclaró el rostro de Chuey.
Estaba echándose al gaznate una lata de bebida energética; siempre tenía unas pocas en la mochila, que llevaba al hombro. Tragó de forma audible y dijo:
—Tienes un aspecto horrible.
—Lo normal, pues —respondí—. Oye, ¿sabes algo de Maria?
La novia de Chuey no había querido venirse a Londres, pero estaban haciendo el tema de la relación a distancia.
—Sí, tenía billete para venir a tu concierto de Wembley, pero no te preocupes por eso, tío.
Señaló la puerta. Aturdido como estaba, no me había fijado, pero había un sobre clavado en el centro de la puerta del Caballo de Hierro con un cuchillo corto. Arranqué la nota, tiré del cuchillo y le indiqué a Chuey que entrara. Volvimos a sentarnos en nuestro reservado.
Chuey sacó su altavoz Bluetooth de la mochila y puso a los Nightwish.
Sabía que el metal siempre me ayudaba a pensar.
Había intentado explicarme que era por las frecuencias, pero sus conocimientos técnicos me superaban con mucho.
En todo caso, Nightwish era de mis grupos favoritos.
De hecho, era amigo de su teclista. Chuey y yo nos habíamos pasado todo el instituto oyendo discos de Nightwish.
Luego, durante diez años, los bolos nos ocupaban todo el fin de semana y pasábamos noches enteras leyendo, Chuey sus libros de texto sobre iluminación y sonido, yo devorando libros de historia, novelas y partituras, y siempre nos reíamos de que aquel hubiera terminado siendo para nosotros el deseo nocturno que sugería el nombre del grupo.
Cada uno por sus propios motivos, seguíamos viviendo en casa de nuestros padres, pero, por lo demás, éramos inseparables.
Abrí el sobre.
Querido señor Solomon:
Existen sospechas creíbles de que ha incumplido usted la Ley del Precedente en lo relativo a la violencia contra un tanaturgo, y de que tal vez lo haya hecho empleando un arma prohibida.
Además de ello, existen también pruebas considerables de que es usted el responsable de alzar un espectro en el entorno de Londres, lo cual constituye una vulneración adicional de la Ley del Precedente.
El paso a la vida tanatúrgica siempre está plagado de desafíos. Aunque sea solo en honor al aprecio que le profeso a nuestro amigo común Henry Wilkinson, me gustaría recordarle que estoy a su servicio, si en algún momento precisa usted de mi asistencia.
Atentamente,
M USTER R EE B RACH
Le pasé la carta a Chuey, que la leyó y luego meneó la cabeza a los lados.
—Esto es intimidación pura y dura, tío. Y encima, va y la clava con un cuchillo en la puerta. ¿De qué va el asunto?
Chuey ya estaba al tanto de mi nueva realidad, o al menos de una parte de ella.
Pero luchar juntos en Vermont no era lo mismo que la guerra que se avecinaba desde los estratos.
Chuey no se merecía que lo obligara a participar.
Podía seguir siendo un amigo, y ayudarme de vez en cuando, sin que tuviera que meterlo de lleno en las promesas que le había hecho a Emaline.
—Escupe de una vez, colega. —Chuey se inclinó hacia delante—. Estoy viéndote pensar y me da dolor de cabeza.
Así que se lo dije, añadiendo contexto extraído de los libros, explicándole los riesgos, sabiendo que las cosas ya nunca volverían a ser lo mismo para nosotros.
Él me escuchó sin abrir la boca. Y, cuando terminé, siguió callado durante dos largos compases.
—En realidad no termino de comprender a qué te enfrentas, tío. Pero, sea lo que sea, estoy contigo.
Había gente a la que uno sabía que, con toda probabilidad, no merecía tener en su vida, pero de todos modos se alegraba muchísimo de que eligiera estar ahí.
Chuey puso la carta en la mesa entre nosotros.
—Un día sin mí y mira lo que te pasa. Bueno, ¿y qué es toda esa movida de vulnerar la ley?
—Está dejándome claro que me hundirá en un juicio del Cabildo como se me ocurra oponerme a sus intenciones de quedarse con el Caballo. —Di un golpecito en el papel—. Si consigue que se tomen en serio alguna de estas acusaciones, no estaré por aquí para ayudar a evitarlo.
—¿Irías a la cárcel, dices?
—Más bien a una caja de hierro.
—Hermano, eso no dejaremos que vuelva a pasar.
Unos cuantos años antes de que Chuey y yo viniéramos a Londres, yo tenía una audición para Interscope Records.
El día antes de la prueba, a Chuey lo detuvo la policía, acusado de agresión por ahuyentar a unos pandilleros.
Pero Chuey ya tenía dos denuncias. El fiscal del distrito habría interpretado que existía un patrón y, al ser su tercera falta, le habría imputado un delito grave.
Y eso podría haber significado entrar en la cárcel.
Así que fui y les dije que había sido yo.
Como no tenía antecedentes, la cosa quedó en una simple falta, pero estuve tres días en el calabozo y me perdí la audición.
Al salir, a Interscope ya no le interesaba un tío que había tenido sus encontronazos con la ley.