Capítulo 18 #2
—Me he documentado como es debido, Jack, si es a lo que te refieres.
Eras la mano derecha del señor Wilkinson.
Su portador de urna, podría decirse. Cabe suponer que estaría preparando a un sucesor.
—Se llevó el cigarrillo con delicadeza a los labios e inhaló de nuevo—.
El señor Brach, en cambio, no tenía ni la menor noción de que pudieras regresar.
Ahora que lo has hecho, está ansioso por tener tu lealtad.
—¿Lo bastante ansioso como para enviar a unos vestigios matones a secuestrarme?
Ella asintió.
—Intentará convertirte, hacerte shiguano. Si no, convocará al Cabildo y te acusará de matar al señor Wilkinson. Una vez estés bajo sospecha, intentará arrebatarte el control del Caballo de Hierro.
—Entonces, ¿la tanaturga del sombrero de tres picos que intentó llevárseme trabaja para Brach?
—Seguro. Pero es muy improbable que Brach enviara a un shiguano a secuestrarte. Demasiado indecoroso para su gusto. Seguro que se lo encargó a un saqueador.
Había leído sobre los saqueadores.
—Es decir, un mercenario.
—Y la herramienta favorita de Brach para sus trabajos sucios. Sin duda, en este asunto quería por lo menos la apariencia de tener las manos limpias.
Por supuesto que quería ayudarla a detener la revolución de Brach, pero necesitaba hacer todo lo posible para extender la guarda del Caballo de Hierro, por lo menos hasta que localizáramos a Henry. Y se me terminaba el tiempo.
—Brach no descansará. —Dio medio paso hacia mí—. Además, ¿no quieres que pague las consecuencias de lo de Henry? ¿De lo de ti mismo?
Su mandíbula era hermosa y fuerte, sus mejillas tenían un ínfimo atisbo de hoyuelos.
—Entonces, ¿qué, quieres que me presente y testifique que nos disparó? —pregunté—. Hasta los juzgados de arriba desconfían de las declaraciones de testigos.
—Y por eso también vas a proporcionarles la prueba.
—¿Cómo sé que esto no es una trampa?
—Por la prueba que voy a darte. —Emaline me entregó una pulsera pequeña trenzada—.
Esto es un vínculo de uno de los vestigios de maese Brach.
La primera forma es la marca del Shiguan.
—Era la Y invertida que había visto en los matones de feria renacentista—.
La hoja de tabaco es la marca de tanaturgo de Brach.
No pueden falsificarse. El símbolo de la cadena es un sello de compulsión, necesario cuando un tanaturgo vincula a un vestigio para que cometa un crimen contra el alma.
—Como intentar asesinar a un amigo.
—Precisamente.
Examiné el vínculo.
—¿De qué me sirven estas cosas?
—Son una guía visual para ayudarte a identificar el cadáver del asesino.
—¿Cadáver?
—El cuerpo del asesino aparecerá mañana. Me he ocupado de que lo haga. —Dio otra calada a su cigarrillo—. Su ausencia tiene preocupado a maese Brach, porque una compulsión para asesinar deja una cicatriz que lleva consigo un marcador único tanto para la víctima como para el asesino.
—¿Y cuál es el marcador?
—No lo sé. Pero, cuando mires en la sombra del cuerpo del asesino, será evidente.
No habrá sanado. —Soltó el humo—. Lo normal es que un vestigio asesino acabe descorporizado después del asesinato y el cuerpo destruido, para eliminar todas las pruebas.
Así que Brach también estará buscando el cuerpo.
Me guardé la pulsera en el bolsillo.
—¿Dónde está?
—Lo sabrás mañana —respondió Emaline—. Antes tengo que asegurarme de que él no sepa que estoy metida en esto.
—¿Y qué pasa contigo y con el resto del Shiguan? ¿No tenéis ninguna intención sobre el Caballo de Hierro? —Recordé el diario de Henry, que hablaba de los archivos de la facción shiguana, y me detuve—. En realidad, prefiero esto otro. Necesito algo de ti.
—Pero ayudarme ya está ayudándote a ti también —dijo ella.
—Sí que quiero justicia, y desde luego que quiero detener esta revolución, sobre todo si se quiere utilizar la música para manipular a la gente.
Pero la guarda del Caballo de Hierro está fallando de todos modos.
Tengo que averiguar cómo renovarla, como vincular un espectro maduro al lugar.
Si yo te ayudo con Brach, tú me ayudas con la guarda.
Sonrió, y era sexy de narices.
— Quid pro quo . Jack, yo respeto el Caballo de Hierro y sus libertades. Siempre he sido muy aficionada a que un esfuerzo produzca dos resultados. ¿Qué necesitas?
—Necesito aprender cómo establecer una guarda espiritual —le dije—. Henry pensaba que Brach podría tener algo llamado los textos cythonianos que quizá sirvan de algo. ¿Puedes echar un vistazo?
Emaline bajó la mirada otra vez hacia las muñecas.
—Brach lleva mucho tiempo obsesionado con el trabajo que hacían los cythonianos.
—Son una escisión destruida, ¿verdad? He leído que los…
—¿Jack? —intervino Casio.
—Un minuto. Creo que ya estamos casi —le dije, y continué—. He leído que mataron a todos los cythonianos.
—Esa es la historia oficial. Estaban intentando invocar una estratoforma particularmente madura, imagino que un espectro, y vincularla a su voluntad, porque la estratoforma debía de poseer algo que querían con desesperación.
Eso ya es peligroso por sí mismo, incluso sin tener en cuenta que incumple la Ley del Precedente.
El Cabildo no tuvo más remedio que anatemizarlos.
Recordaba la palabra del gran libro sobre el Precedente, desde luego.
Significaba que les quedaba retirada la protección de la Ley del Precedente.
En ese estado, a un individuo o grupo se lo podía perseguir y matar, sin penalizaciones para el asesino.
Era una especie de inmunidad, de autorización para el asesinato.
—¿Y cuál es la historia no oficial sobre los cythonianos?
—Se rumorea que muchos sobrevivieron y se escondieron para empezar a planificar su regreso. Pero siempre saltan esos rumores después de que se anatemice a cualquier facción.
—Bueno, a lo mejor partimos con ventaja para renovar la guarda —dije, y le expliqué lo del espectro que había invocado mi renacimiento, que había matado a Angela y estaba persiguiéndome.
—De maravilla —dijo ella—. Me refiero a que se acumula al delito de asesinato de Brach. El Cabildo está obligado a castigar a la persona que sea responsable última de la invocación de un espectro.
—De maravilla, sí.
—Pero es verdad que Brach se hizo con los textos arcanos cythonianos cuando los anatemizaron. A ver qué puedo averiguar. No será fácil, pero es un intercambio justo. —Sonrió—. Por mi parte, Jack, me muero de ganas de ver a Brach encajado.
—¿Encajado?
—Es una forma de destierro. Las capacidades tanatúrgicas se anulan cuando a un tanaturgo se lo encierra en una caja de hierro. Es todo un suplicio, te lo aseguro.
—¿Lo dices por experiencia personal? —pregunté.
La sonrisa de Emaline se agrió.
—Todos podemos hallar alguna medida de gracia en el cautiverio, ¿verdad? Aunque signifique convertir ese cautiverio en el sufrimiento de nuestro captor. Pero comprenderás que el pacto que estamos acordando es letal, ¿verdad, Jack? O triunfamos o morimos.
La oscuridad que transmitían sus palabras no cuadraba con las líneas suaves de su cara.
Y, aunque tenía que encontrar a Henry, no había pensado en el posible coste hasta que Emaline lo planteó con tanta despreocupación.
Nos acompañó a Casio y a mí hasta el extremo opuesto de la sala y se detuvo junto a un tanque.
—No le hables a nadie de que estamos colaborando. Yo estoy complacida con nuestro acuerdo, pero, si lo descubrieran otros, lo desaprobarían.
—Sé guardar un secreto —le aseguré—. Así que supongo que tenemos un trato. ¿Hace falta algún tipo de juramento?
—¿Como un voto de sangre, dices? —Se echó a reír—. Eso es de lo peorcito del cine de arriba.
—¿Y qué pasa con ese truquito tuyo de tirar sangre?
—A veces esto es un aburrimiento mortal. Venga, ¿qué te parece esto otro?
Se inclinó hacia mí y me dio un beso. No fue largo, pero no fue corto. Sus labios eran suaves y cálidos, y tenían un leve aroma a lila. Desde luego, aquello parecía vinculante.
—Ahora no sé si hemos tenido una primera cita o no.
Rio de nuevo, pero más bajito.
—Es una proposición arriesgada a la que te has comprometido, Jack. Me alegro mucho de que lo hayas hecho. Si quieres, puedes utilizar estos peldaños para volver a la superficie.
Detrás del maltrecho Panzer IV alemán había una puerta llana y sin vigilancia. Daba a una escalera oscura. Mi manual de campo tenía un plano de todos los peldaños en cada estrato hacia la capa superior y la inferior. Los marcados en rojo estaban supervisados. Obviamente, aquel no era uno de esos.
Casio y yo entramos detrás de Margaretha, que había aceptado guiarnos hacia arriba, dado que yo no me sentía preparado para intentarlo solo.
Subir fue muy similar a descender. El sedoso toque de la oscuridad nos envolvió en su frío abrazo.
La antigua presión palpitó en mis sienes, aunque no tanto como al bajar.
Y pude ir ascendiendo sin necesidad de que me llevaran de la mano.
Aun así, anhelaba respirar el apestoso aire de mi propio Londres otra vez, así que, nada más salimos del museo arriba, hice unas cuantas inhalaciones.
Acababa de viajar atrás en el tiempo y volver al presente. Y eso ni siquiera era lo más raro de todo.
Aún era de noche y la luna y las estrellas brillaban en lo alto; el cielo del mundo actual tenía una profundidad de la que carecía en los estratos.
Miré el reloj. Al parecer, el tiempo pasaba abajo al mismo ritmo que arriba.
Paramos el primer taxi que pasó y le prometí al taxista que le pagaría el doble si nos llevaba rápido al Caballo.
La guarda se había encogido dejando fuera mi piso, así que tendría que dormir en el camerino durante el futuro previsible.
Escribí mensajes a la pandilla para informarlos de dónde iba a estar.
Cuando atravesamos la barrera de la guarda en Charing Cross, vi a un tanaturgo merodeando por su borde, con un tatuaje shiguano en el cuello. Frunció el ceño al vernos pasar. No le hicimos caso y le pedimos al taxista que nos dejara justo delante del Caballo.
Casio dijo que patrullaría allí fuera, por la calle Manette.
Bien. Pasé dentro, me di una ducha rápida en el baño de detrás del escenario, me agencié unas tiras de pollo frías de la nevera de la cocina y me dejé caer en el viejo sofá del camerino.
Alguien, posiblemente Church, había ido a recoger los libros y los había dejado en la mesita auxiliar.
Eran casi las tres de la madrugada, pero, por muy cansado que estuviera, no tenía sueño.
Así que me puse a leer como loco otra vez, canturreando en voz muy baja para acelerar las palabras y mejorarme la memoria.
La seguridad del Caballo de Hierro y la paz del camerino me sentaron igual de bien que siempre. Aquello era más casa que mi casa. De verdad que esperaba que Emaline pudiera ayudarme a salvar aquel sitio.